viernes, 21 de julio de 2017

DULCE LIBERTAD (1986), de Alan Alda

Ya llegó el momento de que todo el mundo esté deseando darse un chapuzón y desafiar alguna de las tres reglas que se detallan en este artículo, así que vamos a cerrar el blog hasta el martes 5 de septiembre. Mientras tanto, disfrutad de vuestra dulce libertad y no dejéis de ir al cine para ser un poco más librepensadores. Gracias a todos y cada uno de los que habéis entrado aquí para leer algo. Un beso para ellas y un abrazo para ellos.

Regla número uno: Desafío a la autoridad.
Es lo que pone en práctica la gente del cine cuando rueda una película. Y si para ello hace falta despreciar a la Historia, pues se hace sin ningún problema. El público medio de una sala de cine tiene entre doce y veintidós años y cualquier desafío a la autoridad le chifla porque es una de las reglas básicas de la rebeldía natural de la juventud. Claro que no es fácil hacerlo cuando el autor de un libro histórico sobre la ocupación inglesa en tiempos de la revolución americana anda por ahí intentando conspirar contra la producción. Ah, pero el todopoderoso cine se empeña y entonces hay poco que hacer. Solo queda introducirse en los vericuetos del mismo rodaje y poner en práctica la misma regla. Desafiar a la autoridad. Luego el montaje hará milagros y las secuencias espectaculares quedarán relegadas a segundo plano para que, mientras tanto, el actor protagonista intente ligarse a todo lo que lleve faldas; la actriz principal, seguidora acérrima del método Stanislavsky, intente todo para meterse en la piel de su personaje; y el director dirija el asunto como quien hace una película de dibujos animados. Cambiarán la Historia pero no cambiarán la mentalidad.
Regla número dos: Destrucción de la propiedad.
Regla imprescindible si se quiere conseguir que la gente vaya al cine y pase por taquilla. Como no haya explosiones, batallas, muertes, sangre, ensañamiento, crueldad y aventura a raudales, la película pasará al olvido con la facilidad con la que se bebe una botella de bourbon. Y eso, al escritor le enfurece porque sí hubo batallas, y crueldad, y aventura pero ocurrió en un prado, marchando en líneas que se iban quebrando según se escapaba la vida de los soldados, pero esto no es una comedia. Esto pasó de verdad. Y el heroísmo fue evidente. Ya tiene que venir el director palomitero a decir que aquello fue una ridiculez, que hay que hacer a la gente correr de un lado a otro como gallinas en un corral. El guionista se ha prestado al juego pero, consciente de su inferioridad, quiere ajustar un poco sus líneas para dejar algo de verdad en todo el montaje. Y así es como estalla una rebelión popular en contra de la mentira que vende el cine. Esta vez, doscientos años después, se trata de luchar por la dulce libertad de la vida real. Y que el actor protagonista, ese maldito inglés que tiene la moral a la altura de sus botas de caña, baje del helicóptero que está destruyendo la propiedad. ¿O eso es digno de admirar?
Regla número tres: Empelotarse.
Sexo, sexo, sexo. Tiene que haber sexo aquí y sexo allí para que el espectador se vaya calentito. Al actor protagonista no le hace falta, que ya se empelota él solo con la primera que se ponga por delante. Sí, incluso con la actriz amante del método Stanislavsky. Traición se paga con traición. Mientras tanto, el escritor trata de contener la oleada de lujuria que representa el cine e intenta, un tanto infructuosamente, que su vida tenga un cierto orden. El actor protagonista…no….la actriz principal…no, tampoco…el loco del guionista…ése aún menos. Esto es una locura. Mejor empelotarse y dejar que la historia, la del rodaje, sea memorable. Y que las cámaras lo graben. La producción pagó por el libro y eso ya invalida las pretensiones del prestigio. Y de paso, una madre que está como un cencerro intentando rememorar un viejo amor de juventud que ni es amor, ni es juventud. Dulce libertad.

Olvidada película dirigida e interpretada por Alan Alda, rodeado de un magnífico elenco de intérpretes que incluía a Michael Caine, Michelle Pfeiffer, Lillian Gish y Bob Hoskins…solo para decir que las cosas en el cine nunca son como las imaginamos.

jueves, 20 de julio de 2017

SU MEJOR HISTORIA (2017), de Lone Scherfig

Cuando crees que la ficción ha llegado a su punto más álgido, también llamado emoción, te das cuenta de que la vida es la que realmente domina todo y que se puede encontrar esa emoción en cualquier rincón, en cualquier mirada, en cualquier reproche, en cualquier palabra dicha a tiempo. Es difícil llegar a esa conclusión porque, al fin y al cabo, la vida manda y es posible que lo que más deseas nunca llegue a ser tuyo. Por una razón o por otra. Aunque, quizá, lo más probable es que sea el destino.
En cualquier caso, cuando solo se ven fealdades y desgracias, la gente solo quiere un rato de evasión que sea capaz de recordarles que la vida puede ser mejor, más ideal, más épica, más útil. Uno no se puede rodear solo de bombardeos, muertes sin sentido, accidentes estúpidos o desengaños nacidos de la debilidad. Hay que soñar que se es fuerte, que hay heroísmo en cada uno de los actos que se realizan, que, a pesar de todo, hay hermosura en esa maldición, en ese acto aislado, en ese momento de intimidad en el que alguien susurra con la mirada palabras que nunca deben ser dichas. Es el cine. Es la realidad.
Y en medio de todo ello, una chica trata de luchar y de salir adelante en un oficio dominado por hombres. Y demuestra que vale más que cualquiera de ellos en cualquier situación. Al lado de un tipo que atempera su carácter a la luz de la luna, o dando indicaciones certeras a un viejo actor que ya está de vuelta y que, cada vez, encuentra menos estímulos en seguir adelante, o demostrando que la razón está por encima de todo a algunas miradas escépticas. La verdad está ahí delante, en papeles en blanco deseando ser mancillados con las palabras tornadas en discursos, con las frases de rutina extraídas hacia el heroísmo, con la certeza de que todos, alguna vez, hemos hecho algo digno de mención. Y si no, que se lo pregunten a las lágrimas.
Lone Scherfig ya dio muestras de su enorme talento de mujer en An education presentándonos a Carey Mulligan como una actriz capaz de sacar adelante cualquier papel. Aquí, vuelve a dar en la diana con esta recreación del cine británico en medio de la Segunda Guerra Mundial y acariciando con la cámara este retrato de mujer valiente, sensible y con talento, que, rodeada de toda la farándula, destaca por derecho propio sabiendo lo que desea el público. Nada fácil para una guionista que trabaja por dos libras y media a la semana. Nada fácil para una mujer.

Gemma Arterton consigue sacar adelante un papel complejo para un personaje que funciona maravillosamente bien como hilo conductor entre la tragedia y la comedia mientras que Bill Nighy resulta creíble como ese actor de gloria pasada y futuro marchito que trata de aprovechar sus últimas oportunidades para estar un minuto más en la cima. La película es inteligente, está bien engrasada en sus oscilaciones y se mueve con habilidad entre la ambientación de los años cuarenta y la espléndida banda sonora de Rachel Portman. Así que desempolven sus emociones y vuelvan al cine, al más auténtico, al más gozoso. Una chica nos lo trae con las hojas bien mecanografiadas y la cámara sobria que merece la ocasión. Es buen gusto por los cuatro costados. 

miércoles, 19 de julio de 2017

EL HOMBRE DEL CORAZÓN DE HIERRO (2017), de Cédric Jiménez

No se puede pensar cuando la bota que te oprime es tan fuerte y tan sólida que es imposible de derribar. La sangre corre por las calles con una crueldad inusitada y todo reside en la política de represión de un solo hombre. Heydrich era el cerebro de Himmler y decidió acabar con todos los puntos de resistencia en Checoslovaquia para que nadie pudiese levantar un dedo contra el Reich alemán. En su mente fría y calculadora también se formó la solución final de los seis millones de muertos judíos. Ese hombre debía morir.
Y todo comienza porque Heydrich era un maldito inadaptado que resulta expulsado con deshonor de la Marina de guerra alemana. Su pérdida de rumbo encontró su tierra prometida en la cruz gamada y en la organización de los servicios de inteligencia del Partido Nacionalsocialista. Su mirada, fría como el hielo, alcanzó todos los ámbitos. Incluso el de su misma vida privada. Mientras tanto, al otro lado de la calle, un par de patriotas checos recibieron la misión de acabar con su vida para demostrar que los nazis no eran invencibles en los países ocupados. Era como si el miedo fuera desterrado porque no tenía nada que hacer entre esos contendientes.
Todo fue estudiado al milímetro. Una encerrona calculada para que el Protector de Bohemia y Moravia no pudiese salir vivo de su coche con chófer. Era el momento de que la muerte comenzase a dar órdenes y se llevase a todos con sufrimiento. Era el precio de tan alta osadía. Y, sin embargo, había algo en aquellos hombres. Algo así como el arrojo desmesurado, la valentía total, la certeza de que iban a morir ocurriese lo que ocurriese.
Basándose en la magistral novela de Laurent Binet Hhhh, Cédric Jiménez ha conseguido frustrar muchas de las expectativas que había sobre ella. Con una dirección inútil, a base de cámara al hombro, y movimientos estúpidos que pretenden colocar al espectador en la inmediatez del momento histórico, hay espacios en blanco en la narración, se prescinde del apasionante juego metaliterario que propone Binet en su novela con un guión plano y nada arriesgado que falla notablemente en su estructura y que, además, lo coloca en el desequilibrio flagrante. Hay un buen trabajo de Jason Clarke, que consigue traspasar la pantalla con esa mirada gélida, fanática, cruel sin pensar en ninguna consecuencia y que se lleva la mejor parte de la historia. Por otro lado, la trama conspirativa, con un voluntarioso Jack O´Connell, resulta floja, con algún que otro vacío incomprensible, sin épica, pero tratando de que haya mucha lírica que no está del todo ajustada. Todo confluye en una lastimosa sensación de que la película no funciona en su conjunto, lastrada por una dirección totalmente equivocada y por la evidente falta de talento.

Quedémonos con el heroísmo de esos tipos a los que no les importó poner en riesgo su vida con tal de asestar un golpe de efecto vital al nazismo. Al fin y al cabo, si un hombre posee un corazón de hierro es mucho mejor arrancárselo porque acaba por ser un órgano inútil. Lo único que hace falta es una fuerza de voluntad a prueba de bombas, de disparos, de torturas y de sueños rotos. Algo que le falta al director de esta película.

martes, 18 de julio de 2017

LA HORA FINAL (1959), de Stanley Kramer

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Amarcord", de Federico Fellini, podéis hacerlo aquí.

Los últimos momentos de la vida de la Humanidad. No importa quién apretó el botón para iniciar una guerra. Lo que importa es que nadie avisó de que la respuesta de defensa de una amenaza nuclear no se podía compensar fabricando más bombas. La guerra ya acabó y se llevó a la mayor parte de la población y dejó en el aire demasiadas partículas de radiación como para hacer la vida viable. Solo Australia está en niveles aceptables de supervivencia. Los hombres se obstinan en creer que aún hay esperanza. La Naturaleza es sabia y las lluvias, las nieves, las corrientes marinas y eólicas se encargarán de limpiar los residuos aéreos que se introducen en los cuerpos, los minan, los acaban, los exterminan. Pero no, la hora final de la Humanidad se acerca. No hay más esperanza que disfrutar un último amor, ganar una última carrera al filo del peligro, disfrutar del último llanto de un bebé, apurar una última copa con una fiel secretaria que, quedándose en el despacho, dice, una vez más, que ella nació para estar allí, al lado de su jefe. Es la Humanidad en la playa. Es dejarse arrastrar hacia las gotas que quedan dejando por el camino todas las aristas de la esperanza. Sí, porque son aristas, son leves virutas de madera que caen y que, de ninguna manera, son avances de árbol. Es todo lo contrario, son consecuencias de destrucción. Malos chistes de una existencia inútil, que no dejará más huella que su urbanismo desenfrenado y su memoria diluida en el tiempo. Hora final que solo dejará casas habitadas de cadáveres, personas que esperaron la muerte en la paz que el mundo negó. Y solo habrá tristeza en las despedidas, por mucho que hayan llegado por la vivencia de algo que mereció la pena.
El Comandante Towers aún habla en presente sobre su familia. No puede superar el horror. Y tiene miedo al amor en los últimos instantes. Moira es una mujer que, realmente, nunca probó el auténtico amor y está deseando probarlo. Considera que irse sin probarlo hace que su vida sea un desperdicio. El Teniente Holmes tiene que ahogar la felicidad por la que ha luchado y se rebela contra el destino. Julian Osborne debe cargar con la conciencia de haber contribuido a la destrucción y el fatalismo se ha adueñado de su ánimo. Vidas en su recta final. Y la meta no tiene ningún premio.

Quizá esta película confirmó realmente a Stanley Kramer como un director dispuesto a hurgar en las entrañas de la polémica para hacer pensar al público en sus responsabilidades y complejos, en sus traumas y, también, en sus esperanzas. No siempre lo consiguió con vigor pero consiguió colocar la trascendencia en una serie de preguntas que el hombre siempre se ha negado a contestar. Y hay que dar una respuesta, por mucho que el horror se ponga por delante justo cuando tenemos la felicidad al alcance de la mano.

viernes, 14 de julio de 2017

UN DETECTIVE CURIOSO (1975), de Peter Hyams

Un hombre camina por un callejón oscuro y sucio. Las luces parecen cansadas y el día muere con lentitud. El hombre va vestido de smoking, con un sombrero de ala ancha y una gabardina. Se para al lado de una cañería. Enciende un cigarrillo y algo nos dice que le conocemos. Es posible que sea Humphrey Bogart. No está aquí para contarnos una historia. Simplemente nos anuncia los títulos de crédito de la película que vamos a ver. Quizá porque sea una de esas historias que caminan en un difícil equilibrio entre la parodia y el homenaje. La sombra se adueña de la cara de Bogart, el día cae definitivamente y se nos presenta al detective protagonista.
Se trata de un inglés que emigró a Los Ángeles justo después de la guerra creyendo que el oficio de detective era como el de médico o el de abogado. Es un tipo no demasiado corriente en el oficio. Tiene su sombrero y su traje y también una pajarita en el cuello. Está casi en bancarrota y deja la puerta abierta de su despacho para ver si hay algo de suerte y entra la prosperidad y, posiblemente, ése es su mayor error: dejó la puerta abierta.
A partir de aquí se suceden las referencias a El sueño eterno, a Adiós, muñeca y a El halcón maltés. El inglés trata de encontrar a una niña que fue adoptada treinta años antes y no falta el asesino frío que tiene un pequeño defecto nervioso que se manifiesta en su cara llena de tics. La mujer fatal, equívoca y hermosa, se insinúa y se retira para, luego, volver a insinuarse. Los personajes tienen doble filo e, incluso, hasta triple, y Tucker, que así se llama el inglés, no deja de meterse en un lío tras otro. Su habla es afilada y es arrojado cuando la ocasión lo necesita. No le importa recibir un par de golpes si la recompensa es justa aunque no sea necesariamente dinero. Tiene que deshacer el entuerto y elegir porque el chantaje también es un personaje más. Al final, tendrá que convivir con el peligro pero…¡qué diablos! ¿No es lo que hacemos todos? Y la sensación que dejará en el público es de haber visto una película breve, agradable, amable, muy bien ambientada, con cierta clase y una primorosa fotografía negra. No es poco para tratarse de un detective de mala muerte que, a veces, pierde el hilo pero lo recupera con facilidad. Discúlpenle. Es inglés y no está muy acostumbrado.

La dirección de Peter Hyams resulta sobria y muy medida en una película que está totalmente olvidada. Tal vez porque, cuando se rodó, Polanski había estrenado Chinatown y el cine negro no era cosa de tomárselo a broma. Michael Caine y Natalie Wood juegan a verse, besarse, aborrecerse y encontrarse y se tiene la sensación de que, en realidad, los bajos fondos se hallan exclusivamente en medio de la clase más alta. La curiosidad tiene estas cosas. A veces, te encuentras con una sorpresa. Si es agradable o no, allá ustedes.

jueves, 13 de julio de 2017

DÍA DE PATRIOTAS (2017), de Peter Berg

Políticos a los que ni habría que mirar a la cara adoptan posturas comprensivas y tolerantes con el terrorismo amparándose en que, al fin y al cabo, siempre tiene una cierta justificación. Países que se convierten en paraísos del refugio terrorista porque esos chicos solo son personas que han optado por una solución no demasiado acertada. Vergüenzas que, con el relativismo, van tomando forma de verdad olvidando por completo que el terrorismo, sea cual sea, venga de donde venga, nunca está justificado. Y el que no lo ve, sencillamente, es un desalmado.
Tampoco tiene mucho sentido llamar a nadie desalmado cuando esos mismos elementos no creen en la existencia del alma. Son esos que, viendo la televisión informando sobre cualquier ataque terrorista, se quedan en el hecho en sí sin pensar que detrás hay víctimas mortales, con miembros cercenados, vidas que nunca volverán a ser las mismas, niños que yacen con su cuerpo inerte sin homenaje ni más lágrimas que las de su familia. Y aún así siguen diciendo que no, que el terrorismo no es tan malo, que los países occidentales somos los auténticos malvados y que les hemos empujado a ello. Ellos tienen una disculpa. Y así, con la gente que cree en lo que dicen, los terroristas empiezan a ganar.
Tal vez porque es cierto que el amor es la única respuesta ante la barbarie. Que si nos mostráramos indivisibles y unidos ante ellos, el desánimo se haría fuerte porque verían que no consiguen nada. Que si pusiéramos en marcha nuestro instinto solidario y tratáramos de ayudar con cariño y comprensión hacia las víctimas, sean cuales sean, tendrían todas las batallas perdidas. Pero el mensaje no llega. Las bombas explotan. Pies arrancados, piernas totalmente abiertas en canal, sangre manchando las calles, dedos, ojos, caras destrozadas…pero ellos se lo han buscado. Matar está justificado ¿no es así?

El 15 de abril de 2013, un atentado mató a tres personas en plena celebración de la Maratón de Boston y dejó tras de sí a cientos de heridos. La respuesta de las autoridades fue inmediata para detener a los malnacidos que perpetraron ese asesinato. La gente lo merece. Se pagan impuestos, se trabaja, se intenta mejorar cada día para que alguien se preocupe en el caso de que ocupen estas cosas. Y esta película habla de ello. Y lo hace con fuerza, con interés, en un relato apasionante muy cercano al docudrama, con una excelente dirección de Peter Berg, un buen trabajo de Mark Whalberg y un maravilloso apoyo secundario por parte de Kevin Bacon, John Goodman, J.K. Simmons y Michelle Monaghan, a pesar de la brevedad de sus apariciones. La trama es absorbente y real. Se llora. Se siente. Se pelea. Se pierde. Y también se gana. Alejado de panfletos patrióticos, la película apela al amor entre todos los que forman parte de una comunidad. Solo así se podrá derrotar a los que solo creen que ellos son los que sufren y que los demás merecemos una bomba en nuestra normalidad. Es una película de acción, de emoción y de amor profundo. Porque solo ese tipo de amor es el que es capaz de hacer que los afectados comiencen de nuevo, con empuje, con ánimo, con la certeza de que la razón es de las víctimas y no de sus verdugos. Y merece mucho la pena darse cuenta de todos los que trabajan para que así sea. Lo demás, es la falacia, el aprovechamiento y la insidia. Lo demás, simplemente, es mentira.

miércoles, 12 de julio de 2017

POR EL VALLE DE LAS SOMBRAS (1944), de Cecil B. de Mille

Las bombas caen mientras las heridas están cerrándose en un hospital de Java. Allí, al frente de todo, está el doctor Corydon Wassell, un hombre que se pasó la vida huyendo. Primero en Arkansas, donde ejercía como médico rural, por culpa de los cerdos. Después en China, donde trataba de investigar las propiedades curativas de un caracol de cola bífida, por culpa de una chica. Ahora tiene la oportunidad de huir, de coger un barco y salir de la ratonera en la que se ha convertido la isla ante la invasión de los japoneses y no lo va a hacer. No va a abandonar a los chicos heridos que no pueden andar. Se lo debe a sí mismo y quiere despejar, de una vez por todas, las dudas que se han cernido sobre él. Quiere curar. Desea curar. Y si tiene que sacrificarse escondiéndose en la isla o transportando a todos en medio de un convoy británico, lo hará sin pestañear. No, no es valiente. Es solo un médico.
Por el valle de las sombras, el doctor Wassell administra fármacos a sus muchachos incluyendo alguna dosis de optimismo, de esperanza y, por supuesto, de profesionalidad. Hace lo imposible para que esos chicos tengan una oportunidad de abandonar la isla de Java y curarse de sus heridas en casa, pero las retiradas son crueles, y no faltarán los héroes sin nombre que se quedarán por el camino tratando de luchar por la supervivencia. La perseverancia del doctor Wassell resulta un ejemplo en la hora de la derrota porque, incluso en los amargos días, puede haber alguien que gane. Se nota entre sus pacientes porque comienzan a mirarle con cariño, con ese aura entrañable que solo emanan los hombres que son verdaderamente grandes aunque la vida se ha empeñado en hacerlos pequeños. Quizá, lo que une de forma genuina al doctor Wassell con sus convalecientes marineros es que él, de alguna manera, también está herido, pero hará lo imposible por volverse a levantar.

Esta película puede que sea la mejor y también una de las más desconocidas de Cecil B. de Mille. Lejos de la espectacularidad que rodeó sus fantasías de proporciones bíblicas, de Mille articula una película de aventuras basándose en la historia verídica del doctor Wassell, comandante médico destacado en la isla de Java en el momento de la ocupación japonesa. Para ello contó con Gary Cooper en un papel en el que, se podría decir, se halla abrumadora y sorpresivamente cómodo. Más relajado que de costumbre, el actor nos traspasa eficazmente la humanidad que emana del personaje, capaz de derramar su sangre con tal de que la de los demás no se vierta y siempre bordeando la frontera del buen humor en medio del caos bélico que amenaza a toda la isla. Un gran trabajo de ambos que se convierte en una odisea envuelta en vendas y cloroformo, trepidante en algunos momentos, sencilla e íntima en otros pero siempre en el delicado equilibrio de unas muletas que ayudan a transportar los sueños de un puñado de hombres rebosantes de valor.