viernes, 28 de octubre de 2011

SANGRE, SUDOR Y LÁGRIMAS (1942), de Noel Coward y David Lean

Esta película pasa por ser la primera en la que David Lean se puso detrás de las cámaras aunque huyendo de falsos enaltecimientos podemos decir que quien llevó la mayor parte del peso fue su co-director Noel Coward, dramaturgo de inusitado éxito que escribió también los diálogos (algo acartonados en ocasiones pero que resisten bien el paso del tiempo) que no son más que el soporte insustancial de una historia que intentó mantener alta la moral de las tropas británicas en plena guerra mundial.
Basada en las experiencias de Lord Mountbatten en la guerra, Sangre, sudor y lágrimas (proféticas palabras sobre lo que costaría ganar la guerra pronunciadas por Winston Churchill) además de un film de excelente factura también es un retrato del microcosmos de la sociedad británica en guerra, una especie de estudio sociológico de los arquetipos que en aquellos años proliferaban en medio de un afán de conseguir el bien común azotado por la guerra. Para ello se sirven de la narración de las andanzas de los tripulantes del “Torrin” en clave de flashback y de la certeza de todos ellos de estar luchando por un sistema en el que creen (clave intrínseca de la película en la que Noel Coward quiso poner un especial énfasis). El resultado es algo que merece la pena verse y que, no sólo eso, pide sucesivas revisiones para encontrar rincones pasados por alto en los que detenerse un momento puede resultar una experiencia enriquecedora.
Además del excelente trabajo de Noel Coward como actor (una faceta que esporádicamente quiso desempeñar con notable versatilidad, verbigracia, el misterioso casero de El rapto de Bunny Lake, de Otto Preminger), hay que destacar el trabajo de Celia Johnson (a la que reconocemos también en otra película de David Lean, Breve encuentro) y del pocas veces desacertado John Mills. Como curiosidad, podemos ver en una breve aparición al años más tarde oscarizado director de Gandhi, Richard Attenborough.
Hay que resaltar también el aspecto argumental que se nos ofrece acerca de las razones del heroísmo y de cómo se llega a alcanzarlo en medio de una ambiciosa estructura cronológica que forma un curioso rompecabezas. Probablemente, al ser procedente del oficio de montador, ésta es la aportación más significativa de David Lean a la dirección de esta película en la que, cuenta la leyenda, Coward rechazó todas y cada una de las sugerencias que le hizo Lean. Hasta tal punto que Coward quiso que el crédito dijese simplemente “dirigida por Noel Coward…ayudado por David Lean”.
En cualquier caso, si se ama aquello por lo que se lucha, la derrota no entra nunca en el vocabulario de aquél que resiste. Y de eso nos habla Sangre, sudor y lágrimas.

jueves, 27 de octubre de 2011

MARGIN CALL (2011), de J.C. Chandor

Cuando una crisis aparece nunca pierden los que más tienen. El método será hundirse con los bolsillos llenos y prescindir de la cuestión de conciencia. Y si alguno de los implicados tiene una carga tan pesada, será mejor que la entierre dos metros bajo el suelo porque lo único que vale es el dinero, un pedazo de papel con foto que evita que los hombres tengan que matarse para conseguir comida. Si la negligencia ha sido la causa, hagamos a todo el mundo responsable.
La mecha se prende cuando se despide a la persona equivocada. Alguien que es de competencia demostrada e intuye que se está gastando más de lo debido, que una empresa financiera está al descubierto y que sus inversiones tienen mucho más riesgo del asumible porque ha habido una masificación hipotecaria. Si la gente quiere comprarse un coche caro y no tiene dinero para pagarlo, es culpa suya. Si una empresa quiere pagar sueldos millonarios y no hay de dónde, sólo se necesita vender, despedir, liquidar y a otra cosa. Es el capitalismo salvaje. Es la moral extraviada. Es la nada a ras de suelo y el poder en los océanos de cristal de los rascacielos.
Y la caída es inevitable. La decisión de unos pocos influye en millones de personas, en universos enteros de economías domésticas que vuelan por los aires mientras nunca falta el deportivo, el traje caro, el lujo inútil y la casa con un jardín del tamaño de un campo de fútbol. A eso no se renuncia. Que renuncien los demás. Y si, por casualidad, hay que prescindir de alguna cabeza para contentar a los furibundos inversores, la tragedia es para el condenado que no podrá llevar el tren de vida a toda velocidad y deberá acostumbrarse a vivir a ritmo de utilitario.
Con todos estos mensajes detrás de una quiebra, J. C. Chandor realiza una historia eficaz, algo confusa y lenta para explicar los inicios de la crisis que, sin lugar a dudas, ha seguido siendo un negocio para los de siempre. El reparto de extraordinaria eficacia ayuda a que la sombra de Lehmann Brothers se haga aún más grande y, por qué no, un poco más espantosa ante la carencia de escrúpulos de los que manejan los hilos. Entre ellos, cabe destacar al excepcional Jeremy Irons, infernal en sus planteamientos, terrible en sus apariencias y diabólico en sus resultados; al maravilloso Kevin Spacey, charlatán de miradas de palabras cortas, que maneja su cuota de dominio con tintes de cinismo pero que llega a un límite llamado ética; y al muy intenso y eficaz Paul Bettany, personificación del listo de toda oficina que jamás verá la calle desde el otro lado de la cristalera. Juntos conforman toda una conspiración para llevar a cabo la vieja máxima del Principe de Salina de Giuseppe Tomasso di Lampedusa en El gatopardo: “Hay que cambiarlo todo para que todo siga igual”. Y no duden que eso será lo que ocurrirá.
Bien es cierto que no es muy descifrable para el público la utilización de sentencias como “índices de volatilidad”, “permanencia contable de activos de dudoso riesgo” o “inversiones hipotecarias de entidades financieras sin liquidez inmediata”. Lo único que hay que tener en cuenta es que si se gasta más de lo que se ingresa, el resultado es la ruina. Pero la ruina para los trabajadores, siempre absolutamente prescindibles. Lo más seguro es que el individuo mejor trajeado, el que prevé los movimientos de mercado, el que amasa una fortuna mientras da cuenta de su almuerzo, no sólo no pierda su empleo si no que, a pesar de comportarse como un auténtico ratero de tres al cuarto, seguirá gozando de respetabilidad, de prestigio y de admiración en este mundo de cemento y sombras y de excesos aún no saldados.
Así pues que los mercados financieros sigan marcando el rumbo. Pronto no quedará nada para repartir porque todo lo que se pueda tener, estará acumulado en muy pocas manos. Y alrededor de ellas, habrá unos cuantos lacayos que pondrán la astucia como moneda de cambio. Usted y yo sólo tendremos derecho a ver cómo nuestras carteras siguen vacías.

miércoles, 26 de octubre de 2011

SIN PERDÓN (1992), de Clint Eastwood

Una mujer es capaz de leer en el corazón de un hombre como si fuera un libro abierto. Por encima de incomprensiones y de la furia que, a menudo, ciega al alma muerta, puede haber un hálito de vida que una mujer enamorada alcanza a ver con la claridad diáfana del día. Y eso puede hacer cambiar. Y se puede ser un desalmado y hacer justicia. En Sin perdón, un hombre sin alma encuentra un camino que recorrer y nos damos cuenta de que las grandes leyendas, casi siempre, son mentira; que los hombres que están en el lado correcto de la ley, muchas veces, no son más que asesinos sanguinarios; que los profesionales del asesinato no pasaban de ser vividores que se aprovechaban de las circunstancias para forjar un rostro tran falso como el que los cronistas escribían sobre ellos; que la amistad es un bien escaso que hay que cuidar y que un granjero...precisamente un granjero, es el que tiene que hacer justicia aunque su pasado esté manchado de sangre, de brutalidad y de ningún perdón...hasta que una mujer dio con él, vio lo que nadie veía y modeló y transformó a un sádico asesino en alguien que también podía hacer lo justo, lo correcto, lo esperado aunque, ni mucho menos, fuera lo legal.
Las grandes leyendas de la épica (a pesar de su oscuridad, Sin perdón es una película terriblemente épica) suelen ser aquellas que nunca se escriben. Por eso todos queremos ser leyenda. Aunque sea para un niñato que quiere ser como nosotros y sea incapaz de sobreponerse a la sensación de haber arrebatado una vida. Cuando el gatillo entona su percusión rítmica en medio de la noche, debe hacerlo para matar, para aniquilar, para acabar con todo, para que no quede nada vivo. Adentrarse en la oscuridad de la venganza por un amigo muerto requiere tener unos ojos inyectados en alcohol y en ira y descender al infierno sin piedad del que, un día, la mujer que amaste supo sacarte. Y precisamente te atreves a hacerlo porque ella ya no está. El gatillo en la noche, el ojo tras la cámara, la puesta de sol en el atardecer del ánimo, la bala mensajera del odio, matar es un deporte, vengarse es la necesidad.

martes, 25 de octubre de 2011

HAPPINESS (1998), de Todd Solondz

Muestrario de las bajezas más feroces que esconde el ser humano aparentemente más equilibrado, Happiness  ha pasado por ser una de las películas más idolatradas por cierto sector del público que ha visto cómo las rarezas y la marginalidad están presentes en todas las vidas, incluso las más respetables.
No deja de ser curioso que alguien decida hacer una película que haga de su máxima el “mal de muchos, consuelo de tontos” y convierta a un empleado informático en un degenerado incapaz de relacionarse con el sexo opuesto, a una inofensiva y obesa vecina en un asesino despiadado, a un psicólogo en un enfermo sexual que coquetea seriamente con la locura, a una artista en una ninfómana preocupada por buscar pareja a los miembros de su familia, a un niño en edad púber cuyo único afán en la vida es llegar al clímax sexual, a una ingenua en una chica perdida entre hombres tan frustrados que dan ganas de salir a la ventana y gritar tu normalidad. Alguien, con más inquina que razón, podría decir que, en el fondo, lo que me escuece de esta película es que hurga en heridas costrosas que yacen en la última capa de nuestra personalidad. Cinematográficamente hablando, es una película que juega con la contraposición permanente entre una realización sobria y elegante, armónica y con una banda sonora que utiliza la música clásica más tranquilizadora para compensar la terrible hiperrealidad que pretende mostrar, con mentes absolutamente enloquecidas que, sin embargo, aparentan la vida ordinaria, intentando extraer lo peor del ser humano para ser, sencillamente, una historia diferente de vidas cruzadas. A algunos gustará, a mí, no. Entre otras cosas, por lo evidente.
Por otro lado, y en el aspecto meramente narrativo, me parece mucho más válido el desmontaje del sueño americano que realizan otros realizadores que ya me dan a entender la degeneración imperante del estilo de vida basado en las casas preciosas y el jardín como una alfombra. Podríamos mirar, con admiración, el vistazo demoledor que Robert Altman echa a las Vidas cruzadas o el repertorio de suciedad de la clase media, no exento de ciertas depravaciones que realiza Sam Mendes en American Beauty. Lo cierto es que, para cualquier espectador medianamente inteligente, no es necesario reunir tal serie de personajes paseando por el mismo vacío del exceso moral para darse cuenta de que esa gente existe, ha existido y existirá y que todos conocemos a alguien que ha hecho algo parecido. Otra cosa es que lo aprobemos, sea digno de nuestra compasión, de nuestra comprensión y, mucho menos, de un comentario revestido de cierta dignidad o justificación.
No. Happiness  no sólo no me gusta, sino que me parece una película demasiado evidente, falta de elegancia a pesar de la pureza de sus imágenes, propia de unos cuantos que se sienten mejor al verla. Algunos, tal vez, nos sintamos estafados por la simple razón de que hacer una película así, es demasiado fácil.

viernes, 21 de octubre de 2011

SIN CONCIENCIA (1951), de Bretaigne Windust

Un ayudante del fiscal consigue por fin al testigo clave. Su testimonio va a condenar a un hombre despiadado que ha conseguido montar una empresa muy rentable dedicada al asesinato. El secreto de su éxito está en la eliminación del móvil. Simplemente se contratan sus servicios y él asigna al hombre adecuado. Contrato y objetivo. Asesinato y víctima. Pero el testigo está aterrado. Cree que los largos brazos empresariales van a conseguir atraparte a pesar de que está rodeado de fuertes medidas de seguridad. La traición también le asquea pero el terror se apodera de él, y el ayudante del fiscal lo ha previsto todo excepto protegerle de sí mismo.
Hombres contratados para matar. Uno de ellos se enamora de una chica y recibe el encargo de matarla. Primera pista para un muerto que anda, enloquece y desaparece. Un pantano inundado de cieno y cadáveres. Un recuerdo dentro de otro recuerdo. Un equívoco en el que nadie cae. El ayudante del fiscal es un buen sabueso que quiere declarar a la empresa en quiebra. La acción trepidante nos lleva, a través de una sólida estructura, al desenlace con el irritante altavoz de una tienda de discos, vocero de una sentencia sin móvil aparente.
Humphrey Bogart se comprometió a hacer Sin conciencia porque le parecía un guión excepcional que iba a servir de trampolín a un director que había hecho tres o cuatro películas hasta entonces y que sabía que ésta iba a ser una de las mejores que realizaría en su vida. Su nombre era Bretaigne Windust. El destino burlón le jugó su peor broma y cayó enfermo de gravedad cuando apenas se llevaban unos días de rodaje. Bogart, convencido de que la película merecía la pena, recurrió a un viejo amigo de viejos tiempos, Raoul Walsh para que terminara el rodaje.
Aunque la mayor parte del metraje es obra de Walsh, éste, en un gesto de auténtico caballero, rehusó a firmar la película en beneficio de Windust aunque fue un secreto a voces que hizo que, al recuperarse, fuera condenado a los infiernos de la incipiente televisión encerrado en una carrera menos que mediocre. Todo en la película huele a Walsh y todo en la película roza la maestría.
Vil destino. Cine cruel. Así también se asesinó la gloria que nunca llegó a nacer.

jueves, 20 de octubre de 2011

CONTAGIO (2011), de Steven Soderbergh

En una situación de emergencia, los oportunistas proliferan como virus. Internet es una ventana abierta hacia la información y por ella se cuelan múltiples falsedades. La cibernética aún no tiene más contagio que el neuronal. Por otro lado, la profesión médica tiene tantos incompetentes como cualquier otra pero, sin embargo, también está plagada de grandes profesionales que ponen en riesgo sus vidas con tal de llegar al punto cero de una enfermedad de grandes proporciones. Tratando de sobrevivir, el mundo se aniquila a sí mismo.
Un ligero roce, tocarse la cara, girar el pomo de una puerta que, anteriormente, ha sido agarrado por un enfermo, un murciélago que se cruza con un cerdo y, juntos, tienen un hermoso retoño en forma de virus letal, un parado es inmune y una miembro de una importante organización internacional sufre de Síndrome de Estocolmo y para eso no hay vacuna. La geografía es un vecindario y en poco más de cuatro meses, el caos llega a los víveres, a la desconfianza como forma de vida y a los instintos salvajes que arruinan la moral. Poco queda de humanos, poco queda de seres.
Con el retrato de diferentes casos de un hipotético contagio de una enfermedad mortal, el director Steven Soderbergh fabrica una película sincera, que no se detiene en el retrato de las miserias aunque no duda en mostrarlas y que se erige como un testamento del cariño que debería imperar entre las personas. Sin ahorrarse optimismos, Soderbergh describe cómo puede afectar una situación de enorme dificultad a distintos niveles y no deja de creer en que lo único que nos separa de la desolación total es la entrega de alguien con la inteligencia adecuada, en el momento preciso y en el lugar ideal; alguien con la capacidad de comprender que saltarse los protocolos establecidos y las resistencias burocráticas es la rebelión total frente a la exterminación. Y este comentario no es sólo una acotación médica de una película vírica. También es un antídoto frente a crisis de otros tipos y clases.
Soderbergh no duda en utilizar a un puñado de actores con nombre de los que sobresalen por derecho propio Laurence Fishburne, pleno de veteranía y serenidad, Kate Winslet, enérgica e incansable, y Jude Law, representante de tantos y tantos seres apagados que ven en la red su oportunidad para conseguir sus días de fama a través de formas infames de propagación de rumores, otra forma de virus.
No cabe duda de que también hay errores de cierta densidad como el cierre de la historia referida a Marion Cotillard pero, aún así, hay que reconocer que la agilidad es la enseña de esta película, que se nos lleva de un escenario a otro sin apenas transición y con un estilo cuasi-documental que acaba por ser uno de los mayores aciertos de una trama de enfermedades cruzadas, de huéspedes cero, del interrogante de si el ser humano está preparado para vivir en una sociedad que también está sometida a la naturaleza animal y de si sólo somos capaces de amar cuando las tensiones aflojan los músculos y la desgracia se medita en un rincón de una soledad merecida.
No deja de ser curioso que la platea sólo tosiera y carraspeara durante la película. Lo psicosomático parece que se despierta cuando alguien expone una idea de desastre vírico y, por unos instantes, parecía que el público iba a comenzar con una persistente tos de carácter preocupante. Tampoco faltaron los que no se enteraron de nada porque hay mucho nombre dando saltos de aquí para allá alrededor del orbe. Otros salieron blancos ante las perspectivas de una epidemia posible. Nada es comparable al suspiro que se exhala, tomando aire bastante viciado, cuando las luces de la sala se encienden ordenando el desalojo. La película está bien pero no mata. Más o menos igual que la tos seca del señor que estaba dos filas por delante. Y no toquen estas letras, por favor, podrían contagiarse de escepticismo.

miércoles, 19 de octubre de 2011

LA GRAN EVASIÓN (1963), de John Sturges

Un hombre sale lanzado con su moto. Sabe que no tiene escapatoria. Los alemanes le acosan. Pero él sabe que el mero hecho de ponerles en jaque merece la pena. Por eso hace todo lo que sabe hacer sobre dos ruedas. Acabará en una nevera, minando la moral con tres golpes de una pelota de béisbol.
Otro hombre, el gran X, quiere crear un segundo frente en la retaguardia alemana. Quiere organizar una fuga que haga que los alemanes reciban un golpe moral además de exigirles un esfuerzo militar. Disfruta con la preparación. Es un jugador nato y no le importan las consecuencias. Importa seguir combatiendo aunque sea sin armas.
Aún otro más, un hombre artista de la miniatura, de la falsificación, del dibujo, de la perfección, se queda sin ojos pero no sin ansias de libertad. Quiere sentirse libre aunque sea incapaz de ver la libertad. Y es el más entusiasta, el que sabe que unos simples papeles pueden ser la diferencia entre una cerca, la muerte, y una sensación de liberación, la vida. Y sólo tiene una palabra para definirlo: espléndido.
El gran proveedor de todo. El hombre que le echa cara a todo. El que es capaz de engañar a lo imposible. Precisamente ese hombre que parece que dio sus escrúpulos como moneda de intercambio es el que se convierte en ojos y guía para aquel que se quedaba ciego. Engañar al diablo no tiene precio, engañarse a sí mismo nunca es objeto de rebaja. Es un tributo a veces demasiado caro.
El rey del túnel no soporta la oscuridad, ni el agobio de la estrechez. El rey del túnel necesita ayuda para salir de las galerías que construye. Ha cavado diecisiete túneles, diecisiete vías de escape y no puede transitar por ellas porque el pánico le atenaza, le paraliza, le hace ser un entabicado que no existe horadando una tierra amenazante.
Y aún hay más. El hombre que dirige coros para disimular golpes rítmicos, el que idea un ingenioso sistema para deshacerse de la tierra delatora que el túnel vomita, el intérprete que cae en su trampa favorita, el australiano que se niega a abandonar una maleta de enormes dimensiones. Todos ellos se fueron en una gran evasión.
John Sturges dirigió esta película con un pulso admirable a pesar de su clara vocación comercial. No todo lo que se relata es verdad (la persecución en moto nunca existió aunque es una fantástica secuencia de cine de acción) pero aún no conozco a nadie que se haya aburrido viendo la construcción de Tom, Dick y Harry, los tres túneles que fueron cañones contra la moral nazi y espejismos de la esquiva libertad.

lunes, 17 de octubre de 2011

CINEMA PARADISO (1993), de Giuseppe Tornatore

A los ojos de un niño, el cine puede crecer y mostrarse como un mundo mágico en el que tienen cabida pistolas, risas, dramas, tragedias, polvo de estrellas, plazas iluminadas por el haz de luz de un proyector, pasión por el arte de contar historias...historias que, al fin y al cabo, pueden ser anticipos de una realidad que queda por vivir. Y hacer que todo se convierta en una inacabable aventura de los sentimientos o en una fantasía donde la salida de la luz sea la amenazadora boca de un león monstruoso, o lecciones de amor que son un puro entrenamiento para el beso perseguido. Y el que ve, queda ciego. Y el que aprende a ver, se olvida de mirar. Y quien ama el cine, no puede cambiar sus ojos por la decepción y el hastío porque entonces ya no habrá más magia que la de ese enorme e ingrato plano-secuencia que es la vida que, además, suele estar muy mal dirigido.
A los ojos de un adolescente, un beso bajo la lluvia puede ser el corte que nunca tuvo censura en tu deseo. O la búsqueda de un plano primerizo puede ser una declaración de amor para aquella que, para siempre, te roba el corazón para quedárselo. Por muchas mujeres que desfilen por tu vida. Por muchas noches rápidas de lenta soledad que llegues a compartir con cualquier otra. La cámara deslumbrada, en un blanco y negro difuminado, con el objetivo a distancia pero con la voluntad siempre recogida en unas cuantas fotografías pasadas a veinticuatro imágenes por segundo pueden ser, sin saberlo, lo mejor que hayas rodado en el plató inmenso del alma enamorada. Porque, a la postre, Alfredo tiene razón. Tiene mucha razón cuando, privado de sus ojos, te murmura un rabioso y tierno: "No mires atrás. No vuelvas. Nunca. Hagas lo que hagas, ámalo. No quiero verte nunca más".
A los ojos de un hombre, el recuerdo puede que no sea más que un puñado de polvo en el desvencijado trastero de la memoria. Puede que haga falta volar el pasado para no olvidar precisamente lo que te hizo hombre. Puede que la mirada de una madre te haga saber dónde estuvo el padre que tanta falta te hizo y que tuviste aunque no te dieras cuenta. El regreso al color amarillo de las calles empedradas, aunque ahora ya no haya sitio en la plaza porque todos se han acomodado en un coche que no deja espacio al loco de todos los pueblos, te trae al instante que cuando no tuviste nada, lo tuviste todo...y que ahora, que tienes todo, no tienes nada.
Y, al final, en la pantalla de tus lágrimas tanto tiempo encerradas, vuelven a ti todos los sentimientos de amor por un cine que nunca llegaste a ver, cercenado por la inútil prohibición y consciente del inmenso amor que siempre tuvo hacia el cine un hombre que dejó de ver, contrabajo en tu violín, y que nunca supo hacer otra cosa que mirar sueños.
Alberto Moravia criticó duramente Cinema Paradiso porque resaltaba ante todo el provincianismo de los italianos. No soy nadie para contradecir a quien me supera pero, tal vez, Cinema Paradiso resaltaba la pureza del amor al cine a través de una mirada desprovista de tecnicismos, de nombres, de fechas, de referencias, de viciados preceptos intelectuales porque para tener la inteligencia del cine sólo hace falta guardar amor en el alma.

viernes, 14 de octubre de 2011

HOMBRES VIOLENTOS (1955), de Rudolph Maté

Los nuevos principios suelen ser preludios de viejos finales. Atrás queda un pasado de violencia y muerte, de sacrificio e inutilidad. Delante, la esperanza, el cielo, la inmensidad de la civilización, ser uno más entre la multitud en lugar del único en la pradera. Malos tiempos para vender. Siempre habrá quien se quiera aprovechar de una tierra agradecida y dura, terrible y sedienta de sudor. Habrá que pagar el precio de unas cuantas balas para seguir mirando hacia delante.
La muerte de uno de los hombres que trabajan para el protagonista, Glenn Ford, hará que los sueños vuelvan a replantearse entre el olor del cuero de los chalecos y el polvo de las botas. La ira desbocada es un mal argumento para convencer. Las colinas de Alabama, allí en California, parecen apuntar hacia el cielo con sus cimas orgullosas y la violencia parece el único recurso posible para que la defensa sea ya una razón para vivir. Y a veces los héroes más reacios hacen las cosas más admirables. El escepticismo no tiene lugar cuando las estampidas del ánimo parecen estar a punto de explotar.”No me hagas luchar, no te gustará mi modo de luchar”.
Y es que los años cincuenta fueron la época del western más adulto con obras como ésta junto con otras también protagonizadas por Glenn Ford como Jubal o la extraordinaria El tren de las 3,10. En ellas, los héroes no estaban hechos de una pieza, sino que tenían que cambiar su modo de pensar para pasar a la acción. No se movían por la honradez, sino por la ética, por la manera de conducirse en un mundo inhóspito que, en este caso, está pidiendo a gritos hombres apacibles. La calidad hace su aparición alrededor de unos argumentos que giraban alrededor de complejas personalidades obligadas a ser héroes a la fuerza, en contra de voluntades y de comportamientos, a favor del deber y de la justicia. Para enfrentarse a Ford se eligió a un hombre que no era demasiado común verle en territorios situados más allá del Missouri como Edward G. Robinson y como elemento de fricción que siempre hace chirriar los revólveres más engrasados se halla una mujer de fuerza, talento y doblez como Barbara Stanwyck. Detrás de las cámaras, uno de esos directores que sabía muy bien lo que se hacía (como demostró en la genial y trepidante Con las horas contadas) llamado Rudolph Maté, excelente fotógrafo en el cine y artesano inolvidable en cuanto barro era capaz de acariciar.
Película fuerte, de amargo sabor, de hombres de arrugas en la piel por culpa de un sol que no diferencia entre los espíritus que desean un futuro y los que sólo siembran un pasado. Personalidades fuertes, de tormenta y aridez. Terrenos fértiles de gesto contraído que luchan sin dejarse vencer. Shakespeare con bandolera. Todo eso en apenas una historia. Asesinos de sangre fría que querrán hacer astillas corazones. Un hombre o un billete, ésa es la cuestión. Y elegir entre alguno de los dos siempre será algo injusto por el hecho de planteárselo. No hagan lo mismo. Merece la pena.

jueves, 13 de octubre de 2011

INTRUDERS (2011), de Juan Carlos Fresnadillo

Un fantasma bajo la cama. Pánico infantil que siempre termina con una mirada cabeza abajo. Presentimientos de peligro cuando son solo oscuridades heridas por sombras aún más negras. Luchas bajo las sábanas para darse cuenta de que el silencio es aterrador. Reflejos de una realidad que los adultos fabricamos con frustraciones, fracasos, huidas y mentiras. El miedo es la realidad. El resto es sólo sueño.
Y es que los fantasmas existen. Sobre todo cuando, por la mañana, no sabemos decir la verdad. Así sólo conseguimos que la imaginación sea el enemigo a batir porque ella sola también sabe construir la ensoñación, la perfección, el horror y el reflejo distorsionado de un realidad fea e ingrata. Los niños se hacen mayores. Y los sueños puede que crezcan para no irse jamás de la rutina.
Ingmar Bergman decía que el título de su película La hora del lobo venía a cuento porque ese es el instante exacto de la noche en el que la mente divaga en la misma frontera que hay entre el sueño y la vida. Y es difícil discernir qué es qué. Cuántas veces, mientras hemos dormido, también hemos creído que aquello que nos hundía en la tristeza y en el pavor estaba pasando realmente. Cuántas veces hemos exhalado un suspiro de alivio al abrir los ojos y comprobar que nada existía, que aquello había sido una mala pasada de nuestro subconsciente, ese secretario traidor que parece que se empeña en anotar con sangre todo lo que impresiona y deja huella y que va desde lo más nimio hasta el mayor de los traumas.
Juan Carlos Fresnadillo no duda en robar varios elementos a películas como El exorcista o Candyman para crear un universo propio que no parece demasiado colocado si se analiza con alguna frialdad. Es indudable que tiene aciertos en algunos de sus planteamientos y que bucea con sabiduría en el miedo al anonimato, en el polvo que nunca probó el amor, en los secretos bien guardados para no revivir viejos temores pero también yerra profundamente cuando se adentra por caminos religiosos que, debido al cierre final de la historia, acaban por no tener ninguna lógica. En algunos momentos, parece como si no se creyera demasiado lo que está contando y se desvía por el fácil camino de la levedad y de la nadería. Aún así, el guión está punteado con algunas notas de inteligencia que delatan su buena intención y su interés porque el empeño salga más que aceptable aunque sólo lo consiga a medias.
El amor de un padre (o de una madre) suele ser de tal grandeza que, al hacerlo realidad, se cae demasiadas veces en errores de sobreprotección, en intentos de parar un tiempo que sigue su marcha con el compás de un segundero sin piedad. El cariño es capaz de transformarse en terror, en el despertar de temores que seguirán dormidos mientras la memoria no nos haga acudir a ellos. Para ello basta con valorar lo que se posee, fomentar la fantasía que siempre será una puerta abierta al escape pero que no tiene que dejar entrar las inquietudes, acariciar en el momento justo, dar calor en la noche adecuada. Somos adultos y, aunque no nos queramos dar cuenta, nos acompañan los mismos temores que nos hicieron mirar debajo de nuestras camas.
Los fantasmas de la realidad son los que hay que controlar. Los que aparecen al cerrar los ojos son personajes de una película que es pura mentira por mucho que parezcan reflejos del día. Quizá haciendo frente a nuestros auténticos temores podremos lograr que los espectros ardan, que las sombras sean acogedoras, que los miedos se vuelvan sonrisas, que el descanso acompañe nuestras noches, que nuestros hijos aprecien todo nuestro amor y que las lágrimas sólo sean los postreros acentos de una emoción que nunca tiene que faltar en la infancia vivida.

lunes, 10 de octubre de 2011

CIELO NEGRO (1951), de Manuel Mur Oti

Miopita es una flor marchita en medio de un Madrid gris y triste, que hace que sus luces sean acusación y su lluvia un presagio de tristeza. Ella no tiene camino porque ni siquiera los ve. La aguja parece señalarla y el hilo se deshace entre sus dedos. El amor está vedado y la soledad está muy a gusto a su lado. El viaducto, mientras tanto, la mira con su boca enorme, haciendo una mueca de burla y esperando, esperando en silencio con sus cimientos de piedra sólida y siniestra. Debajo de ese puente de desgracias, la nada.
Miopita cree hallar un espejismo al que prefiere mirar porque desea una razón para seguir viviendo. Es tan poquita cosa que quiere vivir unos momentos de felicidad cegándose la visión que pronto será un reflejo donde se almacenaron unos cuantos recuerdos. Más vale tener ilusión durante un par de horas, soñar que se es una princesa, cantar una melodía tan ajada como las paredes de su casa y fingir, fingir que se tiene todo en medio del gentío. Y ella, por no tener, no tiene ya ni dignidad.
Miopita prueba el agrio sabor de la vergüenza. Cuelga en la percha su futuro sin mañana y sale por la puerta para buscar algo nuevo. Unas cartas que recuerdan a Cyrano, escritas por un poeta sin pluma, que se vende por unas ensaimadas. Es el hambre, Miopita, que es el peor de los jueces. El cariño de su madre, ya no sirve de mucho porque todo huele a naftalina en una casa construida con la memoria y que sólo tiene flores imaginadas. En el engaño no está la felicidad. Eso es sólo un aplazamiento para caer derrotada ante la verdad. Y la verdad, Miopita, es que estarás sola. Tan sola como las gotas de una tormenta que golpean con fuerza la piel de los transeúntes, como queriendo llamar la atención y recogiendo la indiferencia. Todo es gris. El viaducto espera.
Miopita cree que, ya que ha estado dispuesta a engañarse a sí misma durante todo el tiempo, qué más da si crea otra ilusión para que su madre muera en paz. Paga al muerto de hambre y ya está. Después de eso, los cristales se rompen, los ojos se cierran, más vale acabar ¿verdad Miopita? Acabar rápido y enseguida. No sea que la ciudad se arrepienta y pase del negro al azul con un rayo de esperanza. Cualquiera. Una señal. Lo que sea. El viaducto parece reírse al son de la lluvia. Juntos ofrecen la paz. ¿No lo ves, Miopita? No, no lo ve.
Miopita emprendió una carrera entre la lluvia para hallar un pequeño aliento de aire entre las calles de una ciudad que parecía ahogar lo pequeño, lo indefenso, lo despreciable. Y Miopita no tendrá muchos lugares a donde ir. Más que nada porque la comparación no es una respuesta, es un consuelo. Y el consuelo es una ensaimada bien mojada en un café con leche que sólo hará que mañana, al día siguiente, se vuelva a pasar hambre.

viernes, 7 de octubre de 2011

¡QUÉ VERDE ERA MI VALLE! (1941), de John Ford

John Ford ganó su primer Oscar al mejor director con ¡Qué verde era mi valle!. La historia de una familia de hombres buenos y duros bajo la mirada del hermano pequeño. "Si mi padre era el cabeza de familia...no cabe duda de que mi madre era su corazón...". Así de extraordinariamente bien retratadas están las mujeres en el cine de John Ford. Mujeres fuertes, de un coraje ilimitado, que sufren en silencio pero defienden lo suyo más allá de lo imposible. En esa familia hay dos mujeres: la madre y la única hermana, Angharad (Maureen O´Hara), que dan un empuje de valentía a todos ellos y que, aunque también toman sus decisiones, no dudan en ser los puntos de apoyo en donde descansan los rudos varones que son más impulsivos y más fuertes físicamente pero también más débiles en el túnel tiznado de carbón que tienen apuntalado en su interior.
Luego vendrá una cuñada para el niño..."Sé que estarán pensando que yo era un niño pero sólo yo sé lo que sentía por ella". Tan recia como las otras, aguanta en las desgracias aunque sienta que el corazón se le rompe. El niño, inteligente como pocos, que da en la escuela con un profesor tan estúpido como arrogante al que se da una lección a base de golpes, crece con las virtudes de fortaleza de los hombres y el corazón agrandado por las mujeres. La maravillosa escena en la que los hijos, no estando de acuerdo con el padre, deciden, mientras comen, abandonar la casa y el hijo pequeño se queda sentado ante su plato y choca la cuchara contra el plato, tímidamente. El padre, con la vista baja, roto de dolor y enquistado en la roca de su carne, sólo murmura: "Sí, hijo mío...ya sé que tú estás aquí..." . Y todo ello, juntado en una sola película, hace que cualquier estúpido espectador de sueño y hueso, tiene que peinar su emoción para que su carne de gallina olvide su permanente y tenga la sensación de que se halla ante una de las obras maestras imperecederas de toda la historia del cine.
Mientras, Angharad, isla de belleza en medio de la oscuridad carbonífera, tiene que renunciar al amor de su vida por ser el capricho de un señorito que acabará siendo el futuro propietario de la mina pero ella, hecha de un material que no se puede romper, sabe que tiene que ser del hombre que ama o mejor no ser de nadie...y prefiere huir antes que vivir entre las rejas de la riqueza y del acomodo cuando su familia se deja la piel y la vida en las galerías atestadas de grisú y derrumbamientos.
Y así, con un inmenso cariño por la historia que se cuenta, con el trazado de unos personajes que ni el hielo, ni la tempestad, ni la pérdida, ni la derrota, ni la huelga, ni el dolor, ni la muerte pueden doblegar es como John Ford, tuerto genial, hizo una obra de arte y retrató un pedazo de vida que, al final, recoge sus cosas para no volver nunca y se lleva consigo el recuerdo indeleble de una desgracia que, en sí misma, también fue felicidad.

jueves, 6 de octubre de 2011

LARRY CROWNE (2011), de Tom Hanks

Desde luego, qué cosas tiene la vida, digo el cine. A usted le echan de su trabajo con la muy débil excusa de que no tiene una titulación superior para progresar en una empresa en la que usted ha estado apilando cajas durante un cerro de años. ¿Qué hace? Nada, hombre, no se preocupe. Sáquese una carrera que en cuatro días usted tendrá titulación, moto, libertad, chica y feng-shui. La vida es generosa con los desgraciados ¿no cree?
Desde luego, qué cosas tiene el cine, digo la vida. A usted le apesta su trabajo porque prometía como estudiosa de las letras y las artes y resulta que ha acabado dando clase a unos cuantos descerebrados de esa asignatura apasionante y creativa que es “Oratoria y Comunicación”. Su marido es un impresentable que se esconde en la vagancia más recalcitrante, sus horarios de trabajo empiezan a las ocho de la mañana y tiene menos ilusión que un par de zapatos en un chamarilero. ¿Qué hace? Nada, mujer, no se preocupe. Sepárese del parásito de su esposo que lo va a superar en un abrir y cerrar de ojos. A cambio tendrá entusiasmo, gozo, diversión, optimismo aunque caigan chuzos de punta, libertad, chico y torrijas francesas. La vida es generosa con los decididos ¿no cree?
Y es que el sueño americano emerge también en tiempos de crisis cual jardín de césped bien cortado en la puerta de las viviendas de ensueño de la clase media. Todo es del color con el que usted sepa mirar. Cambie su modo de pensar, no se agarre a los convencionalismos y haga lo que realmente le hubiese gustado hacer durante toda su vida. Lo mismo tiene suerte y encuentra a un profesor al que le molesta como un nido de avispas en salva sea la parte que utilice el móvil en su clase pero, eso sí, le pondrá una notaza que no se la salta un galgo porque pilla los conceptos económicos al vuelo. Las rencillas personales sólo son hipotecas en trance de ejecución. La vida es cuestión de interés. Lo demás importa poco. Y se puede ir bandeando con facilidad.
Lástima que Tom Hanks no haya tenido la suficiente valentía como para huir de la comedia amable y tontorrona y profundizar en la ardua tarea de abrirse camino por segunda y tercera vez. Eso es lo que a todos los que pierden su trabajo les obsesiona hasta la esquizofrenia. En lugar de enfocar el problema hacia un mundo que se desliza cuesta abajo arrastrando, a su vez, a un montón de pequeños universos que también merecen pasear por el lado soleado de la calle, prefiere dirigir su mirada hacia las oportunidades que se abren cada vez que se cierra una puerta. Si usted pierde su trabajo, lo que tiene que hacer es realizar algo que le satisfaga y, desde luego, algo de eso sí que hay, pero hay muchos más factores que no son tan esperanzadores.
Eso sí, Hanks tiene momentos de cierta lucidez cuando pone a los orgullosos titulados con sus masters de economía, corbata de marca y camisa a irritantes rayitas con miradas de superioridad que dan ganas de estamparles en la cara  la Teoría general del empleo, el interés y la moneda, de John Maynard Keynes. O cuando se adentra en territorios de comedia pura y dura que apenas permanece unos instantes para dejarnos en la estacada de la sonrisita de complacencia. La película, en todo caso, no pretende mucho más salvo poner un poco de romanticismo en la vida de personas cuyo rumbo es un gráfico en curva descendente. Hanks es muy majete, la Roberts es muy enrollada y eso es lo que se espera. Igual que un trabajo fijo que asegure la estabilidad del capital familiar.
Así que nada, no se preocupen. Paz y después, gloria. Un beso y los típicos detalles que nacen del chico más estupendo que se hayan echado en cara y que no estudió para servir durante veinte años a la patria. Todo se arregla comprándose una moto y perdiéndose en una amable inconsciencia.

miércoles, 5 de octubre de 2011

¿QUÉ FUE DE BABY JANE? (1963), de Robert Aldrich

“He escrito una carta a mi papá. La dirección es el cielo. He puesto el sello con besos. He escrito una carta a mi papá para decirle que le quiero”. Eso es lo que canta la niña. Eso es lo que canta la vieja. Entre medias, el oro y el esplendor del éxito del Hollywood de los años treinta dan paso no sólo a la decadencia física, sino al agarradero de la gloria efímera, al encierro en la ratonera, a la tortura moral y física, a la psicopatía desenfrenada, al títere con cabeza que asesina cruelmente pues una vez que se prueba el éxito es muy duro dejar de tenerlo y aún es más duro dejar de tenerlo por comparación.
En el gran guiñol de una casa que supura lo anticuado, el físico patético de lo que un día fue bonito e intenta mantenerse ridículamente, se sucede la envida ultrajada, la aparición de un ingenuo que cree que allí puede sacar algo más que el olor a rancio, el asesinato que desata la locura, el regreso a la mentalidad de niña cuando los problemas se acumulan en una vida que ya las ha olvidado. Bajo el foco de una luz blanquecina, el títere adquiere las arrugas de la imperfección ajada y corrompida adentrándose en el macabro escenario del horror y de lo grotesco. Bailar sobre sí mismo es el escenario improvisado de las miradas atónitas mientras se agoniza por la inanición de los celos revestidos y acorazados con la brutalidad más pervertida.
¿Qué fue de Baby Jane? es una historia que no deja concesiones. Es una película terrible con un rodaje terrible (la enemistad de Bette Davis con Joan Crawford traspasó los límites de lo tolerable con Robert Aldrich ejerciendo de árbitro en un partido que había comenzado treinta años antes). Es posible que, vista hoy, pueda ser considerada como una más de viejas estúpidas jugando al “horrorízame” que, más tarde, se pondrían de moda en los sesenta y setenta en una especie de asilo bien remunerado y mal reconocido para las viejas y gloriosas estrellas de edad poco asimilable. Pero ¿Qué fue de Baby Jane? fue la primera de todas ellas. La que nos enseñó la dureza del olvido de la fábrica de sueños. La que nos volvió el pensamiento turbio porque quizá nos hizo creer que en el algún rincón de nosotros mismos tenemos guardada esa maldad de casa de muñecas. No la dejamos salir pero está ahí, dispuesta a convertirse en lo más grotesco, en las espinas de la iracunda venganza punteada con la inmundicia del fracaso. El éxito, aún sin tenerlo, es un monstruo insaciable que puede devorarte hasta las podridas entrañas de tu propia muerte.

martes, 4 de octubre de 2011

EL PROCESO (1962), de Orson Welles

Muchas veces nos vemos metidos en un opresivo mundo de pesadilla compuesto de guardianes que no te dejan entrar a ver a la ley, de estatuas convertidas en fantasmas y de largos y burocratizados procesos judiciales que nunca llegan a formular ninguna acusación contra ti. Tal vez por eso mismo, eres culpable. Culpable de pertenecer a un sistema que te absorbe y te aliena, o de tener una conciencia amordazada, o de esperar…simplemente, esperar…Al revisar esta película, las sombras parecen tener rostro humano, los imposibles ángulos de cámara parece que quieran encerrarnos aún más en la ratonera de la existencia. El agobio de los espacios nos hace concebir la posibilidad de que, poco a poco, nos vamos confundiendo con el gris que nos hace perder nuestra originalidad única, hasta hacernos desaparecer. Somos uno más entre cientos de miles. Y lo malo es que somos uno de esos cientos de miles. Renunciamos a ser para sólo estar. Las angustiosas luces blancas de los fluorescentes convierten la realidad en un sueño difuminado de claridad artificial. Los barrotes de madera te transforman en códigos de barras que andan por en medio de la tentación y quizá unos brazos que saben cogerte sean para ti el paraíso que te abraza y te besa en la boca y ese beso sea una escena en cámara lenta que te hace caer hacia atrás, hacia un colchón de periódicos, hacia una montaña de letra impresa que no deja más huella que la que tu mismo quisiste darle en tu espera eterna y lastimosa de una ley que nunca quiso verte y que no fue escrita para ti.
La tela de araña se va cerrando sobre Josef K. y le atrapa como presa enredada en los hilos de un destino que, por momentos, se antoja expresionista con rima en cóncavo. En los intrincados caminos de la vida siempre hay lugares por los que pasar de lado y el resultado siempre es el oblicuo andar del hado en pos de una humareda que hace que todo sea un sueño demasiado real.
Orson Welles, Anthony Perkins, Akim Tamiroff, Jeanne Moreau, Romy Schneider, Franz Kafka, Suzanne Flon, El proceso, inmersos en el sin sentido de la vida con reglas, en el vagar sin rumbo en busca de una acusación que sea una respuesta…¿Por qué yo? ¿Qué he hecho yo? ¿Quién me acusa? ¿Por qué? ¿De qué?... ¿De vivir?...