viernes, 21 de julio de 2017

DULCE LIBERTAD (1986), de Alan Alda

Ya llegó el momento de que todo el mundo esté deseando darse un chapuzón y desafiar alguna de las tres reglas que se detallan en este artículo, así que vamos a cerrar el blog hasta el martes 5 de septiembre. Mientras tanto, disfrutad de vuestra dulce libertad y no dejéis de ir al cine para ser un poco más librepensadores. Gracias a todos y cada uno de los que habéis entrado aquí para leer algo. Un beso para ellas y un abrazo para ellos.

Regla número uno: Desafío a la autoridad.
Es lo que pone en práctica la gente del cine cuando rueda una película. Y si para ello hace falta despreciar a la Historia, pues se hace sin ningún problema. El público medio de una sala de cine tiene entre doce y veintidós años y cualquier desafío a la autoridad le chifla porque es una de las reglas básicas de la rebeldía natural de la juventud. Claro que no es fácil hacerlo cuando el autor de un libro histórico sobre la ocupación inglesa en tiempos de la revolución americana anda por ahí intentando conspirar contra la producción. Ah, pero el todopoderoso cine se empeña y entonces hay poco que hacer. Solo queda introducirse en los vericuetos del mismo rodaje y poner en práctica la misma regla. Desafiar a la autoridad. Luego el montaje hará milagros y las secuencias espectaculares quedarán relegadas a segundo plano para que, mientras tanto, el actor protagonista intente ligarse a todo lo que lleve faldas; la actriz principal, seguidora acérrima del método Stanislavsky, intente todo para meterse en la piel de su personaje; y el director dirija el asunto como quien hace una película de dibujos animados. Cambiarán la Historia pero no cambiarán la mentalidad.
Regla número dos: Destrucción de la propiedad.
Regla imprescindible si se quiere conseguir que la gente vaya al cine y pase por taquilla. Como no haya explosiones, batallas, muertes, sangre, ensañamiento, crueldad y aventura a raudales, la película pasará al olvido con la facilidad con la que se bebe una botella de bourbon. Y eso, al escritor le enfurece porque sí hubo batallas, y crueldad, y aventura pero ocurrió en un prado, marchando en líneas que se iban quebrando según se escapaba la vida de los soldados, pero esto no es una comedia. Esto pasó de verdad. Y el heroísmo fue evidente. Ya tiene que venir el director palomitero a decir que aquello fue una ridiculez, que hay que hacer a la gente correr de un lado a otro como gallinas en un corral. El guionista se ha prestado al juego pero, consciente de su inferioridad, quiere ajustar un poco sus líneas para dejar algo de verdad en todo el montaje. Y así es como estalla una rebelión popular en contra de la mentira que vende el cine. Esta vez, doscientos años después, se trata de luchar por la dulce libertad de la vida real. Y que el actor protagonista, ese maldito inglés que tiene la moral a la altura de sus botas de caña, baje del helicóptero que está destruyendo la propiedad. ¿O eso es digno de admirar?
Regla número tres: Empelotarse.
Sexo, sexo, sexo. Tiene que haber sexo aquí y sexo allí para que el espectador se vaya calentito. Al actor protagonista no le hace falta, que ya se empelota él solo con la primera que se ponga por delante. Sí, incluso con la actriz amante del método Stanislavsky. Traición se paga con traición. Mientras tanto, el escritor trata de contener la oleada de lujuria que representa el cine e intenta, un tanto infructuosamente, que su vida tenga un cierto orden. El actor protagonista…no….la actriz principal…no, tampoco…el loco del guionista…ése aún menos. Esto es una locura. Mejor empelotarse y dejar que la historia, la del rodaje, sea memorable. Y que las cámaras lo graben. La producción pagó por el libro y eso ya invalida las pretensiones del prestigio. Y de paso, una madre que está como un cencerro intentando rememorar un viejo amor de juventud que ni es amor, ni es juventud. Dulce libertad.

Olvidada película dirigida e interpretada por Alan Alda, rodeado de un magnífico elenco de intérpretes que incluía a Michael Caine, Michelle Pfeiffer, Lillian Gish y Bob Hoskins…solo para decir que las cosas en el cine nunca son como las imaginamos.

jueves, 20 de julio de 2017

SU MEJOR HISTORIA (2017), de Lone Scherfig

Cuando crees que la ficción ha llegado a su punto más álgido, también llamado emoción, te das cuenta de que la vida es la que realmente domina todo y que se puede encontrar esa emoción en cualquier rincón, en cualquier mirada, en cualquier reproche, en cualquier palabra dicha a tiempo. Es difícil llegar a esa conclusión porque, al fin y al cabo, la vida manda y es posible que lo que más deseas nunca llegue a ser tuyo. Por una razón o por otra. Aunque, quizá, lo más probable es que sea el destino.
En cualquier caso, cuando solo se ven fealdades y desgracias, la gente solo quiere un rato de evasión que sea capaz de recordarles que la vida puede ser mejor, más ideal, más épica, más útil. Uno no se puede rodear solo de bombardeos, muertes sin sentido, accidentes estúpidos o desengaños nacidos de la debilidad. Hay que soñar que se es fuerte, que hay heroísmo en cada uno de los actos que se realizan, que, a pesar de todo, hay hermosura en esa maldición, en ese acto aislado, en ese momento de intimidad en el que alguien susurra con la mirada palabras que nunca deben ser dichas. Es el cine. Es la realidad.
Y en medio de todo ello, una chica trata de luchar y de salir adelante en un oficio dominado por hombres. Y demuestra que vale más que cualquiera de ellos en cualquier situación. Al lado de un tipo que atempera su carácter a la luz de la luna, o dando indicaciones certeras a un viejo actor que ya está de vuelta y que, cada vez, encuentra menos estímulos en seguir adelante, o demostrando que la razón está por encima de todo a algunas miradas escépticas. La verdad está ahí delante, en papeles en blanco deseando ser mancillados con las palabras tornadas en discursos, con las frases de rutina extraídas hacia el heroísmo, con la certeza de que todos, alguna vez, hemos hecho algo digno de mención. Y si no, que se lo pregunten a las lágrimas.
Lone Scherfig ya dio muestras de su enorme talento de mujer en An education presentándonos a Carey Mulligan como una actriz capaz de sacar adelante cualquier papel. Aquí, vuelve a dar en la diana con esta recreación del cine británico en medio de la Segunda Guerra Mundial y acariciando con la cámara este retrato de mujer valiente, sensible y con talento, que, rodeada de toda la farándula, destaca por derecho propio sabiendo lo que desea el público. Nada fácil para una guionista que trabaja por dos libras y media a la semana. Nada fácil para una mujer.

Gemma Arterton consigue sacar adelante un papel complejo para un personaje que funciona maravillosamente bien como hilo conductor entre la tragedia y la comedia mientras que Bill Nighy resulta creíble como ese actor de gloria pasada y futuro marchito que trata de aprovechar sus últimas oportunidades para estar un minuto más en la cima. La película es inteligente, está bien engrasada en sus oscilaciones y se mueve con habilidad entre la ambientación de los años cuarenta y la espléndida banda sonora de Rachel Portman. Así que desempolven sus emociones y vuelvan al cine, al más auténtico, al más gozoso. Una chica nos lo trae con las hojas bien mecanografiadas y la cámara sobria que merece la ocasión. Es buen gusto por los cuatro costados. 

miércoles, 19 de julio de 2017

EL HOMBRE DEL CORAZÓN DE HIERRO (2017), de Cédric Jiménez

No se puede pensar cuando la bota que te oprime es tan fuerte y tan sólida que es imposible de derribar. La sangre corre por las calles con una crueldad inusitada y todo reside en la política de represión de un solo hombre. Heydrich era el cerebro de Himmler y decidió acabar con todos los puntos de resistencia en Checoslovaquia para que nadie pudiese levantar un dedo contra el Reich alemán. En su mente fría y calculadora también se formó la solución final de los seis millones de muertos judíos. Ese hombre debía morir.
Y todo comienza porque Heydrich era un maldito inadaptado que resulta expulsado con deshonor de la Marina de guerra alemana. Su pérdida de rumbo encontró su tierra prometida en la cruz gamada y en la organización de los servicios de inteligencia del Partido Nacionalsocialista. Su mirada, fría como el hielo, alcanzó todos los ámbitos. Incluso el de su misma vida privada. Mientras tanto, al otro lado de la calle, un par de patriotas checos recibieron la misión de acabar con su vida para demostrar que los nazis no eran invencibles en los países ocupados. Era como si el miedo fuera desterrado porque no tenía nada que hacer entre esos contendientes.
Todo fue estudiado al milímetro. Una encerrona calculada para que el Protector de Bohemia y Moravia no pudiese salir vivo de su coche con chófer. Era el momento de que la muerte comenzase a dar órdenes y se llevase a todos con sufrimiento. Era el precio de tan alta osadía. Y, sin embargo, había algo en aquellos hombres. Algo así como el arrojo desmesurado, la valentía total, la certeza de que iban a morir ocurriese lo que ocurriese.
Basándose en la magistral novela de Laurent Binet Hhhh, Cédric Jiménez ha conseguido frustrar muchas de las expectativas que había sobre ella. Con una dirección inútil, a base de cámara al hombro, y movimientos estúpidos que pretenden colocar al espectador en la inmediatez del momento histórico, hay espacios en blanco en la narración, se prescinde del apasionante juego metaliterario que propone Binet en su novela con un guión plano y nada arriesgado que falla notablemente en su estructura y que, además, lo coloca en el desequilibrio flagrante. Hay un buen trabajo de Jason Clarke, que consigue traspasar la pantalla con esa mirada gélida, fanática, cruel sin pensar en ninguna consecuencia y que se lleva la mejor parte de la historia. Por otro lado, la trama conspirativa, con un voluntarioso Jack O´Connell, resulta floja, con algún que otro vacío incomprensible, sin épica, pero tratando de que haya mucha lírica que no está del todo ajustada. Todo confluye en una lastimosa sensación de que la película no funciona en su conjunto, lastrada por una dirección totalmente equivocada y por la evidente falta de talento.

Quedémonos con el heroísmo de esos tipos a los que no les importó poner en riesgo su vida con tal de asestar un golpe de efecto vital al nazismo. Al fin y al cabo, si un hombre posee un corazón de hierro es mucho mejor arrancárselo porque acaba por ser un órgano inútil. Lo único que hace falta es una fuerza de voluntad a prueba de bombas, de disparos, de torturas y de sueños rotos. Algo que le falta al director de esta película.

martes, 18 de julio de 2017

LA HORA FINAL (1959), de Stanley Kramer

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Amarcord", de Federico Fellini, podéis hacerlo aquí.

Los últimos momentos de la vida de la Humanidad. No importa quién apretó el botón para iniciar una guerra. Lo que importa es que nadie avisó de que la respuesta de defensa de una amenaza nuclear no se podía compensar fabricando más bombas. La guerra ya acabó y se llevó a la mayor parte de la población y dejó en el aire demasiadas partículas de radiación como para hacer la vida viable. Solo Australia está en niveles aceptables de supervivencia. Los hombres se obstinan en creer que aún hay esperanza. La Naturaleza es sabia y las lluvias, las nieves, las corrientes marinas y eólicas se encargarán de limpiar los residuos aéreos que se introducen en los cuerpos, los minan, los acaban, los exterminan. Pero no, la hora final de la Humanidad se acerca. No hay más esperanza que disfrutar un último amor, ganar una última carrera al filo del peligro, disfrutar del último llanto de un bebé, apurar una última copa con una fiel secretaria que, quedándose en el despacho, dice, una vez más, que ella nació para estar allí, al lado de su jefe. Es la Humanidad en la playa. Es dejarse arrastrar hacia las gotas que quedan dejando por el camino todas las aristas de la esperanza. Sí, porque son aristas, son leves virutas de madera que caen y que, de ninguna manera, son avances de árbol. Es todo lo contrario, son consecuencias de destrucción. Malos chistes de una existencia inútil, que no dejará más huella que su urbanismo desenfrenado y su memoria diluida en el tiempo. Hora final que solo dejará casas habitadas de cadáveres, personas que esperaron la muerte en la paz que el mundo negó. Y solo habrá tristeza en las despedidas, por mucho que hayan llegado por la vivencia de algo que mereció la pena.
El Comandante Towers aún habla en presente sobre su familia. No puede superar el horror. Y tiene miedo al amor en los últimos instantes. Moira es una mujer que, realmente, nunca probó el auténtico amor y está deseando probarlo. Considera que irse sin probarlo hace que su vida sea un desperdicio. El Teniente Holmes tiene que ahogar la felicidad por la que ha luchado y se rebela contra el destino. Julian Osborne debe cargar con la conciencia de haber contribuido a la destrucción y el fatalismo se ha adueñado de su ánimo. Vidas en su recta final. Y la meta no tiene ningún premio.

Quizá esta película confirmó realmente a Stanley Kramer como un director dispuesto a hurgar en las entrañas de la polémica para hacer pensar al público en sus responsabilidades y complejos, en sus traumas y, también, en sus esperanzas. No siempre lo consiguió con vigor pero consiguió colocar la trascendencia en una serie de preguntas que el hombre siempre se ha negado a contestar. Y hay que dar una respuesta, por mucho que el horror se ponga por delante justo cuando tenemos la felicidad al alcance de la mano.

viernes, 14 de julio de 2017

UN DETECTIVE CURIOSO (1975), de Peter Hyams

Un hombre camina por un callejón oscuro y sucio. Las luces parecen cansadas y el día muere con lentitud. El hombre va vestido de smoking, con un sombrero de ala ancha y una gabardina. Se para al lado de una cañería. Enciende un cigarrillo y algo nos dice que le conocemos. Es posible que sea Humphrey Bogart. No está aquí para contarnos una historia. Simplemente nos anuncia los títulos de crédito de la película que vamos a ver. Quizá porque sea una de esas historias que caminan en un difícil equilibrio entre la parodia y el homenaje. La sombra se adueña de la cara de Bogart, el día cae definitivamente y se nos presenta al detective protagonista.
Se trata de un inglés que emigró a Los Ángeles justo después de la guerra creyendo que el oficio de detective era como el de médico o el de abogado. Es un tipo no demasiado corriente en el oficio. Tiene su sombrero y su traje y también una pajarita en el cuello. Está casi en bancarrota y deja la puerta abierta de su despacho para ver si hay algo de suerte y entra la prosperidad y, posiblemente, ése es su mayor error: dejó la puerta abierta.
A partir de aquí se suceden las referencias a El sueño eterno, a Adiós, muñeca y a El halcón maltés. El inglés trata de encontrar a una niña que fue adoptada treinta años antes y no falta el asesino frío que tiene un pequeño defecto nervioso que se manifiesta en su cara llena de tics. La mujer fatal, equívoca y hermosa, se insinúa y se retira para, luego, volver a insinuarse. Los personajes tienen doble filo e, incluso, hasta triple, y Tucker, que así se llama el inglés, no deja de meterse en un lío tras otro. Su habla es afilada y es arrojado cuando la ocasión lo necesita. No le importa recibir un par de golpes si la recompensa es justa aunque no sea necesariamente dinero. Tiene que deshacer el entuerto y elegir porque el chantaje también es un personaje más. Al final, tendrá que convivir con el peligro pero…¡qué diablos! ¿No es lo que hacemos todos? Y la sensación que dejará en el público es de haber visto una película breve, agradable, amable, muy bien ambientada, con cierta clase y una primorosa fotografía negra. No es poco para tratarse de un detective de mala muerte que, a veces, pierde el hilo pero lo recupera con facilidad. Discúlpenle. Es inglés y no está muy acostumbrado.

La dirección de Peter Hyams resulta sobria y muy medida en una película que está totalmente olvidada. Tal vez porque, cuando se rodó, Polanski había estrenado Chinatown y el cine negro no era cosa de tomárselo a broma. Michael Caine y Natalie Wood juegan a verse, besarse, aborrecerse y encontrarse y se tiene la sensación de que, en realidad, los bajos fondos se hallan exclusivamente en medio de la clase más alta. La curiosidad tiene estas cosas. A veces, te encuentras con una sorpresa. Si es agradable o no, allá ustedes.

jueves, 13 de julio de 2017

DÍA DE PATRIOTAS (2017), de Peter Berg

Políticos a los que ni habría que mirar a la cara adoptan posturas comprensivas y tolerantes con el terrorismo amparándose en que, al fin y al cabo, siempre tiene una cierta justificación. Países que se convierten en paraísos del refugio terrorista porque esos chicos solo son personas que han optado por una solución no demasiado acertada. Vergüenzas que, con el relativismo, van tomando forma de verdad olvidando por completo que el terrorismo, sea cual sea, venga de donde venga, nunca está justificado. Y el que no lo ve, sencillamente, es un desalmado.
Tampoco tiene mucho sentido llamar a nadie desalmado cuando esos mismos elementos no creen en la existencia del alma. Son esos que, viendo la televisión informando sobre cualquier ataque terrorista, se quedan en el hecho en sí sin pensar que detrás hay víctimas mortales, con miembros cercenados, vidas que nunca volverán a ser las mismas, niños que yacen con su cuerpo inerte sin homenaje ni más lágrimas que las de su familia. Y aún así siguen diciendo que no, que el terrorismo no es tan malo, que los países occidentales somos los auténticos malvados y que les hemos empujado a ello. Ellos tienen una disculpa. Y así, con la gente que cree en lo que dicen, los terroristas empiezan a ganar.
Tal vez porque es cierto que el amor es la única respuesta ante la barbarie. Que si nos mostráramos indivisibles y unidos ante ellos, el desánimo se haría fuerte porque verían que no consiguen nada. Que si pusiéramos en marcha nuestro instinto solidario y tratáramos de ayudar con cariño y comprensión hacia las víctimas, sean cuales sean, tendrían todas las batallas perdidas. Pero el mensaje no llega. Las bombas explotan. Pies arrancados, piernas totalmente abiertas en canal, sangre manchando las calles, dedos, ojos, caras destrozadas…pero ellos se lo han buscado. Matar está justificado ¿no es así?

El 15 de abril de 2013, un atentado mató a tres personas en plena celebración de la Maratón de Boston y dejó tras de sí a cientos de heridos. La respuesta de las autoridades fue inmediata para detener a los malnacidos que perpetraron ese asesinato. La gente lo merece. Se pagan impuestos, se trabaja, se intenta mejorar cada día para que alguien se preocupe en el caso de que ocupen estas cosas. Y esta película habla de ello. Y lo hace con fuerza, con interés, en un relato apasionante muy cercano al docudrama, con una excelente dirección de Peter Berg, un buen trabajo de Mark Whalberg y un maravilloso apoyo secundario por parte de Kevin Bacon, John Goodman, J.K. Simmons y Michelle Monaghan, a pesar de la brevedad de sus apariciones. La trama es absorbente y real. Se llora. Se siente. Se pelea. Se pierde. Y también se gana. Alejado de panfletos patrióticos, la película apela al amor entre todos los que forman parte de una comunidad. Solo así se podrá derrotar a los que solo creen que ellos son los que sufren y que los demás merecemos una bomba en nuestra normalidad. Es una película de acción, de emoción y de amor profundo. Porque solo ese tipo de amor es el que es capaz de hacer que los afectados comiencen de nuevo, con empuje, con ánimo, con la certeza de que la razón es de las víctimas y no de sus verdugos. Y merece mucho la pena darse cuenta de todos los que trabajan para que así sea. Lo demás, es la falacia, el aprovechamiento y la insidia. Lo demás, simplemente, es mentira.

miércoles, 12 de julio de 2017

POR EL VALLE DE LAS SOMBRAS (1944), de Cecil B. de Mille

Las bombas caen mientras las heridas están cerrándose en un hospital de Java. Allí, al frente de todo, está el doctor Corydon Wassell, un hombre que se pasó la vida huyendo. Primero en Arkansas, donde ejercía como médico rural, por culpa de los cerdos. Después en China, donde trataba de investigar las propiedades curativas de un caracol de cola bífida, por culpa de una chica. Ahora tiene la oportunidad de huir, de coger un barco y salir de la ratonera en la que se ha convertido la isla ante la invasión de los japoneses y no lo va a hacer. No va a abandonar a los chicos heridos que no pueden andar. Se lo debe a sí mismo y quiere despejar, de una vez por todas, las dudas que se han cernido sobre él. Quiere curar. Desea curar. Y si tiene que sacrificarse escondiéndose en la isla o transportando a todos en medio de un convoy británico, lo hará sin pestañear. No, no es valiente. Es solo un médico.
Por el valle de las sombras, el doctor Wassell administra fármacos a sus muchachos incluyendo alguna dosis de optimismo, de esperanza y, por supuesto, de profesionalidad. Hace lo imposible para que esos chicos tengan una oportunidad de abandonar la isla de Java y curarse de sus heridas en casa, pero las retiradas son crueles, y no faltarán los héroes sin nombre que se quedarán por el camino tratando de luchar por la supervivencia. La perseverancia del doctor Wassell resulta un ejemplo en la hora de la derrota porque, incluso en los amargos días, puede haber alguien que gane. Se nota entre sus pacientes porque comienzan a mirarle con cariño, con ese aura entrañable que solo emanan los hombres que son verdaderamente grandes aunque la vida se ha empeñado en hacerlos pequeños. Quizá, lo que une de forma genuina al doctor Wassell con sus convalecientes marineros es que él, de alguna manera, también está herido, pero hará lo imposible por volverse a levantar.

Esta película puede que sea la mejor y también una de las más desconocidas de Cecil B. de Mille. Lejos de la espectacularidad que rodeó sus fantasías de proporciones bíblicas, de Mille articula una película de aventuras basándose en la historia verídica del doctor Wassell, comandante médico destacado en la isla de Java en el momento de la ocupación japonesa. Para ello contó con Gary Cooper en un papel en el que, se podría decir, se halla abrumadora y sorpresivamente cómodo. Más relajado que de costumbre, el actor nos traspasa eficazmente la humanidad que emana del personaje, capaz de derramar su sangre con tal de que la de los demás no se vierta y siempre bordeando la frontera del buen humor en medio del caos bélico que amenaza a toda la isla. Un gran trabajo de ambos que se convierte en una odisea envuelta en vendas y cloroformo, trepidante en algunos momentos, sencilla e íntima en otros pero siempre en el delicado equilibrio de unas muletas que ayudan a transportar los sueños de un puñado de hombres rebosantes de valor.

martes, 11 de julio de 2017

AMARCORD (1973), de Federico Fellini

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "La guerra de las galaxias (Episodio IV)", de George Lucas podéis hacerlo aquí

Los recuerdos se confunden a menudo con la imaginación. La fantasía se vuelve tan real como la memoria y todo se junta en una anécdota de infancia y juventud, como el inexorable transcurrir del tiempo entre la primavera y el invierno siguiente. El cura con sus cosas, papá que no aguanta, mamá que se vuelve loca, el tío diciendo que quiere una mujer, la verdad empapada de mentira, el hecho que le cuenta otro, la señora explosiva que levanta la admiración de todos los solteros, de los no tan solteros y de los púberes, el amor, dulce amor, que no es amor, el trasatlántico impresionante, el cine que no deja de vomitar sueños con su haz de luz, la vida pasa y todo estaba ahí. Aún con sus miserias, su tiempo sin libertad, su irreverencia inherente, su ilusión por las cosas mínimas…Recuerdos, todos recuerdos.
El hilo argumental parece que se deshilacha con facilidad pero Fellini nos va guiando por una de sus películas más personales para decir que él es como sus imágenes, que todo aquello que ocurrió y que no ocurrió, también le formó como persona y como cineasta. La boda en el paraje desolado, la batalla con bolas de nieve, el baile desencantado bajo la niebla, la imposible carrera de coches con Nuvolari y Campari como ases del volante. Nada de eso fue real y, sin embargo, es tan real que la memoria lo recuerda, el cineasta lo memoriza y el cine nos lo regala. La estanquera que no te deja respirar entre sus pechos y que, al fin y al cabo, lo que hace es venderte el puro para el padre, la prostituta grotesca, los ridículos fascistas, los profesores que parecen muñecos de un cuento de terror con su castigo impostado, su falsa sonrisa y su enseñanza antigua. Todo eso fue real y, sin embargo, es tan irreal que se atrapó como si fuera la vida idealizada de una pequeña villa de Italia perdida en el tiempo y en el recuerdo. O, tal vez, no fueran recuerdos y solo se quedaran en ensoñaciones…pero fueron tan fuertes que Federico Fellini nos las vende y nosotros las creemos. La vida es una farsa, llena de actores malos, que se esfuerzan en sobreactuar y en hacer que todo cobre la categoría de esperpento y Fellini lo que hace es transcribirlo tal y como lo recuerdo. ¿Qué más da si fue verdad o no? Lo importante es que también eso forma parte de los recuerdos.

Pero ante todo y sobre todo, Fellini vuelve su mirada nostálgica hacia atrás para decir, con sabiduría de adulto, que, a pesar de todo, de las miserias, del provincianismo, de la pobreza, de la incultura y de la falta de libertad, aquello era la misma felicidad y, en aquel momento, no se daba cuenta porque creía que lo mejor aún estaba por llegar. Hasta eso también forma parte de los recuerdos.

viernes, 7 de julio de 2017

HORAS DESESPERADAS (1955), de William Wyler

Una bicicleta en el jardín y la desgracia cae. Nunca se sabe por qué. Solo porque un tipo que se ha evadido de la prisión con dos compinches andaba buscando la casa ideal para esconderse durante unas horas. Y es que donde hay niños, el cabeza de familia tiene mucho que perder. Y lo peor de todo es que es un hogar feliz. Los Hilliard han conseguido crear un sitio donde sus hijos crecen sanos, con la mirada limpia y el corazón puro. Y eso no lo pueden entender unos facinerosos que han probado todos y cada uno de los estratos del otro sueño americano. En el fondo, los Hilliard llevan la vida que ellos han envidiado durante toda su vida. Por eso, va a ser muy difícil echarlos de allí.
La mirada amarga de Glen Griffin lo dice todo. Para él nunca ha habido un maravilloso café después de una opípara cena. Tampoco cariño a su alrededor y, tal vez por eso, piensa que el mundo no lo guarda en ninguna parte. Sus consejos están teñidos siempre de un punto de maldad, perfectos para guiar a la inocencia por los caminos de la rabia. Sí, porque eso es lo que Griffin guarda en su interior. Rabia contra una sociedad que le ha condenado a llevar una vida de atracos, disparos, traiciones y cárceles. Rabia contra esos individuos de clase media que se creen algo porque todos los días van tranquilamente al trabajo y vuelven con un sueldo suficiente como para comprarse una casa y hacer un regalito a su esposa. Rabia contra la policía que se ha ensañado con él como si no hubiera cosas más importantes a las que perseguir. Rabia contra la derrota continua que se estrella contra él con la fuerza del impacto de una bala. Griffin no conoce otra cosa, por mucho que su joven hermano trate de atisbar lo que hay al otro lado del muro. La rabia le mantiene vivo, pero ignora que la rabia también es un poderoso motivo para la muerte.
Dan Hilliard no es un valiente. Sencillamente porque no ha ejercido nunca como tal. Toda su preocupación reside en hacer bien su trabajo y proteger a su familia. Es ese héroe, con un punto de cansancio, que todos los días realiza la hazaña de levantarse para que no falte de nada en la nevera y se utilice el sentido común. Paradójicamente, Dan Hilliard será el rival más temible para Griffin porque sabe usar la razón como arma y también posee algo que Griffin ignora: la inteligencia. Su victoria no será una de esas que castigue al maleante a modo de venganza, no. Solo será una frase, escueta, definitiva: “Salga de mi casa, Griffin”. Ahí es donde Hilliard vence porque no mancha sus manos, sigue con su ética intacta, no se ha acobardado en ningún momento aunque haya pasado miedo. Es un hombre. Tiembla y muere de ansiedad. Pero es un hombre.

Así es como William Wyler construyó esta historia. Humphrey Bogart y Fredric March se enfrentaron y saltaron rayos en los ojos de ambos. Fogonazos que clamaban por la arrogancia y lo despreciable hasta que la astucia de quien sabe esperar los iguala en el plano de la honestidad, de lo correcto. Y ahí es donde uno de ellos ganará sin apelación. Más que nada porque todos deseamos que nuestra familia siga viviendo en un mundo algo más seguro.

jueves, 6 de julio de 2017

COLOSSAL (2017), de Nacho Vigalondo

Todos llevamos un monstruo en nuestro interior. Es el recipiente donde hemos depositado nuestras frustraciones y nuestros resentimientos y está ahí, escondido, esperando aparecerse entre cortinas de humo para sacar lo peor de nosotros mismos hasta que nos damos cuenta de su existencia y luchamos y nos batimos para ahogarlos, para lanzarlos lejos, para acabar de una vez con ellos. No es fácil encontrárselos cara a cara. Entre otras cosas, tenemos demasiado miedo de que nos hagamos daño intentando destruir una parte de nosotros que, en el fondo, no deja de ser importante.
Así que es tiempo de mirarse un poco hacia adentro y comprobar de qué material nos hicieron. Es hora de inspeccionar nuestros rencores y nuestros recuerdos y saber si todo eso que, en parte, nos ha hecho como somos está rancio o, por el contrario, sigue vivo y deseando estallar. El camino no es fácil. Hay que dejar atrás un buen puñado de errores y tratar de mirar hacia adelante, intentando agarrar lo que la vida ofrece. Quizá una historia imposible, quizá una copa no bebida, quizá una sonrisa en el momento oportuno. Solo así el monstruo acabará yéndose con su boca biliosa y sus palabras de desafío. Solo así podremos caminar con paso seguro hacia un futuro en el que el dolor no sea el protagonista.
Tal vez, aquel chico que no dejó de ser nunca atractivo aún guarde un rescoldo de rebeldía. Por una vida monótona y triste. Por haber sido un segundo plato que nunca llegó a pedirse. Por haber sido continuamente relegado y ninguneado. Puede que aquella chica algo alocada haya terminado por perder la cabeza y haya huido de todas las responsabilidades que se le han planteado. En algún momento, hay que volver a los orígenes para ver con más claridad. Aunque se puedan recibir un par de golpes. Aunque las lágrimas acaben por salir.
Excelente película del español Nacho Vigalondo que sabe hablar de cosas trascendentes mezclando el humor trágico con la introspección graciosa y que maneja casi de forma magistral a Anne Hathaway en el papel protagonista. La película resulta toda una lección bien llevada sobre cine y sobre la vida y la fantasía tiene su rincón asegurado sin llegar a distorsionar en ningún momento el fondo que Vigalondo nos quiere contar. La historia es sólida y se aleja de la ridiculez con pasos de gigante porque guarda un equilibrio notable y todo encaja con cierto sarcasmo y bastante sentimiento. Colossal resulta un ejercicio nada sencillo con resultados que no dejan de ser sorprendentes en su propia originalidad.

Y es que rara vez las respuestas se hallan en el fondo de una botella y es necesario inflar de aire los pulmones para volver a experimentar la sensación de vivir. Las miradas perdidas llegan a ser sabias y eso espanta a cualquier monstruo que se pueda remover con nuestros gestos, nuestras iras y nuestros fracasos. Mientras tanto, hay que dejar atrás viejas escoceduras porque ellas, escondidas en los lados más oscuros del corazón, son las que fabrican a las peores personas. 

miércoles, 5 de julio de 2017

ZULÚ (1964), de Cy Endfield

Las colinas de Sudáfrica son gigantes que parecen abalanzarse sobre las marciales visiones de un grupo de soldados. Con sus brillantes casacas rojas, deberán demostrar hasta dónde llega su valor y allí, en ese fortín perdido en medio de la llanura, muchos de ellos perderán su vida ante hordas inacabables de guerreros zulúes. Guerreros que intentan intimidar con sus cánticos de heroísmo y de bravura a unos pocos soldados que parecen condenados de antemano. Dentro de la iglesia, se habilitará una enfermería y bajo las órdenes del Teniente Chard, los heridos tendrán que seguir combatiendo. No queda otra solución. Hasta el punto en que lo único que importará no será la propia vida sino la del compañero. Y ahí, en ese momento, es donde nace el heroísmo. Los sacos de arena que sirven como parapeto recibirán tantas heridas como lágrimas. El agotamiento jugará un papel decisivo en la defensa que, paulatinamente, se va convirtiendo en una resistencia total. Ellos no van a morir. A pesar de que el adversario es muy superior en número y siempre tendrán carne para sacrificar, esos soldados no se van a dar por vencidos. Ya ni siquiera importa si tienen razón o no. Solo la vida es el bien supremo y, por ella, si es necesario, hay que sacrificarla.
El Teniente Broomhead manda las líneas de vanguardia, las primeras que hacen frente al asalto del enemigo. Es ligeramente arrogante e, incluso, hay un leve intento de hacerse con el mando cuando la llanura sudafricana es una gigantesca ratonera. Sin embargo, tiene valor a raudales y sabe mantener el mando. Y llega al convencimiento de que el hombre adecuado para mandar a la tropa es el Teniente Chard y no él. La guerra hace hombres, quita galones, coloca las condecoraciones, hace brillar los sables y engrasa las armas. Tanto es así que hasta los gañanes sin escrúpulos se unirán a la hazaña sin pensárselo dos veces, con el empuje casi como única arma mientras los baluartes van cayendo ante las oleadas de guerreros que quieren echar al invasor a cualquier precio. Hasta que una danza guerrera saluda a los valientes. Y las risas desbocadas se disparan porque nunca un baile significó tanta vida.

Cy Endfield, un director americano represaliado por el Comité de Actividades Antiamericanas que emigró al Reino Unido, se obsesionó con esta historia de heroísmo al límite que solo tendría fin cuando describió, precisamente, el otro lado del ejército colonial británico en el guión de Amanecer Zulú, dirigida por Douglas Hickox casi veinte años después. Y contó con un reparto de sólidos actores ingleses que incluía a un jovencísimo Michael Caine en su primer papel importante para el cine incorporando al Teniente Broomhead dando uno de sus pasos fundamentales para el estrellato. A su lado, Stanley Baker, Jack Hawkins, el maravilloso Nigel Green y Patrick Magee como el médico militar capaz de operar delicadamente bajo el asedio enemigo. Y viendo esta película uno no puede dejar de emocionarse oyendo cantar a ese coro que, con una vieja canción tradicional escocesa, hace frente a los cánticos de guerra y miedo de toda una nación.

martes, 4 de julio de 2017

INFIERNO (1953), de Roy Ward Baker

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Taxi Driver", de Martin Scorsese, lo podéis hacer aquí.

El polvo en suspensión del desierto te agarra la garganta y va construyendo lentamente su carretera de lija seca. Una pierna rota es un inconveniente y hay que hacer todo lo posible por sobrevivir. Y no es fácil cuando a tu alrededor has tenido a una mujer tan hermosa que llega a doler y a un supuesto amigo que quiere quedarse con tu dolor. Un día de caza, un accidente inoportuno, te abandonan y dicen que van a buscar ayuda. Y esa ayuda no viene nunca. El agua es escasa. El alimento aún más. El sol es implacable. Y el desierto, con sus rocas que miran como columnas de tiempo y su arena pegajosa, puede ser tu tumba adornada con buitres. La imaginación se pone a trabajar y hay que salir de allí con el ingenio como la mejor arma. Descender un pequeño barranco es una tarea de titanes para quien tiene una pierna rota. Cuero en las manos heridas, una pistola con cuatro balas mal contadas y el sol, maldita esfera ardiente, que no deja de golpear y de insistir para que sepas que él está allí, con su enorme ojo amarillo, esperando tu muerte.
Esto debe ser algo muy parecido al infierno por mucho que una mina abandonada sirva para darte algo de madera a modo de muleta. Se trata de escapar del diablo y llegar a la civilización y entonces dar su merecido a esa chica que arrebata los sentidos y a ese guaperas fracasado que se frota las manos al tener a su alcance la belleza y el dinero. Ah, sí, ése es un pequeño detalle. Eres millonario y por eso nadie te quiere. Solo fingen. Solo esperan. Como tú en ese promontorio de rocas impasibles que a cada minuto te espetan en la cara que no tienes nada que hacer. La carretera está lejos. Las nubes ni siquiera existen. El agua se va acabando a no ser que utilices el cerebro. Te arrastras para llegar a ninguna parte porque lo que se ve desde ahí es que estás justo en medio de la amplitud más desoladora. Incluso tienes que esconderte cuando te buscan porque sabes que vienen al remate, a asegurarse de que no quede nada de ti, ni siquiera tus huesos.

Robert Ryan luchó contra el destino en esta película que habla sobre el deseo de vivir y la ambición. Concebida como una película rodada en tres dimensiones, la voluntad de ese millonario que incorpora Ryan se erige en auténtica protagonista sin más decorado que un brutal y silencioso desierto. Y tal vez todo acabe en una hoguera de vanidades sin realizar y en un castigo de indiferencia. Algo que duele más que abandonar a alguien herido en medio del desierto.

viernes, 30 de junio de 2017

55 DÍAS EN PEKÍN (1963), de Nicholas Ray

La tensión va creciendo porque un país agoniza de hambre mientras unas cuantas potencias extranjeras se reparten la mayor parte del botín. China no merece vivir de rodillas y la rebelión se extiende como la pólvora. Pero como tantas otras veces, la revolución es una prostituta que se alía con la crueldad, con el odio visceral. La revolución no hace justicia, se venga. La revolución no hace prisioneros, los ejecuta. No importa que en su día se hicieran concesiones para que las potencias se instalaran a lo largo y ancho de China para sacar tajada de sus inmensas riquezas naturales y de su vasta fuerza de trabajo. China está harta y esos malditos extranjeros lo van a pagar.
En medio de la turbulencia política y social, un amor imposible nace para morir. Ella es refugiada, perseguida por las autoridades de su propio país. Él es un aventurero sin hogar, que yace allí donde el ejército le necesita, que sabe que el amor no es más que el descanso de un par de días. En su orgullo, la arrogancia del militar de carrera, que siempre ha defendido el honor de su país aún a riesgo de saber que estaba equivocado. No admite la tortura gratuita, ni la humillación exhibicionista. Sabe combatir y acudirá a la lucha si es necesario pero siempre con un sentido del deber reservado para los grandes hombres.
La diplomacia es el arte de mentir con una sonrisa y decir la verdad con soltura, de tal manera que la mentira sea creída y la verdad, despreciada. Eso lo sabe muy bien el embajador británico que tiene que lidiar con la insidiosa mirada del valido de la Emperatriz y con un pueblo que se desangra con el hambre con que la monarquía paga a sus súbditos. Una palabra amable pero firme. Una orden dicha con el ceño levantado. Una pequeña incursión nocturna para recordar viejos tiempos de viejas batallas. Se creyeron capaces de resistir un asedio de siete días, han pasado cincuenta y cinco y la desesperación parece el peor de los cañones.

Quizá el fracaso más inmerecido de Samuel Bronston como productor fue esta película que estaba destinada a ser un éxito. Nicholas Ray dirigió con particular maestría las escenas íntimas y discutió con el productor porque no quería hacer una película de aventuras en la misma hoguera de la pasión. Charlton Heston odió profundamente a su compañera de rodaje, Ava Gardner, y no supo dar con el tono que requería ese militar duro y, a la vez, con corazón al que interpreta con aires de vaquero. David Niven resulta el mejor de todo el reparto porque pone en práctica la flema inglesa con singular maestría sin renunciar a la acción. Por detrás, excelentes secundarios como el médico Paul Lukas, o el sacerdote Harry Andrews, y aún más atrás, excelentes decorados, despliegue de medios, épica en cascada…y, sin embargo, algo le falta a la película. Es como si le hubiesen robado parte de su alma y no hubiera nada en su lugar, como si algunas historias se cerrasen en falso y algunos ánimos se diluyeran en las dificultades. Tuvo que ser una gran película y se quedó en buena. Mientras tanto, una niña mira hacia el futuro porque un tipo duro y con corazón la recoge después de una batalla. Tal vez, las intenciones sí que permanecieron en esos cincuenta y cinco días soñados por  Samuel Bronston.

jueves, 29 de junio de 2017

LA CASA DE LA ESPERANZA (2017), de Niki Caro

En algún rincón de una Europa al borde de la guerra, había un Edén donde vivían un hombre, una mujer y un niño rodeados de animales. Para ellos, eso era toda su vida. El amor hacia ellos bastaba para darse cuenta de su enorme dedicación. Eran cariño derramado hacia esas fieras enjauladas en un zoo en el que parecía que la cautividad no importaba. Solo las horas para hacer que sus animales fueran felices era el motor de toda su existencia. Y eso fue así hasta que la guerra acabó con el jardín del Edén.
Eva, corajuda y decidida, se dio cuenta de que los animales en Varsovia no tenían mucho futuro así que, después de la ocupación nazi, dio un paso adelante y comenzó a derramar todo ese cariño en las personas. Se trataba de dar cobijo a los judíos que su marido sacaba del infame ghetto y poner el zoo a disposición de ellos como estación de paso hacia la libertad. Así, el Edén roto y desvencijado, con sus jaulas derribadas, comenzó a tener sentido de nuevo. La generosidad, en el fondo, es lo que verdaderamente mueve al ser humano.
No es fácil mantener ese estado de ánimo con el acoso de un hombre atrapado entre su ética y su deseo. Mientras, ahí fuera, no deja de haber muertos, rebeliones inútiles, desmanes innombrables, desprecio, ira, desolación. El zoo es como un oasis donde la noche se hace día y la música resuena como si fuera un preludio de la libertad. Habrá que hacer muchos sacrificios siempre dentro de la corrección y de la bondad. Así, es posible que también se pague con bondad y la guerra parezca un poco, solo un poco, menos salvaje.
Interesante planteamiento el de esta película que peca de un nudo trastabillado, que le cuesta avanzar de la mano de la cada vez más impresionante Jessica Chastain. Suspenso para Daniel Brühl como el hombre de ciencia que se ve atrapado por la erótica del poder y por su debilidad. Y mención especial merece Johan Heldenberg, que aporta presencia y espíritu como marido de Chastain, con cierta intensidad y buenas maneras. Más allá de eso, puede que en algún momento se vislumbre la ausencia de una buena producción y la torpeza de un guión encallado, pero se deja ver, se deja sufrir y, sobre todo, se deja sentir.

Y es que no se puede dejar caer la moral a los pies de unas botas para justificar la barbarie y la impunidad. Los seres humanos no son animales y nacen con el derecho inalienable de la libertad por mucho que a su alrededor solo existan jaulas. Y eso es algo que no se le puede arrebatar. El camello corre, el tigre ruge y las balas silban y parece que eso es suficiente como para tener una razón que permita arrasar con todo. Y no es así. Tal vez, tendríamos que sentir el cariño que es capaz de desprender un animal y el inabarcable amor que puede atesorar una mujer. Solo así podríamos darnos cuenta de lo hermosa que puede ser la vida incluso en las condiciones más difíciles. Y también de la fiereza de nuestro carácter cuando despreciamos a los que saben hacer de la vida un lugar acogedor que no deja de dar razones para la esperanza. Y ésa, también, es una palabra que no hay que olvidar nunca.

miércoles, 28 de junio de 2017

EL ACORAZADO POTEMKIN (1925), de Sergei Mihailovich Eisenstein

Recuerdo que aquel día, bajo un sol abrasador, decidí ir al cine porque me habían hablado de un ciclo dedicado a Sergei Eisenstein en una de esas salas de arte y ensayo fuera de los circuitos comerciales. Fui con las cejas levantadas y las manos vacías y esperé a que se apagaran las luces. Cuando la imagen fue tomando forma en la pantalla comencé a sentir que la emoción se sentaba a mi lado porque ese ruso tan difícil de ver y de sentir, me estaba removiendo las entrañas con la historia de la rebelión de unos soldados que se negaban a comer carne podrida en un barco de guerra. Y Eisenstein prolongaba los sentidos con su montaje exasperado, como queriendo llamar mi atención hacia la injusticia y el dolor. Luego, en un giro que la Historia no concedió, comenzó a introducirme en las protestas del pueblo de Odessa que se solidarizaban con aquellos marineros porque el hambre es el que primero protesta y esa gente estaba pasando hambre. Unas escalinatas que parecían no tener fin, que solo se exhibían en su augusta anchura negándome su altura mientras unos soldados bajaban disparando y la población moría acribillada. Un coche de niño y el primer plano de una madre que moría antes de ser asesinada. Y entonces las cejas se me cayeron porque sabía que estaba viendo lo mejor de un arte joven, la expresión máxima de todo aquello que había buscado durante toda mi vida en una sala de cine. El blanco y negro de los fotogramas me golpeaban como si intentaran dispersarme de una manifestación violenta y no podía gritar porque la oscuridad y la contemplación me lo impedían. El cine encontraba su ritmo y su intención mucho más allá del mero entretenimiento y el mundo se desmoronaba a mi alrededor, en medio de una batalla perdida en la que uno debe ponerse al lado de los más débiles. Eisenstein me había zarandeado y me había vuelto a arrojar con violencia a la butaca y yo seguía allí, impasible, imposible…incapaz de reaccionar aunque los sentimientos se acumulaban a traición. En ese momento, yo también fui un marinero del Potemkin, protestando porque esa no es forma de tratar a los seres humanos. Yo también morí en esas inmensas líneas escalonadas de piedra que los soldados descendían con marcial brutalidad porque parecían no pestañear. Eran como un ente sin alma y corazón que solo atendía a la orden de avanzar. El montaje había nacido como el elemento adictivo de la emoción y yo me había quedado en uno de sus cortes.

Cuando terminó la proyección, salí del cine cabizbajo, con un enorme peso en el pecho, en el silencio que me había envuelto con la película. Salí a la calle y la noche también avanzó sobre mí, implacable e impertérrita. Recuerdo haber mirado las luces de una plaza cercana y haber pensado que tenía suerte de estar allí en aquel momento porque ningún policía obedecería una orden como aquella que se les dio a los soldados de la matanza de Odessa. Me refugié en el Metro y, con mucha discreción, empecé a imaginar las vidas de mis compañeros de vagón y en si merecía estar con ellos, en medio de sus preocupaciones, de sus divagaciones, de sus adormiladas expresiones. Tal vez yo no fuera como el pueblo pero sería el primero que se pondría delante de los fusiles que dispararon sin piedad. Cuando llegué a casa y me fui a dormir supe que esa insensata valentía, se pasaría pero nunca llegaría y se borrarían de mi memoria aquellas imágenes que aún hoy me siguen disparando.

martes, 27 de junio de 2017

EL SIRVIENTE (1963), de Joseph Losey

Barrett es el perfecto mayordomo. Solo tiene un defecto. Es ese gesto, casi imperceptible, que su cara dibuja justo después de recibir una orden. Ahí delata que sus intenciones son aviesas y que, en el fondo y desde su posición de servidumbre, solo quiere invadir espacios, marcar territorios, intercambiar papeles. Es paciente, tiene la tranquilidad del humillador. En su servicio hay siempre un ligero matiz de insulto. Es manipulador, es puro vicio trasladado al otro lado de la puerta de la cocina. Es un terrorista social que ataca por la espalda cuando no se le ve venir. Cree que él merece ser el amo y el amo ser su criado. Va extendiendo su pegajosa tela de araña en silencio, como quien no desea ser notado. Solo hasta el golpe final. Solo hasta que los abismos de la locura se abran en el reducido espacio de la casa de su señor. El desprecio está permanentemente en su ánimo. La sedición es la parte más importante de sus intenciones. Barrett es muy peligroso. No hay que tomarlo a la ligera.
No hay nada más fácil que tender trampas en la sociedad acomodada a través del vicio. Solo hay que abrir puertas y dejarlas bien abiertas para que puedan respirar, desde su distancia, la misma degeneración. En su interior, Barrett sabe que los estúpidos petimetres de la clase alta desean ser golfos de baja estofa y que cuando prueban ese mundo ya no pueden salir. Entre otras cosas porque son débiles. Y Barrett puede fingir, puede retirarse momentáneamente, puede adoptar la forma más discreta pero no es débil. Es implacable. Es un monstruo que se mueve entre plumeros, copas de coñac, platos, ensaladas, comida india, detalles insignificantes…así hasta que llega a aceptar la ventaja añadida de mujeres que, en teoría, están fuera de su alcance. Así, la invasión llega a ser total. Así, la erótica del poder cambia de bando. Y su gesto…su gesto de asco y desprecio llega a ser el preludio de una locura anunciada. Como un visitante inesperado en una casa con mayordomo. Como la certeza de que la vida de los demás importa menos que eso que nos mancha los zapatos en la calle de vez en cuando. Barrett quiere dominar. Y hará todo lo que haga falta para conseguirlo.

Joseph Losey dirigió esta turbadora película con la colaboración de un Dirk Bogarde en estado de gracia, portador de las peores cualidades del conspirador más abyecto, silencioso manipulador que ofrece sin ofrecer, que enseña sin adoctrinar, que proyecta su sombra desnuda envuelta en humo lanzando una mirada de desafío hacia los que mandan. Todo un compendio de actitudes de prepotencia bajo la máscara del servicio hacia los demás. Y no nos engañemos. Barret, bajo el rostro de Bogarde, quiere ocupar el sitio que le corresponde. Mucho cuidado al mirar en la dirección equivocada.

viernes, 23 de junio de 2017

CRIMEN DE DOBLE FILO (1965), de José Luis Borau

Madrid gris. Madrid lluvioso. Madrid triste. Madrid oscuro. Tras los muros de las casas que aguantan el azote de la lluvia se esconde un músico que tiene miedo a la decisión. No está a gusto en ninguna parte porque siente que el fracaso preside todas sus acciones. El mismo aburrimiento de una tarde interminable hace que descubra un cadáver y que vea el rostro del asesino. Denuncia el asesinato pero no dice nada sobre su autor. Tal vez porque el miedo, una vez más, le paraliza. Teme las consecuencias y no quiere arriesgar el silencio de su hogar. Y, sin embargo, su error va creciendo tanto como su angustia. No se puede concentrar. No puede seguir adelante. Se confía a su mujer. La única que le ha comprendido pero que parece como distante, lejana, ausente. Las nubes no se van y el gris es el color de su vida. Quizá todo asesinato, en el fondo, es una partitura de pasión.
En su tedio claustrofóbico, el músico cree que todo le incrimina a los ojos del asesino. Él no ha dicho nada pero el criminal no lo sabe y, por tanto, puede ser su próxima víctima. Ya no tiene notas que ofrecer salvo una en clave de desolación. La policía se esfuerza por dar carpetazo al caso pero hay algo que no cuadra demasiado. Es el amor que, sin embargo, hace daño cada vez que se acerca. Ese músico sin melodía también merecería estar con los trastos del sótano, donde se halló el cadáver. Es como un arpa arrinconada y con las cuerdas rotas. Es como el ruido de la lluvia sobre las aceras de una ciudad sin ánimo. El melodrama se tiñe de negro y puede que no haya tanta sofisticación en un crimen sin resolver aunque el músico cree haber hallado la solución. Los crímenes de doble filo pueden ser trampas que exhiben una cuchilla incapaz de cortar. Aunque la otra sea mucho, mucho más dolorosa.
Malditos vecinos que siempre asoman la nariz para enterarse de las vidas ajenas. A veces testifican con el chismorreo en la orilla de los labios solo para que taparse las vergüenzas propias. Madrid sucio. Madrid perdido. No hay más entretenimiento en la capital que en cualquier pueblo lleno de indiscretos. El filo cortará tan fuerte que ya no quedará empuje, ni ánimo, ni ganas. Solo un final escrito sobre la espalda del más débil. La tragedia de un hombre ridículo, insignificante, que creció a la sombra de su genial padre solo para dejar bien clara su insultante mediocridad. El polvo entra en el olfato con tanta violencia que ya no se lo podrá quitar nunca. Es como un barco varado en una ciudad hecha de asfalto e inerte. El golpe final escrito sobre el pentagrama vacío será una coda hacia la derrota. Un crimen más. Una vida menos.

José Luis Borau dirigió esta historia con elegantísimos movimientos de cámara y aplicando los principios estéticos del Nuevo Cine Español al cine negro y para ello contó con Carlos Estrada y Susana Campos de protagonistas y, sobre todo, con unos secundarios de tronío e intensidad como Antonio Casas en la piel del comisario encargado del caso y José María Prada como el indiscreto sastre del bajo A. Todo para decir que la pasión puede ser el testigo mudo y pasivo de un crimen que condena a la muerte en vida. 

jueves, 22 de junio de 2017

PARÍS PUEDE ESPERAR (2017), de Eleanor Coppola

Dicen que detrás de un gran hombre siempre hay una gran mujer (y viceversa, no vaya a ser que los acérrimos defensores de la igualdad de género me arrojen una lluvia de calzoncillos) y, en este caso, esa gran mujer, a sus maravillosos ochenta y un años, ha decidido dar un paso adelante y dirigir su primera película de ficción. Eleanor Coppola ha quedado para la historia del cine por ese documental titulado En el corazón de las tinieblas: El rodaje de Apocalyse now, donde no solo desvelaba los entresijos de la aventura emprendida por su marido, Francis Ford Coppola, sino que también, en un alarde de sinceridad, se atrevía a desnudar parte de su propia realidad conyugal, por otro lado, más bien triste.
Ahora, Eleanor se pone detrás de la cámara de ficción para rodar una road movie con una protagonista femenina que, sin duda, tiene mucho de ella misma. Se trata de la mujer de un productor que tiene que convivir con él y con su móvil y que, por supuesto, recibe muy poca atención. Por aquellas decisiones repentinas que, de vez en cuando, toman las mujeres, realiza un viaje en coche con un productor francés socio de su marido. Un tipo que no llega a ser guapo pero que resulta algo atractivo, elegante, bon vivant, conquistador empedernido, adicto a la comida y al que le gusta que el mero hecho de viajar sea mucho más importante que llegar al destino. Así que, mediante una serie de paradas gastronómicas, el francés intenta por todos los medios iniciar algo, aunque no sabe muy bien el qué, con esa guapa americana, abandonada en medio del país galo, con un buen puñado de frustraciones y otro de ganas de salir de su rutina.
Y ella no sabe a dónde va a parar todo eso. No se fía, da un paso adelante y dos atrás. Se abre a su asediador pero sin dejar que entre del todo, observa mucho y se calla unas cuantas cosas, intentando preservar lo que ella siempre ha creído que es lo correcto. Se desencadena el juego de sí pero no mientras el vino, el chocolate y las miradas cómplices se van sucediendo como si ella, en ese viaje que parece no tener fin, se fuera completando poco a poco. Y de hecho, no ocurre nada pero quizá esa nada sea el principio de todo. ¿Quién sabe?
En el centro de todo, Diane Lane domina la escena con un extenso repertorio de sensaciones hábilmente sugeridas y Eleanor Coppola, sin hacer demasiados alardes, se inclina por la sencillez, por un guión algo corto, que parece faltarle chispa en algún pasaje para que ese romanticismo que quiere destilar tenga su humor, su tasa de complicidad con el espectador que contempla todo con una cierta lejanía. La película es pequeña, rodada con los medios justos y el buen gusto como guía. Se deja ver con un pequeño gesto distendido en la comisura de los labios…pero nada más. Y Eleanor Coppola guarda mucho en algún lugar que ha preferido mantener oculto.
Así que, en esa indecisión alargada, pongámonos cómodos para detenernos en hoteles con encanto, en restaurantes de precio desorbitado, con platos de cantidad pequeña pero de receta complicada, en copas de vino de todo color y sabor…sí, porque quizá todo esto sea un viaje por los sentidos adormilados de dos personas que quieren darle un último sorbo a la vida, y, sobre todo, de una mujer que, de alguna manera, se mira a su interior para decirse a sí misma que ya han sido suficientes todos los sacrificios.

miércoles, 21 de junio de 2017

EL SÉPTIMO SELLO (1957), de Ingmar Bergman

“Quiero confesarme y no sé qué decir. Mi corazón está vacío. El vacío es como un espejo puesto delante de mi rostro. Me veo a mí mismo y, al contemplarme, siento un profundo desprecio de mi ser. Por mi indiferencia hacia los hombres y las cosas, me he alejado de la sociedad en la que viví. Ahora habito un mundo de fantasmas, prisionero de fantasías sin sueños.
¿Por qué la cruel imposibilidad de alcanzar a Dios con nuestro sentido? ¿Por qué se esconde en una oscura nebulosa de promesas que no hemos oído y de milagros que no hemos visto? Si desconfiamos una y otra vez de nosotros mismos ¿cómo vamos a fiarnos de los creyentes? ¿Qué va a ser de nosotros, los que queremos creer y no podemos? ¿Por qué no logro matar a Dios en mí? ¿Por qué sigue habitando mi ser? ¿Por qué me acompaña, humilde y sufrido, a pesar de mis maldiciones que pretenden eliminarlo de mi corazón? ¿Por qué sigue siendo, a pesar de todo, una realidad que se burla de mí y de la que no me puedo librar? Yo quiero entender, no creer. No debemos afirmar lo que no se logra demostrar. Quiero que Dios me tienda su mano, vuelva su rostro hacia mí y me hable. Clamo a Él desde las tinieblas y desde las tinieblas nadie contesta mis clamores. Si no hay nadie, la vida perdería su sentido. Nadie puede vivir mirando a la muerte y sabiendo que camina hacia la nada. La mayor parte de los hombres no piensan ni en la vida ni en la nada, pero un día llegan al borde de la vida y tienen que enfrentarse a las tinieblas. Y cuando llegan, el miedo les hace crear una imagen salvadora. Y esa imagen es lo que llamamos Dios.”
Susurros de rejilla que el caballero Antonius Block dice a la muerte confesora. Dudas agitadas en el raciocinio a través de un mundo en el que apenas queda lugar para la belleza. La peste negra acaba con la población y la guerra termina con la fe. Sin embargo, el caballero quiere una última prórroga para poder dejar algo realmente bueno y, por eso, desafía a la muerte a una partida de ajedrez. No quiere salvarse, solo quiere distraerla. Tal vez porque no quiere apagar el llanto de un niño en su interior, o quiere maravillarse una vez más con un cuenco lleno hasta el borde de leche y una fuente de fresas recién cogidas. O quizás desea una última chanza, una débil canción que sale trabajosamente de un viejo laúd. O una lastimera queja de su fiel escudero que ha renegado de todo porque sabe que la vida también es una renegada. Morir al lado de quien amó. Rodeado de gente buena que también extravió alguna de sus actitudes buscando respuestas en un silencio atronador. Con la certeza de que hizo todo lo que pudo aunque no todo lo que debió. Flaco tesoro para un final. Tristeza de muerte, fría e ignorante.
Lamentos de valiente que pronuncia el escudero Juan a través de campos de final elocuente donde la peste devora ojos y deja bocas abiertas de horror y necesidad. Hombre formado que intenta explicar con la razón lo que es una simple cuestión de fe. Penurias que han mellado sus creencias hasta rechazarlas con virulencia, haciendo de él un alma en pena que vaga por los horizontes de su tierra natal con el cinismo como bandera y el escepticismo de viaje de vuelta. Sabe que la muerte está ahí, al otro lado del árbol, o un poco más allá, a lo lejos, en esa llanura de verde y negro. Y ella es paciente e inútil porque tampoco tiene respuestas. Juan busca en la justicia una razón por la que vivir y la emplea con responsabilidad y sabiduría. Tanta que parece que defiende una razón de fe. Mira a los cómicos con benevolencia porque es buena gente que no hace mal, que solo pretende, a cambio de un pago ínfimo, entretener al alma en su espera, sacar al pensamiento de la desgracia, vencer al tiempo siempre renuente. Juan intenta vivir pero no sabe. Perdió en algún lugar del camino una causa por la que vivir.
Y así, uno tras otro, van cayendo los sellos del apocalipsis que todos debemos experimentar. Y no podía ser de otro modo viniendo de ese hombre, manantial de vida, espejo de deformidades, agua de profundidades ignotas de creencias y vivencias que se llamó Ingmar Bergman.


martes, 20 de junio de 2017

EL DIARIO DE NOA (2004), de Nick Cassavettes

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Los vikingos", de Richard Fleischer, podéis hacerlo aquí.

La orografía de la mente es tan escarpada, tan abrupta, tan inútil, que detrás de cada colina puede permanecer el olvido. Instalado como un visitante ingrato, va borrando todos los recuerdos uno a uno. Pero no tiene en cuenta que lo último que pasa al blanco de la memoria son las sensaciones. La sensación de un primer encuentro, de una primera locura, de un primer beso, de la primera vez que se hizo el amor, de ese inigualable momento en el que uno se cree en la cima de la felicidad porque se está con quien realmente se quiere, con quien sabes que nunca te fallará, con quien deseas pasar el resto de su vida en una interminable historia de amor. La mente luchará por borrar eso también y es posible que llegue a conseguirlo en una última noche de tranquilidad y sosiego pero es lo que más le costará. Quizá eso sea la prueba definitiva de que el amor, el auténtico, el de verdad, puede ser eterno.
Entre medias, habrá que esconder en los pliegues del recuerdo las turbulencias del sueño que nunca es fácil de alcanzar. El verano que parece que nunca acaba, la pasión que se desata como gotas de sudor cayendo en la cálida noche, la ira porque el dolor anuncia su llegada con la fuerza de la incomprensión y de las mutuas obligaciones, la sensación de que todo se difumina con los días, que llegan sin remedio y se van, llevándose consigo un pedacito de ternura. La guerra y la pérdida, que arrasan el resto de un corazón que trata de conservarse intacto para quien realmente lo merece, el cariño de los que te quieren, el futuro que se abre como una casa necesitada de reparaciones desde el tejado hasta la entrada. Todo ello descubre formas de luchar en silencio, con una espera ingrata que siempre trae dudas y preguntas sin respuesta. O, tal vez, sí la tienen y no se quieren ver porque la emoción nos desnuda y nos despelleja con la violencia de un adiós. Amor que no acaba ni siquiera cuando la razón abandona. Amor que perdura más allá de la oscuridad de las palabras que pasan de largo sin llegar a agarrarlas…

En el rostro juvenil de Ryan Gosling se puede apreciar el castigo del tiempo con la madurez de James Garner. En la sonrisa luminosa de Rachel McAdams se adivina la maravillosa actriz que es Gena Rowlands. Y todos nos sumergimos en la seguridad de unos protagonistas que luchan por lo que quieren pero que, en todo momento, se saben amados, poseedores de un don que solo la muerte podrá romper. Nada se puede interponer entre unas líneas que recuerdan el nacimiento del amor de una vida y la maldita demencia senil que trata de arrasar a las personas, como si no hubieran dejado huella, como si todo ese inmenso cariño que vertieron se evaporase. Todo se resume en la noche, en una cama, en un último y sincero deseo de dormir bien para que, al día siguiente, el olvido vuelva a reinar en la mente en blanco. Quizá haya cinco minutos de lucidez…pero para quien ama con todas sus fuerzas, serán suficientes.

viernes, 16 de junio de 2017

LA TÍA TULA (1964), de Miguel Picazo

No todas las mujeres tienen la oportunidad de ser madres sin conocer varón. La desgracia vino de visita y le dejó un regalo a Tula. De repente, tiene que hacerse cargo de tres criaturas desamparadas. Sí, porque el marido de su hermana Rosa, Ramiro, es un niño más. Y ella se afana en que todo esté listo y a punto para esos tres regalos. Ramiro, de momento, accede a ese trato porque, en el fondo, está el dolor y los niños son lo primero. No tienen que sentir la ausencia de su madre y Tula lo hace realmente bien. Pero Ramiro es un hombre… ¿Qué, si no? Y Tula es una mujer joven y atractiva que lleva adelante la casa y se ha convertido en una segunda madre para sus sobrinos. La necesidad avanza y Ramiro cree que Tula es la mujer ideal para ocupar el puesto de Rosa. Pero tiene un problema. Tula es santa, Tula es beata, Tula es seguidora fiel de la moralidad a la que pone por encima de esa molesta sensación que puede ser el deseo sexual. Ella se entrega a la oración, a la apariencia de honestidad, a la memoria de su hermana, porque eso es lo que mandan los cánones. Y no se va a entregar a Ramiro por mucho que él sea padre de esos dos niños que tanto necesitan una familia. Hay que guardar el debido luto, hay que estar por encima de la carne y más aún del amor. Eso son emociones que no hacen sino desnudar el alma humana y el alma pertenece a Dios. Tula, corre, rápido, porque vas a perder el tren.

Así se forma un hogar en el que la felicidad parece algo cogida por los pelos. Ramiro y los niños están viviendo bajo el mismo techo que la tía Tula. Y la gente no tardará en hundirse en maledicencias. Un hombre joven, algo soso y sin enjundia, pero aún atractivo y una mujer elegante, con clase, virgen pero muy deseable, tienen que terminar entendiéndose. Ramiro es débil, además de hombre, y los veranos llegan con sus calores asfixiantes, sus tardes entre sábanas y sombras frescas, sus músicas que recuerdan el aburrido estío de horas largas y planes cortos. Y allí, Tula, es donde perderás toda la oportunidad de seguir siendo madre. Dejarás que el destino pase a tu lado por atenerte a las estúpidas y retrógradas normas de una moralidad que, simplemente, no existe. Solo pertenece a una época que se empeña en agobiar la libertad y confundir en el gris devenir de unos días sin rastro de ilusión. Hasta habrá vergüenza en el deseo irreprimible de Ramiro solo porque ni siquiera hubo una mirada que lo pusiera a tu altura. Has perdido, Tula. Y lo has perdido todo.

jueves, 15 de junio de 2017

LA MOMIA (2017), de Alex Kurzman

La idea de la Universal de volver a revivir los monstruos a los que dieron vida allá por los años treinta no deja de ser una constatación más de la falta de ideas de la fábrica de sueños. La premisa de que el cazador se convierte en lo que persigue se torna en un derrape de proporciones apocalípticas teniendo en cuenta que no es fácil darle al conjunto un mínimo de coherencia por mucho que se cuente con Tom Cruise y con Russell Crowe como atractivos incontestables. El producto es descaradamente comercial y todo deja un regusto de retorcimiento que acaba por decepcionar sin paliativos. Ya no hay monstruos de fantasía. Los tenemos justo al lado.
No cabe duda de que tiene su aquél poner en juego a un héroe que no lo es tanto. Así se puede manipular su desarrollo a lo largo de la trama a conveniencia para que nada chirríe demasiado. Tanto es así que, a lo mejor, el héroe tiene más defectos que unas vendas mal puestas y que resulta, por otro lado, especialmente vulnerable porque el amor abre flancos débiles en las supuestas luchas titánicas. Más allá de eso, las sociedades secretas dirigidas por otros monstruos hacen que la cosa comience a tomar el tono de una burla un poco delirante y lo que parecía prometedor al principio, se torna en una película de acción sin mucha tensión, un par de sustos no demasiado conseguidos y un buen trabajo del equipo de efectos visuales. Para este viaje no hacían falta tantas alforjas.
Así que nos metemos de lleno en el terreno de las leyendas para que todo tenga una continuidad temporal sin entrar demasiado en disquisiciones sobre los personajes. Al fin y al cabo, todo el mundo conoce la historia del Doctor Jekyll que, intentando erradicar la maldad del ser humano, se convierte en el más malvado de todos. Las enigmáticas esculturas egipcias ponen el escenario adecuado en las consabidas tormentas de polvo y arena y un par de buenas escenas suben algo el listón sin llegar a amortizar el paso por taquilla. En pocos minutos, la película se habrá olvidado. Tanto como un sarcófago sumergido en una imposible piscina de mercurio.

Buena la partitura de Brian Tyler mientras van cayendo los golpes y el héroe resiste con estoica apostura. Los actores campan a sus anchas porque esto necesita muy poca dirección más allá de unas terribles frases para que todo sea mucho más misterioso e inquietante cuando, realmente, tiene muy poco de misterio y de inquietud. En algún momento, más vale ir pensando en echarse un buen sueño mientras la película inicia una cuesta abajo muy peligrosa que acaba por dejarla en algo menos que nada. Ni hay movimientos en la oscuridad, ni hay demasiadas ganas de asistir a segundas y terceras partes. La apuesta de la Universal es una muerte vendada, casi parcheada, muy mal cosida y peor realizada. Sobre todo porque hay algo que falta en la película por mucho que en el guión se hallen nombres tan ilustres como David Koepp o Christopher McQuarrie y es el talento. Ni siquiera es una buena película. Es solo un ensayo de un ensayo. En realidad, para eso, uno se envuelve en vendas y deja que transcurran los siglos sin leyendas ni nada parecido. Bastante tenemos con un buen puñado de Historia que está desapareciendo delante mismo de nuestros ojos. 

miércoles, 14 de junio de 2017

BAJO SOSPECHA (1982), de Robert Benton

La mente humana es algo tan difícil de desentrañar que, cuando se esconde bajo una seductora cabellera rubia, resulta imposible resolver los misterios. La fascinación se esconde en la ambigüedad y en el deseo y el paciente de un psiquiatra es asesinado. El asunto no pasaría de la macabra anécdota si no fuera porque el médico no está demasiado centrado. Acaba de pasar por un divorcio traumático y se ha trasladado a un apartamento que aún está sin las huellas de su estancia. Estanterías vacías, una solitaria mesa de despacho, la cocina tan ordenada que parece que no guarda sartenes…Una vida vacía que se ve incapaz de llenar. Y ahora, de improviso, un crimen cuya respuesta tiene que estar en la mente de su paciente, de la víctima. Repasa obsesivamente lo que le dijo en la consulta. Y siempre, al final de cada párrafo, hay un nombre de mujer. Alguien que sorbió sus comportamientos y condicionó sus intenciones. Tal vez porque esa misma mujer tiene algo que esconder. Tiene misterio, tiene encanto, no lo dice todo y en sus ojos hay una cierta sensación de desamparo. El psiquiatra no sabe hacia dónde encaminar sus pasos. Ni siquiera sabe cómo reconstruir su propia vida.
Los acontecimientos son una subasta que se venden al mejor postor. Un extraño sueco con cajas verdes, niñas diabólicas y miedos extraídos resulta ser la llave de muchas cosas aunque todo sea difuso, ilógico y, por supuesto, no deseado. Más que nada porque, en plena desorientación, el médico se enamora de esa mujer que ocupó los pensamientos de la víctima. Ve en ella una salida para su rumbo cercado. No quiere que ella sea la culpable aunque todo apunta a que sí, a que lo es. Y él no puede creerlo. No desea creerlo. Por eso, intenta profundizar en ella, descubrir lo que esconde, adivinar la verdad, besar sus labios llenos de tentaciones y ser lo único que vea en sus ojos huidizos. Ella está bajo sospecha y la muerte ronda en los alrededores de la noche.

Robert Benton dirigió este olvidado intento de homenaje a Alfred Hitchcock con Roy Scheider y Meryl Streep de protagonistas. En la película, aparecen muchas de las constantes del viejo maestro. Las alturas, las madres, las rubias, las apariencias, el falso culpable, los cuchillos, las subastas de arte e, incluso, una casa en Long Island, en Glen Cove, allí donde la muerte pisa los talones. El resultado es una obra con menos tensión, pero muy interesante, donde se da cita el equívoco y la naturalidad al narrar una historia sin aires impostados, sin forzar tuercas con tal de parecerse a Hitchcock. Benton hace su propia película de suspense sin poner demasiado énfasis. Y quizás eso hace que todo sea muy inquietante. Puede que el asesinato, al fin y al cabo, sea algo tan ordinario como una cena a la luz de las velas.