miércoles, 30 de abril de 2014

POMPEYA (2014), de Paul W.S. Anderson

Se me olvidaba comunicar a todos cuantos cometéis la locura de entrar por estos lares que, debido a las festividades del día del trabajo y de la Comunidad de Madrid, retomaremos el blog el martes día 7 de mayo. Mientras tanto, id al cine, no lo cansaré de repetir. Es lo que más coloca los pensamientos.

 Stanley Kubrick debe de estar removiéndose en su tumba después de enterarse de lo que han hecho en esta película. Sin ningún rubor y sin apenas desenvainar la espada, copian su Espartaco, lo mezclan un poquito con el Gladiator, de Ridley Scott, le ponen algunos tópicos del cine de catástrofes y andando que es gerundio romano. Lástima que se hayan dejado el talento para luego porque el veredicto, sin vacilaciones, es el del pulgar hacia abajo.

La historia del gladiador rebelde al que todos le tienen manía menos un negro gigante que le muestra amistad y capacidad de sacrificio no deja de ser una repetición. El amor del gladiador con una noble patricia está tan lleno de clichés que levanta sonrojo. Ya se sabe. Susurrar a los caballos es una jugada segura para conquistar a la chica que amas. El apartado interpretativo es vergonzoso porque el tal Kit Harington, procedente de Juego de tronos, tiene tan poca intensidad como estatura física. La chica, la australiana Emily Browning, actúa menos que una columna jónica. La pobre Carrie Ann Moss tiene una incomodidad encima por formar parte de esta película que es más que evidente. El negro Adewale Akinnuoye-Agbaje, además de cambiar de nombre, debería cambiar de profesión. Ni siquiera Jared Harris y Kiefer Sutherland, habitualmente solventes, dan la talla porque, entre otras cosas, tienen que cargar con unos personajes tan unidimensionales que parecen sacados de un manual turístico.
Descartado el apartado interpretativo, habría que salvar algo. Y lo hay. La descripción visual de una ciudad romana está muy conseguida. Tanto el interior de las villas como las principales plazas y calles que eran el denominador común de la arquitectura urbana de la época es fiel y responde bien al concepto de la espectacularidad. Los diálogos son acartonados, falsos, con ansias de grandeza y vocación de ridículo. Luego, claro, vienen los efectos especiales que son bastante aseados aunque se meta de por medio un tsunami y alguna vuelta de muñeca más para dejar al deseoso de fuego bien saciado. Por otro lado, la película también posee una banda sonora apreciable debida a Clinton Shorter, con una orquestación acertada y una cadencia melódica muy propia de lo que se espera de una película y unos hechos ambientados en el imperio de Tito.

Y es que es posible que en los tiempos en los que escasean los valores más fundamentales, haya algún signo divino que reduzca las cenizas de la soberbia a una parte de la historia que solo transmita horror. La opulencia de los poderosos puede despertar las iras de un pueblo que también pagará las consecuencias del exceso. La sangre por el mero placer de verla derramada es algo tan cruel y tan reprobable que no es suficiente el castigo de la muerte. Tiene que ser algo visceral y más poderoso que cualquier otra obra del hombre. Y para que nadie olvide, se dejará un rastro de cadáveres cincelados en roca de lava y ceniza de soberbia, en una huella quebradiza de un principio de estabilidad que nunca llegó a germinar. El poder de Roma se encargó de aplastar sueños de mejora, de arrebatar la libertad a los que merecían la paz, de permitir la prosperidad bajo la vigilancia retadora de los que aspiraban a la ambición máxima. Y así todo fue pasto del fuego, del agua, del aire, del humo. Incluso el amor quedó sepultado sin súplica, aceptando el destino y con una condición indispensable para que todo tenga sentido: la libertad. Algo que a todos se nos niega cada día cuando se nos esclaviza, se nos exige más allá del deber, se especula sobre nuestra vida sin pedirnos permiso y se demuestra quién lleva las riendas de la corrupción y de la conspiración que solo persigue que unos cuantos vivan bien a costa de la sangre de muchos que gritan, corren, se desesperan y quedan convertidos en estatuas con sus gritos ahogados en el silencio del recuerdo.

2 comentarios:

CARPET_WALLY dijo...

Pufff, lo dicho, sabes sacar belleza de la mediocridad. No la vi, aunque casi estaba seguro de que iba a ser la "estrella" de la semana, pero más que nada porque ya sólo con el trailer me pareció tan tópica que me parecía inaguantable.
Y el amigo Jon Nieve de "Juego de tronos" da un poco de pena. En la serie tiene al menos un personaje bastante interesante, el hermano bastardo que se siente tan familia como el que más aunque su destino prefijado sea el más ingrato de la familia. En la serie el personaje es potente y él cumple con solvencia un perosnaje algo atormentado. Otra cosa es que a la vista del trailer también, me oarecía que se quitaba las pieles de Invernalia que le cubren como Guarian del Muro y mostrando pecho repetía los gestos de su descarnado personaje en este peplum de tan mala pinta.
Y otra cosa ese gladiador gigantón negro parecía tan traspasado directamente de "Gladiator" que lo mismo Ridley scott les acusa de plagio.

En fin, tiempos de reventa.

Abrazos piroclásticos

César Bardés dijo...

Ya te digo que lo que más merece la pena es la planificación con respecto a la organización de una villa romana (Pompeya está dibujada como si fuese la Marbella del momento) y de una urbe romana, con su plaza del mercado, su plaza del ágora y demás historias. Eso es, sin duda, lo mejor de la película. Ahora, el argumento es tan pobre, tiene unos diálogos tan infectos que dan ganas de tirarse a la arena y asesinar en lento martirio al guionista y al director. El chaval este de "Juego de tronos" es que es bajito con ganas y, claro, no da la talla como gladiador invencible. El negro gigantón que, además, literalmente hay un momento en que el chico le pregunta el nombre y él contesta: "Mi nombre no te interesa. No te interesa nada de mí. Un día me matarás en la arena y es mejor que no seamos amigo" no es que sea de "Gladiator", no, es que es directamente el Woody Strode de "Espartaco".
Anda que no hay argumento por ahí que podrían haber dado jugo. De acuerdo, han intentado huir de "Los últimos días de Pompeya" pero huir de una cosa manida para meterse en una cosa manida no tiene, creo yo, ningún sentido.
Lo del tsunami también tiene su gracia, por cierto.
Abrazos con lava fría.