miércoles, 2 de junio de 2010

ALEJANDRO EL MAGNO (1956), de Robert Rossen


No cabe duda de que una de las carreras más truncadas a causa de la tristemente célebre “caza de brujas” que emprendió el Senador Joseph McCarthy (ya lo dijo el escritor Arthur Miller: “Estados Unidos se comportó como si estuviera al borde de la paranoia roja teniendo el Partido Comunista más pequeño del mundo”) fue la del director Robert Rossen. Hombre de inteligencia refinada, de pensamiento inquieto pero de certera visión, dejó muestra de su buen hacer en la maravillosa Cuerpo y alma, con John Garfield; ganó el Premio de la Academia con El político, radiografía de la podredumbre de las buenas intenciones de un hombre que empieza ayudando a los demás y termina ahogándose en sí mismo y encarnado por un inmenso Broderick Crawford. Luego vino el ostracismo, la cárcel, la inclusión en las listas negras, el exilio, donde rueda ésta biografía retratada desde el lado interior del ser humano que había bajo el nombre de Alejandro el Magno; el regreso a Estados Unidos, donde rueda ese estudio del heroísmo interesantísimo y muy poco conocido titulado Llegaron a Cordura y la realización de su obra maestra El buscavidas; para pasar después a tener que tragar con los caprichos de una estrella como Warren Beatty en el defenestrado retrato de la locura y el egoísmo que es Lilith.
El caso es que aquí Rossen no quiere ser el pintor del mayor de los conquistadores, sino el detallista de uno de los hombres más significativos de la historia. No desea la sangre de la espada, siempre espectacular y con tintes épicos. Quiere ofrecer el carácter y la personalidad que conformaban el espíritu de rebeldía y de superación diaria de un guerrero que un día lloró porque no había más mundos por conquistar. Por ello, Rossen no duda en suprimir batallas importantes, porque le interesa más la lucha en el interior del héroe. Hay algunas secuencias bélicas, sí, pero la verdadera guerra se libra en el diálogo, profundo y muy explicativo, que nos descubre motivaciones y actos, miradas (que Richard Burton clava con singular eficacia) y movimientos y, también, odios y desprecios.
El objetivo que Rossen perseguía no llegó a alcanzarse en su totalidad. Alejandro el Magno no es una película redonda aunque sí está recubierta de una fina capa de inteligencia y tiene un halo de convencimiento que hace de ella una historia que tan sólo quiere ofrecer ese lado que nadie quiere ver cuando se habla de una figura mítica.
Y, por supuesto, haciendo frente a un Richard Burton que ya comenzaba a ser grande, hay un Fredric March que sabía exhibir una envidiable sabiduría en la composición de un personaje. No nos dejemos timar por las relucientes corazas del campo de batalla, eso no es más que oropel para el papiro que refleja la Historia. Adentrémonos en el hombre, en el mito y en la leyenda.

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