jueves, 29 de diciembre de 2016

ASSASSIN´S CREED (2016), de Justin Kurzel

Con este artículo quiero desear a todos un feliz Año Nuevo, lleno de cine, de ilusiones y de sueños porque ellos, al fin y al cabo, son los que nos ayudan a vencer a la realidad. Vamos a por él antes de que él venga a por nosotros. Un abrazo para ellos y un beso para ellas.

Acabar con el libre albedrío significa, al mismo tiempo, exterminar al pensamiento. Y todo el mundo sabe que si la gente no piensa, entonces la Humanidad se convertirá en una manada de borregos dispuesta a aceptar verdades ineluctables procedentes del poder de turno, a la manipulación continuada de cualquier idea subversiva o al acatamiento voluntario de cualquier orden impuesta por la clase dominante. Es tan viejo como la traición.
Lo cierto es que sería muy útil viajar en el tiempo y ponerse en la piel de nuestros antepasados para aprender de sus experiencias e intentar ser mejor en cualquier cosa que nos propongamos. Incluso en el difícil arte de la rebelión. Quizá descubriríamos que nuestro linaje era algo más de lo que creíamos, o que tenemos reservado un destino glorioso, reservado a la vigilancia de la paz y de la justicia frente a los que, secularmente, han estado en contra de la voluntad del ser humano. Hasta podemos descubrir que tenemos sangre de guerrero, dispuesta a ser derramada con tal de preservar la misma esencia del hombre. En ese viaje hacia el pasado que determinará el futuro podremos también determinar cuán difusa es la frontera entre el bien y el mal, el disfraz descarado que adopta el enemigo, la confusión reinante en la búsqueda de la verdad y la certeza de que siempre hemos vivido bajo uno u otro yugo que solo deseaba someter a sus semejantes con la fiereza de la brutalidad más tenebrosa. Bucear en eso es toda una excursión al miedo.
De paso, es posible que encontremos la pureza de algunos sentimientos que también forma parte indivisible de la especie humana. En los tiempos más difíciles aún se puede preservar parte de lo mejor que nos caracteriza haciendo que nuestro espíritu se asemeje al del águila, dominando todo el panorama de maldad y humo que se extiende a nuestros pies y tratando de aventar al mismo diablo que se presenta de formas tan distintas como la Iglesia, la ciencia o la política. Tal vez haya que inventar un credo para una raza de guerreros que están dispuestos a todo con tal de salvaguardar la libre elección, el libre tránsito, la libre capacidad para decir que no.

Con mimbres prometedores el director Justin Kurzel ha adaptado la exitosa saga de videojuegos con aciertos y fallos. Uno de ellos es la persistente e incomprensible voluntad de proseguir con la manía de imitar los movimientos de combate de cualquier videojuego que ha cometido la osadía de ser llevado a la pantalla sin asumir que se trata de un lenguaje diferente, con reglas diferentes y resultados diferentes. Por el contrario, Kurzel se esmera en la dirección artística, con escenarios impresionantes que incluyen la Catedral de Sevilla en plena construcción o el Patio de los Leones de la Alhambra de Granada. Esforzados los trabajos de Michael Fassbender y de Marion Cotillard, que demuestra, una vez más, lo gran actriz que es tratando de dar sentido a un personaje que no lo tiene, escoltados por nombres ilustres como Jeremy Irons o Brendan Gleeson, acompañados por los españoles Carlos Bardem o Javier Gutiérrez, que compone un creíble y algo desquiciado Fray Torquemada. Por lo demás, la película es algo cansina tratando de jugar con la fantasía, la historia más bien inventada, los planos temporales y las motivaciones no demasiado explicadas. Más que nada porque es de sospechar que Justin Kurzel desea que el espectador dé un salto de fe en toda regla y no todos estamos preparados en este tipo de historias. Tal vez porque necesitemos que las cosas se nos expliquen un poco mejor.                          

viernes, 23 de diciembre de 2016

EL PRESIDENTE Y MISS WADE (1995), de Rob Reiner

Como estas son fechas en las que todo el mundo está mirando escaparates y comidas y hay poco tiempo para leer algo sobre cine, cerraremos un poco la temporada publicando solo los estrenos correspondientes al jueves 29 de diciembre y 5 de enero para volver a retomar el ritmo habitual allá por el 10 de enero, martes. En cualquier caso, espero que seáis muy felices, que los deseos se conviertan en verdad, que la Navidad sea una constante durante todo el año y que tengamos paz y armonía para que todos, sin excepción, podamos estar tranquilos. Feliz Navidad. Un beso para ellas y un abrazo para ellos.

Quizá sea una temeridad mirar a alguien con ternura cuando se está en la cúspide del poder. Tal vez porque hay una sensación generalizada de que los políticos no pueden ser los protagonistas de una historia de amor o puede que sea porque es algo considerado como debilidad. Y sin embargo puede ocurrir. El Presidente de los Estados Unidos se enamora de alguien y quiere comportarse como un enamorado más, con esos detalles nimios que suavizan la mirada de la otra persona, con esa sensación de que estás haciendo algo maravilloso por la vida de quien se ama. Pero ser uno de los hombres más poderosos del planeta no es una ventaja para una historia de amor. Hay que saltarse la protección, hay que parar en una floristería porque, de repente, el entusiasmo se instala donde solo debería haber frialdad, hay que tener dinero en efectivo y hay que intentar parecer maravilloso cuando se desempeña un oficio que da muy pocas oportunidades para mostrarse con naturalidad. No, no es fácil ser Presidente y, a la vez, estar enamorado. Son dos cargos incompatibles.
Además siempre estarán los deslenguados inermes, que quieren destruir cualquier atisbo de belleza en las esferas del poder. No es lógico que un Presidente se enamore como un colegial de una mujer que ha destacado por su activismo contra el poder político, sea del color que sea. Pronto correrán las habladurías, los rumores y, peor aún, las calumnias. Y, en un último intento para decir que también tiene derecho a amar, el Presidente callará, intentando no mezclar los asuntos del corazón con las tramas de la política, tratando de dejar aparte cualquier insinuación o cualquier idea de influencia en su toma de decisiones. Y, tal vez sin que sirva demasiado de precedente, lo que la gente quiere es ver el tamaño del corazón de su Presidente porque así, de alguna manera, tendrán conciencia de que les gobierna uno de ellos.

Rob Reiner concibió esta comedia romántica con algo de rabia contra las reglas artificialmente impuestas en un mundo de intrigas y traiciones. Como queriendo decir que todos somos seres humanos aunque rara vez demos muestras de ello. El jamón de Virginia y una cena que puede ser de todo menos íntima dan buena fe de lo que quiso decir. A veces, no hay que olvidar tampoco que, cuando se está en la cumbre, negociando todo el día, tratando de sacar adelante una serie de propuestas ofreciendo la fachada más impasible, hay que dejar un resquicio a la ternura, al auténtico ser que sufre y ama. Más que nada porque la mente va olvidando sus sensaciones y la piedra comienza a reemplazar a la carne y al hueso. Para contar todo esto, Reiner contó con un ajustado Michael Douglas y con una encantadora y elegantísima Annette Bening en los principales papeles pero soberbiamente secundados por Michael J. Fox, David Paymer, Martin Sheen y Richard Dreyfuss. Y todo porque hay que contar alguna vez una historia de amor con protagonistas que no suelen saber lo que es eso.

jueves, 22 de diciembre de 2016

STAR WARS: ROGUE ONE (2016), de Gareth Edwards

Solo los héroes de verdad pueden realizar hazañas sobrehumanas. Son esos seres anónimos que han entregado todo por alcanzar su objetivo, dejándose la sangre o la vida y con el único fin de salvar a muchos otros que soportan el peso de la dictadura con la resistencia como única arma. El espacio que conocemos se puebla de naves estelares, la épica se hace un sitio en nuestros corazones y asistimos a una historia que nos puede llevar al rincón más estremecedor de la galaxia.
Puede que el elemento clave de una futura batalla tenga su origen en otra misión arriesgada y ejecutada con la rapidez de un comando. Hasta es posible que esa misión no sea encargada más que por la conciencia que se agarra a una de las mejores cosas que palpitan en el interior de los hombres y de las mujeres como la esperanza. El camino estará jalonado de aventuras, de personajes que llegan a ser fascinantes y otros que nos convencen de que no hay nada como la expresión y la piel auténtica para dar vida a lo que ya se fue. En cualquier caso, la magia está ahí, porque subimos las escaleras hechas de estrellas y los escudos se rompen para dar paso a la épica de un final que tiene que ser, por la fuerza, un nuevo principio.
Sorprendente en algunos pasajes, tópica aunque efectiva en otros, Star Wars: Rogue One resulta un acercamiento más realista al universo de la rebelión, descubriendo a otros héroes que también lucharon por conseguir la victoria de igual modo que lo expresaría John Ford. Hay secuencias realizadas con un vigor excepcional por parte del director Gareth Edwards y hay que reconocer sin paliativos la maravillosa banda sonora de Michael Giacchino que recuerda, sin copiar, las tonalidades del maestro John Williams. Al frente del reparto, Felicity Jones, una heroína creíble y sólida, decidida y hábil, que sabe darle también alguna vuelta interpretativa a un personaje que en manos de otra hubiese caído en lo anodino de la acción sin pretensiones. A su lado, un efectivo Diego Luna y un buen puñado de guiños a los seguidores de la saga que, sin duda, exigirán más, sin darse cuenta de que es muy difícil reunir los mismos elementos que les encandilaron hace treinta y nueve años. Mientras tanto, la imagen toma vericuetos más realistas, se oscurece un poco la epopeya y la presencia en el guión de Tony Gilroy resulta una garantía para que se salga del cine con cierta satisfacción.

Y es que también hay algún diseño artístico de calidad, un cierto sentido de la grandeza de una historia que merecía ser contada para darle coherencia a todo lo anterior y algún que otro toque de lirismo que no empalaga y que acaba, incluso, por resultar más comedido y más cuidado que el Episodio VII. Los héroes, esos que deciden realizar lo imposible, son los que detentan la verdadera fuerza, el auténtico destino reservado a los inmortales. Y son mucho más peligrosos que otros porque, al fin y al cabo, tienen muy poco que perder. Solo es la vida. Y en la galaxia muy lejana, hace mucho, mucho tiempo que eso no vale nada. La maldad vuelve a caminar con pasos más auténticos y los detalles importan en la lucha. La rebelión no puede ser dividida cuando el objetivo es la libertad y cuando, incluso, hay algunos que han entregado su vida a hilar una traición muy lenta y muy meditada. Es la fuerza en su estado más puro. 

miércoles, 21 de diciembre de 2016

LA ROSA TATUADA (1955), de Daniel Mann

El olor a cerrado y a tela nueva parece que invade todos y cada uno de los días de Serafina. Sola y sin luz en el corazón, ella cose sin parar y rehúsa la compañía de los hombres por una sola razón. Le han hecho mucho daño. Mucho. Demasiado. Han dejado su piel en carne viva y han cerrado todas las flores de su ilusión. No hay mañanas nuevas para ella, no hay más que la certeza de una hija que comienza a vivir. Y, sin embargo, en un rincón de su enorme corazón de mujer está la esperanza de que alguien, en algún lugar, la está esperando.
Un hombre sencillo, un camionero que ha pasado demasiadas horas en la soledad del volante, aparece de repente, como salido de la nada. Sus palabras son cortas y sus ademanes, toscos pero, incluso debajo de las más encallecidas capas de rudeza, hay un corazón deseando latir y este hombre lo tiene. No sabe lo que es la cultura, ni siquiera tiene conocimiento del don de la oportunidad pero, aún así, sabe tratar a una mujer con delicadeza, con el mismo mimo con el que se cuidan las rosas del jardín. Sabe que no hay muchas mujeres, solo hay una. Sabe que no hay muchos días, solo están los que se pasen junto a ella. Sabe que ser un hombre consiste en ser un buen hombre y no un granuja aprovechado que irá picando de flor en flor según le lleve el viento de su tubo de escape. Si él se va, será para volver. Tiene algo en su mirada, algo muy extraño, que conquista a Serafina. Y tal vez, solo tal vez, la felicidad hará un traje para los compañeros de la desgracia.

Dicen que Tennessee Williams escribió esta obra en una época en la que era feliz porque tenía estabilidad sentimental y no es menos cierto que es la única que tiene un marcado carácter optimista. Todos sufrimos al lado de Serafina porque el personaje interpretado por Anna Magnani está tan extraordinariamente bien trazado que intuimos las heridas morales de una mujer que ha ido buscando lo que todos anhelamos, intentando que haya unos minutos de amor todos los días de su vida. Ella reposa sus inquietudes en su hija pero el tiempo pasa y ya no es la niña que un día fue. El tiempo pasa, sí, y esa piel de rosa tatuada, se va arrugando y retrayendo para sumergirse en un sueño de belleza perdida y de oportunidades pasadas. La luz del día va desapareciendo de su vida dentro de ese taller de costura en el que ella se encierra y todo va pasando sin detenerse. Hasta que llega Burt Lancaster y la piel se vuelve a estirar y ella se ilumina y cree que hay futuro aunque solo sea hasta mañana. De ahí su desconfianza patológica cuando se deshacen los abrazos para que el camión parta hacia su destino. De ahí que tema una nueva y última derrota porque, en el fondo y a pesar de todo, ya no tiene fuerzas para seguir luchando. La rosa se va a marchitar y ella lo intuye y lo último que hay que perder es la confianza en que el amor, aunque no esté, no se va.

martes, 20 de diciembre de 2016

GUNGA DIN (1939), de George Stevens

Si tenéis ganas de escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla a propósito de "Vencedores o vencidos", de Stanley Kramer, podéis hacerlo aquí

Los sargentos Cutter, MacChesney y Ballantine son tres de esos tipos que piensan que la amistad es lo primero de todo. Nada puede borrar de un plumazo tantos años juntos en el Ejército de su Graciosa Majestad en la India, tantas aventuras divertidas, tantas borracheras compartidas, tantas muertes a su lado de otros camaradas que también merecieron unas cuantas risas. Cuando uno de ellos queda herido, los tres quedan heridos. Cuando uno de ellos tira de valentía para doblegar al enemigo, los tres son valientes. Cuando uno de ellos es arrestado, los tres están entre rejas. Cuando uno de ellos se casa, los tres…no, eso no.
Así pues aún queda tiempo para una última aventura, para una última diversión. Basta con dejar al Sargento Cutter suelto para ir a buscar un imaginario tesoro con el que sueña y ya está liada. Y detrás de ellos, fiel hasta el agotamiento, Gunga Din, ese tímido, ingenuo y encantador aguador que también sueña que se incorpora al Ejército para servir a Su Majestad. Kipling lo supo en uno de sus viajes. Conoció la historia de Gunga Din y la inmortalizó con sus líneas magistrales. Gunga Din tiene miedo, tiene valor, tiene arrojo y tiene resistencia. Al fin y al cabo, son las cualidades esenciales de todo buen soldado que se precie. Cutter, MacChesney y Ballantine lo van a descubrir y, sin duda, nunca habrán conocido a otro soldado más leal, más valeroso y más sacrificado. Y eso será una lección para los tres porque dejarán de buscar tesoros imaginarios, de enzarzarse en promesas vacías de matrimonio rutinario y seguirán buscando, en nuestro interior, más aventuras a las que agarrarse y ajustar cuentas a los rebeldes indios que adoran paganamente a la diosa Kali. La amistad, lo primero. Y Gunga Din para siempre, será uno de ellos.

George Stevens dirigió con mano divertida y mirada desenfadada a Cary Grant, Victor McLaglen y Douglas Fairbanks Jr., en esta historia de amigos por encima de la guerra, que son capaces de cualquier cosa mientras estén los tres juntos pero que, si uno de ellos falla, entonces el trío se deshace en sus bravuras y comienzan a ser mediocres, prescindibles, nulidades de copa de ponche rápida y pelea a puñetazos. A su lado, Sam Jaffe como Gunga Din, ese indio que quiso llevar uniforme a pesar de que no era más que un paria que llevaba agua en una tierra seca y llena de violencia. El resultado es una película que llega a los rincones más umbríos y los ilumina con sus batallas precipitadas, con sus bromas previsibles, con sus trampas desplegadas y con su humor recalcitrante, humor de camaradas en una lucha que cae por los barrancos de lo entrañable a cada segundo. Y tengan cuidado no sea que caiga alguna gota de jarabe de elefante en alguna de sus bebidas. Tengan la puerta abierta y el paso libre.

viernes, 16 de diciembre de 2016

FUERZA BRUTA (1947), de Jules Dassin

Los barrotes siguen ahí, día tras día, incólumes y dispuestos a recordar que la libertad es solo un sueño que se escapa por una fotografía de calendario. El tiempo se hace largo y la espera, eterna. La prisión es como una ciudad en pequeño. Tiene sus talleres, sus lavanderías, su periódico, su disciplina, su mantenimiento…y sus delincuentes. Solo que en esta ocasión los delincuentes llevan uniforme.
Es fácil caer en la tentación del sadismo y del abuso de poder cuando se está en una posición de ventaja. La psicopatía no tarda en aparecer porque, al fin y al cabo, el sentimiento de superioridad acaba por embargar cualquier acción. El descreimiento sobre la redención termina por ahogar cualquier atisbo de humanidad y la porra vuela con libertad intentando encontrar el hueso al que romper. Fuerza bruta para imponer una disciplina que se olvida de la carne. Fuerza bruta para intentar la fuga imposible de una prisión que parece gobernada por el Diablo.
Lo que se promete, no se cumple. La manipulación está servida en cuanto se niega la colaboración. La traición está a la orden del día. La prisión está aislada del resto del mundo por un puente levadizo que hay que bajar como sea, aunque sea muriendo porque eso es lo que hacen los presos que caen bajo la vigilancia del Capitán Munsey. Mueren todos los días. Y no hay posibilidad de ver el mañana.
Collins, sin embargo, es rebelde por naturaleza. Comete el pecado de la precipitación pero no deja de intentar cambiar la situación de una u otra manera cortando, en primer lugar, todas las amarras de Munsey con el interior de la cárcel. De forma inteligente y con la coartada dispuesta. Todo es un accidente. Pero Munsey tiene que morir porque no merece ni llevar la carne que lo viste. Es un asesino que se mueve en el lado correcto de la ley cuando unos cuantos que están a este lado de los barrotes están pagando por un simple error. La confianza es el peor error de todos. Y Collins camina hacia la perdición porque ya no le importa morir. Por eso se precipita. Sabe que todo es imposible y, sin embargo, lo intenta. Al menos, arrojará los despojos de Munsey a la multitud para que sea devorado mientras la sangre le recuerda lo vulnerable que es en ese desierto de sentimientos sepultados por el cemento, por la tristeza, por la ensoñación y por la nada.

Un reparto de excepcionales actores de carácter capitaneados por Burt Lancaster y, muy especialmente, Hume Cronyn en el papel del sádico Capitán Munsey dieron forma a esta maravillosa película de Jules Dassin sobre la situación en las cárceles americanas a finales de los años cuarenta. El guión de Richard Brooks es incisivo y osado y una pléyade de sólidos actores secundarios con Charles Bickford a la cabeza dan entidad a una película que te deja con la boca abierta en algunas secuencias. Como ese escalofrío que nos recorre el espinazo cuando Munsey, aseado y tranquilo, pone a Wagner en el gramófono mientras tortura a un preso en busca de información. Crueldad en imágenes. Cine que te golpea.

jueves, 15 de diciembre de 2016

HASTA EL ÚLTIMO HOMBRE (2016), de Mel Gibson

Puede que en medio de la mayor crueldad, donde los hombres muestran lo peor de sí mismos, donde el caos se hace un lugar inamovible en el destino de muchos, haya alguien que decida regalar vida y espantar a la muerte. Alguien que vive y respira de acuerdo a sus creencias porque le han dado una razón para que todo tenga algún sentido incluso en mitad de las vísceras derramadas, la sangre desperdiciada y el esfuerzo inútil. Es como si una pluma, bella e intocable, se colocara en lo alto de una rama desnuda, sin cobijo pero con un mensaje andante de coherencia y moral. El absurdo de la ética justo enfrente de la destrucción.
En lo alto de un risco, ese hombre luchará por todo lo demás sin disparar ni una sola bala y dará una lección de valentía sin entender de razas ni bandos. El fuego y la fealdad tratarán de hacerse sitio para aniquilar cualquier vestigio de humanidad y lo que es más sorprendente es que rogará para salvar una vida más cuando la tierra esté regada de desgracia y vileza. Nadie creerá en él. Nadie le regalará una mirada de comprensión hasta que la evidencia tenga tal fuerza que se llegue a pensar que el cielo protege sus actos y que la recompensa será una mirada de regreso, una plegaria atendida, un dolor aplacado o un consuelo de heroísmo. Es la historia del hombre más valiente que nunca mató a nadie, ni siquiera, en la guerra.
La tierra arde en llamas y la muerte llega de improviso con una bala traicionera o una explosión sin aviso. Y, sin embargo, una sombra deambula de un lado a otro, tratando de evitar una nueva pérdida, quedándose en la retirada y quemándose las manos con un nudo de soga imposible. El amor, sin duda, espolea las actitudes y más para quien sabe lo que es la violencia y el rencor que se acumula cuando la culpabilidad acecha. Solo hay que fruncir el ceño, agacharse, hacer lo correcto y puede que el final esté ahí pero, al menos, la honestidad sobrevivirá como ejemplo si alguien se empeña en cortar la vida de raíz. Tanto es así que proporcionará nuevas fuerzas, nuevos ímpetus, nuevas rabias para que la victoria sea algo más que haber matado más enemigos.
Mel Gibson ha dirigido esta película con brío y sustancia y, aunque en algún momento, peca de un exceso de formalismo, ha sabido dar con un irreprochable sentido en las escenas bélicas que tensa los músculos y sufre con ese Andrew Garfield que se muestra débil y fuerte, vulnerable e inexpugnable, terco y avanzado hasta levantar la admiración y el estremecimiento. Gibson prescinde de una gran parte de los efectos digitales para ofrecer pedazos de realidad y no ahorrar visiones sobrecogedoras de profunda intensidad, llenas de violencia y de rechazo para contrastar con una actitud épica y profunda. El resultado es una buena película que destaca la fuerza de voluntad agarrada a la fe y con el sentimiento de solidaridad recorriendo los sentidos de quien se atreve a acercarse y luchar.

Acompañando muchas de sus imágenes, hay que destacar la excelente banda sonora de Rupert Gregson-Williams, envolvente y heroica, mirada musical que complementa los esfuerzos de ese soldado que, más allá del sufrimiento, quiso combatir con la vida en los campos desolados de la muerte. Quizá para demostrar lo mejor que tiene el hombre que no es otra cosa que su propia humanidad, tan olvidada y tan reprimida que nos cuesta reconocerla en los tiempos que corren.      

miércoles, 14 de diciembre de 2016

EN BANDEJA DE PLATA (1966), de Billy Wilder

En el momento en que Harry Hinkle cae empujado por Boom Boom Jackson mientras está con la cámara en la mano retransmitiendo un partido por televisión, se destapa el pozo de las serpientes. Y la más peligrosa e insidiosa de todas ellas es el cuñado de Harry, Willie Gingrich, un abogado de despacho prieto e intenciones torcidas que siempre huele el dinero desde lejos. Un almuerzo chino para fabricar las pruebas suficientes para dejar bien claro que aquello fue un accidente gravoso y ya está. Solo hay que negociar con la compañía de seguros una suculenta cantidad que pague el coche a Gingrich, que pague el abrigo de pieles a la mujer de Gingrich, que asegure unas cuantas vacaciones a Gingrich…un momento… ¿y para Harry Hinkle no hay nada?
Oh, sí, hay unas curvas esperando a la vuelta del collarín. Su antigua mujer, esa chica atractiva que en lugar de corazón tiene un pedazo de cemento seco. Solo que Harry, pobre e ingenuo Harry, prefiere pensar que algo siente por él y que aún permanece un resquicio de ternura en su interior. Harry cree que vivir en el engaño es vivir y aún no sabe que no puedes engañar a todos todo el tiempo. Especialmente a sí mismo.
Quizá Harry aún no ha tenido tiempo de mirarse en su interior y comprobar que el fracaso forma parte del éxito y que el éxito, muchas veces, radica en unos cuantos pases ejecutados con gracilidad en un campo de fútbol y por la noche, a salvo de las miradas de los que solo ven un cheque con muchos ceros. La vida de Harry ha estado vacía porque él mismo ha preferido que fuera así. Por eso es la víctima perfecta, porque en él hay un fondo de amargura engañada que le convierte en alguien digno de compasión. Y él se mete en el juego porque cree que la compasión es la mejor arma para recuperar a su mujer. Harry, bisoño, sueña y calla mientras al otro lado de la calle hay un torpe e irritante detective privado esperando para pillarle en el primer paso en falso que dé. En el primer paso que dé aunque no sea en falso.
Probablemente ésta sea una de las películas en las que Billy Wilder hace uso de una acidez absolutamente corrosiva, mayor que en otros de sus títulos y, por eso, fue un fracaso cuando se estrenó. Consiguió el Oscar para su amigo Walter Matthau en el papel del cuñado Gingrich, enorme, humor negro en estado puro y ladino hasta la carcajada pero al público no le gustó comprobar que todos tenemos en el interior unas entrañas de corrupción que justificamos una y otra vez, que todos nos engañamos a nosotros mismos con el fin de generar la ilusión de una felicidad que aún no ha venido a hacer su inspección y que todos, en el fondo, somos víctimas de los subterfugios ajenos que juegan con nuestros sentimientos hasta hacernos guiñapos que solo sirven de pasajero entretenimiento. Podría decirse que ésta película es un Wilder desatado, deseoso de arañar haciendo reír, ansioso por hacernos sacar un colmillo para decirnos después que eso es propio de las fieras sin alma.

lunes, 12 de diciembre de 2016

EL ALQUIMISTA IMPACIENTE (2002), de Patricia Ferreira

No hay muchos casos en los que el asesino muera antes que la víctima. Son las idas y venidas de una corrupción ensañada. Más que nada porque siempre ha habido una palabra que ha inspirado más temor que muchas armas y es “competencia”. En muchas ocasiones, los poderosos no soportan que otros tengan más éxito, o consigan llegar donde otros no han llegado, o, simplemente, tengan una mayor satisfacción personal por haber hecho lo correcto. Y ahí, en el fondo, moviéndose como un animal escurridizo entre la piel, está algo de la energía nuclear de El beso mortal, de Robert Aldrich. Aunque esto sea muy de andar por casa y en lugar de Mike Hammer tengamos al sargento Bevilacqua y a la cabo Chamorro. Un par de profesionales en un mar de conspiraciones e intrigas que zarandean su olfato de sabuesos y su honestidad de investigadores. No es fácil llegar al fondo del asunto cuando el cuerpo de una rusa también se encuentra en algún lugar del frío campo y todo se emponzoña hasta el cáncer.
Son los tiempos que corren y resulta complicado andar entre lobos hambrientos en una lucha que apenas se llega a entender. Quizá uno de los grandes errores está en no saber reconocer a los tiburones cuando se mueven, sienten y piensan. Tienen los ojos inyectados en sangre y el gesto tenso, como intentando entrenar sus mandíbulas de perros de presa. Es el gesto de los alquimistas que convertían el plomo en oro y se ocupaban de satisfacer la ambición de los más crédulos. El asesinato, en el fondo, es algo bastante ridículo y, sin embargo, necesario. Bien lo saben los profesionales de la investigación.

Patricia Ferreira dirigió esta adaptación de la novela de Lorenzo Silva con buen pulso aunque errando, quizá, en la elección de Roberto Enríquez en el papel de Bevilacqua. Su sargento investigador es blando e irremediablemente atractivo y, tal vez, es un personaje que hubiera merecido mejor suerte y más entidad. Por lo demás, no cabe duda de que la terrible comedia negra en la que se ha convertido España tiene su campo de acción engrandecido por unas letras que supieron mirar a través de nuestros defectos para ofrecer algo más que una simple crítica social. El descubrimiento de la verdad es ponerse, de nuevo, en manos de los poderosos para desenmascarar un día más en este paraíso. Mientras tanto, las miradas se suceden, los indicios se multiplican y la sensación de cansancio se apodera de la gente, como si matar fuera algo sencillo y aprovecharse de todo y de todos sea algo cotidiano y absolutamente normal. La pareja de guardias civiles más famosa de toda la Literatura española se encargará de salvaguardar una parcela, no muy grande, de honradez y ética, algo que escasea a marchas forzadas en un país que se ha empeñado en corromperse a sí mismo una y otra vez, como si España fuera la finca de unos pocos y la tierra donde se desangran los demás. 

viernes, 9 de diciembre de 2016

ANIMALES NOCTURNOS (2016), de Tom Ford

Cuando un escritor se enfrenta al papel en blanco, es capaz de comenzar a escribir sus líneas con sombras propias emboscadas detrás de cada situación. Al fin y al cabo, está dejando un pedazo de su alma en esas malditas palabras que, en ocasiones, cuesta tanto elegir. En ellas estarán sus ilusiones, sus esperanzas, sus frustraciones y también sus venganzas. Golpeará con fuerza las teclas porque la vida se ha encargado de dejarle bien claro su lugar. Y, al final, sus experiencias formarán parte de la historia que ha querido contar, aunque no hayan tenido nada que ver con la trama.
Y, tal vez, la rabia dé con el punto exacto de la genialidad y del estremecimiento porque los sentimientos juegan un papel importantísimo en su creación. Intentará poner en cada una de sus líneas las sombras de su cobardía, o el límite de su resistencia, o el sentido de sus silencios tan llenos de significado. Morirá con sus personajes y probará de nuevo el dolor de los abandonos. Y tratará, por todos los medios, de trasladarlos al lector que deberá ponerse en su piel. Quizá el escritor sea alguien con algo que decir y muy poco que hacer. Quizá sea un complot para demostrar la derrota que se superó y llevar a cabo un último ajuste de cuentas.
A menudo, se mide la creatividad con el entorno, como si éste fuera capaz de dar muchas respuestas cuando, en realidad, es muy parco en palabras. La mejor opinión sobre lo más parecido al arte es aquella que muere con el escritor y resucita con sus miradas, sus inquietudes, sus inferioridades reconocidas. Puede que haya que visitar lugares muy sórdidos de su interior para captar toda la dimensión de su metáfora. En el fondo, el escritor es un urdidor de trampas que sonríe mientras el lector se acerca para, luego, encerrarlo ante sus propias verdades. Es un hechicero de las frases. Es un embaucador de oportunidades perdidas.
El director Tom Ford vuelve a poner al público en situaciones incómodas después de su primer intento tras las cámaras con Un hombre soltero y consigue que la sensación sea la de juntar las piezas de un rompecabezas cuya figura final está muy cerca del vacío. Ford sabe que la gente se equivoca en decisiones veladas por los deseos ocultos y trata, por todos los medios, de que el rencor se manifieste con la violencia moral que hiere aún más que cualquier otra. Amy Adams, como siempre, otorga profundidad a sus intenciones y Jake Gyllenhaal es el folio de sus explicaciones, formando un dúo de difícil emparejamiento en el mundo hostil entre la ficción y la realidad. Todos somos cazadores y eso nos hace fieras muy peligrosas en la fauna de la noche.

Sin embargo, algo parece fallar en todo el complicado armazón que propone Ford. Ese mundo despersonalizado que nos describe y que rompe premeditadamente nos deja solos en medio de la carretera que, posiblemente, sea uno de los lugares más inhóspitos y rutinarios de nuestro mundo. Y quiere que las lágrimas sepan a hiel y que la única salida sea abandonarse en medio de un cielo que, a buen seguro, se llenará pronto de buitres ansiosos. Demasiado para una historia que nunca tuvo su oportunidad. Demasiado para cualquiera que sepa que un acto de creación suele ser, por encima de todo, una prueba de amor. 

miércoles, 7 de diciembre de 2016

MELODÍAS DE BROADWAY 1955 (1955), de Vincente Minnelli

Hacer un espectáculo es fácil cuando se quiere llamar la atención. Basta con convertir un musical amable, entretenido, con bailarines competentes aunque quizá ya un poco en el declive en un Fausto moderno. Así no solo se va a llamar la atención sino que lo que va a llamar la atención de verdad es el fracaso que se va a estampar en la cara de todos los que pertenecen a la compañía. Eso no es entretenimiento, es solo intentar poner una pátina de falsa cultura a algo que, ya de por sí, la tiene. Y si no que se lo pregunten a esos zapatos brillantes que ponen una melodía en el corazón, o a ese andén de tren que sirve de alfombra para ir desgranando las bondades por uno mismo. Hay que reformarlo todo para que el musical cale en las sonrisas, que la gente salga diciendo que se lo ha pasado realmente bien, que se ha visto algo que no se ha visto nunca antes. Basta con poner a Cyd Charisse al lado de Fred Astaire y hacer que, por detrás, anden tripletes de la categoría de Oscar Levant, Jack Buchanan o Nanette Fabray. Y, por supuesto, introducir alguno de esos números de bastón y chistera para que algunos cambios sean hechos. Claro que lo más fuerte, lo más increíble, lo que te deja realmente con la boca abierta está al final. Es una película dentro de una película. Es un homenaje al verdadero cine negro. Es la certeza de que una ráfaga de ametralladora también es una melodía de luz, color y baile.

Y es que no es fácil ser un detective bailarín en una ciudad llena de humo, de oscuridades y de tentaciones. Una rubia que simboliza la inocencia y una morena que está vestida con el pecado. Los cuerpos se desplazan, los ambientes se suceden, los conjuntos se retuercen y entonces ahí sí que tenemos a un verdadero Fausto moderno, con homenajes a Laura, de Preminger o a El abrazo de la muerte, de Siodmak. Es ella haciéndonos ver que la belleza se desplaza con gracia y ternura y arte por el espacio en un inevitable paso a dos con el aire. Es él demostrando que la elegancia también se esconde debajo de los sombreros de ala ancha y de las conclusiones de un tipo que guarda la pistola justo al lado del corazón. Y es entonces, en medio de un club nocturno, cuando los pies comienzan a bailar al son de un musical que no puede pasar desapercibido porque sus canciones son parte de nuestra oscuridad y de nuestro deseo, porque sus bailes son haces de luz que nos llevan en volandas hacia el júbilo inmortal, porque sus sonrisas se convierten en el decorado de nuestro instante y tenemos la certeza de que nosotros también formamos parte del espectáculo, que bailamos tan inigualablemente como ellos y que hay algo, casi imperceptible, que nos dice que aquello no está ensayado, que simplemente se juntan y bailan y cantan para hacer que la eternidad esté ahí, delante de nosotros, explicándonos cómo se hace un buen musical que llama mucho más la atención por otras razones.

viernes, 2 de diciembre de 2016

LA REINA DE ESPAÑA (2016), de Fernando Trueba

Tontos, ridículos, románticos, nostálgicos, provincianos, graciosos, ilusos, sinceros, perdidos, aparentes, pintorescos, desgraciados, grotescos, renuentes, valientes, fatales, escondidos, admirativos, mínimos, secretos e incomprensibles. Todo esto somos los españoles. Raza de personajes de una película imposible y permanentemente cuestionable. Amantes del chascarrillo y de la explicación no pedida que delata nuestra culpabilidad manifiesta. Españoles de espalda ancha, sonrisa perenne, corazón triste y tiradas aspiraciones. Reyes de un país que nunca existió salvo en alguna imaginación calenturienta. Por eso, volvemos, obedientes, a visitar a la niña de nuestros ojos, olvidada en algún rincón de una memoria que no merece sobrevivir.
Así es cómo se invita a los ingenuos extranjeros a soñar en España y a fabricar empleos, sueldos y famas bajo contratos complicados de dinero asegurado. Lo que empieza como un regreso termina como otro regreso y, de este modo, no se puede progresar y demostrar nuestra valía. Siempre estamos regresando. Regresamos del lugar donde se nos comió la Historia y regresamos de nuevo al exilio de los cabizbajos. Y esta vez no hay demasiados lugares para el honor de caballeros, para la utilidad del sacrificio. Todo será una victoria ínfima, soltando una verdad que se antoja como una enorme mentira. Igual que los decorados espectaculares que nunca existieron salvo en las lentes mágicas del cine porque ahí, en un plató cualquiera, habitaron muchos héroes que, contra viento y marea, todavía siguieron con la esperanza de hacer el trabajo para el que habían nacido.

Fernando Trueba vuelve a los personajes que poblaron La niña de tus ojos con un acercamiento que se asemeja a la versión más española del ¡Ave, César!, de los hermanos Coen. Y quizá, aunque la película contenga momentos brillantes, sobre todo a cargo de Loles León y de un maravilloso Jorge Sanz, no le sale tan bien. Se pierde la profundidad de campo para ofrecer un primer plano y el fantasma de don Luis García Berlanga parece dominar una historia que parece disfrutar más con la anécdota y con el detalle que con la trama de fondo. Trueba, en un rasgo poco típico, da rienda suelta a mucho maniqueísmo que está bastante superado y, aún peor, resulta previsible. Lejos están aquellas excepcionales piruetas quijotescas para luchar con honra contra inútiles valladares que eran el sentido y el fondo de la primera parte. La película está llena de cuidadas referencias para hacer a los personajes una mezcla de varias realidades y no todas son captadas por el público aunque, sin duda, hace disfrutar al cinéfilo avezado. La realización es más que notable a pesar de ocasionales visitas a lo imposible pero ¿acaso el español no es un asiduo seguidor de lo imposible? Por eso, La reina de España no es tan mala como dicen, ni tan buena como pretende el propio Trueba pero eso, posiblemente, quedará en un segundo plano porque los adalides de lo políticamente correcto salvarán a la película con rasgos de fanatismo y los inclinados a malinterpretar las intenciones de un director que siempre ha tomado partido por la libertad, la destrozarán sin piedad. Entre medias, quedan estas líneas, equidistantes de unos y de otros. Tal vez porque, en el fondo, lo que digan hay que pasárselo por las mismas teclas.

jueves, 1 de diciembre de 2016

ALIADOS (2016), de Robert Zemeckis

La profesión de espía no es nada fácil. Hay que mantener los sentimientos a raya porque, si no es así, es posible que se acabe quemado de combatir en primera línea sin ninguna tregua a la vista. Todo son juegos de falsedades que empiezan por fingir y terminan por morir. Tal vez, haya algún momento en que todo parezca demasiado perfecto y la duda se adueñe de las situaciones igual que los alemanes hicieron con Francia. Siendo espía, lo que menos importa es el momento.
Quizá haya que arriesgar para ganar alguna mano. Un par de juegos malabares para impresionar al rival, para hacer que la verdad sea una cortina de humo demasiado espesa como para intuir las intenciones. Y el amor es un motivo demasiado fuerte como para que caiga en el olvido. La arena envuelve el instante de gloria y, a partir de ahí, morir será una copa servida en pequeñas gotas. El deber está por encima de cualquier otra consideración y la sospecha se convierte en una agonía muy difícil de vencer.
El mundo está en llamas y la eternidad puede nacer en cualquier sitio. Basta la mirada adecuada, la oportunidad en el entorno y las chispas pasan del frío exterior a las calientes sábanas de la pasión. El tinte por contraste será la trampa y es posible que haya demasiados destinos trágicos en el camino hacia la victoria. Y ahí es donde se pierde la estima personal y se gana la derrota. No importa que haya algunas cosas traídas por los pelos y que se pase por encima de otras para que nadie repare en ellas. El amor perdura. El amor llora. Y la guerra continúa.
El director Robert Zemeckis dirige con sobriedad está historia de espionaje en el amor y de amor en el espionaje y, en algunos momentos, no acaba de convencer. Excelente el trabajo de Marion Cotillard y no tanto el de Brad Pitt, que en el papel de galán clásico de sangre fría y corazón herido, se nota incómodo, como si no le sentara demasiado bien la chaqueta de smoking blanco. Más allá de eso, la ambientación está muy cuidada y se aprecia algún pasaje de calidad para narrar el amor desde las azoteas que resulta atropellado a ras de suelo. No es difícil imaginar esta misma película realizada en blanco y negro en los cuarenta con Cary Grant e Ingrid Bergman en los principales papeles y el aroma al irrepetible cine del pasado se siente y se agradece, pero no hay un ensamblaje que destaque en la coherencia y el espectador sale con una cierta sensación de haber pasado un rato que, en pocos instantes, pasará sin pena ni gloria por el banco de la memoria.
Es posible que una caminata en el desierto se convierta, gracias al tiempo, en un paraíso de verde con lo que queda del amor. Y, aún así, las vidas quedarán marcadas porque no se alcanzó la libertad en una época de tiranía y vergüenza. La fatalidad queda inscrita en el corazón con letras indelebles y la inocencia será un preludio de la tranquilidad. Puede que, incluso, aquellas personas a las que se ha amado con toda el alma queden ligeramente difuminadas en el recuerdo y la infamia de la traición sea solo la consecuencia lógica de cualquier beso apasionado. Nunca se sabe. Al otro lado de la honestidad siempre hay un lugar para no perder el alma y decirse a sí mismo que, mientras haya amor verdadero, la vida será una quimera por la que merece la pena luchar. Aliémonos con ella. Los colores calientes del deseo esperan por una mirada definitiva.  

martes, 29 de noviembre de 2016

EL PERRO DE BASKERVILLE (1959), de Terence Fisher

La maldición de una bestia que pervive a través de las generaciones cae como una sombra sobre el último heredero de un señorío regado de sangre. Sherlock Holmes creerá apasionante el misterio que viene diezmando a la familia de los Baskerville y aceptará el caso porque es evidente que el asesinato se cierne sobre Henry, el último de la dinastía. Allí se encontrará con un equívoco médico que parece querer cobrar su parte de la herencia y despegarse del apellido maldito, a unos criados que guardan un silencio sospechosamente abrumador, a un vecino de mirada aviesa e intenciones turbias que tiene una hija de deseos prohibidos e instintos devoradores, a un psicópata que se acaba de fugar de un penal próximo a la propiedad, a un reverendo que es uno de los más prestigiosos entomólogos del Reino Unido y, por último, a un gigantesco sabueso, casi monstruoso, que tiene las fauces anegadas en sangre y el odio inyectado en los ojos. El misterio está servido. El crimen está dispuesto.
La ciénaga es un testigo silencioso de las idas y venidas de todos los sospechosos por el páramo que rodea la propiedad Baskerville. Parece que tiene los brazos recogidos pero, si alguien cae dentro, los apretará con fuerza para no dejar escapar a la presa. El cielo se llena de frío y de nubes para acoger toda la maldad que revolotea como ave nocturna entre las gélidas piedras de la atemorizante mansión y el jerez será un consuelo pasajero para el error y la pérdida de anticipación. Todo es una trampa encerrada en el árbol genealógico de los Baskerville, tan confuso y tan abrupto que parece reclamar más víctimas para seguir creciendo y abonando el suelo de corrupción y muerte. Holmes, más nervioso e irreflexivo que nunca, no se deja vencer por la multitud de pistas que conducen a las tenebrosas ruinas que son escenario de la abyección, como si el deseo se instalara en medio de las piedras derruidas y pidieran su sacrificio de sangre. El horizonte se aparece herido por la luz de una linterna vigilante y la oscuridad se cierne sobre los culpables. Ya queda poco para la muerte.

Título muy cuidado de la factoría Hammer con una estupenda dirección de Terence Fisher y con la novedad de ver, quizá, al mejor Watson del cine en la piel de André Morell, componiendo a un doctor inteligente, activo, con iniciativa, perfecto contrapeso del Holmes de Peter Cushing, fibroso e inquieto por naturaleza y poco amigo de las deducciones sesudas y prolijas a las que nos tienen acostumbrados otros intérpretes. El miedo se siente en el ambiente aunque no llegue a hacerse tangible en ningún momento y el color nos invade como la bruma de un lugar que parece la antesala del infierno, guardado por el cancerbero que se cobra el peaje en carne y deja a los hombres con la angustia de lo sobrenatural planeando sobre el pensamiento, como las patas de una araña a punto de soltar su picadura letal.  

NOCHE EN LA TIERRA (1991), de Jim Jarmusch

La tierra gira en su interminable errar por el firmamento y puede que a la misma hora aunque no en el mismo lugar, se estén dando cinco historias que llenan la existencia de unos taxis que son recipientes del pintoresquismo humano. Sí, el taxímetro ha bajado y la perplejidad se apodera de nuestras miradas atónitas, porque ahí delante hay fábulas que nos hablan de cómo se va de un lugar a otro.
Los Ángeles. Quizá el sueño de cualquier joven es llegar a ser actriz. Solo quizá. Porque una mujer de inmensa clase va a comprobar que no es así. Quizá los sueños sean más modestos, quizá incluso la felicidad consiste en agrandar lo que uno tiene pero no buscarla en falsos dorados de letras de neón. Una taxista lleva a una mujer del aeropuerto a su casa. El trayecto es largo porque las distancias en Los Ángeles son grandes y algo tiene esa taxista, con la cara algo manchada de grasa, la gorra vuelta del revés y esos pantalones en los que caben tres. Tal vez sea un destello de una estrella escondida. Puede ser que solo sea una insulsa cabeza hueca que solo piensa en motores, en ponerse la guía telefónica debajo del trasero para ver bien por encima del volante o en hacer su servicio de forma eficiente. Sin embargo, el sueño ni siquiera es sueño. Cuando se le ofrece la posibilidad que a tantas y a tantas ha atenazado y sitiado, ella contesta con una negativa sorprendente. Ella no quiere que todo el mundo la reconozca y la admire. Solo quiere su taxi. Limpio, ordenado, a tono, con el motor ronroneante y la propina justa. Taxis. Cógete uno en L.A.
Nueva York. La calle está llena de payasos. Y un tipo de color conoce al mayor de todos. Se llama Helmut y conduce un taxi. Es un taxista que no conoce bien Nueva York hasta tal punto de que el cliente se tiene que bajar y conducir el taxi él mismo. Paradojas del taxímetro. Se extraña de esa forma de hablar soez y poco caballerosa. Se extraña del frío que habita en las calles de la Gran Manzana. Se extraña de extrañarse en una tierra de extraños siendo él mismo un extraño. Helmut es un alma inocente condenada a vagar por un mundo terriblemente corrompido de caracteres enfermos, de drogas pasadas con insidia, de luces reflejadas en el sempiterno asfalto mojado de la única ciudad que merece ser nombrada dos veces. El taxi arrancará e irá a tirones. El servicio estará hecho y Helmut se habrá ganado una buena propina…pero solo porque ha llevado a una buena persona a bordo. Taxis. Agarra uno en N. Y.
París. No es fácil ser un chófer eficiente para una ciega que presiente hasta el momento que la miran. Ella es atractiva si no fuera por esa mirada blanca que ofende. El taxista, de Costa de Marfil, al principio cree que se podrá aprovechar de ella dando unas cuantas vueltas por donde quiera mientras caen los francos en el contador. Pero, poco a poco, se da cuenta de que ella, la ciega, ve más que él. Y entonces es cuando cree que es imposible timar a quien se admira. Y cae en un pozo de autocompasión que solo es interrumpido por la típica bronca nacida de un choque a medianoche. El taxista hizo su servicio y la ciega escuchará la algarabía y, con una sonrisa, irá caminando por el mismo borde del Sena rumiando su superioridad frente a alguien que tiene los dos ojos en su sitio. Taxis. Súbete a uno en París.
Roma. Está claro que este taxista está un poco mal de la cabeza. Va con gafas de sol en plena noche romana. Habla solo. Juega a que se pregunta y se contesta él mismo a través de la radio del taxi. Hace chistes cuando ve un Hotel que lleva el improbable nombre de Genio y resulta que cuando la noche es algo inamovible, tiene que llevar a un cura. Claro, el tipo es tan desenfadado que no se le ocurre otra cosa que escandalizar al pobre sacerdote. Y le cuenta algo sobre una cabra con la que hacía cosas feas en el pueblo. El servicio se hará…pero no se pagará. Más que nada porque el corazón del monseñor es muy débil y se parará antes que el taxímetro. Y todo quedará engullido en una noche romana que esconde vicios, leyendas, muertes y asombros. Eso sí, el taxista podrá quitarse las gafas de sol y creerá que es de día. Taxis. Si tienes narices, llama a uno en Roma.
Helsinki. A punto de amanecer en las blancas calles de una ciudad tan fría que apenas existe por la noche. Unos borrachos suben a un taxi porque se han pasado la noche bebiendo con el dinero que les han dado por su despido. La desgracia se ha cebado en ellos. Sin embargo, el serio taxista les va a consolar con una historia. Sí, porque si tú eres desgraciado, seguro que por el camino te cruzas con otro que es más desgraciado y entonces te vas a enterar de lo que vale la amistad, estar vivo, tener algo de dinero en el bolsillo y vivir en una ciudad tan demoledoramente helada como Helsinki. Todo estará muy claro en ese taxi frío. Tanto es así que más vale no dar demasiadas vueltas a lo que le ocurre a uno. El día, con su luz clara y limpia de la mañana, tal vez anuncie que todo es hermoso cuando todo está oscuro. Taxis. Más vale que dejes pasar todos en Helsinki.

Y así, entre ruedas, volantes, propinas, chasquidos del taxímetro y anécdotas sobre la naturaleza humana, ha pasado otra noche en este inhóspito planeta llamado Tierra.

viernes, 25 de noviembre de 2016

DIEZ NEGRITOS (1945), de René Clair

Las olas rompen contra los acantilados salvajes sin piedad en una inacabable sinfonía de espuma y salpicadura, como queriendo recordar continuamente que allí solo existe el crimen. La casa se alza majestuosa e incólume, sin mancha en su fachada azotada por el viento, esperando la asunción de culpas y la sangre coagulada. Todos han acudido allí por una razón distinta pero todos tienen algo en común. El crimen puede unir mucho si de ello depende la vida. Poco a poco, los negritos van cayendo y la canción se queda suspendida en el aire, anunciando el modo en el que van a caer. Las sospechas se mueven de uno a otro como si fueran notas alocadas en un pentagrama de culpabilidad. Al principio, no deja de ser un accidente. Después, una casualidad. Más tarde, la presión llega a ser tan exigente que no queda más que echarle la culpa al mayordomo. Por último, cuando ya el número de supervivientes es demasiado reducido, se buscan aliados porque la sospecha, aunque legítima, también puede equivocarse. Las noches son oscuridades completas donde el mal se siente acogido y todas las mañanas la sorpresa se instala en la mesa de reuniones. Hoy no está uno; mañana, otro. La lluvia aparece con su rugido de tormenta y la lógica comienza a estar regida por el surrealismo. Arriba y abajo, comprobando. Siempre tres. Nunca dos. El vecino es el culpable. El pasado, también.
Y todo gira en torno a que es mejor despedirse de la vida intentando hacer algo útil para una sociedad que falla en sus leyes. De ahí se despiertan complicidades en caracteres débiles que parecen más fuertes. De ahí también se desarrollan cariños que parecen imposibles en un entorno tan solitario que solo dan ganas de gritar para no saberse solo. Las cenas se hacen eternas con los cafés, las copas, los cigarros y las revistas. Parece imposible que un asesino entre asesinos sea capaz de asesinar a todos los demás. Aunque también hay un vacío en ello porque no todos han matado o causado la muerte de alguien. Solo la conciencia es capaz de acusar. El billar se mueve y coloca todas las bolas en los agujeros. La mansión parece inclinarse hacia adentro, como queriendo ahogar la angustia. La playa también emite su veredicto. La horca espera.

No deja de ser un intento bastante atípico que a una autora como Agatha Christie le esperara una adaptación de su novela por parte de un francés como René Clair. Y, aunque hay algún personaje excesivamente caracterizado como es el caso de Richard Haydn en el papel del criado, hay un aire abrumadoramente fresco dentro de esa historia viciada por la sospecha con detalles como la cámara pasando a través de los ojos de las cerraduras para que todos, incluido el espectador, se espíen sin recato en busca de la mente criminal que ha urdido esta trama de culpabilidad y muerte. Con un reparto formado exclusivamente por secundarios entre los que destacan, por supuesto, Barry Fitzgerald y Walter Huston, Diez negritos nos devuelve al universo de la claustrofobia no solo causada por el entorno sino también por los errores de un pasado que ha dejado demasiadas cuentas pendientes por cerrar. Es el momento de saldar las deudas. 

jueves, 24 de noviembre de 2016

LA LLEGADA (2016), de Denis Villeneuve

“Los límites de mi lenguaje son los límites de mi conocimiento”
Ludwig Wittgenstein


La mentalidad humana olvida casi siempre la variable tiempo. Y no es solo una medida de lo que transcurre entre un acontecimiento y otro. También es una dimensión indescifrable que no ha sido nunca incorporada al lenguaje. El ser humano no ha sido capaz de juntar una cosa y otra. Tal vez, en algún momento, alguien nos pida que lo hagamos porque puede convertirse en un instrumento de paz, o de progreso, o de salvación. No se trata de hacer hablar a los minutos, ni a las horas. Se trata de la misma percepción de un tiempo que se empeña, a cada instante, en recordarnos su condición circular. El tiempo no tiene principio, no tiene fin. Siempre está ahí tratando de ofrecer el segundo siguiente como parte de un pasado que bien puede ser futuro. Como parte de una intuición que tiene que expresarse en la memoria.
Quizá, en algún lugar del inacabable universo, haya una civilización que haya comprendido la circularidad del tiempo, la ausencia del presente como elemento útil. E incluso es posible que traten de ayudar al torpe ser humano a descifrar una serie de interrogantes por la sencilla razón de que, en algún momento, el favor puede ser devuelto. La felicidad y el dolor son pasados y futuros y no tienen por qué guardar ningún orden. La ira suele ser un producto del presente. Y nadie puede dialogar con la ira, no sirve de nada, es un estorbo, un desecho del mismo tiempo. Y en esa condición infinita del tiempo sin principio ni fin se halla la seguridad de que el ser humano es también infinitamente más fuerte siempre que cuente con el prójimo y de que, de forma casi inevitable, tropezará una y otra vez en los mismos errores que hacen de él un ser imperfecto, condenado a lo efímero, mero visitante de la sucesión de instantes que le toca vivir. Puede que el secreto del tiempo resida en aceptar la verdad de una vida ingrata porque, en ella, se encuentran los momentos más eternos de nuestra existencia.

El director Denis Villeneuve vuelve a dejar una sensación de interés con este relato de comunicación y confianza que rodea al espectador con inquietud y misterio. Para ello cuenta con una actriz enorme, acertada y viva como Amy Adams que, prácticamente, lleva el peso de toda la película. Y no cabe ninguna duda de que, cuando se enciendan las luces de la sala, habrá muchos desconcertados que encaminarán sus pasos hacia la incertidumbre porque no habrán asimilado lo que han visto sin darse cuenta de que han ampliado su lenguaje y, por tanto, su conocimiento. Villeneuve traduce el tiempo y lo coloca en medio de un laberinto de sensaciones ingrávidas y sinceras mientras otros muchos tratan de saltar a un túnel de perspectiva cambiante. Y quizá no se tenga el auténtico sentido del mensaje hasta que no se componga la frase completa, pero eso deberá ser traducido por el mismo público que, en muchas ocasiones, se niega a ser cómplice y se encierra en algo que es inherente a la condición del ser humano. Se llama miedo. Y por su culpa puede que nos perdamos la maravillosa sensación de existir, de ser, de amar, de ser amados, de vivir…aunque todo sea efímero.

miércoles, 23 de noviembre de 2016

LA CORTINA DE HUMO (1997), de Barry Levinson

Para que nadie se fije que la cola está parada, lo que hay que hacer es menear al perro. Y así se disfrazan los hechos. Inventarse una guerra no es cosa fácil, sobre todo teniendo en cuenta que la causa que motivó esa guerra fue una situación embarazosa en el Despacho Oval. Así que no hay más que contratar a un productor de Hollywood, una especie de trasunto de Robert Evans, y decirle lo que se quiere. El tipo comenzará a poner fantasía y pensará en las audiencias como un halcón. Aunque las verdaderas aves depredadoras sean esos fontaneros que arreglan cualquier desaguisado del poder para que el poder siga siendo poder. Si la jugada del enemigo te estropea el engaño…bueno, pues se prolonga el chiste poniendo a un héroe por el camino. Un tipo al que se le asocia con una vieja canción de blues. Claro que puede que el individuo en cuestión sea un botarate legendario y entonces la cosa se vuelve un poco más difícil. ¿Cómo va a hablar ante todo el mundo un tipo que no sabe ni pronunciar su nombre y está más cerca de la psicopatía que del heroísmo? Da igual, que calle. De una vez por todas y para siempre. Y ya está. Un mártir más. Claro que, de todos los pecados, el favorito del Diablo es la vanidad y ése es el elemento que se va a interponer en el engaño perfecto, en esa cortina de humo denso que se ha fabricado para que nadie note que la cola no se mueve. Y ya saben, si no sale por televisión, no existe. Película de un ritmo tremendo, que apenas te deja respiro para pensar en lo que estás viendo, Barry Levinson dirigió este maravilloso guión de David Mamet con Robert de Niro y Dustin Hoffman en los principales papeles y dando un par de lecciones sobre la manipulación y la verdad más falseada. Al fin y al cabo, actuar es falsear la verdad. Al fin y al cabo, la verdad es la que se nos presenta todos los días a través de los medios de comunicación. Al fin y al cabo, todo puede ser una enorme mentira devorada por el entretenimiento, solo urdida para que la gente crea que el Gobierno va en una dirección cuando va en otra totalmente opuesta. ¿Qué más da? Hay que menear al perro. Y hay que hacerlo con sabiduría, convicción y sentido del marketing. Más que nada para que la multitud vuelva a comprar el mismo perro y vuelva a no darse cuenta cuando tenga la cola parada. Es sencillo y, en el fondo, genial. Se puede decir que es el mejor trabajo de los medios de información, que venden películas todos los días y el público, ansioso e incauto, las compra a cualquier precio. Todo es política. Todo es engaño. Y así, una serie de profesionales del cine, engañan a todo el mundo haciendo creer que ha ocurrido algo que jamás ha ocurrido. Acompañados, naturalmente, de una serie de profesionales de los trapos sucios que se empeñan en mostrar trapos más grandes, más interesantes y más importantes mientras se recogen los otros. Solo hay que creer que esos trapos más grandes, más interesantes y más importantes existen realmente y así no se verá cómo se recogen los otros. La táctica de la distracción. La certeza de que mentir es lo único que verdaderamente puede captar la atención de todo el público ansioso de sensacionalismo barato.

martes, 22 de noviembre de 2016

EL FUGITIVO (1947), de John Ford

Si queréis escuchar el debate que sostuvimos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Aguirre o la cólera de Dios", de Werner Herzog, podéis hacerlo aquí.

En una tierra árida, donde parece que Dios no está, hay un hombre que corre porque tiene miedo, porque no sabe superar su debilidad humana y creer en su destino divino. Ese hombre entra en una iglesia entre sombras de creencia para que, a través de su sacrificio, no se pierda la fe. Cree que el consuelo es más importante que cualquier vida humana y por eso, a pesar del terror que siente, está allí donde se le necesita. Comprando vino de contrabando para poder celebrar una misa, consolando a los muertos en sus últimos suspiros, bautizando a los niños que aún no saben lo que es el pecado, intentando predicar con el ejemplo de su conducta que no es más que un testimonio de amor en una época de odio. Es la vieja historia del cordero preparado para el altar. Y es la leyenda del lugar donde nace la valentía.
El alcohol está prohibido y la traición está permitida. Es lo que pasa cuando el totalitarismo se apodera del gobierno y el pueblo es lo que menos importa. No importa la libertad de culto, no importa la libertad de movimiento, no importa la libertad del hombre porque los ciudadanos tienen que adorar, andar y sentir como adora, anda y siente el Estado. Es la monstruosidad del asesinato de la conciencia solo para que una nueva doctrina se instale en todo el país. Y es obligatoria. Y si no lo es, terminara siéndolo. La verdad siempre es asesinada por la mentira y, en algunos rincones de silencio, habrá gente que esté dispuesta a ayudar en la clandestinidad, a jugarse el tipo por salvar, más que al hombre, a lo que representa. Al fin y al cabo, en una época en la que no se cree en nada, es mejor tener a Dios un poco más a mano.
Una cruz esbozada en un corazón que, en el fondo, no cree en lo que hace. La piedad asoma pero no protesta. Y unos disparos acabarán momentáneamente con la ilusión de la libertad. Sin embargo, siempre habrá otro hombre. Igual de alto o bajo, vestido igual que el anterior e igualmente aterrorizado. Y la luz entrará hiriendo a la oscuridad porque es algo que no se puede contener. Es otra idea, ni mejor ni peor, ni más grande ni más pequeña. Es una forma de resistir.

John Ford resultó fascinante en la estética de esta película, ahondando en las tinieblas para ofrecer la luminosidad de la fe. Y aunque no sea una de sus mejores películas, de ritmo claramente irregular, con un desarrollo algo tedioso, es donde se halla el espíritu del viejo Ford, del hombre que ya vivió una guerra y que está a punto de ofrecer las mejores películas de su filmografía. Quiso hacer un fresco sobre sus creencias a la vez que una denuncia de la tiranía y nosotros, sedientos de algo, sabemos que puede que eso que buscamos esté en medio de la nada.

viernes, 18 de noviembre de 2016

UNA TROMPETA LEJANA (1964), de Raoul Walsh

La frontera es el lugar idóneo para que los sueños cabalguen en busca del horizonte. Eso, al menos, es lo que piensa un teniente recién salido de West Point. Quizá allí, donde nadie quiere ir, sea el lugar donde más puede hacer algo por su país.  Y, sin embargo, la realidad no dejará de demostrarle que los pañuelos no son tan amarillos, que el uniforme no es tan azul y que el heroísmo no es algo que se demuestre en acciones aisladas, sino todos los días en los que se aguanta en medio del polvo del desierto. Allí, donde el viento parece que da la vuelta y se estrella sobre las fachadas de adobe de Fort Delivery, encontrará a una mujer que hará que se mire en su propio interior, perseguirá a apaches rebeldes y sanguinarios con los que llegará a un acuerdo de paz, aprenderá lo que significa la nobleza de ser oficial, compartirá rancho con un buen montón de granujas indisciplinados a los que tendrá que meter en cintura bajo un sol de justicia, desechará su vida anterior para intentar mirar al cielo con la conciencia tranquila, irá a por caballos, traerá a desesperados, hará poner pies en polvorosa al aprovechado de turno que morirá en silencio y entre las sombras, sin que nadie se dé cuenta y podrá admirar de cerca la labor de un general de humor peculiar y experiencia probada. No está mal para ser el primer destino de un teniente recién graduado en la Academia Militar.
Y es que allí, en esa frontera inhóspita y difícil, no todo es blanco o negro, no todo consiste en amar u odiar. Sacudirse el polvo de los caminos es una tarea de titanes cuando lo que se ha visto es la tortura y la sangre derramada inútilmente, solo porque el Gobierno de los Estados Unidos no es capaz de sentarse a negociar con un indio rebelde. Se trata de no hacer vilezas y de no convertir a los hombres que están aislados en el fuerte en seres viles y sin corazón. El Ejército no está para eso. Eso no es lo que él consideraría una labor noble. No serían hombres.

Raoul Walsh se despidió del cine dando una demostración de energía, dirigiendo una película trepidante, con múltiples misiones a cargo del buen militar que no deja de estar lastrado por la elección de Troy Donahue, un actor de enorme apostura pero nula capacidad interpretativa. De hecho, en algún momento, es como si Walsh prescindiera de Donahue para dar rienda suelta a su sentido del ritmo, a su habilidad narrativa repleta de situaciones de acción, dejando en segundo plano los avatares de ese Teniente Matt Hazard que se encuentra con demasiadas realidades que intenta afrontar con profesionalidad. En algún momento, parece que a Walsh se le desfleca la trama pero hay que reconocer que el mayor activo que posee, además de su trepidante inventiva, es la presencia de James Gregory como ese general atípico, amante del latín y de unas traducciones, cuando menos, curiosas, que desea la paz por encima de todo. Tal vez porque ha estado en demasiadas batallas, ha derrotado a indios que se han convertido en amigos y ya no le queda mucho tiempo al frente de ningún regimiento. Quizá como el propio Raoul Walsh dirigiendo con mano de hierro y verdad artística en su última aventura. 

jueves, 17 de noviembre de 2016

JACK REACHER 2: NUNCA VUELVAS ATRÁS (2016), de Edward Zwick

No cabe duda de que ser un héroe solitario en estos días de tecnologías, teléfonos móviles y comunicaciones por vía satélite, es algo muy duro y que, en el fondo, todos los lobos esteparios que olfatean problemas se ven tentados a aceptar cualquier cosa con tal de paliar esa soledad. Y no podía ser menos el héroe perfecto, antiguo militar de carrera, desencantado, amargo y cínico que resulta el inventor de las ausencias de las puntadas sin hilo. Nadie está a salvo del sonido del silencio.
Lo primero puede ser buscarse un plan dentro del mismo ejército basándose solo y exclusivamente en un tono de voz. Quizá sea muy cálida, o sensual, o insinuante, o, incluso, familiar. Escasos cimientos para un tipo que se las sabe todas pero la necesidad apremia y hay que concertar citas cuanto antes porque el tiempo se escapa, los físicos se estropean y tal vez la próxima cicatriz afee un poco ese rostro de niño que resplandece cuando sonríe.
Lo segundo es querer creerse la posibilidad de ser padre solamente por saberse necesitado, adorado, acompañado. No se recuerda a la posible madre, pero eso es un detalle sin importancia. Hay que saberse lanzar a los puñetazos de la responsabilidad más allá de un caso de policías militares y contrabando de armas y drogas. Y, a veces, da gusto que alguien siga los paternales consejos de un hombre con experiencia. Especialmente en las edades difíciles de la adolescencia.
Lo tercero es construir una trama alrededor de todo eso sin atender a las necesidades básicas de cualquier argumento. Tom Cruise salva al personaje pero no a la película. Hay asuntos que se obvian, detalles sobre los que se enfatiza para olvidarse de ellos, giros más típicos que las consabidas carreritas del actor en todas y cada una de sus aventuras, alguna pelea mal realizada, muchos porqués sin contestar y una tonta reivindicación del feminismo más simple que puede hacer sonrojar a más de una mujer.
Lo cuarto es que no deja de ser decepcionante, después del buen sabor de boca que dejó la primera parte de esta especie de detective sin licencia que adivina todo antes de que pase, que se haya hecho una película con un reparto tan escasamente dotado alrededor de Tom Cruise. Ninguno de los actores y actrices que pueblan la historia tiene el más mínimo talento dramático, con especial mención para Cobey Smulders, la compañera de turno, que resulta floja, forzada y sin talento en todas las situaciones. Tan solo alguna línea de diálogo reservada al protagonista resulta atractiva, heredada directamente del género negro, y pasa por ser una menguada recompensa entre tanta pretendida escena de acción a raudales.
Es la dureza de la paternidad porque reblandecer a un personaje que no lo pide es como volver a freír una tortilla que ya está cuajada. Todo se convierte en una trama que podría haber sido más apreciada pero planea un aire de falsedad en todo, como si nadie se creyera mucho lo que hace, salvo el propio Tom Cruise que se pone muy intenso con sus miradas, como si su presencia bastara para que todos corramos a sus brazos y nos rindamos a sus encantos de padre, de novio, de sabueso y de comandante del ejército.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

CRIMEN PERFECTO (1954), de Alfred Hitchcock

Una llamada a una hora determinada y todo habrá terminado. La tela del pañuelo se enroscará alrededor del cuello dejando la piel agrietada y la garganta cerrada. Es muy fácil, solo hay que apretar con fuerza y nada más. El chantaje es un acicate bastante convincente y todo pasa por la muerte de una dama que ha cometido un desliz extramatrimonial. Claro que unas tijeras se interponen en los planes. Ya se sabe, ningún plan sale como estaba previsto. Las tijeras se clavan en la espalda equivocada y entonces todo tiene que prepararse para que la culpabilidad apunte a la esposa infiel. Fácil y sencillo. Solo hay que mentir con cuidado y decir la palabra justa en el momento adecuado.
Tony Wendice está acostumbrado a las situaciones de presión. No en vano ha sido un deportista de élite así que, con naturalidad y mucha elegancia, no tiene ningún problema en mentir e improvisar con soltura. El peso del marido engañado parece que lo acompaña y si todo va aderezado con una suculenta herencia, mejor que mejor. No ha dejado el tenis para nada. Si uno deja una cosa es para dedicarse a algo más lucrativo. Al chantaje y al asesinato, por ejemplo. El mecanismo de relojería que Wendice pone en marcha para asesinar a su esposa es tan milimétrico que no puede salir mal. Tanto es así que ni siquiera él va a ser el asesino. El trabajo lo va a hacer el Estado.
La llave bajo la alfombra de la escalera, las medias estratégicamente colocadas y enseñadas en el momento oportuno, el dinero cuidadosamente sacado del banco…es la maestría del que sugiere y no la del que muestra con descaro. Tony Wendice busca las respuestas con un movimiento inquieto en los ojos pero jamás pierde la calma. Se sirve una copa, hace un admirable uso de la lógica, desempeña a la vez el cruel papel de instigador del crimen y de amante marido que siempre estará al lado de su mujer, incluso cuando la evidencia conduzca a revelar su infidelidad con Mark Hallyday, un petulante escritor de novelas de misterio que, de vez en cuando, viene a Londres a intimar con la señora Wendice. Un tipo inconformista, ciertamente inteligente, rematadamente impulsivo e ingenuamente honesto. Una coartada perfecta si Wendice se quiere esconder tras él.

Hitchcock dirigió este juguete teatral de Frederick Knott con un uso excepcional de la cámara, haciendo gala de un repertorio técnico impresionante (si exceptuamos su descuidado uso de transparencias) y con un actor como Ray Milland dando una idea de cómo sería Cary Grant en el papel de un asesino. Todo encaja a la perfección y Hitchcock no deja de sugerir en muchos matices la naturaleza de los personajes, como si la película se estuviera desarrollando fuera de campo y el espectador tuviera que actuar también como un detective insistente hasta que las piezas queden compactas y en su sitio. Algo solo reservado a los grandes maestros que eran capaces de hacer muy buenas películas con un material que, a primera vista, podría no ser merecedor de su categoría.  

martes, 15 de noviembre de 2016

AGUIRRE O LA CÓLERA DE DIOS (1972), de Werner Herzog

Si la nostalgia os domina y queréis volver al lugar donde nacen las leyendas, el debate que sostuvimos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla a propósito de "Casablanca" lo podéis escuchar aquí.

La Naturaleza se muestra hostil contra el poder. Nadie puede dominarla. Nadie puede silenciarla. Ni siquiera a sangre y fuego. Los soldados con sus pesadas e incómodas armaduras bajan hacia la selva amazónica precipitándose por un precipicio de senderos y dificultades. Cada paso resulta una victoria ante la obcecación por la búsqueda de un reino que no existe. El agua cala los cascos de hierro antiguo y los remolinos se suceden en un río que no quiere a extraños. La alucinación comienza a ser aire y la idea de la rebelión se asienta en la cabeza del más inhumano de los hombres. Dios no se encarna en él, solo su cólera. La corriente arrastra las pasiones y los enemigos se apartan de un manotazo. Sentir el poder es una tentación demasiado fuerte como para resistirse. El cielo clama por una justicia divina. Y los monos se encargarán de proporcionarla.
En un lugar arrinconado del mundo, donde los espacios abiertos son inmensos mientras la selva engulle los pensamientos, no hay lugar para más sentidos que los que dicta la propia Naturaleza. Allí no hay patrias, ni creencias. Solo la supervivencia como valor supremo. La locura crece con rapidez en el trópico y siembra crueldades ante murmullos, asaltos frente a razones, blasfemias surgidas de la inocencia. Nunca existirá la tierra del oro salvo en la mente de los que siguen las leyendas. La única respuesta se halla en el duro corazón de hombres sin talla, a los que la Historia les sobrepasa por culpa de ambiciones de grandeza sin motivo. Quizá porque aún no saben que la grandeza es una cualidad que se lleva por dentro y que rara vez se manifiesta en el exterior. Lope de Aguirre seguirá hasta el último instante tratando de hacer evidente la cólera de Dios. Y nadie vivirá para contarlo.

Werner Herzog dirigió esta película sin ajustarse a la verdad histórica solo para narrar la cercanía de la locura sin sentido que puede dominar a los hombres cuando se dan cuenta de que el poder sobre la vida y la muerte está revoloteando alrededor. Para ello, contó con Klaus Kinski en el papel principal y fue otra batalla campal entre actor y director que quedó reflejada en un documental titulado Mi enemigo íntimo, descripción de cómo el poder también se convierte en objeto de deseo en medio de un rodaje en plena selva. Más allá de eso, se siente la penalidad física de un trabajo cinematográfico que quería traspasar sensaciones con una batalla continua entre la realidad y la ficción. La cólera de Dios, al fin y al cabo, también puede ser un excelente director de fotografía.

viernes, 11 de noviembre de 2016

LA NOCHE DEL CAZADOR (1955), de Charles Laughton

“Qué gran comunidad de gozo divino,
Apoyándose en los brazos eternos.
Qué bendición, qué paz de pensamiento,
Apoyándose en los brazos eternos.
Apoyándose, apoyándose a salvo y seguros de todas las alarmas,
Apoyándose en los brazos eternos.”

Es el lobo cantando porque va en busca de su botín. Sí, porque el lobo, a pesar de tener piel de cordero y estar disfrazado de hombre de Dios, solo quiere tener a su presa bien agarrada por los dientes. Ese pulso fingido entre sus manos que pretenden ser el odio y el amor hace mucho que tiene un vencedor y no es precisamente el que él mismo proclama. Apoyándose en los brazos eternos…cantando una melodía que presagia la muerte. Es el lobo. Es el lobo. Es la telaraña que paciente espera a la presa mientras los niños navegan corriente abajo. Lección de vida para todos los que nos hemos olvidado de buscar la esperanza. Leaning…leaning…leaning on the everlasting arms…

“¡Oh, qué dulce caminar en este sendero de peregrinos!
Apoyándose en los brazos eternos.
¡Oh, qué brillante el camino del día a día!
Apoyándose en los brazos eternos.”

No os fiéis, niños. Su dulce caminar es un tamborilear de ejecución con la tierra como caja de resonancia. Su brillante camino es la siniestra cañada que va dejando pisadas de muerte allá por donde pasa, dejando fantasmas, apartando sueños. Es el hombre del saco que ya quiso lavar el cerebro de vuestro padre, que ya sumergió los sueños de vuestra madre, que ya quiere revolcarse en la maldad dejando todo de lado en un horizonte que dibuja su sombra de jinete del infierno. Sshhhhh….no salgáis del escondite, no os dejéis cazar. Dormid, dormid…

“¿Qué temor tenía? ¿Qué he de temer?
Apoyándose en los brazos eternos.
La paz me ha bendecido con el Señor tan cerca,
Apoyándose en los brazos eternos.”


Él ya no tiene que temer nada porque la locura se ha apoderado de todo su sentido, de toda su fuerza, de toda su inmensa crueldad y ha convertido a Dios en una justificación continua que, quizá, él mismo se cree. Puede que al final de ese camino en el que él canta y canta, haya un hada buena que recoja a niños sin rumbo en una época sin mañana. Quizá el cielo consista en eso, en encontrar a alguien que se preocupa verdaderamente de todos nosotros, niños que renunciamos a la rendición porque creemos que una parte de nosotros mismos no puede ser arrebatada ni siquiera a través del miedo. Charles Laughton lo supo muy bien en la única y maldita película que dirigió. Las sombras y la vileza se entrecruzan en ese rostro que posee Robert Mitchum mientras la inocencia intenta preservarse en algún lugar de los sueños más allá del bien y del mal.