jueves, 26 de diciembre de 2013

SOBRAN LAS PALABRAS (2013), de Nicole Holofcener

Con esta deliciosa película, día a día del amor que todos necesitamos, quiero desearos a todos un Feliz Año Nuevo. Que esté lleno de cine, de cariño, de ilusión, de ganas, de que las palabras nunca sobren y las expresiones siempre hablen. La vida está llena de momentos buenos aunque, a menudo, no sepamos verlos. Busquemos esos instantes. Son los que nos hacen personas. Feliz Año Nuevo a todos.

Puede que algún día, en un sitio cualquiera, nos encontremos con alguien que, por alguna extraña razón, sabe hacernos sonreír. Esa química necesaria para iniciar algo se encuentra detrás de una noche y de unas cuantas palabras dichas al azar. Y entonces profundizamos un poco más dentro del océano de intenciones y sentimientos de esa persona, simplemente para ver si coincide con nosotros o, cuanto más sabemos de ella, más nos alejamos.

Quizá esa persona sea divertida, amable, educada y se acerque bastante a la comodidad sentimental que todos buscamos. Está ahí, delante de nosotros y no hacemos más que reír, pasarlo bien, saborear los momentos, encontrar, después de unos cuantos desengaños, la verdad dentro de una pareja. Y nos encanta. Hacemos que la luz del día sea una delicia y las luces de la noche, una suavidad. Hay complicidad. Hay ternura. Hay un deseo nunca pronunciado de que la mañana siguiente tenga el olor de su piel.
Sin embargo, por las razones que sean, llega un momento en que se pierde la perspectiva y entonces comenzamos a fijarnos en las cosas que más provocan nuestro rechazo. Ese gesto que no nos gusta. Esa costumbre que encontramos deleznable. Esa manía que, a estas alturas, nadie va a ser capaz de suprimir. Y entonces viene ese tipo de broma veraz que empieza a hacer herida. Apenas nos damos cuenta de ello. Todo se inicia con una chanza divertida, con una levedad que llega a ser insultante sin ser capaces de ver que, en ese mismo instante, es cuando empezamos a perder a esa otra persona. No nos gusta esa barriga. No nos gusta que juegue con la comida. No nos gusta que se lave de determinada manera ni que esté tan mal acostumbrado que algunas cosas de su vida sean un pequeño desastre a pesar de que la felicidad quiere quedarse.
En ese momento, es cuando no somos capaces de proteger lo que hay en medio de los dos. Sea amor, o un embrión de amor, o apenas un apunte. Y eso es pura cobardía. Lo es porque, en el fondo, estamos intentando cuidar de nuestros propios sentimientos porque ya hemos sufrido mucho, ya hemos derramado muchas lágrimas, ya hemos sentido demasiado dolor y así espantamos el fantasma de la sinceridad, de la comunicación que nunca debe dejar de fluir, de la certeza de que esa otra persona es la indicada para seguir riendo, para seguir sintiéndose seguros, para seguir viviendo.

Excelente película, con un sentido del humor saludable, que nos regala la última interpretación de James Gandolfini, un hombre que tenía el talento en el trabajo y el infierno en la cara y, sobre todo, de Julia Louis-Dreyfus, enormemente expresiva, adorablemente atractiva y conquistadora en todas y cada una de sus inseguridades. Detrás de las cámaras, la directora Nicole Holofcener ofrece todo un repertorio de buen gusto; de palabras bien pensadas que, sin duda, sobran; de miradas relajadas hacia las debilidades de dos seres que buscan el amor como terapia. El resultado es muy agradable, simpático, con acompañamientos notables como el de Toni Collette y Catherine Keener, que completan el cuadro sentimental haciendo que nos sintamos tan irresponsables y tan deseosos de encontrar la felicidad como todos los personajes que pueblan la película y, de paso, disfrutando del enredo que nos propone. Y es que hay ocasiones en las que se nos tendría que haber dado el don de decirlo todo con la mirada para dejarlo todo bien claro. Las palabras son lentas, laboriosas, equívocas y, muy a menudo, traicioneras. Algunas veces, no lo neguemos, vemos a alguien con quien podríamos emparejarnos y nos cuesta trabajo hablar, presentarnos, jugar al interminable cortejo y hacer de las horas un deseo casi nunca alcanzado de conseguir un simple beso. Y cuando ese sonido de amor inconfundible invade nuestros labios, es cuando las palabras tienen que hacer su aparición. 

viernes, 20 de diciembre de 2013

JOAN FONTAINE: DULCE SEÑORA SIN NOMBRE


Con este artículo dedicado a Joan Fontaine, quisiera desearos a todos una Feliz Navidad. Durante estos días estaremos con el agobio navideño y seguro que estaréis mirando hacia otro lado, así que vamos a interrumpir la actividad del blog. Para teneros informados, publicaremos los estrenos correspondientes los jueves 26 de diciembre y 2 de enero y retomaremos la actividad habitual el miércoles 8 de enero. Mientras tanto, sed todo lo felices que podáis porque así vosotros y yo también seremos cine. Un abrazo para ellos y un beso con achuchón para ellas. 

Un peldaño más abajo que su hermana, Olivia de Havilland, Joan Fontaine no tuvo, ni mucho menos, una carrera impecable. En una filmografía de 48 películas solo merecen destacarse un puñado de ellas y, desde luego, ha pasado a la historia por un único personaje que marcó todos sus trabajos posteriores: la segunda señora de Winter de la espléndida Rebeca, de Alfred Hitchcock, la dulce señora sin nombre que ama apasionadamente a su marido bajo la terrible amenaza de la difunta primera esposa a la que cree que jamás podrá igualar. Tímidamente hermosa, la interpretación de Joan Fontaine fue de una gran calidad, a la altura de su prestigioso compañero de reparto Laurence Olivier y como Hitchcock no era tonto, volvió a repetir con ella en Sospecha, colocándola al lado de Cary Grant. En esta ocasión, su atormentado papel (nuevamente una sufrida esposa que no sabe qué pensar de su ambiguo marido), le reportó el Oscar que le habían negado el año anterior. Pero en Rebeca, Joan Fontaine se mueve con maestría en un difícil equilibrio de sentimientos mientras que en la segunda, la progresión de su personaje es más clara, se puede perfilar con mayor nitidez un papel de menor identidad psicológica aunque externamente no lo parezca.
A partir de ahí (anteriormente a éstas solo había destacado en Gunga Din, de George Stevens, como la recatada prometida de Douglas Fairbanks Jr.), su carrera fue de una irregularidad pasmosa pues combinó, justo después del premio de la Academia, películas perfectamente olvidables (como la muy mediocre Sé fiel a ti mismo, de Anatole Litvak) con otras de mayor calidad como La ninfa constante, de Edmund Goulding, o Alma rebelde, de Robert Stevenson que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue siendo la mejor versión rodada hasta ahora de la novela Jane Eyre.
Intentó el prestigio con Billy Wilder en El vals del emperador resultando ser uno de los peores trabajos del gran director y, luego, consigue encandilarnos en un papel único como es el de la obra maestra indiscutible que es Carta de una desconocida, de Max Ophüls.
Basada en el extraordinario relato corto de Stefan Zweig, la actriz consigue aquí una interpretación a la misma altura que la de Rebeca (si no superior) en esta historia sobre una mujer enamorada de un hombre que no merece más que la indiferencia con el que mantiene una solitaria noche de pasión que, para él, no pasa de ser una más de sus múltiples conquistas. La maestría de Ophüls hace que la película se eleve por encima de otros melodramas propios de la época y Joan Fontaine tiene en el reflejo de su rostro el paso de la adolescencia a la madurez con una gran credibilidad. Tanto es así que la pasión de la niña es revivida con singular acierto por la mujer que ansía un amor esquivo y engañoso. Una verdadera maravilla del cine de obligada visión.
Sin embargo, a partir de este año, 1948, su carrera empieza un lento y triste declive bajando a papeles secundarios después de trabajar con directores de cierto prestigio como Nicholas Ray, William Dieterle, Mitchell Leiden o George Stevens en algunos de sus títulos más desafortunados. Actúa en Ivanhoe como mero contrapunto a Elizabeth Taylor y  se presta a intervenir en Dos pasiones y un amor, de Anthony Mann, vehículo para Mario Lanza y Sara Montiel en la que pasa por ser una de las peores películas de su director.
Una isla en medio de tanto desatino fue su trabajo en la particular Más allá de la duda, de Fritz Lang, una película sobre la pena de muerta de la que el mismo director reniega y que tiene un buen desarrollo y un pésimo desenlace, una vuelta de tuerca innecesaria en la que ella tiene un papel fundamental aunque algo insípido en su ejecución y ciertamente erróneo en cuanto a su edad.
Aún intenta llevar un atisbo de dignidad a su alicaída carrera con trabajos para Robert Rossen en Isla al sol, Robert Wise en Mujeres culpables, Joshua Logan en Al sur del Pacífico (en un papel claramente secundario) y Jean Negulesco en Una cierta sonrisa pero ninguna de ellas destaca como una obra digna de su talento. Para rematar, se jugó el todo por el todo con la adaptación de la compleja novela de Francis Scott Fitzgerald Suave es la noche pero Henry King no era el director adecuado para llevar adelante tan estupendo material y todo se vino abajo con ella dentro.
Solo hizo una aparición más, cinco años después, en Las brujas, de Cyril Frankel, una delirante producción de la Hammer, ya en franco declive, que nadie recuerda y que solo sirvió para retirarla definitivamente del cine a la edad de 49 años para dedicarse al mundo de la alta sociedad al que siempre perteneció.

No fue una mala actriz (aunque, por lo visto, sí fue una mala hermana) pero su forma de interpretar no era espectacular, siempre en tono menor. En cualquier caso, cada vez que veo una película suya sueño con regresar a Manderley y eso ya es mucho para una dama sin nombre que, un día, escribió una carta sin firmar.

jueves, 19 de diciembre de 2013

DOCE AÑOS DE ESCLAVITUD (2013), de Steve McQueen

Perder la libertad es el mayor crimen que se puede cometer contra un hombre. Es peor incluso que perder la propia vida porque convertirse en esclavo es la condena permanente a estar muerto mientras se sigue respirando, se sigue sintiendo y se sigue asistiendo al grado de crueldad que llega a anidar en el corazón del ser humano. Durante mucho tiempo, ha habido asesinos de la libertad. Aún continúan existiendo. Basta con darse cuenta de lo que algunos pagan y exigen.

Quizá hubo un tiempo en que la verdad no tenía ningún valor. Y menos si era dicho por un hombre de distinta raza. No era creíble que un ser con la piel de otro color pudiera ser culto, con estudios, o que tuviera, simplemente, la capacidad de leer y escribir. Más que nada porque si un negro tenía capacidad para esas habilidades, tal vez, era alguien que podía pensar. Y más vale mantener en la ignorancia a la fuerza de trabajo no sea que esa sangre que se saca a latigazo limpio se vuelva en contra del potentado y todopoderoso empresario.
Uno podría pensar, antes de entrar en el cine, que esta película va a hablarnos con dureza del inquebrantable espíritu de alguien que supo resistir a los embates de la muerte y de la torturante crueldad. Quizá una historia épica con el fondo de la esclavitud sea algo atractivo, con un fuerte estudio de personajes y de motivaciones que fueran más allá del blanco-malo-tortura-negro bueno. Pero, teniendo a la gente de su parte, la película se empeña en mostrar, una y otra vez, las distintas vejaciones físicas, morales, intelectuales y emocionales a las que fue sometido un hombre que nació libre y que fue convertido en esclavo. Los maniqueísmos aparecen con facilidad, el espectador se remueve inquieto en la butaca porque de los latigazos, pasamos a las palizas, de ahí a las violaciones, luego a los linchamientos y, más tarde, a la tortura que supone ver en plano continuado que alguien, durante unos cuantos minutos de cinta, está pasando verdaderos apuros por mantenerse con vida y no viene nadie a cortar la cuerda.
Así, el director Steve McQueen nos habla de la hipocresía blanca, que reza con la Biblia en la mano y no duda en destrozar a cuantos les sirven, de la indiferencia de algunos negros que, asidos con ganas a su instinto de supervivencia, no quieren pasar del lamento en su rebelión. Los personajes no son más que estereotipos sacados directamente de La cabaña del Tío Tom y, por paradójico que parezca, casi parecen más interesantes los carteles explicativos del final que la misma historia en sí, echando a perder una maravillosa oportunidad de darle al espectador la confianza de imaginarse, por sí mismo, que los blancos del sur de Estados Unidos no se andaban con tonterías precisamente con sus esclavos. Sin embargo, con abrumadora terquedad, McQueen se empeña en ser explícito en sus vilezas y en decirnos, repetidamente, que los del Sur eran verdaderos diablos y que, incluso, algunos del Norte, también.

El punto fuerte de la película reside en el apartado interpretativo. Es excelente el trabajo de Chiwetel Ejiofor, comedido y emocionante en algunos pasajes aunque también algo plano en unas motivaciones que apenas se apuntan y que no dejan más que entrever la superficie del personaje. Michael Fassbender consigue hechizar con una mirada que nada en la misma erótica del poder y que se siente permanentemente insatisfecha porque tiene muy poco de hombre. Benedict Cumberbatch (que se va pareciendo peligrosamente a Dennis Quaid) cumple con su cometido de blanco piadoso más de apariencia que de intensidad; a Brad Pitt se le ve tranquilo y a gusto con su breve cometido; y a Paul Dano no hay quien le aguante. El resultado es que se pasa un mal rato siguiendo las aventuras de este hombre de color sin esperanza (una palabra que no se nombra en toda la película) y que apañados vamos si esta es la apuesta que va directa a ganar en la próxima ceremonia de los Oscars. 

miércoles, 18 de diciembre de 2013

PETER O´TOOLE: LA TABERNA DEL IRLANDÉS

Fue un gran compañero de la infancia. Sí, porque Peter O´Toole fue casi un amigo en muchas de las tardes en las que mis padres me llevaban al cine de barrio que estaba más cerca de mi casa, el Aragón. Allí me quedaba fascinado con sus ojos, con su tormento interior, sufría con él y sabía que, a pesar de todo, era un hombre en el que se podía confiar. Uno de los grandes se nos ha ido. Ya estoy llenando mi copa, Peter. 

A la vez que escribo estas líneas, estoy saboreando una copa de buen whisky irlandés. Quizá sea un modesto homenaje a Peter O´Toole, no lo sé. Lo cierto es que siempre le consideré un irlandés de talento prodigioso que, sin duda, se nos ha ido con una rutilante taberna en su maltrecho hígado. Michael Caine decía que, cuando empezó en el teatro de segundo suplente del protagonista “yo rezaba para que nadie se pusiera enfermo. El protagonista era Peter O´Toole y el primer suplente, Richard Harris y yo sabía que no era capaz de igualar a ninguno de los dos”. Luego añadía que “con Peter O´Toole inicié una buena amistad pero tuve que distanciarme de él porque mi cuerpo no aguantaba tal cantidad de bebida”.
Puede ser que el color del whisky me recuerde también al cabello de este inigualable actor de estilo tan sumamente particular, de mirada aviesa y cuerpo delgado, que ayudaba al dominio expresivo tan extraordinario que siempre destiló en una carrera que destacaba por la enorme complejidad de su galería de personajes interpretados con una característica intensidad trémula, muy significativa de la espantosa tormenta interior que se desata en todos ellos, incluso en los más intrascendentes.
Él siempre sostuvo que “cada día que me levanto, con resaca o no, lo primero que hago es dar gracias a Dios por Lawrence de Arabia” donde nos muestra, de forma increíble, los recovecos del alma de un espía militar que luchó contra el desierto aprendiendo a amarlo, contra los intereses de las tribus árabes y las balas de los turcos al mismo tiempo que se enfrentaba al ejercito inglés por ir más allá de lo que el deber le exigía. La tortura moral y física del personaje, que ya para siempre asumió los rasgos de Peter O´Toole, adquirió en sus manos una grandeza épica, espiritual y humana que, sin duda, hace que sea una interpretación histórica.
Todo el mundo dijo, en la época, que le sería imposible mantener un nivel parecido y que su siguiente trabajo sería una decepción con toda seguridad. El genial irlandés volvió a dar en el clavo con Becket, de Peter Glenville, estupenda adaptación de la obra teatral de Jean Anouilh dando vida a Enrique II de Inglaterra caracterizándolo como un rey caprichoso, irascible, voluble, tramposo y traicionado por el honor de Dios. En un memorable duelo con Richard Burton, que concentró su actuación en la insinuante modulación de su privilegiada voz, O´Toole consigue encarnar con enorme coherencia los vaivenes de un monarca débil en una película que fue muy famosa  debido a que ambos protagonistas realizaron una escena totalmente ebrios (al parecer la de la audiencia con los Obispos, casi al principio de la película) y la amistad que surgió entre ellos fue tal que O´Toole llegó a declarar en cierta ocasión que “Richard Burton ha sido la persona con la que he tenido el mayor de los privilegios de emborracharme junto a él a más de 10.000 metros de altura”.
Su primer fracaso lo afronta con Lord Jim, una película en la que tenía puestas fundadas esperanzas al trabajar con un director de la talla de Richard Brooks, pero ni siquiera su interpretación, atormentada al máximo, fue muy acertada y, a continuación, prueba el terreno de la comedia más disparatada con ¿Qué tal, Pussycat?, de Clive Donner, un rodaje del que siempre ha dicho que “fue uno de los más divertidos de mi vida”. La astracanada escrita por Woody Allen (a años-luz del estilo de hoy en día) no funciona ni al nivel más grotesco pero fue un éxito no solo por el multiestelar reparto sino también por la canción del título original que interpretó Tom Jones sobre un tema del, por entonces, muy de moda Burt Bacharach.
Trabaja con Wyler, uno de sus deseos hechos realidad, en Cómo robar un millón y… pero es un fracaso artístico y económico y empieza a perder el rumbo de su carrera. Acepta el papel de los tres ángeles que se aparecen a Abraham que le propone John Huston en su adaptación de La Biblia. El propio Huston llegó a confesar que eligió expresamente a O´Toole por su quieta y apolínea belleza y aunque su interpretación no aporta nada a su carrera, su presencia llega a ser tan enigmática que, entre lo irreal y lo sagrado, apenas hay diferencia.
Tenía ganas de interpretar a un malvado y lo consigue en la excelente La noche de los generales, de Anatole Litvak, en el papel del General Tanz, un perfecto y brillante ario de tendencias psicopáticas y esquizoides que desembocan en una incontrolable violencia que no hace sino calmar su traumática fatiga de guerra. Una estupenda película en la que el actor acapara protagonismo a través de un fascinante y complejo personaje que se ve algo descompensado ante un improbable Omar Sharif como el Mayor Grau, el oficial encargado de investigar los brutales crímenes contra prostitutas en el París de la ocupación.
Después de una episódica aparición en Casino Royale, horroroso delito contra la primera novela de Ian Fleming sobre la saga Bond, O´Toole borda uno de los papeles de su vida. A nadie sorprende cuando se anuncia que, por segunda vez en su carrera, va a interpretar a Enrique II de Inglaterra en la adaptación que Anthony Harvey prepara de la obra de James Goldman El león en invierno pero su poderosa y avasalladora actuación sobre un rey astuto e imprevisible que le gusta, de vez en cuando, poner en juego su corona entre sus tres hijos, Juan Sin Tierra, Ricardo Corazón de León y Godofredo de Bretaña en el lúdico y algo cruel duelo por su sucesión y que saca de prisión a su mujer, Leonor de Aquitania (impresionante Katharine Hepburn) porque es la única rival que está a su altura, contrasta notablemente con el Enrique de Becket, probablemente más cercano a la realidad histórica. En cualquier caso, realiza una memorable e inteligente creación en un legendario duelo con la gran Kate Hepburn que nos hace pensar que, tal vez, los dos sean ya inmortales y que eso, en medio de una gran carcajada, no podrá hacerles cambiar.
Todo el mundo le da como seguro ganador del Oscar, incluso él mismo cree que por fin lo va a conseguir cuando, contra todo pronóstico, pierde frente a Cliff Robertson por su trabajo en la muy mediocre Charly, de Ralph Nelson. Sin embargo, el terco irlandés nunca se rindió y al año siguiente, volvió a ser nominado por la nueva versión de Adiós, Míster Chips volviendo a perder, en esta ocasión, frente al veterano poderío de John Wayne en Valor de ley.
Hay una estupenda película suya, algo olvidada: La guerra de Murphy, la obsesión de un hombre acosado por la muerte de todos sus compañeros y que convierte la guerra en una lucha personal contra un buque alemán sin más ayuda que un barco-grúa y buenas dosis de ingenio. Un extraño y bastante desconocido estudio sobre la paranoia obsesiva y el triunfo pagado a cualquier precio, incluso con la vida.
Aunque, sin dudarlo ni por un momento, él es el actor extranjero que físicamente más se acerca a nuestra imagen de Don Quijote de la Mancha, imaginarse a Sophia Loren como Aldonza Lorenzo ya es todo un ejercicio de contorsionismo mental. El hombre de La Mancha, basada en el famoso musical de Broadway, fue un rotundo fracaso en parte porque Arthur Hiller no era el director más adecuado para llevar un musical a buen término pero fue notable el esfuerzo de un O´Toole que, además, declaró con profesionalidad que conocía a la perfección la inmortal obra de Cervantes y que esperaba poder interpretarla algún día tal y como había sido escrita. Más tarde, O´Toole cosecha todo un éxito de crítica y público con una película muy desconocida como es La clase dirigente, de Peter Medak, un aviso muy británico sobre un lord con responsabilidades políticas que llega a creer que es el mismo Jesucristo.
La década de los setenta marcan su decadencia en personajes de interés muy escaso. Trabajó con Preminger en el fiasco de Rosebud y en una nueva versión del clásico Robinson Crusoe narrada desde el punto de vista de su compañero negro en Yo, Viernes, de Jack Gold. Un film curioso fue la producción canadiense Asalto al poder que contaba minuciosamente todos los detalles de un hipotético golpe de estado militar en un país imaginario. Al final, el sentido supuestamente patriótico es reemplazado por la irresistible erótica del poder sabiamente expresada en el vicioso rostro del Coronel Zeller, interpretado por O´Toole. Una película con un punto de interés.
La década de los ochenta, se presenta con dos papeles maravillosos para el actor. Uno es El especialista, de Richard Rush, en el papel de un excéntrico director de cine (vagamente inspirado en Stanley Kubrick) que rueda una película de amor y guerra y maltrata a un especialista en escenas de acción hasta límites insospechados en aras de un mayor realismo de tinte sádico. Nueva nominación y nueva derrota a manos del insuperable Robert de Niro de Toro salvaje. El otro es una tronchante comedia al viejo estilo titulada Mi año favorito, de Richard Benjamín, sobre los divertidos avatares de un ayudante de dirección televisivo que debe cuidar para que la estrella invitada (y, normalmente, ebria) de su programa, no se desmande. La película es divertidísima con el actor interpretando a la estrella con un cruce de sí mismo y de Errol Flynn y está simplemente fantástico haciendo reír a carcajada limpia y diciendo, de un modo que ningún otro podría igualar, aquella frase entre el enfado y el terror de “¡Yo no soy un actor! ¡Soy una estrella de cine!”. Otra nominación al Oscar que pierde ante Ben Kingsley por Gandhi.
En El último Emperador, de Bernardo Bertolucci, en la que da vida al preceptor del joven monarca chino, O´Toole, en un papel secundario, viste de una inusual y elegante serenidad desprovista de dobleces a su personaje, como máscara del aprecio y de la amistad que siente hacia su joven discípulo.
En el año 2003, la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas de Hollywood le concede un Oscar especial por el conjunto de su carrera y para compensar santísimas derrotas. Su inmediata reacción fue la de un luchador nato: “No deberían dármelo. Aún estoy en la carrera y puedo ganar alguno en competición”. Casi lo consigue. Aún obtuvo una nominación más por su sabio papel en Venus, perdiendo, por última vez, ante Forest Whitaker por la discutible El último rey de Escocia.

Su filosofía fue la de considerarse un afortunado ciudadano del mundo al que le encantaba “despertarse en un hotel después de una buena borrachera y no saber si estoy en París, Londres, Berlín o Madrid”. Lo cierto es que se nos ha ido y estoy seguro que el mejor homenaje que se le puede hacer a su inmenso talento es beber un buen trago de whisky a la salud del Comandante Lawrence, de Enrique de Plantagenet o del General Tanz, Comandante en Jefe de la División Nibelungen…brumas de genialidad depositadas en la barra de la taberna de este terco irlandés.

martes, 17 de diciembre de 2013

LOVE ACTUALLY (2003), de Richard Curtis

El amor realmente está a nuestro alrededor. Basta con echar un vistazo y comprobar que se halla en el despacho de los altos políticos, en la grotesca excentricidad de una estrella del rock venida a menos, en el corazón desolado de un hombre que lo ha perdido todo, en el comportamiento diario de un ama de casa que ya ha emprendido la cuesta abajo, en el loco viaje de un joven más superficial que el efecto de una cerveza americana, en la rutina aburrida de un jefe que es torpe hasta la irritación, encima de la mesa de una secretaria que ansía un poco de amor porque ella lo da todos los días sin descanso, en los golpes furiosos en una batería para llamar la atención de una niña que canta como los ángeles, en el viaje de vuelta de un escritor mediocre que cree que su página ya ha sido escrita o en ese amigo que siempre ha permanecido en silencio pero que es mucho más divertido, más ocurrente y más cariñoso que cualquiera de sus amistades. Vaya, vaya, pero si parece estar hasta en las impensables conversaciones de una pareja que se dedica al porno más blando…
Y es que el amor es muy caprichoso. Se pasea, vuela, se distrae, vuelve, se va, se posa, se queda, huye, se dilata, se encoge, se manifiesta, se avergüenza…Nada hay en el mundo que pueda sacar del ser humano reacciones tan tontas como la timidez a la hora de decir que se ama a alguien. Creemos que el ridículo está ahí y es posible. Y somos unos necios porque, realmente, si alguien nos dice que nos ama deberíamos sentirnos halagados, privilegiados y únicos. Somos merecedores de que una persona haya posado sus ojos y sus esperanzas sobre nosotros y, en muchas ocasiones, el miedo a la negativa o a la furtiva sonrisa que destroza ilusiones nos mutila el impulso para ser presas de la soledad y, muy a menudo, de la desesperación. El amor, incluso, se puede disfrazar para que no lo veamos cuando está ahí mismo, en todos los actos, en todas las sonrisas, en todos los gestos y en todas las miradas. Es el instinto natural del hombre. Y cada vez somos menos capaces de asirlo, acariciarlo y aprovecharlo. Porque el amor, sí, está deseando ser aprovechado.

Con sus altos y sus bajos, sus idas y venidas, ese cine amable y optimista, sin más pretensiones que el de transmitir sentimientos de forma leve y tenue, Richard Curtis articula este Love actually que se roza en las historias y cae como una hoja mecida por el viento en medio de los incautos corazones que creen que el amor ha pasado de largo. Y no es así. El amor nunca pasa. Es juguetón. Es trágico. Es el motor que mueve muchas vidas pero también es el causante de muchos estatismos. Es el elemento que hace a los débiles, fuertes y a los fuertes, débiles. Es tan inalcanzable como posible. Es el día luminoso y la noche llena de estrellas. Es lo único capaz de ponernos alas en los pies y hacernos sentir realmente diferentes. Algo curioso si tenemos en cuenta que el amor está a nuestro alrededor. Puede tocarle a cualquiera y, es más, a todos nos ha tocado. Aunque luego creamos que fue un sueño delirante con final irremediablemente feliz.

viernes, 13 de diciembre de 2013

NACE UNA CANCIÓN (1948), de Howard Hawks

El mensaje está ahí flotando en el aire. Solo hace falta descifrarlo. Todo empieza con una melodía. Puede ser bonita, banal, melosa, agresiva, con estilo…pero, de repente, algún elemento irrumpe en ese orden premeditado y comienza a hacer una música que se mueve alrededor de la melodía principal pero que no la repite. Es como coger las notas que se hallan perfectamente dibujadas sobre el pentagrama y mezclarlas con un sentido que hace que el oyente desee escuchar exactamente la nota siguiente. Así la música se convierte en un interminable coqueteo con la melodía que se nos ha expuesto. Hasta que, al final, cuando la fiesta ha sido inolvidable, hay una convergencia que, en muchas ocasiones, se antoja genial entre todos los instrumentos que han ido fragmentando la línea lógica de toda una canción.
Algo así es lo que le ocurre a este profesor-investigador de música con una chica que dinamita todos los rígidos esquemas académicos con los que vive el clasicismo. Una luz seductora sobre los rubios cabellos, un cosquilleo imparable y el ritmo se adueña del cuerpo haciendo que los labios busquen la percusión en el chasquido de un beso, las manos golpeen en el beat siguiendo un compás imparable, las piernas se muevan inquietas tratando de encontrar el acomodo justo para lo que es una provocación para la danza. Es la música, que también llama con fuerza cuando el amor dirige.
Con los mimbres de ese maravilloso guión que Billy Wilder escribió con el título de Bola de fuego, Howard Hawks cambió palabras por corcheas y se puso a juntar unos cuantos instrumentos de probada eficacia. Puso a Lionel Hampton al vibráfono, a Mel Powell al piano, a Benny Goodman al clarinete, a Louis Armstrong a la trompeta, a Tommy Dorsey al trombón, a Louis Bellson a la batería y al Golden Gate Quartet a cantar y, claro, quizá la película en sí misma no sea más que una repetición pero el valor intrínseco de tener en unos cuantos metros de película a esa cantidad de ases acaparando toda la atmósfera hace que Nace una canción tenga un valor incalculable. Más que nada porque, además del aire de comedia que planea sobre una historia de amor a ritmo de jazz, hay mucha música, mucho alarde, mucha capacidad para maravillar en sus fotogramas. E incluso hay que reconocer que una actriz tan limitada como Virginia Mayo no lo hace nada mal cantando I´m gonna teach you some blues.

Así que es tiempo de dejarse inundar por la neblina de un club nocturno que, alrededor de la medianoche, pone a su gente a lanzar esos mensajes solo que, en lugar de poderlos ver en vivo, tendremos que conformarnos con disfrutarlos en cine. El sudor se nota en sus frentes y la sonrisa y los ojos brillantes se adueñan de los entregados espectadores que saben que esto, más que cine, es música. Y si no, que se lo pregunten a Blancanieves, que comprobó que sus siete enanitos sabían vivir dentro de una melodía y se quedó a vivir con ellos. 

jueves, 12 de diciembre de 2013

LE WEEK-END (2013), de Roger Michell

Cuando se camina sin dilación hacia el final, cuando las arrugas pueblan ya nuestro rostro de tal manera que nos miramos al espejo y no nos reconocemos, cuando los huesos duelen y la incertidumbre se hace rutina, hay algo que es mucho más duro y que, sin embargo, está ahí, amenazante y siempre presente. Es la maldita soledad. El miedo es su acompañante y la sensación de que, al día siguiente, ya no hay nadie a tu lado no es más que el presentimiento de nuestras subidas y bajadas, de nuestros terribles fracasos y de la seguridad de que no somos ni la mitad de lo que pudimos y quisimos ser.

Así que es posible que, en cualquier reunión o en cualquier lugar donde estén reunidos unos cuantos conocidos, se digan cosas sobre nosotros que nos parecen ajenas. Yo no fui ése que se describe. Yo no tuve tantas inquietudes cuando mis piernas eran jóvenes. Yo no era ése rebelde que disfrutaba de la vida. Más que nada porque el disfrute ya me está vedado y es muy improbable que vuelva. La vida es así de cruel.
Tal vez el cuerpo no responda cuando se tiene todavía ese espíritu para comenzar de nuevo algo, para hacer eso que siempre quisimos hacer y para lo que nunca tuvimos tiempo de realizar. O puede que solo sea un íntimo deseo de cambio, de ver que la vida se ha escapado como una fugitiva y que el aburrimiento se ha instalado dejando más poso que el propio transcurrir de la estabilidad. O incluso se intuye que el corazón está ahí pero no se le oye porque ya es una debilidad en sus sístoles y diástoles y morimos cada vez que la frustración vuelve a rondar nuestra moral. Quizá el amor es lo que nunca pasa y nuestro gran defecto sea nuestra incapacidad para ver que está ahí...como una consecuencia ingrata del aborrecimiento que tenemos hacia nosotros mismos. Solo todas y cada una de las arrugas de nuestra maltrecha piel saben las respuestas.
Y es que volver a vivir un fin de semana de pasión es tan difícil como sentir de nuevo la jovialidad y el ímpetu de unos años que se esfumaron entre abrazos, sonrisas y cosas compartidas. Más vale conformarse con la complicidad emanada de todo ese tiempo y bailar con esa clase que se deseaba alcanzar y que ya pasó de largo. El fracaso es algo permanente porque siempre vivimos con la necesidad del éxito y nunca valoramos el triunfo, solo nos vale la derrota. En el fondo, es una postura mucho más cómoda.
La amargura deja un rejuvenecimiento en el ánimo porque se expulsa todo aquello que está enfermo en las entrañas. Hay que espetar las cosas que se han pensado en la cara del otro como síntoma de que se siente porque la pasión se fue, maldita sea. Se acabó. Se largó con los sueños y con las ganas y con los proyectos y con la ilusión y nos dejó tan solos como una solitaria copa de vino con sabor a desazón y  a hiel. París puede que sea la ciudad ideal donde escribir de nuevo una historia que siempre estuvo mal contada. Y esa historia fue nuestra vida.

No cabe duda de que todas las páginas de sentimientos que puede escribir esta película están pobladas con la caligrafía de un actor como Jim Broadbent, enorme y lleno de matices, acompañado de Lindsay Duncan, algo menos brillante pero atractiva y luminosa cuando sonríe con sus ojos. En el medio, hay comedia, hay tristeza, hay melancolía, hay amor, mucho amor. Lo que pasa es que es tan travieso que exige un redescubrimiento cada cierto tiempo. Y si no lo hacemos, no queda otra cosa más que la desolación por todo lo que los años se han llevado. No solo el hecho de amar, sino hacerlo de una forma joven, desde unos corazones jóvenes y con unas miradas impregnadas de juventud. Todo es cuestión de regresar a la ciudad donde todo estaba a flor de piel joven y murmurar, desde lo más profundo de nuestra jovialidad, un último “te quiero”. Ése es un nuevo principio. Y no es ningún final débil. 

miércoles, 11 de diciembre de 2013

ELEANOR PARKER: FUEGO EN LA CELOSÍA

Dedicado a ella. Inolvidable. Grande. Injustamente olvidada.

Un día, cuando el poeta que hay en mí quiso ser príncipe, escribí un verso sobre alguien a quien amé diciendo que su pelo era "negra celosía de los pensamientos". Dejando aparte la más que discutible calidad literaria de aquel poema, el pelo de Eleanor Parker era un celosía de fuego en la que habitaban las actitudes más dulces, los deseos más ocultos, los interiores más turbios, las posiciones más severas, las pasiones más desatadas, los peligros más profundos, las emociones más intensas y los sueños más ocultos.
Actriz de una versatilidad extraordinaria, portadora de belleza y encanto, Eleanor Parker permaneció un tanto aparcada en la estantería del olvido cuando en su trabajo cabían desde el registro más desenfadado hasta el sentimiento de la tragedia pasando por toda una obra maestra de la interpretación femenina como fue Sin remisión, de John Cromwell, donde el público salía maravillado al comprobar con cuánta facilidad esta mujer esplendorosa ofrecía un retrato de dulzura y esperanza que sólo era una máscara sujetada en los resortes de la debilidad humana...
Ella, con su celosía de fuego, hacía que deseáramos ser espadachines de leyenda refugiados en el teatro para defender su honra; conseguía que gritáramos a Kirk Douglas lo equivocado que estaba al rechazarla por haberse sometido a un aborto; removía nuestro interior cuando nos dimos cuenta de que un puñado de marabunta hacía que el retrógrado de Charlton Heston cambiara de opinión porque ella no había sido mujer de un sólo hombre. Ella era así, siempre, en todos sus personajes. Por debajo de una espesa capa de ternura yacía una mujer perseguida por fantasmas que, en unas ocasiones, conseguía derrotar a base de perseverancia y, en otras, se dejaba vencer por ellos llevada, tal vez, por un carácter débil que solamente ganaba en fortaleza cuando engullía el espíritu de algún otro.
Así conseguía que un músico se sumergiera en los precipicios de la droga y apenas pudiera volver a escalarlos en El hombre del brazo de oro, de Otto Preminger...quizá porque así le era más fácil devorar sus entrañas; o, incluso, en Sonrisas y lágrimas, de Robert Wise hacía que deseáramos con fervor que Christopher Plummer no se sometiera a la dictadura del alma que ella representaba para irse con una Julie Andrews que escalaba los siete peldaños de las notas musicales para ganarse con cariño a unos niños que deseaban querer...aunque no sabían a quién.
Y sólo ella podía sacudir el corazón de un Robert Mitchum poderoso y desencantado, olvidado de lo que es la vida, en Con él llegó el escándalo, de Vincente Minnelli, haciendo que el fuego ocupase nuestro recuerdo en un lugar de honor para aquellas mujeres que, con una sola mirada, eran capaces de dejar nuestro corazón secuestrado en una eterno latido de sobrecogimiento, de asombro y de toda una multitud de imposibles escondidos...

martes, 10 de diciembre de 2013

LAWRENCE DE ARABIA (1962), de David Lean

Quisiera dedicar este artículo extraído de mi libro "La imagen en el alma" a Nelson Mandela, porque estoy seguro de que era una película que le gustaba. Podría haber hecho un artículo nuevo pero él me dejó imágenes en el alma y creo que era de justicia sacarlo de mi primer libro. Y es que él, con todos sus defectos, hizo que la palabra esperanza no fuera solo un consuelo sino también una obligación. Por ti, Madiba. Cualquier hombre puede ser lo que quiera. En medio de las dunas, el sol puede acabar contigo pero también es la pizarra del viento. Allí, en la arena, se puede dibujar la sangre de una batalla, el orgullo pisoteado, la rebelión enmascarada de manipulación, la matanza inútil, la crueldad que te conduce directamente a bordear el abismo de la locura y las huellas de un inglés que quiso la libertad de un pueblo que no era el suyo. Y la libertad, siempre la libertad, termina cuando la política hace su aparición. El-Orens, el guerrero de valor inextinguible, el luchador de ojos azules que cree que nada está escrito, surge de la nada, como un sueño nacido de las páginas del Corán, y se erige en un caudillo de discutible heroísmo. En medio de la sed de sangre, creerá que es el elegido, el libertador, el perfecto, el hombre de mirada que todo lo ve y nada le afecta. Orgía de desolación para alguien con voluntad de hierro y alma partida. Su desprecio hacia la diferencia de clases y de raza se revelará como algo inevitable en cualquier guerra. Y morir se antoja como el capricho de un destino que se deba en su escondida predilección por acabar con la vida de los demás, y eso es lo que no soporta su espíritu torturado. Él es el elegido, sí…pero saberse el elegido le despoja de sabiduría para traspasar las fronteras de la bestialidad y de una gloria que acaba por destruir sus creencias. Ya sólo espera la muerte, agazapada en una curva. El-Orens era el nombre que los árabes daban al Comandante T.E. Lawrence, del ejército británico.
Peter O´Toole dijo una vez: “Todos los días de mi vida doy las gracias por Lawrence de Arabia” aunque él no fuera, ni mucho menos, la primera opción para interpretarla. El personaje pasó de Marlon Brando a Albert Finney (que llegó a ser contratado) para terminar en un actor en el que David Lean, el director, se fijó a pesar de haber sido un secundario hasta ese momento, por su trayectoria teatral y por su inmensa capacidad para transmitir la tormenta interior de una personalidad en permanente conflicto. Ya lo dijo Michael Caine una vez: "Yo fui suplente teatral de Peter O´Toole y todos los días rezaba para que no tuviera que salir a escena a sustituirle porque sabía que nunca sería capaz de igualar lo que él hacía sobre el escenario".
Junto a él, un Omar Sharif que borda el mejor papel de su carrera, profundo, intenso, algo enigmático, de mirada penetrante (tampoco fue la primera opción pues se llegaron a rodar escenas con el francés Maurice Ronet); Alec Guinness que se revela fantástico como el Príncipe Feisal, manipulador de sentimientos y sublime en su sincero agradecimiento murmurado al Comandante Lawrence: "Mi deuda contigo no la podré pagar nunca"; un Arthur Kennedy (sustituto de un Edmond O´Brien que padeció un infarto a los tres días de comenzar el rodaje) que siempre aporta textura en su búsqueda de héroes inmortalizados en un papel de periodista más oscuro que el rojo sangre que logra retratar, capaz de ensalzar como de aborrecer a la persona que ha encumbrado por puro interés; un Jack Hawkins duro y cruel, sin escrúpulos con tal de conseguir sus objetivos; un Anthony Quinn violento y mercenario, también lleno de matices y de ausencias que completan un personaje caprichoso y beligerante; un Anthony Quayle que admira el empuje de un soldado que él creyó que era uno más; un Claude Rains (qué gran actor) de finísima ironía, agitador del polvo de las ideas para jugar en el terreno siempre traicionero de la política; un José Ferrer que inspira y transpira rechazo en su breve intervención…Todos ellos fueron hábiles intérpretes de una película que te deja con los labios secos y la amargura de la revolución impregnando las ideas de grandeza de algo justo solucionado de manera injusta. David Lean, con una perfección que roza lo bello y lo siniestro, dirigió Lawrence de Arabia con un hermoso y complejo guión de dos escritores de cine tan renombrados como Michael Wilson y el dialoguista Robert Bolt…Y desde entonces, desde que se hizo está película, el cine dejó su rostro en el lienzo espolvoreado de desierto abrasador…precioso en su desolación…en su castigo…en su precio…

miércoles, 4 de diciembre de 2013

EL CONSEJERO (2013), de Ridley Scott

El dinero suele ser una bestia imparable que solo quiere más. No hay ninguna otra palabra para definir sus motivaciones, sus virtudes y, por supuesto, sus defectos. Lo peor de todo es que siempre se arrastra a personas con los mismos objetivos. Víctimas propiciatorias de su propia ambición que depositan todas sus miras en la felicidad que solo el mismo dinero puede proporcionar. Y están muy equivocados. Tanto es así que no son capaces de ver que la miseria está a muy poca distancia del lujo.

Así pues tenemos un mundo de nuevos ricos, millonarios con tendencia a la horterada más impensable, no demasiado inteligentes, que se mueven siempre por negocio y nunca por motivaciones personales. Su mundo es sencillo, sin más reglas que rodearse de una increíble serie de placeres superfluos que lo único que hacen es evidenciar el mal gusto de sus propietarios.
Por otro lado, tenemos a un hombre que también tiene dinero, aunque no tanto, y, sin embargo, ambiciona vivir como un hortera de lujo. Es inteligente, es apuesto, tiene una cierta elegancia y buen gusto. Su mundo es más complejo, está lleno de reglas de compromiso, de éticas basadas en los sentimientos personales que, naturalmente, son palmeras en un desierto de brutalidades. Y ese tipejo, que tiene más clase que todos los facinerosos del mundo, resulta que quiere vivir como ellos.
La confrontación sería aceptable si no fuera porque todas y cada una de las escenas en las que hay más dos líneas de diálogo están llenas de circunloquios y pensamientos filosóficos sobre ambos mundos y sus supuestas incompatibilidades. No se pueden aplicar las soluciones de un mundo a otro y viceversa y ya estamos liados. Tenemos una prolija serie de explicaciones que lo único que pretenden es hacer de cada escena un momento álgido y lo que realmente consigue es una sensación cargante, bastante pesada, rodeada de sudores de mal olor y vueltas sobre el mismo asunto.
El culpable, más que el director Ridley Scott, es el guionista y escritor Cormac McCarthy porque ha creído que se pueden aplicar las reglas de la novela a una narración cinematográfica. Como no tiene párrafos en los que se puedan describir motivaciones, conductas y consecuencias, lo vuelca todo sobre el diálogo y llega un momento en que lo que puedan decir los personajes del embrollo, importa más bien poco.
En cuanto a las interpretaciones, Michael Fassbender está correcto aunque muy, muy diluido en la parte final. Penélope Cruz no aporta demasiada intensidad a las escenas y es un rol que, aunque secundario, tiene su importancia. A Javier Bardem alguien debería decirle que no hace falta caracterizar tantísimo a los personajes que interpreta porque está al borde del exceso y, en alguna ocasión, coquetea descaradamente con él. Brad Pitt está muy bien porque es, quizá, el papel más coherente, más conjuntado y más lúcido de todo el entramado. Y la que se lleva la función por encima de todos ellos es Cameron Díaz, peligrosa hasta sentada en un coche, que come con la mirada y devora con los gestos y que tiene que luchar con una trama que se empeña en dejarla atrás porque no acaba de fijar el foco de atención en lo realmente interesante del asunto.
Y es que hay que pensárselo bien antes de tomar la decisión de progresar y tomar parte en las decisiones. Más que nada porque eso conlleva ciertas responsabilidades que, de alguna forma un tanto misteriosa, pueden salpicar en virtud de la casualidad. En ese mundo de coches llamativos, de piscinas, de mujeres exuberantes y de gafas de sol sacadas de los años setenta, no hay lugar para las casualidades. Solo así se entiende que sea tan fácil rebanar el pescuezo a los trabajadores de la droga. Todo lo demás no son más que intentos de hacer que los filósofos giren en torno al caballo.

TESTIGO DE CARGO (1957), de Billy Wilder

Un ataque el corazón suele ser el fin de todo o el preludio de algo grande. Eso es lo que dicen los ingenuos. El caso es que tener un arrechucho cardíaco justo antes de presentarse un caso de asesinato en el bufete resulta, cuando menos, estimulante. Así se puede enviar a la enfermera a freír gárgaras y desarrollar un poco el intelecto. Además ese chico, el acusado, es un fulanito que cae bien. Es listo y merece una defensa.
En cambio, tal vez, su mujer no sea trigo limpio. Es extranjera, lo cual es un signo que invita a la desconfianza y, por si fuera poco, es irritantemente fría. En lugar de ser la típica esposa desconsolada porque su marido está siendo acusado de asesinato, ella exhibe una falta de escrúpulos que llega a ser espantosa. Los del continente, decididamente, son muy extraños. No sabes nunca qué es lo que está pasando por sus cabezas. Será que están aparte de todo.
Esa criada cotilla que oye menos que una puerta…Yo creo que, en el fondo, todas las casas acomodadas a esta orilla del Támesis tienen una criada cotilla que oye menos que una puerta. Envidiosa, sin duda, un poco ladina, también. De todas formas si el fiscal solo tiene eso para acusar al pobre infeliz, va a tener que buscar razones en otra parte.
El juez es un tipo que cae bien. Tiene ironía, como casi todos los jueces británicos. Impone silencio golpeando con la punta del lápiz en la mesa. Sabe cómo ejercer la autoridad. Hay justicia debajo de esa peluca. Eso es algo que siempre prepara el entorno para la esperanza. Todo acusado tiene derecho a tener algo de esperanza. Sin embargo éste tiene todas las papeletas para ser condenado porque tiene esa esposa, esa especie de serpiente de pelo largo que se muestra extremadamente distante.
La que es tan pesada como todo el código de leyes británico es esta fastidiosa enfermera, aficionada a dejar los traseros como un mapa lleno de puntitos negros como ciudades. Maldita sea. No se puede fumar. No se puede beber. Las pastillas…bueno, al menos, sirven para jugar como piezas de un imposible rompecabezas de orden y tiempo. Si fuera mujer, merecería que la golpeasen, desde luego. No hacen falta delitos cuando hay enfermeras…
Y así, Billy Wilder adaptó a Agatha Christie, añadiendo muchas frases nuevas, muchas actitudes en los espléndidos actores y arrancando prodigiosas interpretaciones de Charles Laughton, de Tyrone Power, de Elsa Lanchester o de Marlene Dietrich. El resultado es una obra maestra que resulta más apasionante en su desarrollo que en su desenlace porque el amor es el motor que inspira todas nuestras vidas… ¿o, tal vez, debería decir que el amor es el motor que inspira todas nuestras muertes? No lo sé. Eso lo decidirá el juez y, sobre todo, el ejecutor. Mientras tanto, hay que colocarse bien la peluca, atildarse la toga y llevar bien preparada la defensa porque todos tendríamos que defender lo que es justo.

martes, 3 de diciembre de 2013

CUENTOS DE TOKIO (1953), de Yasujiro Ozu

La vida cansada es un lento peregrinar cuando la vejez ya está llamando con fuerza. Aquellos niños que iban al colegio con alegría e ilusión se han convertido en adultos y ya no hay más que seriedad en sus rostros. Una seriedad enferma de tiempo porque no lo tienen para nada. Y aún menos para dos viejos que han dado toda su existencia por un momento de gesto ingenuo de sus hijos. El mayor se hizo médico a costa de muchos esfuerzos pero no ha progresado. Cura a la gente de un barrio humilde y apenas puede mirar hacia otro lado. Precisamente porque los humildes siempre son los que más dolor suelen acaparar. Otro hijo muerto en la guerra, sin hijos, pero con una mujer cuya sonrisa es capaz de dar ánimos a los huesos más quebradizos. Una hija que se ha ido envileciendo con la rutina de la gran ciudad. Ya solo desea satisfacer sus necesidades y no quiere saber nada de las de los demás. Otro hijo que se fue a otra ciudad y está allí solo y, por tanto, es el más aislado, el último en enterarse de las cosas, el que siempre está al margen. Por último, una hija más, maestra, que ha vivido toda la vida con sus padres pero que ya es hora de que empiece a pensar en formar su propia familia. Es guapa, es joven y aún no está maleada por el empuje de los acontecimientos.
El amor es algo que, muchas veces, se empeña en buscar un escondite imposible. Los dos ancianos que quieren ver una vez más a sus hijos se encuentran con las excusas propias de quien no desea responsabilidades. Deshacerse de los padres es lo mejor, porque además es lo que más les conviene a los viejos. Y así, con una tristeza presentida pero nunca evidenciada, los padres van de un sitio a otro, queriendo acostar su amor cansado, su cariño de asilo, sus últimas miradas de amor con quien ha sido su pareja toda la vida. El amor, fugitivo de carne, se refugia en la nuera que, desinteresadamente, les da ternura y, no solo eso, se la da de tal manera que ellos la notan. Y eso, no es amor, ni es cariño. Es sinceridad.
Yasujiro Ozu traspasó por primera vez las puertas de las casas japonesas para enseñarnos cosas que ocurrían dentro, como si el espectador fuera un convidado al que se le invita a presenciar el espectáculo de una intimidad elegante, propia de los sentimientos y ajena a las intromisiones. Supo ver en el rostro de unos ancianos la sonrisa que marca las arrugas, el brillo aún intacto de una inteligencia que es capaz de escarbar en las intenciones ajenas, la seguridad de que, al fin y al cabo, lo que queda en el espíritu de todos nosotros cuando estamos a las puertas del final es el amor que hemos sido capaces de dar y el que nos han dado. Por eso, tal vez, mirar una puesta de sol en un día de calor asfixiante cuando la soledad se empeña en hacerse dueña del día no sea algo tan irremediablemente infeliz. El amor, al fin y al cabo, ha estado siempre revoloteando por las habitaciones. En forma de niños, en forma de mujer. Y, sobre todo, con la satisfacción de que algo del hijo muerto queda en la sonrisa sincera y llena de afecto de la que fue su mujer. También hija. También amor.

viernes, 29 de noviembre de 2013

LOS JUEGOS DEL HAMBRE: EN LLAMAS (2013), de Francis Lawrence



Apenas fue ayer cuando el juego de la supervivencia fabricó a una heroína. Y, sin embargo, algo ha madurado en su mirada. Se ha hecho más dura, más implacable, más segura. Sabe que participar en los juegos del hambre fue una de las experiencias más terribles a las que se puede someter un ser humano y no querría, por nada del mundo, volver a ellos. No es posible que eso suceda. Una vez y solo una vez. Incluso haciendo una gira por todo el país diciendo lo que ellos quieren que diga…No, no, volver a matar es imposible.
Pero es que ella no es solo una heroína. Es un símbolo. Es la certeza de que, dentro de todos, existe una rebelión que lucha por salir a la luz. Ella recuerda a la gente del pueblo lo grande que es solo con existir. Y lo que hay que hacer es apagar cualquier llama de recuerdo. El pueblo no debe tener sentimientos, debe acatar las órdenes. Ella no lo hizo y, de alguna manera, triunfó. Por eso, es peligrosa.
Todo el mundo sabe que las rebeliones prenden cuando hay un solo detalle que enciende la mecha de la injusticia. Algo que, por muy leve que sea, lo único que hace es rebosar el vaso. Y hay que evitar que eso se produzca. Ella debe concursar de nuevo, volver a pasar por todo en un juego de campeones. No podrá durar. No deberá durar.
Hay que reconocer que esta segunda parte de Los juegos del hambre tiene más calidad, más intensidad y más conjunción que aquella fábula sobre la importancia de la individualidad que tanto calaba en los jóvenes de la primera entrega. Aquí hay un instinto mayor de equipo, la interpretación de Jennifer Lawrence es más convincente porque es una actriz que ha crecido desde entonces. En algunos planos se resalta la fiereza de un rostro que llega a ser agresivo a pesar de su aparente dulzura. La película planea más sobre el instinto de equipo, mucho más realista y menos adolescente, que en el interminable juego de tiro al pavo en el que se convirtió la primera. Y lo que es aún más importante: Francis Lawrence no menea tanto la cámara.
Bien es verdad que se desvela ya demasiado el personaje de Donald Sutherland, apenas cincelado antes, que se mueve mucho más cómodamente en los terrenos de la ambigüedad que en los de la evidencia y, por tanto, pierde atractivo en esta ocasión. La presencia de Philip Seymour Hoffman es anecdótica más que otra cosa, previsiblemente presentando al personaje para desempeñar un papel fundamental en la tercera parte que aún está por venir. Hay una cierta imaginación en algunos pasajes pero, sin embargo, se dejan de lado cosas interesantes como la presencia de los patrocinadores, o algunas estupideces que se pasan por alto como el rechazo que se experimenta hacia la protagonista que se vuelve en admiración por una exhibición de entrenamiento del tiro con arco. Pero, en general, el conjunto es mejor, está más encajado y, quizá, se disfruta un poco más como espectador normal y corriente y no lleno de acné juvenil.
Así que la rebelión va tomando forma porque la realidad, poco a poco, se va acercando a todos y cada uno de los miserables que forman parte del pueblo. Una chispa es suficiente para expresar la disconformidad, el no definitivo, la aportación de un granito de arena que se vuelve en semilla de motín cuando ella, solo ella, la chica en llamas, sabe que la victoria no es suya, es de todos los que han puesto la esperanza en un mañana diferente. Esperanza, la riqueza de los pobres, la palabra que siempre está ahí pero que se esfuma como humo ante ventisca. Ella, sin embargo, representa, a cada triunfo, una razón para que la esperanza crezca. Y eso es algo que no tiene flechas, ni blancos, ni razones, ni violencias. Es el deseo de un futuro mejor que el que nos ha reservado una clase dirigente que merece un declive como el del imperio romano. Solo así conseguiremos mirar al cielo y verlo azul. Hoy, todavía, sigue estando en llamas.

jueves, 28 de noviembre de 2013

PLAN EN LAS VEGAS (2013), de Jon Turteltaub

No es fácil llegar a una edad en la que el hijo te trata como si fueras un niño, o en la que te ves incapaz de llegar a ninguna parte con tu mujer no por una cuestión física, sino por otra de ilusión; o en la que soledad te recuerda a cada instante que no tienes a nadie salvo a tus recuerdos; o, si nos ponemos picajosos, en la que sientes la necesidad de casarte con una chica mucho más joven para decirte a ti mismo que no eres tan viejo. El caso es que aún es mucho más difícil tener un reparto con nombres como Michael Douglas, Kevin Kline, Morgan Freeman y Robert de Niro y hacerlo rematadamente tan mal.

Y es que, a veces, los responsables de una película parecen tan decrépitos como los personajes de los que se tienen que hacer cargo estas cuatro personalidades del cine. Ellos hacen lo que pueden, tienen algún momento brillante, ninguno desternillante, aportan mucha clase, se lo han pasado descaradamente bien pero el resultado es tan pobre, tan decepcionante que ni siquiera uno se puede agarrar al buen rato que te pueden hacer pasar cuatro veteranos que saben infinitamente más que cualquiera que se ha situado detrás de las cámaras.
Todos ellos tienen instantes inspirados en los que demuestran lo que han sido y lo que siguen siendo, por mucho que los absurdos tiempos que corren se empeñen en afirmar lo contrario. Es estupendo comprobar cómo Kline hace amistad con unas cuantas reinonas con la facilidad de quien se toma una copa entre luces de neón, cómo Douglas se esfuerza en ser el tipo encantador, eternamente joven y, paradójicamente, prematuramente viejo que intenta desesperadamente agarrar los pocos síntomas de juventud que aún le quedan, cómo Freeman se marca un baile al son de los Earth, Wind and Fire que nos deja a los que tenemos treinta años menos como simples nenazas y cómo de Niro pasea por el amanecer de Las Vegas con un anillo en las manos y la seguridad en el pensamiento. Pero eso no es bastante. No hay gracia en el asunto. Hay un leve intento de dejar un poso sobre la amistad que une a estos cuatro amigos que se juntan un fin de semana en Las Vegas pero se queda en nada porque la película se escora hacia la comedia de tintes burdos. Todo lo demás son los mismos tópicos de siempre: los consabidos chistes de la próstata, la pátina verde sobre los viejos que sueñan con echar una cana al aire, secuencias verdaderamente ridículas que no vienen a cuento y que no tienen ninguna gracia y, por supuesto, la admiración de todos cuando se cogen a estos cuatro tipos en cámara lenta y te das cuenta de lo que tenían dentro para que maravillaran tanto por todo el mundo.
Y es que la decrepitud no tiene por qué ser simpática aunque sí puede tener cierta gracia si uno tiene la capacidad de reírse de sí mismo. De hecho, ésa es la mayor virtud de la película. Los cuatro se ríen continuamente de sí mismos, como preguntándose qué diablos hacen en un sitio donde les pagan mucho y les favorece poco. Ni siquiera el contraste con una juventud que peca de soberbia funciona demasiado. Ni tiene gracia que, en determinado momento, les hagan pasar por mafiosos que están de vacaciones y a de Niro le llamen Noodles y él se haga el despistado cuando es uno de esos personajes que no se olvidan fácilmente y que él interpretó en Érase una vez en América, de Sergio Leone. Todo es solo un rato de esparcimiento muy mediocre que no contiene ni una borrachera memorable, ni una cima de carcajadas...quizá porque, en el fondo, los mitos se van apagando y vemos cómo aquellos actores que nos arrastraban hacia el cine cuando éramos jóvenes ya no tienen ni un argumento digno que representar. Solo oficio para regalar. Solo unas cuantas arrugas bien colocadas que, con un solo gesto, dicen más que muchos actores en la mayoría de las nuevas películas. Y eso es todo.

miércoles, 27 de noviembre de 2013

DEPREDADOR (1987), de John McTiernan

La selva esconde criaturas que jamás podríamos imaginar. Entre la maleza y las retorcidas ramas de árboles centenarios se mueven los auténticos cazadores. No hay nada que pueda ser comparable al placer que siente un cazador cuando va detrás de una presa que se halla a su altura, sobre todo si la superioridad de ese depredador se ha puesto de manifiesto en varias ocasiones. El enfrentamiento directo es excitante, es demoledor, es único. El silencio se abate sobre una jungla que siempre se yergue amenazante y se torna como el mejor escenario para jugar con la presa. No vale solo la muerte. La víctima tiene que demostrar el valor.
Es difícil ver quién te persigue cuando el camuflaje es el mismo verdor que te agobia por todos los lados. Los disparos sirven de poco cuando todo se plantea como un duelo de inteligencias cuyo premio es la misma vida. Si un hombre mata a otro, es muy fácil. Eso no interesa porque lo puede hacer cualquiera. Si una criatura ociosa de otro planeta se planta en mitad de la tierra virgen para hacer una colección de piezas únicas, la cosa cambia. Los humanos no son tan fieros. Bien vistos, incluso son seres bastante inferiores.
Realizada con ritmo y con algunas secuencias verdaderamente admirables, el director John McTiernan utilizó algunos sabios recursos para describir este juego del gato y del ratón entre un cazador experimentado, cruel y hedonista y un grupo de soldados de alto nivel que van cayendo uno a uno ante las desconocidas tácticas de una criatura desconocida. El resultado es una apasionante aventura, nada indulgente, situada en el mismo filo de lo permitido que encuentra su punto máximo en la recta final, en el duelo que se entabla entre esa criatura enorme y amenazante, llena de recursos y un hombre que acabará con la mirada perdida en las mismas puertas de la locura.
Y es que lo peor de la selva no son sus fieras traicioneras, ni su calor asfixiante, ni ese tupido manto verde en el que esconde todos sus secretos. Lo peor es su silencio y la certeza de que algo siempre estará vigilando, agazapado tras las hojas, bajo las altas ramas o alrededor de los gigantescos árboles que ya buscan convertir sus raíces en dedos agarrados a la tierra. El barro lo esconde todo, incluso la transpiración que tanto delata la fuga. Mirar a los perseguidores a la cara es necesario porque solo así se podrán hallar sus puntos débiles. Vaciar los cargadores contra los fantasmas que se intuyen es munición desperdiciada porque lo que hay que hacer es prever el siguiente movimiento, adelantarse en la crueldad, infligir una derrota total. Ése es el objetivo del auténtico depredador. Al fin y al cabo, el mayor depredador conocido en la Tierra es el hombre. Por muy débil que sea, por muy inferior que parezca, siempre busca la destrucción del enemigo, el arrasamiento total de su entorno, la implícita condición del triunfo lo requiere. Y el hombre, maldito depredador, siempre gana.  

martes, 26 de noviembre de 2013

FURIA (1936), de Fritz Lang

Extraído de mi libro La imagen en el alma y dedicado a Laura Cristóbal, que siempre ha defendido este artículo a capa y espada.

Amor. Separación. Dureza. Desolación. Ilusión. Destino. Incredulidad. Carácter. Búsqueda. Barrotes. Cárcel. Injusticia. Cotilleo. Rabia. Voces. Antorchas. Destruir. Pisotear. Aplastar. Lágrimas. Angustia. Noche. Griterío. Locura. Masa. Peor. Manipulación. Cristales. Romper. Vida. Muerte. Llamas. Infierno. Nada. Bueno. Malo. Salvaje. Venganza. Fiereza. Supervivencia. Corazón. Ojos. Pruebas. Arrastrar. Mirada. Inhumanidad. Olvido. Cacahuetes. Malditos. Dinero. Felicidad. Huida. Cicatrices. Temor. Fingimiento. Despedida. Remordimiento. Conciencia. Distancia. Hermandad. Terror. Sombra. Persecución. Verdad. Mentira. Compañía. Caos. Humareda. Descargo. Justicia. Bondad. Esperanza. Hombre. Mujer. Delito. Acorralar. Querer. Poder. Todo. Nada. Grandeza. Decir. Callar. Golpear. Piedad. Maledicencia. Periódicos. Tú. Yo. Él. Aquellos. Agobio. Opinión. Tristeza. Recuerdo. Ley. Orden. No. Máscaras. Desprecio. Camino. Perdición. Horror. Incomprensión. Oscuridad. Tiniebla. Penumbra. Negrura. Vacío. Ella. Ella. Perro. Coche. Exterminar. Tener. Redaños. Redención. Presunción. Nazismo. Transplantado. Fijación. Autor. Caza. Diferenciación. Linchamiento. Razón. Ceguera. Maldad. Pureza. Alma. Final. Modificación. Complicidad. Tortura. Casualidad. Humillación. Respeto. Memento. Tracy. Sidney. Lang. Furia.

viernes, 22 de noviembre de 2013

MALAVITA (2013), de Luc Besson

La discreción no es una palabra ni un concepto que vaya demasiado emparejada a una buena y tradicional familia de la Mafia neoyorquina. Tienen sus debilidades, pobrecillos. Desean también alcanzar sus cinco minutos de fama honesta, salir con chicos que tienen la normalidad escrita en sus gafas y, al fin y al cabo, valerse por sí mismos dentro de una vida en la que deben permanecer en permanente vigilancia ya que están acogidos al programa de protección de testigos del F.B.I. Pero, claro, estar en esa situación requiere pasar desapercibidos, no llamar la atención, ser unos buenos ciudadanos, respetuosos con sus vecinos y nada, nada, nada problemáticos. Y va a ser que es difícil.
El enfrentamiento entre el deseo de la normalidad y comportarse en un ambiente de violencia que es el único que ha conocido esta familia tradicional mafio-americana es el motivo más importante de esta película. Es un punto de vista divertido e interesante pero tiene un enorme problema. Una vez puestos en contra los opuestos estilos de vida de una gente que no sabe lo que es comportarse de forma normal aunque deseen integrarse en la vida cotidiana de un pequeño pueblo francés de Normandía, no hay nada más. Es un chiste alargado, salpicado con las consabidas dosis de violencia brutal para hacer que el chiste sea negro y perplejo pero nada más. Y es, al fin y al cabo, vivir teniendo en la vecindad a una familia en la que el verbo “matar” se conjuga siempre en presente, es un tanto complicado.
Dentro de la película está Robert de Niro y, sinceramente, no importa cuántas veces hemos visto esa mirada. Sigue dando miedo. Sigue siendo una mirada que no se olvida. También acompaña Michelle Pfeiffer, brillante siendo la chica del gángster, que luego se convirtió en la mujer del gángster para acabar siendo la esposa del huido. Y esos son los mayores activos de la historia. Su atractivo es tan magnético que, sencillamente, la película deja de tener el poco interés que tiene cuando ellos no están. Tommy Lee Jones hace lo que puede para darle una réplica adecuada a de Niro, y lo hace bien. Pero es que no hay historia, es solo un planteamiento que sigue y sigue, que hace gracia los primeros veinte minutos pero que se queda solo en eso, en una prometedora comedia negra que, en manos de un guionista con ideas y de un director con más sentido del humor y menos efectismo, se hubiera convertido en algo digno de recordar.
Así que tengan cuidado con sus nuevos vecinos. No se sabe de dónde pueden venir. No se fíen si, para integrarse en el vecindario, dan una barbacoa en su jardín y les hinchan a coca-cola y bollitos. Quizá tengan un pasado del que huir y que no les gustaría nada descubrir. Si además de todo eso, tienen un dudoso gusto de vestir relajadamente (los chándales son una buena pista), corran y no paren hasta la frontera más próxima. Lo más probable es que haya unos cuantos cadáveres en la propiedad, algún arma que otra que huele a pólvora reciente, un olor a pasta con ajo que tira para atrás y, sin duda, algunos comportamientos extraños en los hijos, como no tomándose demasiado en serio la posibilidad de asumir que la rutina está ahí mismo, al alcance de la mano, que basta con no hacer comentarios, ni ofenderse demasiado por una tocada de narices a destiempo. Eso le pasa a todo el resto de la Humanidad y no se lían a pegar tiros, a arrastrar a gente con los coches, a sumergir cabezas en ácidos corrosivos ni nada de eso. Tal vez, incluso, haya gente normal que se dedique a escribir, a comprar y a ir al colegio. Es la vida y es lo que toca. Ah, y la confirmación de lo que son la tendrán si esos nuevos vecinos se van enseguida. Poco duran en el barrio. Creo que, en el fondo, no pueden vivir con tanto chismorreo a su alrededor. La mala vida ha calado hondo en todos ellos. Incluso en los chicos. Y algo raro tenían ¿verdad? Sobre todo cuando pasaban cosas tan extrañas en las esquinas de un barrio tan pacífico.

jueves, 21 de noviembre de 2013

BLUE JASMINE (2013), de Woody Allen

Es difícil adaptarse a las nuevas situaciones después de una caída de muchos metros hacia abajo. Descender a la velocidad del sonido desde la cúspide es duro, torturante, humillante, desolador. Quizá eso ocurre también después de haber guardado demasiado silencio y jugar con el dinero de los demás aunque se finja ser una frívola entregada al lujo y a la moda más cara. Da lo mismo. El resultado es una soledad que deja sin aliento, una burla del destino que hace que el cielo se convierta en un techo odioso, un deseo inamovible de volver a escalar aunque todo esté empedrado con escalones de mentira.

Y es que no es fácil acostumbrarse a lo más bajo cuando se ha estado en lo más alto. No se puede pasar de la galantería entre cócteles al acoso de dentista al mejor estilo de W.C. Fields. Es imposible encontrar algo en común entre un mundo de derrota y de fracaso y otro lleno de falso éxito y de ropa envidiable. El equilibrio huye entre bahías y parece que las lágrimas, irritantes y ambiciosas, están dispuestas a salir a la mínima ocasión. Es una lección para la presuntuosidad, desde luego, pero también es un castigo hacia la arrogancia y hacia la pretendida moral que jamás se puede encasillar en un estrato social. Ésa existe en todas partes. Solo hace falta tener la suficiente clase como para demostrarla, enseñarla y vivirla.
Cate Blanchett es el alma de esta película porque en ella confluye la canción triste del jazmín nocturno y la luminosidad de una esperanza que parece empeñada en huir. Detrás de todos esos deseos de volver a recuperar una vida que nunca se ha merecido, no hay ambición, ni tampoco hay soberbia. Todo eso no son más que fachadas. Lo que hay es neurosis. La obsesión de creer que todo el mundo está sonriente y expectante por asistir a la caída más humillante. De tener todo a no tener nada. Y, desde luego, por ahí pasa un tranvía llamado Deseo.
Woody Allen dirige con enorme precisión, sabe exactamente en qué momento hay que introducir la melodía más adecuada para el estado de ánimo por el que pasa la protagonista, huye de la comedia para adentrarse en la ironía y ponerse descaradamente del lado de los perdedores pero está lejos de ser una de sus mejores películas. Más que nada porque vuelve a hacer algo ya visto aunque ponga en juego su veteranía para introducir sus obsesiones, sus miradas lacerantes, sus desprecios justificados. Allen se pone el rostro de Blanchett y consigue que ella sea él, con sus gestos y sus vacilaciones, con sus conversaciones truncadas y sus neuróticas banalidades pero le falta el humor. Puede que, en algún momento, se escape una sonrisa de complicidad pero hay historia suficiente como para que se deslizara un chiste sobre este ridículo espectáculo que es la vida, sobre los absurdos sueños destrozados y los anclajes morales a una posición social elevada. Prefiere quedarse en tierra de nadie, volcado levemente hacia el drama pero siendo ligero en todos los solares que pisa, con visitas al realismo de cocina, con una fotografía más fría de lo normal debida a nuestro Javier Aguirresarobe y con un pulso milimétrico para dirigir a una gran actriz de rara belleza y talento más que acusado...más que acusador.
La contraposición de mundos de bolsillos vacíos con planetas de ociosa opulencia es lo más atractivo cuando Allen decide jugar con la estructura e ironizar con la aventura emocional de una mujer que solo supo ganar porque todos nos acostumbramos fácilmente a eso, sin importar sentimientos o sueños ajenos. De vez en cuando, el destino también se sienta en un banco y comienza a hablar solo para descubrir que el fracaso está ahí, a la vuelta de la esquina, argumentando excusas y agarraderos. Falacias que crecen con marca como una caída que no se quiere asumir. 

miércoles, 20 de noviembre de 2013

ESTUDIO DE TERROR (1965), de James Hill

Entre las brumas de los barrios más húmedos y oscuros de Londres se mueve un asesino que mata a prostitutas por placer. En aquella época, un detective privado llamado Sherlock Holmes, se internaba entre las rutas del crimen para dar solución a todos los problemas a través de ese principio policíaco que enuncia que toda evidencia circunstancial no es más que una conjetura. Así, se emprende una cacería para atrapar a uno de los psicópatas más misteriosos de todos los tiempos como fue Jack el Destripador, revisitado por Holmes cuatro años después en la excelente Asesinato por decreto, de Bob Clark. En esta ocasión, Holmes aparece interpretado por John Neville, un actor que, tal vez, mereció mejor suerte y que siempre será recordado por su encarnación del papel protagonista de Las aventuras del Barón de Munchhausen, de Terry Gilliam. Su interpretación del mítico personaje de Conan Doyle se revela como la de un hombre mucho más inteligente, ligeramente inquieto y con algún que otro toque misógino. Su compañero, John Watson, interpretado por Donald Houston, es un retrato del amigo que admira profundamente a Holmes, que es valiente cuando es necesario, que se muestra permanentemente perplejo por las deducciones de su compañero y que lo pasa realmente mal cuando tiene que fingir en público algunas maneras descorteses. Por detrás de ellos, un plantel de excelentes secundarios como John Fraser, Anthony Quayle, Robert Morley, Frank Finlay, Cecil Parker, Adrienne Corri y una jovencísima Judi Dench que ya da muestras de saber dominar la escena con esas miradas capaces de atravesar la carne con un punzón con más facilidad que el propio asesino. No deja de ser un acercamiento muy británico a la figura del genial detective y dentro de un presupuesto que se antoja modesto pero resulta una película muy atractiva, que sigue las líneas del suspense más flemático y que acaba por atrapar con una solución creíble y ajustada al misterio con la Historia que rodeó al legendario psicópata. Y es que no hay nada peor que alimentar el odio con el fantasma monstruoso de un pasado que no deja de hacer resonar sus pasos en los adoquines del tenebroso Londres. Las mentes retorcidas suelen pasar algún tiempo en los pasillos del dolor porque convertir la belleza en fealdad es uno de los mayores pecados que la vida ha cometido nunca. Holmes lo sabe y, entre tanta maldad, se refugia en las cosas más sencillas que ha sabido apreciar porque también conoce cuál es el camino de la locura. Basta con unos cuantos desprecios, unos cuantos sueños rotos, una presión social injusta…y ya está. La cabeza gira trescientos sesenta grados para colocar todo al revés, encerrarse en sí misma y hacer que la inteligencia se ponga en fuga para dejar paso a la ignorancia más atrevida. Así es cómo nacen los sospechosos. Así es cómo el mejor premio para alguien tan endiabladamente inteligente es tener algo en qué pensar. Si no solo queda el ostracismo, la nada, el retraso y el aroma perdido de un amor que quedó sepultado en las llamas del rencor.

martes, 19 de noviembre de 2013

PETER PAN (1953), de Hamilton Luske, Clyde Geronimi y Wilfred Jackson

Ser adulto. ¡Vaya cosa! Abandonar las estrellas que brillan a través de la imaginación para agarrarse a la tierra llena de problemas, de prisas y de olvidos y miradas rápidas. Creer que lo lógico es lo mejor. Pues no. No, no, no y mil veces no. Quizá lo mejor sea soñar que se es un pirata en alguna bahía tranquila rodeada de nombres legendarios. O que hay una pequeña hada de caderas anchas que esparce polvos mágicos por donde pasa. O que un paraguas es una espada para retar al mismísimo mal en un duelo a muerte con un tablón al fondo. O que un cocodrilo busca a su presa con un interminable tic-tac en su interior que hace que, además de fiera, sea gracioso. Si ser adulto significa renunciar a todo eso…mejor quedarse niño.
Y es que de niño se puede dominar a la Tierra entera desde una nube, se puede desafiar a la ley de la gravedad flotando mientras se canta, se puede intuir el amor sin llegar a agarrarlo porque, en el momento en que lo posees, te puede hacer daño. Y un niño no está hecho para sufrir daño. Está hecho para soñar, para creer que todo es posible en la larga noche bañada de luna llena. Un niño es el capitán de todas las naves, el malvado de risa imparable, el ayudante de buen corazón que, en el fondo, solo es villano por inercia. Es también el conquistador inalcanzable, diestro con la espada o con el puñal, hábil de inteligencia, ingenuo en el jugar. Y todo eso se olvida con los años. Se queda un pequeño resquicio, una nada apenada que no se suele recordar porque duele tener la certeza de que, de niño se era capaz de todo, y de adulto solo hay tiempo para el grito, para la premura y para las cosas propias de los negocios irritantes de mayores.
Todos hemos querido ser Peter Pan ¿no? Todos hemos deseado guiar a chicas de sonrisa tierna por en medio de los árboles, o rescatar princesas en el último minuto, o desafiar al Capitán Garfio en un ensoñador duelo en lo alto del palo mayor. Todos hemos querido ser el centro de las miradas porque eso es lo que quiere un niño aunque luego se le pase. Y aún así, con la barba creciéndonos por la cara, con las manos salpicadas de venas que ya se notan a través de la piel y con los ojos mucho, mucho más desengañados, sabemos que Nunca Jamás existe y que, de vez en cuando, todavía huimos hacia allí, llevados por las ganas de revivir la ilusión de ser niño, aupados por la memoria de volver a hacer todo lo que hacíamos porque éramos capaces de cualquier cosa. El reloj sigue y, algún día, la vejez aparecerá para hacernos temer la brevedad del futuro pero en nuestras arrugas, en alguno de los pliegues de nuestra piel ya marchita, estará escrito el mapa del viaje de nuestra infancia, con sus juegos, sus fantasías, sus historias increíbles, sus metales al viento y sus velas envainadas…Fuimos capaces de volar…y aún lo somos. Basta con que recordemos el espíritu de nuestras aventuras y creamos en la libertad de la mente de un niño.

viernes, 15 de noviembre de 2013

CUANDO EL DESTINO NOS ALCANCE (1972), de Richard Fleischer

Solo una mano suspendida en medio del vacío del pánico, pidiendo ayuda, suplicando el auxilio para que la verdad sea mostrada a plena luz del sol ya difuminado por la polución. La Tierra se muere, se extingue poco a poco porque los recursos han sido agotados y en una ciudad de cuarenta millones de habitantes, hay veinte millones que no tienen trabajo. La gente vive en las calles, amontonándose en las escaleras de incendios, en los portales, en cualquier sitio donde se pueda estar cerca del alimento y del agua racionada. Una ducha es un lujo. Un filete es prohibitivo. Una chica es mobiliario de casa. Una lechuga es solo un recuerdo.
Y aún así, todavía existe un policía empeñado en investigar un crimen que huele a ejecución. Comete pequeños hurtos mientras registra los lugares donde se cometen los asesinatos. Se lleva un entrecot de buey, un par de libros de investigación, unas judías blancas cocinadas, una pastilla de jabón…pero es que tiene que vivir, tiene que probar las cosas que su compañero de piso le ha contado tantas veces que existieron en la Tierra. Esa Tierra poblada por una Humanidad que se lanza a consumir el único alimento existente, basado en plancton marino. Todo es tan horrible, tan imposible de vivir que la muerte parece una liberación. Incluso en el control de algaradas la gente es desalojada a paladas de camión de la basura. Y ahí es donde vamos. A la misma basura.
Esta película de Richard Fleischer indaga en el instinto de autodestrucción que anida en el hombre y que, situada en el año 2022, resulta de una enorme vigencia para los tiempos que corren. El paro masificado, el Estado derrotado y dejando en la indigencia a miles de seres que no tienen casa. El policía llega a decir que estando dos días de baja perdería su empleo. El cielo escondido en las capas de la contaminación, el asilo donde los ancianos piden morir porque ya no aguantan más que nadie se ocupe de ellos…Resulta extrañamente ficción y aún más extrañamente cercano. Lo que era pura fantasía en 1972 resulta ser una inquietante parábola que nos echa del pensamiento acomodaticio y nos sumerge en el miedo incontrolado. El alimento escasea, ya no hay muchas de las cosas que podíamos comer de niños y se nos vende como natural aquello que es manufacturado y sintetizado. Pronto, todos nosotros levantaremos esa mano suplicante rogando por la verdad y por un cambio de rumbo en las mentalidades de todos los que nos llevan hacia la agonía. La Humanidad ira desapareciendo así, entre estertores de muerte, entre alaridos de angustia, entre rabias ahogadas porque ya nadie escucha. Solo nos importa el placer inmediato, saciar los impulsos, amasar las mayores cantidades de dinero posibles aunque ello signifique que los perjudicados acaben de alimento para los peces. El destino lucha ya por alcanzarnos. Y cuando eso ocurra, no habrá más esperanzas de un mañana algo mejor. Nosotros somos los auténticos caníbales.

jueves, 14 de noviembre de 2013

SÉPTIMO (2013), de Patxi Amezcua

Un juego inocente que sirve para aumentar complicidades porque, al fin y al cabo, la madre lo prohíbe y el padre lo fomenta. La vieja historia de siempre. Un matrimonio que tiró la estabilidad por el hueco de la escalera y que ahora busca un rumbo nuevo de forma diferente y que tratan de ganarse a los hijos a base de permitir lo que otro veda. Mármol frío que se calienta con pasos hacia ninguna parte. Rencores de silencio que se sitúan en la misma puerta de un vecino llamado maldad.

La mirada hacia arriba, buscando respuestas cuando se arrebata lo más querido. Paseos interminables haciendo un ejercicio de piernas considerable mientras se desgastan las suelas con los escalones de la desesperación. Cerraduras quietas que se niegan a abrir sus ojos para dar ninguna explicación. La sospecha que pasa de uno a otro porque todos, de alguna manera, tienen algo que esconder. Sobre todo quien busca porque los enemigos crecen a golpe de llamada de móvil. Todo es una cuestión mucho más simple, mucho más cruel, mucho más antigua.
Patxi Amezcua es el responsable de haber construido un edificio de cimientos bien sólidos que han tenido que soportar muros de adobe vacilante. No vale tener solo sentido del ritmo para hacer que se olviden flecos y se dejen preguntas sin contestar. Tampoco vale tener a un gran actor como Ricardo Darín para llevar todo el peso de una trama que promete y que, sin embargo, cae por algunos vacíos incomprensibles que llegan a ser demasiado evidentes en alguna ocasión. Hay que trabajar el guión antes de ponerse detrás de las cámaras y contar una historia que pide a gritos la exactitud de un mecanismo de relojería porque solo así se llega a pisar los siempre difíciles terrenos de la calidad.
Roque Baños pone clima con una música templada y torcida, llena de clase y hay una fotografía que retrata a Buenos Aires desde las alturas con interés y cariño. Gran urbe de grandes secretos, que delata sinfonías de ruido, de charlas interminables, de luces que ponen sangre a sus venas y de enormes arterias de ríos grises como reflejos de un cielo que pone calor y plomo sobre los tejados. Por lo demás, se echa de menos a una actriz que ponga mapa al sufrimiento de una madre y que no lleve la tortura fingida en la cara de Belén Rueda, descolocada todo el tiempo y evidente hasta la decepción.
Y es que se siente el sudor goteando por la camisa cansada de ese abogado que nada en el agobio que él mismo se ha buscado porque no supo ganar el proceso de la felicidad. Su trabajo le sitia y le provoca la angustia suficiente como para convertir su vida en un sentido único hacia el ahogo. Tal vez porque en su casa no encontró nada que le hiciera desear permanecer en medio del cariño. Tal vez porque, en el fondo, los perdedores también llevan traje y corbata.
Absurdos contenidos y provocados por la precipitación, espacios vacíos rellenados con carreras desaforadas, buscando respuestas por los rincones de una casa que es un laberinto de almas perdidas, que no saben salir de una despreciable mediocridad. Sospechas de viejas rencillas, certezas de nuevas peleas que también ejercen su influencia. Todo un rompecabezas que hubiera merecido algo más de coherencia y algo menos de prisa. Quizá porque el ascensor es un viejo armatoste de encanto probado y parada garantizada entre pisos. Todas las puertas, a pesar de ser de madera, son rejas a prueba de intrusión. Y a veces los pequeños detalles son los que más traicionan. Como un móvil sin batería que, de repente, sí la tiene. O un personaje que va y viene y luego desaparece sin más explicaciones. Da lo mismo. Lo importante es que la serenidad vuelva a encajar en un lugar en el que nunca debió de faltar.