viernes, 10 de octubre de 2008

NUESTRO HOMBRE EN LA HABANA (1959), de Carol Reed


Puede que ser espía sea lo más aburrido que hay en el mundo. También puede que se encargue ser espía a un hombre que es lo menos dotado posible para hurgar en los senderos del secreto y la confidencialidad. Puede que el mundo entero sea un espía y tu seas un simple vendedor de aspiradoras. También puede que la imaginación de una sombra te lleve a hacer un plano de una planta armamentística y se parezca sospechosamente a…un aspirador. Por último, puede, tan sólo puede, que harto ya de engaños y de una profesión de oscuridades y sangres que nunca fueron derramadas, aprietes el gatillo y acabes de una vez con los malditos escrúpulos que no te permiten tomarte demasiado en serio.
Alec Guinness le da a su papel de espía forzoso un cierto aire de ironía caribeña, un acabado andar por las calles de La Habana en busca de una información que no se presenta como un proveedor. Su papel es rico en matices, su interpretación es de maestro en expresiones. Nuestro hombre en La Habana está basada en una excelente novela de Graham Greene que, eso sí, abominó luego de la versión cinematográfica realizada por Carol Reed porque su visión del ridículo, del espionaje y de la furia que todos llevamos dentro no era tan poco seria. Greene era también crítico de cine. Y como buen crítico, también erraba. La película es de una factura impecable, y no pone sonrisas en nuestros labios pero sí una mirada descreída a un mundo que siempre se nos ha descrito como fascinante y…bueno, tal vez sea sólo la blanca visión de unos urinarios públicos.
Carol Reed, el tipo que dirigió tan buenas y desconocidas películas como Larga es la noche o La llave pero que también tiene su lugar en la leyenda del cine con títulos como El tercer hombre (aunque parte del resultado final sea culpa del gran Orson Welles) y El tormento y el éxtasis, propuso en esta ocasión un juego de encantos en manos de Maureen O´Hara; otro de astucias y de irritantes aspiradoras en el rostro moldeable de Alec Guinness; otro de amistades e informaciones cruzadas en esa mirada salvaje que tenía ese gran actor que se llamaba Burl Ives y otro más de fingimientos ridículos y de informes engolados en el ridículo del verdadero espía que era Noel Coward. El resultado es una soberbia comedia negra, mezcla de cuba libre con ironía, cuidado que puede llegar a emborrachar. En las nubes de la ebriedad podemos saber lo que no queremos, podemos encontrar la casualidad esperándonos a la vuelta de una Revolución, podemos perder la sístole que nos hace hombres y la diástole que nos convierte en sensibles. Tengan cuidado, mucho cuidado. Nuestro hombre en La Habana es un tipo más listo de lo que parece, y puede que ustedes se queden con la sonrisa congelada en pleno trópico de espías y engaños.


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