viernes, 5 de noviembre de 2010

LA CIUDAD DE ORO DEL CAPITÁN NEMO (1969), de James Hill

No cabe duda de que el principal atractivo de esta película está inmerso en esas arrugas profundas que se dibujan en la cara de un actor como Robert Ryan. Después de las amargas experiencias del Capitán Nemo en películas como 20.000 leguas de viaje submarino, de Richard Fleischer; o La isla misteriosa, de Cy Endfield en las que el capitán asumió los rasgos de James Mason y Herbert Lom, respectivamente, el rostro de Robert Ryan parece expresar a la perfección ese rechazo casi monstruoso que ejerce el biólogo y explorador hacia la Humanidad, defensor extremista de los recursos naturales que ejerce el mar y que pudre su corazón con el odio fermentado con sal por una raza humana imperfecta, voluble, histérica y expoliadora de los tesoros de la Naturaleza.
Aunque, evidentemente, aquí no existe el soporte literario de las letras de Julio Verne, sí que planea su espíritu a través del trazado de un personaje fascinante que intenta ser comprendido y que es sistemáticamente rechazado por los humanistas que suelen rodear sus pensamientos. Como consecuencia de ello, el entretenimiento familiar está servido, con unas extraordinarias secuencias rodadas bajo el agua que superan con mucho la escritura de un guión que no llega a ser sublime pero que resuelve con eficacia la fantasía que impera en toda la aventura.
Y es que el director James Hill, especialista en rodar con animales como demostró en la taquillera y muy conocida Nacida libre, rueda con maestría todas las escenas en las que la Naturaleza es la protagonista, hábilmente secundada por animales de muchas y muy variadas especies marinas y en las que destaca el temible ataque de un tiburón, espléndidamente montado, y que se convierte en una razón más para disfrutar de una película que, además de ser una aventura, también es un documental sobre la vida en el fondo del mar.
Lo cierto es que el rostro de Robert Ryan, muy criticado en su momento por asumir el equívoco papel de Nemo, es casi la expresión en piel de la arena removida por el agua, mucho menos sofisticado que sus predecesores en el papel, Ryan otorga una autoridad creíble al personaje, amargado en el fondo de su sueño, faz de coral que hunde sus arrecifes en los pliegues de su gesto, de su forma, de su férrea voluntad. Y eso se hace aún más evidente si comparamos su profesionalidad y destreza al lado del resto de sus compañeros de reparto.
Así que, navegando a toda máquina, tendremos una película que tendrá la espuma imprescindible de la ciencia-ficción, la estela rauda y veloz de la fantasía, el balanceo de unas olas que otorgan un poquito de acción al conjunto y algún que otro salto de pez inquieto en forma de chiste aquí y de broma allá. No es una obra maestra. No es inolvidable en el espejo de nuestras retinas pero es una de esas historias que hacen sentir bien, cómodo, relajado, sin trascendencias irritantes que no nos dejan descansar del ajetreo diario. Es una miniatura recubierta de cristal, con algún que otro reflejo de valor.

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