martes, 16 de enero de 2018

FORREST GUMP (1994), de Robert Zemeckis

Una pluma, mecida por el aire, va a posarse en un lugar cualquiera para contarnos un cuento. Un cuento de heroísmo, de superación, de suerte, de destinos y carreras. La historia de un hombre no demasiado inteligente, pero que siempre supo qué era el amor. Un hombre que tuvo que luchar con el desprecio de muchos que consideraban que estaba por debajo del nivel intelectual normal y que, sin embargo, dio lecciones de cómo tenía que ser un hombre de verdad. Su vida fue zarandeada de un lugar a otro para que, al fin, pudiera encontrar la paz. La paz que solamente se siente cuando se está al borde de un lago con la única huella que dejas en la Tierra. Sus piernas, antaño prisioneras, son hélices que hieren el viento en busca de otro mañana apasionante. Y su mayor virtud consiste en que no considera que nada de lo que le ha ocurrido sea demasiado valioso. Ha conocido a varios presidentes, ha combatido en una guerra, se arruinó con un negocio de gambas y después se hizo rico, fue campeón de ping-pong, recorrió medio mundo a la carrera y, más tarde, simplemente se cansó. Sí, ese hombre supo lo que era el amor porque siempre lo persiguió a pesar de que no sabía apenas nada. Y tuvo una vida envidiable.
Él cuenta todo eso como si fueran un buen montón de cosas no demasiado interesantes, como si conocer a los distintos presidentes hubiera sido un acto protocolario en los que, irremediablemente, se hacía pis; como si ganar la medalla de honor del congreso por haber salvado a todos sus compañeros fuera una distinción menor dentro de una vida que le lleva de una pasión a otra. Sin embargo, son pasiones que él ejecuta de una forma mecánica como si le hubiesen puesto ahí para hacer eso, para salvar vidas, para dar sentido a muchas otras, para que la chica que era su “muy mejor amiga” encuentre un rumbo definido y una razón para vivir. Quizá a algunos incluso eso les puede parecer poco…

Corre, Forrest, corre. Un niño te necesita. Tuerce la cabeza cuando está sentado igual que lo haces tú. La pluma se irá, dejándonos con ganas de más. Y nuestra mirada ya no será la misma después de haberte conocido, de haber corrido desaforadamente a tu lado, de haber llorado con tus pérdidas, de habernos alegrado con esos éxitos a los que tan poca importancia has otorgado. De alguna manera, ya te quedaste para siempre en nuestros corazones. Quizá porque nuestra caja de bombones nunca nos desveló cuál sería nuestro destino y el tuyo fue el de un personaje mágico, de cuento, de ida y vuelta, de amor y ternura, de bondad y amistad. Nadie podría pedir más. Corre, no pierdas el autobús, la pluma ya se va…ya se va…

BAJO LA ARENA (Land of mine) (2015), de Martin Zandvliet

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "El resplandor", de Stanley Kubrick, no tengáis miedo, lo podéis hacer aquí.

Después de la guerra, el mayor enemigo es el rencor. Es luchar contra la venganza que los vencedores siempre se toman contra los vencidos. Es no saber distinguir entre la carne de cañón que fue enviada para el frío cumplimiento de las órdenes y los mandos que dieron esas órdenes. Y bajo la arena hay un montón de ellas enterradas, esperando que se extraigan y dejen de clamar por más sangre, sea cual sea el color que tenga. Más que nada porque es muy difícil mirar a las caras de esos soldados prisioneros y darse cuenta que, bajo ellas, sólo hay niños a los que se les ha obligado ser hombres cuando ni siquiera han tenido tiempo de vivir su infancia.
Cientos de miles de minas enterradas en las playas danesas deben ser desactivadas. Para ello, no hay nada mejor que utilizar a los propios prisioneros, negarles el pan, tratarles como perros, arrebatarse a sí mismos la conciencia de que se están usando miradas que perdieron su ilusión en los campos de batalla. No, no era su país, pero ellos ni siquiera lo sabían. Fueron allí, les pusieron un fusil en las manos y dijeron que disparasen. Todo por Alemania. Adelante, Alemania. La sangre joven de la patria es prescindible siempre y cuando se alcancen los objetivos. Y los daneses rugen de furia contra los que les subyugaron durante cinco largos años de penurias, torturas y humillaciones. Si una mina explota en la cara de esos niños, peor para ellos, que hubiesen nacido después. ¿No eran carne de cañón? Pues ahora se van a convertir en carne de mina.
Y allí van, con su aire derrotado, decepcionado, casi seguros de que no van a salir con vida del empeño. Las playas de arena blanca de la costa oeste danesa parece que les dan la bienvenida con un alarido ahogado de belleza. La misma que ellos ya han perdido. Y si no lo han hecho, lo harán ahora. La muerte se esconde en el siguiente palmo de terreno y el día languidece entre sus manos llenas de arena y pánico. Lo único que quieren es que no se oiga ninguna explosión porque eso significará que alguno de sus compañeros ha caído. Las minas esperan a veinte centímetros de la superficie y parece que se ríen ante sus manos temblorosas y su futuro inexistente.

El corazón suele ser un cazador solitario y, en esta ocasión, es un paracaidista. Después de la orden fría, siempre late ahí abajo, dándose cuenta de que, en realidad, esos chicos que no sobrepasan los diecisiete años, tienen tanta condición de víctimas como los que han sufrido la invasión del ejército alemán. No será una esperanza repentina. Tendrá que abrirse paso con dificultad, como los interminables pasillos de arena que abren esos chicos tratando de desterrar a la muerte tan cerca del mar. Será poco a poco, con las consabidas dificultades, con los fatídicos errores, con los compañeros caídos. Después de la guerra, hay que hacer un esfuerzo por la objetividad y por cumplir lo que se promete. Y la posguerra es una gran mentirosa que suele ofrecer paz a cambio de hambre. Hay que tener mucho cuidado, cultivar la paciencia y darse cuenta de que la siguiente mina puede ser la defini….

viernes, 12 de enero de 2018

EL GRAN SHOWMAN (2017), de Michael Gracey

Perseguir un sueño es comprometerse en matrimonio con lo imposible. Todos los días hay que empezar de cero, como si no se hubiese conseguido nada, y volver a luchar con la misma fuerza, con el mismo empuje y con la misma fe. Si se puede soñar, se puede hacer. O, al menos, eso es lo que pensaban algunos hombres que se involucraron con lo que realmente creían. Aunque fuera un espectáculo que apelara a la morbosidad implícita de la gente. Aunque se tratase del engaño de un montón de buena chirigota.
En el camino del éxito, hay toda una serie de desviaciones que se deben eludir. La fama, el dinero, el lujo, el amor…son sólo trampas para incautos que se doblegan ante su propia personalidad. El objetivo debe ser sólo uno y siempre, en algún lugar del corazón, debe hallarse la búsqueda de los propios sueños, sin atender a beneficios económicos, ni a críticos malhadados, ni a envidias profundas que sólo llevan a la corrupción del pensamiento. Levantarse, al fin y al cabo, también puede ser una obra de arte. Y saber hacerlo es una tarea reservada para unos pocos.
Y es que el foco estará siempre en el centro de un escenario que, muy pronto, tendrá tres pistas para desarrollar su naturaleza poco convencional. Sin saberlo, sin notarlo, pronto habrá una razón para que todo siga adelante, como un espectáculo que nunca debió dejar de continuar. La verdad se escribe haciendo historia, arrancando aplausos, consiguiendo llegar a aquellos sitios a los que nadie ha llegado jamás. Y siempre será posible si detrás de todo se encuentra la delicada mano femenina de alguien que no sabe fallar. Más allá de todo fracaso. Más allá de toda ilusión.
No cabe duda de que Michael Gracey consigue una película que entra por los sentidos, con una cuidada puesta en escena que, con frecuencia, deja con la boca abierta. A ello ayuda una espléndida fotografía y una dirección artística de altura que se basa, en gran medida, en la utilización del croma. Las canciones son precisas, con intervención en la trama, y Gracey se muestra bastante más hábil en la intimidad que en los números coreográficos. Hay una cierta precipitación en el desarrollo de ciertas ideas, pero no empaña en absoluto una obra que estremecerá el corazón, que invitará a bailar en la butaca, que deja un rastro de maravilla en la contemplación de sus intérpretes y que se propone, y lo consigue, hacer que se salga con una amplia sonrisa de la sala de cine.
Y es que las historias de superación personal siempre tienen buenos resultados y más si se envuelven con lujo y buen gusto. No se puede esperar menos cuando el personaje central es el hombre que revolucionó todo el concepto del circo creando el mayor espectáculo del mundo. Hugh Jackman, Michelle Williams y Rebeca Ferguson tienen instantes de lucimiento. Zac Efron está un escalón más abajo, tal vez porque su personaje está lleno de tópicos, aunque no desentona del resto. No es fácil competir con el torbellino Jackman que llena de elegancia y estilo cada una de sus escenas. Quizás porque sabe que el hombre al que intenta dar vida era un pozo de sueños que tenían la obligación de hacerse realidad por la sencilla razón de que, más allá de su ambición personal, sólo trató de conseguir que el mundo fuera un poco más hermoso para todos.

jueves, 11 de enero de 2018

MOLLY´S GAME (2017), de Aaron Sorkin

Cuando se tiene un instinto de superación suficientemente desarrollado, no se toman en cuenta los giros imprevistos que el resto de mortales llamamos mala suerte. Si eso ocurre, se vuelve a empezar, quizá en otro campo, en otra materia, en otro horizonte y es muy posible que, una vez más, se vuelva a ocupar el número uno en esa nueva disciplina. También ayuda mucho esa capacidad para aguantar el sufrimiento en un nivel que se halla por encima de la gente corriente. Aunque ese sufrimiento se pueda cuantificar en cifras de seis ceros.
Molly Bloom es una chica que sabe lo que es ganar y ha mordido el polvo o, más bien, la nieve, cuando ha llegado la hora de perder. Su inteligencia ha sido un instrumento de supervivencia que mantiene los sentidos en alerta permanente y, por eso, ha llegado a ser considerada una monarca de ciertas actividades que podrían ser tomadas como ilegales. Sin embargo, hay algo que distingue a Molly de todo ese mundo de trampas, de alcohol, de drogas, de adicción al juego y de dólares sin control. Se llama ética. Suele ir acompañada del honor.
Ella no está dispuesta a vender todo lo que sabe por librarse del castigo. Sabe que haría mucho daño a familias enteras, por mucho que los responsables lo merezcan. Tiene algo dentro de ella que es inquebrantable. Y ni todas las deudas del mundo podrán romperlo. Ella se arriesgo, una vez más, bajando por una pendiente imparable y, por segunda vez, tropezó con algo que, sencillamente, era impensable. Y además posee una entereza envidiable porque, si algo sabe hacer Molly, es levantarse.
Con el estilo atenuado de Martin Scorsese, el afamado guionista Aaron Sorkin realiza su primera película como director y consigue ser apasionante en algunos trechos, sobrio en otros, ligeramente farragoso en los menos y tremendamente efectivo sacando lo mejor de una actriz repleta de recursos y de sabiduría como Jessica Chastain. Ella es el centro de todo y gana la partida a todos los que osan ponerse frente a ella. Mención especial merece el papel secundario que desempeña con rocosa seguridad Kevin Costner y, desde luego, toda la película está salpicada de diálogos trepidantes, incisivos, brillantes y fuertes. La sensación, al final, es que se ha accedido a un mundo al que no se tiene acceso, pero que existe, que está ahí, todos los días, en lujosas habitaciones de hotel o en garitos de medio pelo de luces de neón y ambiente cargado. En algún lugar de esta historia, nos encontramos con nuestro propio sentido de la ética y nos damos cuenta de que la mayoría de nosotros somos seres inferiores, que no dudarían en vender a quien sea, a cuenta de lo que sea, con tal de salir indemnes de un callejón sin salida lleno de trampas. El juego de Molly, reprochable y, sin duda, censurable, consistió en ganar dinero a costa de los que solo quieren perderlo porque no saben lo que hacer con él. Con sus miserias y sus mentiras. Con todos sus faroles y sus falsos ruegos. Con toda la porquería que llevan encima y que, en muchas ocasiones, les sirve de disfraz para una supuesta vida honorable.
El camino para llegar a las certezas que anidan en el corazón suele estar empedrado de billetes. Sólo la valentía puede anular esa alfombra de promesas que suele empezar con una irresistible jugada compuesta por un imbatible full de ases y reyes. Y la mano que sujeta las cartas es la de una dama que siempre supo dónde estaba el límite.

miércoles, 10 de enero de 2018

EL JUSTICIERO (1947), de Elia Kazan

El primer deber de un fiscal no es sentirse satisfecho por haber ganado un caso, sino estarlo porque se ha impartido justicia. No es fácil dejar esta frase grabada en el pensamiento de un abogado del Estado cuando a la vuelta de la esquina se le está seduciendo con cargos políticos y el éxito por el que tanto ha luchado. Sin embargo, algo hay en él que es más fuerte que el triunfo personal y es el ansia de haber luchado de forma justa, de haber estado con el inocente y de haber inculpado al que lo merecía. Es un hombre honesto, de esos que ya no abundan. Buen testigo de ello es un avezado periodista que observa mucho y calla muy poco. Sus ojos saben distinguir las presiones a las que se ve sometido un Fiscal cuando el caso conviene ganarse por diversas razones. Los intereses creados, el beneficio inmediato, el próximo cargo, el próximo juicio…todo ello tiene que estar en un segundo plano si lo que está en juego es la vida de un hombre. Y el asesinato plantea varias dudas. Los testigos aseguran que el acusado es el autor…pero la calle estaba demasiado oscura. La víctima era un hombre bueno y todo el mundo sabe que los hombres buenos tienen enemigos incluso entre los desconocidos. El arma utilizada para el crimen es defectuosa y no puede haberse disparado en el ángulo en el que entró la bala. No, demasiadas cosas apuntan a que el acusado es inocente. Y un Fiscal debe de velar por el cumplimiento de la justicia, no por acumular cientos de casos ganados. Eso es lo de menos. Y tener la conciencia tranquila, no tiene precio. Tal vez porque si no, ese Fiscal no podría ni mirar a su mujer a la cara.
El camino no será fácil. Tendrá que enfrentarse a los gerifaltes, a los interesados dueños de los periódicos, a un viejo amigo que, por aquellas casualidades de la vida, también es el jefe de la policía, al juez e, incluso, a la próxima prosperidad del municipio. Solo porque está en juego la vida de una persona. Solo por eso. Nada más, ni nada menos.

Elia Kazan dirigió está película llena de idealismo por una justicia que debería ser salvaguardada por los mismos elementos que la integran y que hacen que tenga sentido en una sociedad que lincha antes de juzgar, que emite la opinión antes de valorar, que no atiende a razones ni a pruebas. Así, Kazan articula también una advertencia sobre el ansia de sensacionalismo de la opinión pública y de la gente en general con resultados brillantes, con lúcidas intervenciones de Dana Andrews, Lee J. Cobb y Ed Begley y con la seguridad de que el cine también puede ser valioso cuando nos atrevemos a mirar mucho más allá de las apariencias.

martes, 9 de enero de 2018

EL PICO DE LAS VIUDAS (1994), de John Irvin

Durante estas Navidades tuvimos dos programas de "La gran evasión" en Radiópolis Sevilla. El primero fue Solo ante el peligro, de Fred Zinneman. El segundo se dedicó a El ídolo caído, de Carol Reed. Si tenéis ganas de escucharlos, podéis pinchar en cada uno de los títulos.

El Pico de las Viudas es un pequeño pueblecito de Irlanda que se halla en medio del verde intenso y de la maledicencia recalcitrante. Por eso tiene un nombre tan adecuado. Es un lugar a mitad de camino entre Cork y Limerick y tiene una población compuesta, en su mayoría, por señoras que han tenido la desgracia de perder a sus maridos. Éstos, solícitos y nada perfectos, aseguraron la manutención de sus esposas para el resto de sus días. Evidentemente, eso conlleva varios problemas y el mayor de todos ellos es el tiempo. Sí, es ese monstruo que se presenta alrededor de las tazas de té y de las largas tardes de lluvia y sol a partes iguales. Tiene la facultad de soltar lenguas y desatar miradas viperinas. Y acaba de llegar una forastera. El caldo de cultivo ideal para que se digan y se oigan los susurros oportunos, las leyendas campestres sin base real y la pequeña y dañina maldad de unos cuantos corazones solitarios, aburridos y demasiado correctos.

Tan correctos como sus apariencias. Claro que no todo es lo que parece y no hay nada más fácil que hacer hablar a las serpientes que siempre quieren ver lo que les apetece. La forastera es hermosa y elegante, tiene un cierto toque de clase y se muestra educada y cortés…salvo con una solitaria mujer que no es viuda pero que ha llegado a una especie de pacto con el resto de respetables señoras. La enemistad crece exponencialmente y ese paraíso de verdor y humedad se convierte en un desierto de inquina y desprecio. Ya que al Pico de las Viudas le gusta tanto mantener las apariencias, vamos a regalar una buena dosis de apariencias. Así, de paso, se puede vestir un traje a todas esas falsedades que, poco a poco, van tejiendo un manto de silencio que, en sí mismo, también es un delito. A veces, también el silencio es un delincuente. No obstante, hay que tener en cuenta algo muy importante. Las mujeres son inteligentes y, desde luego, saben comerse muy frío el plato de la venganza. El Pico de las Viudas es un lugar precioso, ideal, paradisíaco, fantástico. Solo las abruptas insidias de algunas personas hacen que el verde se torne en gris y que vivir allí sea una cárcel custodiada por las palabras dichas en voz baja. Es hora de dar un repaso a estas señoras. Y las encargadas de hacerlo son Joan Plowright, Mia Farrow y Natascha Richardson. Todas ellas esconden secretos que no desean ser dichos. Todas ellas esconden un lado que raramente suelen enseñar. Ya saben…las apariencias…ante todo y sobre todo.

martes, 2 de enero de 2018

THE DISASTER ARTIST (2017), de James Franco

No basta con una explosión emocional para hacer creer a todo el mundo que se posee el talento. El trabajo de actor es agotador, hay que pensar todo el tiempo como se supone que lo haría el personaje que se está interpretando. Hay que esperar y trabajar en el interior y en el exterior para que esa reacción, sea cual sea, llegue a parecer creíble. Y aún más si se quiere dirigir en cualquier campo de la representación. Hay que saber contar, saber narrar, saber orientar, saber liderar. Y pocos, muy pocos en la historia del cine han sabido hacerlo realmente bien más allá de sus excentricidades o extravagancias.
La ilusión por triunfar puede fabricar verdaderos espejismos. Se puede llegar a creer que se está realizando algo sublime cuando se está cayendo en el ridículo más espantoso. Y aún llega a horrorizar más el hecho de que se haga algo tan mal, tan infecto, que despierte a verdaderas legiones de adoradores que se inclinan por lo diferente, por la certeza de que aquello que se está viendo es lo peor del mundo, pero que, en el fondo, tiene mucha gracia. Y es que, si miramos a nuestro alrededor con cierto detenimiento, nos daremos cuenta de que hay mucha gente rara en el mundo.
No todo se suple con la fuerza de la voluntad. Y, ni mucho menos, alguien verdaderamente creativo se puede dejar arrastrar por una continua actitud enmascarada en la apariencia. Nadie es Stanley Kubrick por tener una cámara en la mano. Nadie es Alfred Hitchcock por tratar a los actores como ganado. Es el absurdo de unos tiempos que coronan a la auténtica mediocridad precisamente porque es mediocre. Es fácil reírse. Es fácil ridiculizarlo todo. Y aún más fácil es subirse en el tren de esa risa para enaltecer lo que no tiene ni la más mínima justificación de arte.
Aunque las opciones de James Franco como director no sean siempre las más adecuadas, hay que reconocer que la historia que se decide a contar en esta película tiene su gracia. La personalidad misteriosa y, a la vez, grotesca de Tommy Wiseau, un tipo que llegó a interpretar y dirigir una película infecta como The room mientras se gastaba una auténtica fortuna de origen desconocido, llega a ser apasionante bajo el ojo de Franco que pone de manifiesto el ridículo entorno de Hollywood por el que tantos se afanan por triunfar. Para ello, tiene un guión que arranca unas cuantas risas, cuenta con unas cuantas apariciones especiales de cierto peso y también con su propia interpretación, tan tirada y estupenda que acaba por ser un soplo de aire fresco.

Inevitables son las comparaciones con Ed Wood, de Tim Burton, pero Franco opta por averiguar los miedos de su protagonista, llenándolo de frustraciones que siembran de dudas su supuesto talento que, por supuesto, resulta inexistente. Maravillosas resultan sus secuencias de alto nivel emocional en la que, con una torpeza casi indescriptible, trata de imitar a Marlon Brando en Un tranvía llamado Deseo. Franco, sin ruborizarse, nos dice de alguna manera que soñar es gratis aunque, a veces, es insufrible. Y eso, en el fondo, tiene un cierto mérito que se balancea con soltura entre la perplejidad y la pasión. Al fin y al cabo, es posible que cualquiera que tenga una cámara se crea que es Stanley Kubrick (otra cosa es que lo sea). Y ejemplos los hay a millares.