viernes, 22 de septiembre de 2017

EL CONTRATO DEL DIBUJANTE (1982), de Peter Greenaway

Un retrato de la alta suciedad dibujado por un tirano bajo contrato. En las cláusulas de ese acuerdo están la lujuria, la inquina, la soberbia, la vanidad y, desde luego, el dinero. Todo con tal de que ese tipo haga doce dibujos de una finca señorial de Inglaterra bajo sus condiciones. Criados fuera, prendas colocadas en lugares estratégicos para sugerir la posición de poder en la que está mientras dibuja, animales dispersados…todo con tal de que el arte se abra paso en una continua orgía de falsedad y fingimiento. Y es que en la aristocracia británica eso es algo que ha proliferado desde tiempos muy remotos. Todos elegantes, impecablemente bien vestidos, con las últimas novedades en pelucas traídas directamente desde París, con modales impecables pero hablando de bajezas morales, pasiones rastreras, degeneraciones privadas y apariencias deseadas. No hay nada debajo de esos pelucones ridículos. No hay nada más que la inteligencia que decide plasmar un dibujante en la inocente colección de doce esbozos de una finca entregada al más salvaje deseo. Los dominadores dominados. Y, por supuesto, la venganza no se hará esperar para que los dominadores sean otros. Incluso si lo único que hace falta es un asesinato lleno de vileza.
El dibujante se aprovecha aunque no más de lo que lo hacen los otros pretendidos aristócratas que pueblan la casa. Ellos pretenden heredar un título, coger unas tierras, disfrutar de unas mujeres a su capricho libertino. En el fondo, ese dibujante que resulta ser tan incómodo les quiere dar una lección y el profesor no sabe que se está jugando la vida a cada trazo. Cada línea está pensada, encuadrada en su sitio correspondiente, con una técnica impecable de observación y realización. El contrato debe cumplirse y, aunque es conveniente hacer correr el rumor y el disgusto, no deja de haber un cierto placer pecaminoso en todo ello. La conspiración no tardará en fraguarse con el jugo de unas granadas. Y el dibujante volverá para realizar una última obra maestra en la que solo él se dará cuenta del detalle que no está aunque esté. Incluso la observación resulta un juego de faldas levantadas y encajes libidinosos.

Peter Greenaway dirigió con la precisión de un dibujo una película que resulta enormemente turbia a pesar de sus hechuras elegantes, impolutas, llenas de verdes prados, vestuarios recargados y vidas cómodas. No deja de insultar a aquellos que se aprovechan para, luego, tramar una venganza que puede ser justa, según los ojos que miren. En eso, deja la palabra al espectador, que es el que tiene que decidir si la muerte es la recompensa adecuada a un contrato firmado con el consentimiento de ambas partes o si, por el contrario, la lección moral debería ser una losa que nadie está obligado a mover. Ustedes deciden. Cuidado con lo que firman.

jueves, 21 de septiembre de 2017

DETROIT (2017), de Kathryn Bigelow

El asfalto quemado en plena noche expira un aroma muy particular. No se sabe muy bien si procede de la tierra o del mismísimo infierno. Se derrite bajo el calor de hogueras de odio e incomprensión, alzadas contra el negro cielo de la noche en una ciudad que no entiende de convivencia. No importa quién comenzó. Cuando la violencia estalla, se diluyen las responsabilidades y quizá los disturbios fueron provocados por la policía represora en un principio, o, tal vez, fuera la gente de color que, cansada de la injusticia, se puso en pie para reclamar unos derechos básicos. Lo cierto es que la sangre corre, el alquitrán de las calles se vuelve líquido, la ciudad arde y el control se escapa.
Una noche, alguien comete una irresponsabilidad, una niñería disfrazada de rabia y entonces la tragedia se desata. Primero, el terror. Luego, la amenaza. Más tarde, la brutalidad física y moral. Por último, el asesinato. La ley del silencio debe imperar en una ciudad que se consume y la justicia se hace ciega, sorda y blanca. El atropello ya se ha cometido e influirá de tal manera en sus protagonistas que jamás volverán a recuperar sus vidas. Por el camino, habrá indiferencias, ojos ampliamente cerrados para eludir culpabilidades, intromisiones estúpidas y ese maldito sentimiento de autoridad basado únicamente en la fuerza. Y todo el mundo sabe que la idea es muy débil cuando se necesita de la fuerza para hacerla triunfar.
La oscuridad se hace eterna y la tensión es insoportable. No se respeta nada. Ni la libertad, ni la integridad, ni siquiera al soldado que ha regresado de la guerra y que debería estar más allá de la sospecha. Es más fácil creer en prejuicios que agarrar a la objetividad de las solapas y permanecer con la mirada fría. Se cerrarán las gargantas, incapaces de cantar para oídos que no merecen escuchar. Se sentirá la presión de la rabia porque la justicia se volverá de espaldas a pesar de las evidencias. Quizá sólo exista el consuelo de la honestidad y la obligación de seguir con la vida a pesar de todo.

La directora Kathryn Bigelow se decide por rodar los disturbios de Detroit del año 1967 en un estilo marcadamente documental, intentando cobrar vuelo y adoptar vista de pájaro, repartiendo culpabilidades en uno y otro lado. Quizá se detenga demasiado en lo que ocurrió en una sola noche y eso alarga la película con un leve toque de artificio, pero el vehículo es eficaz, brutal, sin concesiones, con una mirada hacia la consecución de los derechos civiles y otra a las consecuencias de los supervivientes de la matanza del Hotel Algiers perpetrada por la policía local. Vuelve a visitar, después de En tierra hostil y La noche más oscura, otra zona de guerra que dejó a toda una ciudad en llamas, rota y perpleja, intentando comprender cómo podía pasar todo aquello en pleno siglo XX. Su reparto es competente, con actores jóvenes que saben traspasar al público la angustia de unas horas interminables, la despiadada actitud de aquellos que pisoteaban vidas como si fueran colillas de cigarrillos y el insultante encogimiento de hombros de muchos que pudieron decir y prefirieron dar la espalda a la verdad. En el fondo, Bigelow da un toque muy serio a los fanatismos, siempre despreciables por su falta de razón; a las represiones violentas, maneras inútiles de poner fin a una situación inaguantable; y a todos aquellos que deciden apoyar lo injusto aún a sabiendas que lo es, porque esa es la última degradación de la propia condición humana.  

miércoles, 20 de septiembre de 2017

LOS FALSIFICADORES (2007), de Stefan Ruzowitzky

Ser el mejor en el arte de la falsificación en unos tiempos en que la legalidad es tan escurridiza como el concepto de raza, no deja de ser bastante peligroso. Los nazis lo sabían muy bien y ya se sabe. Primero vinieron a por los negros, y como yo no era negro…hasta que llega un momento en que le toca al delincuente más experimentado en materia de falsificaciones porque era judío y, por supuesto, vivía muy bien. Sin embargo, la maquinaria nazi no dejaba nunca de estar en movimiento. Se necesitaban divisas extranjeras y la banca miraba de reojo a esos extremistas que estaban adueñándose de media Europa con un imperio de terror y barbaridad. A alguien se le enciende una luz. Quizá se puede falsificar esa divisa y, así, de paso, se hunde la economía de los países que poseen esas divisas. Así que se coge al judío que, por aquellas casualidades de la vida, era el mejor falsificador del mundo y que se ponga a fabricar libras y dólares. El Tercer Reich será rico y los demás países un poco más pobres. Al fulano y a todo su equipo de colaboradores se les dará una cama limpia y algo de comida extra en el campo de concentración de Sachsenhausen. Pero nada más. La presión sigue. El asesinato indiscriminado continúa. De repente, hacer lo que se ha hecho toda la vida constituye la delgada línea que separa la vida de la muerte.
Hay que pensar en todo. La tinta, el papel, la fotoimpresión, el tacto, la gelatina…y también el sabotaje. Porque, quizá, en todo hombre, aunque acepte su destino rastrero, hay una pequeña llama de libertad luchando por hacerse visible. Y no hay nada mejor que sabotear los planes de los asesinos haciendo que la plancha no salga, que el detalle sea determinante, que la falsificación no sea perfecta. Todo tiene sus riesgos y, en este caso, la vida de los compañeros será aún más delicada, pero hay ocasiones en las que hay que tomar partido, aunque eso ponga en peligro la propia supervivencia.
Lo cierto es que, a pesar del tremendo esfuerzo por hacer un trabajo limpio, pulcro y satisfactorio, todavía habrá quien se empeñe en humillar al ser inferior. Y la rabia también estará presente. La furia tiene que ahogarse. La defensa llama al corazón y ya solo se trata de seguir vivo al día siguiente. Una mesa de ping-pong como premio y parece que es un triunfo. Las justificaciones se multiplican incluso en aquellos que no quieren ver la realidad. En el fondo, hasta se puede llegar a creer que hay un trato humanitario en los campos de concentración. Ciegos, sordos, mudos, inútiles….hasta en la victoria hay que demostrar que el sufrimiento no es solo patrimonio de los que se morían de hambre. Cada uno lucha por sobrevivir como puede. Y si hay que falsificar moneda…es un precio muy pequeño.

Stefan Ruzowitzky dirigió esta película austríaca con pulso y ligereza, para avanzar en una historia apasionante de estafa y esperanza. Creyó que era posible que alguien, dentro de aquellos años para olvidar, quisiera servir al Tercer Reich y, al mismo tiempo, colaborar en su caída. Tarea nada fácil. Quizá solo reservada a los artistas.

lunes, 18 de septiembre de 2017

BIRD (1988), de Clint Eastwood

Si queréis escuchar lo que dijimos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla alrededor de las "Campanadas a medianoche", de Welles, podéis hacerlo aquí

El humo se eleva a través del aire negro, intentando atrapar las notas de un saxofón que no se puede describir. El dolor sostiene la partitura y los dedos dibujan la melodía que, a buen seguro, mañana será diferente. Charlie Parker se sumerge en su música como si, más allá de ella, no hubiera nada más que el abismo. Un enorme y oscuro precipicio con fondo blanco de drogas y alcohol. Nadie se arrojaría por ese precipicio salvo él. Tal vez porque allí abajo ya no hay dolor, solo una suave felicidad de un hombre que no existe. Ese hombre hace su música, vive como su música, hierve como su música y enriquece los corazones de los que la escuchan. Pero Charlie sabe que no es así. Para él, solo le queda el canto del pájaro que enmudecerá al amanecer, como un si bemol alargado de más, un acorde disonante que encaja o unas cuantas notas que, al parecer dispares, se convierten en un maravilloso cuento de jazz, pleno de elegancia y conquista, como si no tuviera ningún oído sobre el que posarse. Quizá esa fue la gran tragedia del mejor saxofonista que nunca pisó la Tierra. Se adelantó a su tiempo, hizo una música para la que nadie estaba preparado, renovó los cimientos del jazz y mientras tanto, él no estaba preparado para vivir.
Las lágrimas de los amigos se diluyen en los zapatos de charol sobre los que caen porque Charlie nunca llegará al final. Se quedará a mitad de camino, en una coda imposible suspendida en ese aire negro y turbio de los clubs, tratando de encontrar un sentido a todo lo que hace, buscando obsesivamente una nueva frontera que traspasar. Ya es tarde, Charlie, tu dolor no cesa y ya nada puede atenuarlo. Ni el amor, ni la música, ni la heroína, ni tres botellas de whisky. Sólo tú delante de la desgracia, regalando felicidad, pero incapaz de disfrutarla. Tu descanso ya es una aguja en el brazo, tu cielo ya es la seguridad de no encajar con quien amas, tu horizonte es una última carcajada perdida en una noche de tormenta. Now´s the time, Bird. Llegó tu platillo al suelo para echarte del escenario. Nunca supiste controlar que nadie te quiso por lo que te convertiste y no por lo que realmente eras. El jazz perdió sus alas. Tú perdiste todo.

Bird es una maravillosa e impresionante película sobre el gran saxofonista Charlie Parker dirigida por Clint Eastwood con una enorme sensibilidad en la sordidez y un placentero disfrute para todos los amantes del jazz. A su lado, tiene la impagable complicidad de Forest Whitaker en el papel principal, creíble de principio a fin, introducido en las melodías del gran genio como si fuera él mismo quien las interpreta. Y mientras tanto, los espectadores, lloramos porque el dolor del protagonista, en cierta manera, es nuestro propio dolor. Es ése que nunca se apaga, que nunca deja de gritar, que nunca deja de agarrar nuestro estómago para recordarnos que está ahí, dispuesta a arrasar todo lo que nos queda como seres humanos. 

viernes, 15 de septiembre de 2017

CITA A CIEGAS (1987), de Blake Edwards

Es difícil explicar lo que se siente cuando se acude a una cita a ciegas. Estás obligado a ir con alguien a una cena muy importante y un amigo te proporciona a la chica en cuestión. En tu cabeza pasan miles de imágenes, pero siempre se tiende a pensar en lo peor. Alguna solterona sin clase, pasada de kilos, con la boca de un carretero y la dentadura manchada de carmín, seguro. Y ese seguro lo que esconde realmente es una gran inseguridad. Sin embargo, llega el momento y resulta que la chica es deslumbrante, tiene clase, es muy atractiva, tiene sentido del humor y te impulsa a tener algún detalle con ella para que tú también le parezcas atractivo. Puede que, incluso, la noche sea muy agradable. ¡Guau!
Lo peor de todo es cuando te das cuenta de que la chica tiene un defecto. Tu amigo ya te lo había advertido, pero no puede ser. Nadie pierde tanto el control cuando bebe. Eso es una leyenda urbana. Y menos cuando todo se reduce a una copita por aquí y otra por allá. Sí, la noche va a ser inolvidable. Por culpa del líquido, ácido y agresivo elemento resulta que a la chica se le va la chaveta y, de repente, pierdes el trabajo, la dignidad, el coche y hasta la camisa. Puede parecer increíble pero así es. Y, sin embargo, ella es tan atractiva… ¡guau!
Pasados unos días te das cuenta de que, a pesar de que la desgracia ha sido muy difícil de digerir, nunca has pasado una noche como aquélla. Fue todo una diversión que te hizo sufrir, pero una auténtica juerga. Si la vida con ella fuera tan trepidante, no habría sitio para el aburrimiento. Así que hay que luchar, amigo. Aunque el precio sea caer desde un segundo piso, enfrentarte a su ex – novio o provocar una auténtica guerra en un jardín idealmente burgués. ¿Y así de lejos puede llegar una cita a ciegas? Y estoy seguro de que aún las ha habido peores. Aunque quizá no tan divertidas. Guau.

Blake Edwards puso en juego toda la comicidad de la que era capaz para narrar una historia de amor a primera vista a pesar de ser una cita a ciegas. Confirmó que Kim Basinger podía ser una excelente actriz de comedia y ofreció el primer papel estelar a Bruce Willis. Con estos mimbres, Edwards hizo una de las mejores screwball comedies del cine moderno en la que las carcajadas se unían implacablemente con la piedad que sientes por ese hombre inmerso en la vorágine de lo socialmente establecido que tiene que romper todas las reglas si quiere conseguir a la mujer que le ha sorbido el seso desde el principio. Divertida y salvaje, la película no se para en ofrecer una comedieta amable e intrascendente, ni tampoco en despreciar al respetable con una serie de situaciones tontas, pretendidamente graciosas, para pergeñar una película comercial más de taquilla fácil y paso rápido por la cartelera. Cita a ciegas es fresca, brillante, oportuna, con detalles que delatan el pulso de un maestro de la comedia que sabe dirigir a sus actores y los coloca en situaciones desternillantes basadas en la desgracia. Quizá para intentar trasladarnos que todo depende del ángulo con el que lo mires. Mientras tanto, procuren no beber alcohol…y, por favor, que maten al perro.

jueves, 14 de septiembre de 2017

IT (2017), de Andrés Muschietti

En plena infancia, los miedos aparecen sin previo aviso. Justo antes de esa edad crítica de la adolescencia, un niño comienza a hacerse preguntas que no tienen respuesta. El efecto se multiplica cuando algún trauma se esconde entre los pliegues de la inocencia y es entonces cuando los miedos se presentan con un rostro amable, casi como una vía de escape de esa sensación sempiterna de que la edad adulta no va a ser tan buena. A menudo, los niños se ríen de sus propios miedos. En otras ocasiones, les hacen frente. Las menos, sucumben a él.
Y es entonces cuando los miedos crecen a la vez que el cuerpo se desarrolla. Se retroalimenta a sí mismo con esos pánicos feroces que esos niños casi hombres experimentan casi sin darse cuenta. Y es posible que, cuando se intente dar marcha atrás y madurar con la serenidad como consigna, ya sea demasiado tarde.
Ese alimento del miedo puede hallarse en la tremenda bofetada de los abusos infantiles; en la pérdida de un hermano; en la sobreprotección exagerada de una madre; en el mero hecho de ser negro; o en la obesidad; o en tantas razones como se nos puedan ocurrir. Todos estos hechos van minando las aristas de la razón hasta convertirla en algo minúsculo, amedrentado, inútil y vacío. Puede ser que, por ello, un pueblecito cualquiera en el estado de Maine sea una auténtica madriguera de frustraciones.
Sin embargo, el miedo se olvida de algo. Cuando se odia al miedo, éste ya no tiene ningún sentido. Porque el odio también infunde fortaleza y a partir de ahí, el enfrentamiento está servido. El miedo está condenado a morir cuando hay odio en sus objetivos. Ya no hay incertidumbre ante cualquier rechazo. Solo las ganas de que el miedo acabe de una vez matándolo si es necesario.
No cabe duda de que la fértil imaginación de Stephen King se halla presente en esta película a través de un guión inteligentemente ensamblado a partir de su novela homónima. Se suprimen algunas cosas, se modifican otras, pero el espíritu con el que King escribió su relato más terrorífico se halla presente en todas y cada una de las escenas. Buen trabajo de Andrés Muschietti porque no permite que la película caiga en altibajos y el sentimiento de inquietud permanece durante toda la cinta, con maravillosos momentos de ingenuo humor. Pronto aparecerá esa segunda parte que explica por qué en la edad adulta vuelven a aparecer los miedos de la niñez. Mientras tanto, habrá que seguir sonriendo al payaso.

Y así, vidas que, en principio, seguían el curso normal con la crueldad de la existencia incluida, se convierten en una pandilla de perdedores que solo se sienten del lado de los mejores cuando están juntos. ¿Cuántas veces habremos sentido eso mismo en nuestra niñez? ¿Cuántas veces nos escondimos debajo de la sábana porque habíamos escuchado el lento y quejumbroso murmullo de una puerta abriéndose? ¿Cuántas veces nos hemos vuelto de lado en la cama porque nos estaban invadiendo pensamientos horribles? Yo les diré cuántas. Todas aquellas en las que nuestro payaso particular vino hasta la habitación para sonreír maliciosamente y decir aquello de: “Todos están flotando…tú también…”.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

JERRY LEWIS: EL CÓMICO DESENCAJADO


-. Jerry, dicen las malas lenguas que te llevabas mal con Dean Martin, tu pareja en tus primeras películas…
-. Bueno, sí, esteee…no le gustaban mis costillas y claro yo…mmmm…ffff….no sé qué decir…
-. Claro, tú querías dar el salto al protagonismo absoluto y no ser el comparsa del típico galán.
-. Sí, claro…essss…que Dean era el guapo y yo…yo…yo era el tonto. Y claro, a mí no me importaba ser el tonto, pero ya que hacía tanto el tonto…eeeehhh…pues que fuera el tonto protagonista.
-. Estuvísteis sin hablaros durante años.
-. Es que Dean…no quería deshacer la pareja y claro…discutimos. Algunos años después…gneeee…Frankie…ya sabes, Frank Sinatra, concertó un encuentro sorpresa entre Dino y yo en una actuación en directo y….bueno…ya sabes…nos dimos un abrazo y…esteee…las cosas no fueron como antes, pero, al menos, nos hablábamos y…
-. ¿Cuándo te separaste de Dino ya querías dirigir?
-. Sí…siempre lo tuve en mente…por pequeña que fuera…
-. Y empezaste con El botones
-. Me rondaba en la cabeza rendir un homenaje a…esteeeee…Stan Laurel, ya sabes. Y quería que participara en la película perooooo…estaba enfermo y tuve que improvisar…
-. Era una película de sketches, con algunas apariciones especiales…
-. Sí, hasta salía yo de aparición especial jejejejeje…
-. Después vino otra película estupenda tuya, que tiene un precioso gag
-. Sí, Un espía en Hollywood…es que siempre me ha gustado el jazz y oyendo una melodía de Count Basie….con esa energía…pensé que…parecía como una bronca de un jefe. E hice que la música hablara por mí.
-. Eso fue una genialidad, Jerry.
-. Gracias…estooo…eres muy amable.
-. ¿Tu mayor éxito fue El profesor chiflado?
-. Eeeeeehhh…creo que sí…ya sabes…Jeckyll y Hyde…Y Stella Stevens que estaba preciosa…
-. Tiene momentos memorables, sin duda. Después de actuar en películas ajenas que tuvieron mucho éxito como Lío en los grandes almacenes y Caso clínico en la clínica, suavizas un poco tu modo de actuar.
-. Sí, quise ser menos payaso y más actor, pero sin dejar de hacer gracia. Interpreté Boeing, Boeing, al lado de Tony Curtis y la maravillosa Thelma Ritter y dirigí una comedia con Janet Leigh titulada Tres en un sofá, funcionaron bastante bien, pero la gente parecía pedir que volviera el Jerry de siempre.
-. En ese momento, pareció iniciarse un bache en tu carrera.
-. Era una época en la que Hollywood cambiaba y había que plantearse algunas cosas. Fueron cuatro años de búsqueda.
-. Finalmente, vuelves a conectar con el público siendo el Jerry de siempre en El pescador pescado y en la estupenda ¿Dónde está el frente?
-. Sí…eeeeehhhh…sí. Con ¿Dónde está el frente?  se trataba de parodiar…ennngggg…ya sabes…las películas esas de comandos y tiros y misiones detrás de las líneas enemigas que tanto se habían puesto de moda en los sesenta…eeeeehhh…no sé si lo conseguí, peroooo…
-. En los setenta, te apartase un poco de los focos del cine…
-. Estoooo…síííí…ya sabes. Un hijo con parálisis cerebral y entonces…entonces se me ocurrió la idea de los Teletones. Era duro llevar un show durante veinticuatro horas…pero la gente era muy generosa y tuve…estooo…muchos amigos a mi lado…
-. Años después, recibiste el Oscar humanitario Jean Hersholt por esa labor…
-. Estooo…sí, todo un orgullo para mí…gne…gne…
-. En el 82 te descubriste como un excelente actor dramático con Martin Scorsese…
-. Sí…eeeehhh, nadie comprendió la película. No era la primera vez que intentaba hacer un drama, ya lo había tocado en un par de ocasiones…pero fue todo un fracas…eeehhh. Marty acababa de tener un gran éxito con Toro salvaje y me dije…ahí está la oportunidad que buscabas. Eeehhh, la gente no la entendió demasiado, pero…con sinceridad…creo que El rey de la comedia es una de mis mejores películas.
-. El loco mundo de Jerry es tu última incursión tras las cámaras.
-. Sí…luego solo me dediqué a actuar en películas ajenas. Era una buena película, pero no funcionó…estooo…demasiado bien.
-. Hasta probaste con Emir Kusturica en El sueño de Arizona.
-. Sí…no es fácil entender a Emir, pero fue divertido…la película no era un drama exactamente, era una tragicomedia. Casi, casi, casi, te diría que es la mejor película de Kusturica.
-. Jerry, puedes pasar. Aquí, en el cielo siempre hay un sitio para alguien que ha regalado tantas risas.
-. Gracias…eeeehhhh, no sé qué decir. Estoy abrumado…aquí traigo un paquete… ¿admiten rosquillas en el cielo? ¿quiere una? Ehhh…lo siento, no sé su nombre…
-. Llámame Pedro. En la segunda nube a mano izquierda, encontrará todo lo necesario para rodar su primera película aquí arriba. También necesitamos unas cuantas risas.
-. Oooooohhhh….gracias…gracias…

martes, 12 de septiembre de 2017

CAMPANADAS A MEDIANOCHE (1965), de Orson Welles

Si queréis escuchar el divertido coloquio que sostuvimos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla alrededor del "Ser o no ser", de Ernst Lubitsch, podéis hacerlo aquí.

Los rayos de luz que hieren las ventanas de palacio parecen buscar al joven príncipe Hal para bañarle con el sol de su grandeza. Es posible que sea ya un joven perdido para regir los destinos de Inglaterra o, tal vez, puede que lleve sobre su cabeza parte de la culpa de su padre que obtuvo el trono con usurpación y alevosía. Para evadirse de su conciencia, comparte su tiempo con un viejo tonel de vino y lujuria llamado Jack Falstaff. Para Hal, Falstaff es su padre, el hombre con el que comparte tontas chanzas, burlas a la sangre real, pequeños atracos cuyo botín dura solo una noche y mujeres que saltan de cama en cama esperando el siguiente chelín. Sin embargo, hay algo más en todo ello. Falstaff, a través del juego y de la mentira, le enseña a Hal cuál es el destino que le espera, rodeado de falsedades, de falaces hombres que solo alabarán su realeza mientras conspirarán contra él, de amores mendaces y frugales, de amigos que le clavarán un puñal en la espalda en la primera oportunidad. Falstaff le enseña a Hal cuál será su reino y, por el otro lado, de qué se tendrá que preocupar.
El único error del viejo y gordo Falstaff es que esperará una recompensa que siempre le será negada. Él no puede ser el amigo para todo de un rey, ni su consejero más leal, ni el más cercano de sus súbditos. Falstaff está condenado a morir repudiado, con el cariño negado y en fuga, en un simple y viejo ataúd de madera que atravesará los campos yermos de su ilusión en busca de la siguiente correría de pícaro. Juntos oyeron las campanadas a medianoche, pero nunca podrán escuchar el canto del gallo.
Los excesos se pagan y Jack Falstaff pone la mano allí donde hay dinero, huye en la refriega más vital, se revuelca en el lecho con la mejor de las prostitutas y olvida su lugar en el mundo. No es más que una figura ridícula que trata de aparentar una falsa hidalguía que jamás tuvo. Trata de aparecer como el más inteligente de los hombres cuando, en realidad, tiene que luchar todos los días por tener un puñado de monedas en el bolsillo e hincharse de vino. Pero llora de amor por quien más quiere, y acepta la humillación pública que le infringe un rey, porque él sabe que es de esas personas que tienen que ser humilladas…aunque solo sea para demostrar que Hal, su Hal, es el mejor rey.

Orson…cuánto debiste querer nuestra tierra para convertir los áridos campos de Castilla en los verdes prados de Inglaterra, cuánto debiste amar a Shakespeare como para traerlo hasta España y realizar una película tan hermosa sin dinero y sin tiempo. Las cosas que has visto…

viernes, 8 de septiembre de 2017

JEANNE MOREAU: LA CHICA QUE NUNCA SE NOMBRÓ




Aún resuena alrededor de mi cabeza tu voz profunda, algo arrastrada, con una sombra de alcohol apasionado y de dolor suave. No puedo quitarme del pensamiento tu mirada, siempre profunda, como queriendo realizar una pregunta que nunca llega a formularse. Tus labios eran rotundos, como una invitación que oscilaba entre el beso y la ferocidad. Jeanne, Jeanne, espérame en el cadalso, amor mío.
Me dejaste sin aliento cuando apareces, breve y contundente, en No toquéis la pasta, de Jacques Becker, porque sabías que tus apariciones tenían que ser definitivas. Jean Gabin andaba por allí siendo el dueño de la función, pero detrás, en un momento glorioso, aparecías tú y Gabin dejaba de ser Gabin y Moreau comenzaba a ser Moreau. Tanto es así que cuando te hiciste cuerpo y carne en aquella Florence de Ascensor para el cadalso, me di cuenta de lo estrecho que puede llegar a ser un elevador mientras tú esperas fuera muriendo de amor y de angustia. Louis Malle te conoció bien y supo ver en ti el ángel que había detrás de tu demonio. Y tú voz diciendo adiós por teléfono…no se me quita, Jeanne, no se me quita.
Y aún menos se me van tus susurros en Los amantes, también con Malle. No solo eras misteriosa, sugerente, dramática, intensa, tremenda y avasallante. También eras sensual, dulce, transparente, ingeniosa, única, blanca, suave, cielo. Conseguiste que todos sintiéramos envidia de Brahms acariciando tus oídos mientras te debatías entre el aburrimiento y la pasión de dos hombres que no te merecían. Tanto es así que te echaste en los brazos de François Truffaut y de su Jules y Jim y a ti no te nombraban, Jeanne, porque eras el eje que sostenía la vida de otros dos tipos que no eran nada sin ti. Eras la alegría de vivir para ellos, la imprevisible verdad del momento siguiente, la increíble satisfacción de amar y ser amado en un triángulo que acabó perdiendo su hipotenusa. Y François te tenía en sus brazos tan agarrada que te vigilaba de cerca mientras te ibas con Losey a rodar el más fascinante retrato de la maldad femenina en Eva, o con Welles para confundir al pobre Josef K. en El proceso, o a volver con Malle para El fuego fatuo, o para cederte al maestro Buñuel de Diario de una camarera, o para largarte con los americanos y ser el contrapunto de Burt Lancaster en la maravillosa El tren, o competir y derrotar a una rival de peso como Brigitte Bardot en Viva María. Te tuvo una vez más, eso sí, para decirte cuánto te quería por última vez en La novia vestía de negro y hacer de ti una heroína digna de Hitchcock desde el extremo de nuestros sueños.
Y es que eras una mujer innombrable, inenarrable, impensable. Orson Welles lo supo muy bien cuando hizo que te convirtieras en la protagonista de esa historia que no se podía contar porque, si no, la historia moría en Una historia inmortal mientras Chinchón se convertía en un puerto de mar. Volvías loco a Alain Delon en El otro señor Klein mientras te casabas y te divorciabas de William Friedkin e, incluso, probaste suerte tras la cámara con esa pequeña delicia que es Lumiére. Kazan te reclamó para El último magnate y Fassbender para Querelle. Wenders te hizo lucir las arrugas como las mismas huellas del cine en Hasta el fin del mundo y ya, cuando la edad había hecho presa en ti y tu mirada se volvió menos profunda, pusiste voz a Marguerite Duras para la versión que se hizo en cine con Jane March de su novela El amante, de Jean Jacques Annaud.
Sí, ya sé que trabajaste con Antonioni un par de veces y que te sentías orgullosa de ello. Tal vez por eso tu voz era tan profundo y tu nombre fue pronunciado pocas veces, pero había algo en ti, algo duro e intensamente inasible después de ver cada una de tus películas. Era como una airada bocanada de humo que te venía hacia la cara mientras decías “¿Y ahora qué?”.

No, no te puedes ir. Hoy estás en mis letras. Ya para siempre has cogido el ascensor. Jeanne…yo nunca dejaré de nombrarte.

jueves, 7 de septiembre de 2017

LA NIEBLA Y LA DONCELLA (2017), de Andrés Koppel

Llevar a cabo una investigación puede ser algo parecido a intentar horadar la tierra hasta que a tu alrededor no queden más que barrancos abruptos donde se esconde la niebla de lo desconocido. Te puedes encontrar con abismos a los que es difícil asomarse; laderas impracticables; desfiladeros tan estrechos que, en ellos, no cabe la moral; rastrojos que tratan de enredarse tercamente en cada uno de tus pasos. El mal se puede hallar en cualquier recoveco de la orografía. E, incluso, puede estar más cerca de lo que uno es capaz de pensar.
Un oscuro crimen sin resolver es siempre un problema que trata de escabullirse entre los dedos del tiempo. El mar mece sus aguas, como esperando alguna respuesta convincente y sólo queda la inteligencia como única arma con la que moverse por las sinuosas carreteras de una isla repleta de lobos con piel de árbol. El viento susurra el nombre de los culpables y lo único que resulta necesario es escuchar en la dirección correcta. Cuidado, guardias, la maldad se mueve. Y se mueve tan sigilosamente como la noche y lo envuelve todo en el silencio que emana de la impenetrable niebla.
Hay que prestar atención a los detalles y tratar de arrebatar la máscara a todos porque, al fin y al cabo, el mundo entero tiene que esconder algo. Hasta el más honesto y profesional de los guardias civiles puede avergonzarse de picar en la trampa más vieja de la carne. Y hay que preguntar lo que no se debe, y enseñar lo que no se siente, y ser presa de la vieja ira porque todos los engaños se presentan sin previo aviso. A sus órdenes, mi sargento… ¿desea alguna cosa más?
No cabe duda de que la serie de novelas dedicadas a los guardias civiles Vila y Chamorro, nacida del ingenio de Lorenzo Silva, merece el mayor de los cuidados en su adaptación al cine. Sobre todo si se tiene en cuenta que todos los que se han acercado a sus certeras letras han formado una imagen propia de ambos personajes. Aura Garrido consigue atrapar a Chamorro en su interpretación, con esos ojos que hablan y esa seriedad que, sin duda, tiene la Cabo. El problema está en Quim Gutiérrez que parece estar buscando su Vila a lo largo de toda la película y lo consigue solamente en un par de escenas. Su investigador de la UCO está lleno de dudas evidentes y carece de peso, algo fundamental en un personaje que renuncia a poseerlo pero que, cuando la ocasión lo requiere, lo utiliza sabiamente. La adaptación de Andrés Koppel es correcta, con la virtud del dinamismo, pero con el defecto de dar algunas cosas por supuestas con la esperanza de que el público haya pasado previamente por las novelas de Silva. Hay secuencias aéreas magníficas y otras, relativamente sencillas, resultan muy forzadas, como si Koppel, en su faceta de director, se hubiera olvidado de guiar un poco a los actores por los intrincados acantilados de la isla de La Gomera, donde transcurre la acción. Y siempre, en todo momento, se nota el esfuerzo, la ilusión y las ganas de hacerlo bien, algo que, no obstante, no basta.

No es fácil seguir el sendero de tantas voluntades que parecen tener interés en resolver un crimen sin culpable. La memoria suele ser escasa cuando la sangre es abundante y puede que se remueva demasiada basura para que se saque algo en limpio. Lo cierto es que nada es lo que parece y los hechos se diluyen como imágenes en el dolor. El resentimiento es lo que mueve muchas de nuestras razones y los días se convierten en tortura por una felicidad que siempre se marcha demasiado pronto. En La Gomera, allí, donde la niebla se acumula y los sueños se rompen, también hay lugar para el rencor, para un rayo de sol con sabor a selva, para una última vuelta de tuerca exigida por el deber. 

miércoles, 6 de septiembre de 2017

VERÓNICA (2017), de Paco Plaza

A veces, la vida ahoga con tanta fuerza que las frustraciones comienzan a ser letras ignotas de una frase terrible. No se sabe de dónde vienen los golpes, de dónde proceden las obligaciones pesadas y terribles, por qué ha caído la desgracia en un hogar que, en principio, parecía ser normal y razonablemente feliz. La noche cae con sus largas garras de fantasía y las puertas se abren y se cierran misteriosamente, como si algo dentro de nosotros deseara que ocurriera algo, algo lleno de horror, algo definitivo. Es el juego de los muertos que empieza siempre cuando la sombra se derrama sobre el ánimo.
La rutina es ese fantasma que vemos todos los días, en todos nuestros actos, intentando que asumamos responsabilidades que no nos corresponden, solo porque, tal vez, es lo correcto, por mucho que no estemos preparados para ello. Las tonterías propias de la edad propician un escaqueo y una estúpida invocación finaliza con una boca grotescamente abierta, dejando escapar un último alarido que solo franquea el paso desde el infierno. Morir no es fácil cuando se desea. Y hay demasiados espectadores atentos al próximo movimiento del maldito tablero.
Hay que cuidar de tres niños, llevarlos al colegio, cumplir las obligaciones escolares, asistir a la decepción de la típica amiga que comienza a desviar su cariño. No nos damos cuenta y todo ello se confabula en una especie de conjuro que es evidente hasta para quien no puede ver. Los aburridos y repetitivos anuncios de la televisión cierran aún más el espacio para la huida y Dios no está, ni se le espera. Es posible que asista, divertido, al espectáculo del fracaso total. El miedo está ahí delante y nada de lo que es será.

Paco Plaza ha conseguido crear pánico a partir de una aciaga rutina para una chica que no puede soñar porque tiene demasiadas barreras delante. El trabajo de Sandra Escacena como la adolescente que trata de hacer lo mejor en lo peor de su vida es excelente porque en ella se dan todas las contradicciones, todos los deseos, todas las visiones terribles de una realidad que se empeña en estrangularla. Y nosotros, pobres espectadores indefensos, nos removemos inquietos en la butaca porque no podemos avisarla de que el peligro está ahí, a su espalda, deseando agarrarla con desesperación y sin más salida que un día que nunca llega. Por ahí gritan unos héroes del silencio que claman por escapar hacia las estrellas y el verano se halla ahí, a la vuelta de la esquina, esperando el punto final de la tiza y la perspectiva de cerrar con más fuerza las cadenas invisibles que inmovilizan nuestros actos. Son las frustraciones, las decepciones, las derrotas diarias y los deseos incumplidos los que ponen a prueba nuestra resistencia. Y, a menudo, esos fantasmas se aparecen en las largas noches de sueño agitado para decirnos, una vez más, que no hay escapatoria, que el olor a fritanga continuará, que los desprecios se sucederán, que la presión no dejará de apretar hasta que no quede ni una sola gota de sangre. Verónica, Verónica, ven y sálvame o mis propios diablos se me llevarán del rincón para convertirme en un problema más. Hazlo pronto, por favor, o la inspiración de vivir se pondrá en fuga en cuanto salga de aquí. 

martes, 5 de septiembre de 2017

DUNKERQUE (2017), de Christopher Nolan

El desastre de Dunkerque puede ser uno de los mejores ejemplos de la gloria en la derrota que tanto buscaron algunos cineastas como John Ford. La visión de cientos de miles de soldados varados en la playa, esperando un rescate que nunca llegaba porque su país prefería reservarse para otros empeños, es la decepción de todos aquellos que creían que había algo heroico en defender a tu país. Sin embargo, la misma población civil supo responder a la llamada para sacarles de allí. No pudieron evacuar a todos. No fue una heroicidad perfecta. Pero fue una enorme prueba de cuán lejos puede llegar una nación en aras de la supervivencia.
Así, Christopher Nolan demuestra, una vez más, que es un cineasta muy a tener en cuenta. Despliega sabiduría técnica apoyándose en un sonido extraordinario, haciendo que los ruidos de los aviones, de las bombas y de los mismos disparos aislados suenen casi en el interior de cada espectador. Estructura la película con inteligencia, fragmentando las distintas historias que confluyen espectacularmente al final con alardes de montaje como bombardeos repetidos y vistos desde diferentes puntos de vista, alterando la continuidad del tiempo para dar una visión conjunta del espacio en el que se desarrollan los apasionantes acontecimientos. Visualmente resulta perfecto, con especial cuidado en las secuencias aéreas, soberbiamente rodadas y, salvo en una ocasión, sin croma, con acción real, como las auténticas películas de guerra. Y resulta impactante cuando quiere, dejando al público con el corazón en un puño sin necesidad de acudir a la casquería gratuita y, no por ello, dejando de ser realista.
Por si fuera poco, cuenta con un plantel de intérpretes competentes, con sus momentos de lucimiento a pesar de las cortas secuencias con las que tienen que lidiar. Soberbio Kenneth Branagh, dando peso y dramatismo a la evacuación por el espigón de la playa; maravillosamente maduro Mark Rylance, aportando mentalidad al heroísmo; valiente Tom Hardy, parapetado tras la mascarilla de piloto, que concentra en sus ojos su papel de piloto de caza. Actores jóvenes que aún tienen que hacerse un nombre se afanan en su cometido y el resultado es que el público, después de tener muy cerca esa acción por varios frentes, sale sencillamente impresionado de la exhibición del director.

Y es que no es fácil trasladar la angustia de la primera línea cuando lo que se espera es el transporte salvador que lleve de vuelta a casa a tantos soldados derrotados. El mar se encrespa y se vuelve caprichoso y el enemigo trata de causar el mayor número de bajas posibles. Solo así, con muchísima fuerza en las imágenes, se puede trasladar esa idea de que el más alto heroísmo, la hazaña más hermosa, es la supervivencia. Ahí quedan agobios terribles, bombardeos a traición y ejecutados con alevosía, errores escondidos en las panzas de las embarcaciones…Dunkerque fue un auténtico fiasco militar…pero fue la primera lección para un país que tuvo que aprender a sobrevivir a marchas forzadas para tener conciencia de que ése era el primer paso para la victoria. Por supuesto, con mucho dolor, mucha sangre derramada, mucho nervio arrasado y mucho atasco en el razonamiento, pero con grandes dosis de valor, de arrojo, de decisión y de conseguir, por encima de todo, continuar respirando un minuto más. 

viernes, 21 de julio de 2017

DULCE LIBERTAD (1986), de Alan Alda

Ya llegó el momento de que todo el mundo esté deseando darse un chapuzón y desafiar alguna de las tres reglas que se detallan en este artículo, así que vamos a cerrar el blog hasta el martes 5 de septiembre. Mientras tanto, disfrutad de vuestra dulce libertad y no dejéis de ir al cine para ser un poco más librepensadores. Gracias a todos y cada uno de los que habéis entrado aquí para leer algo. Un beso para ellas y un abrazo para ellos.

Regla número uno: Desafío a la autoridad.
Es lo que pone en práctica la gente del cine cuando rueda una película. Y si para ello hace falta despreciar a la Historia, pues se hace sin ningún problema. El público medio de una sala de cine tiene entre doce y veintidós años y cualquier desafío a la autoridad le chifla porque es una de las reglas básicas de la rebeldía natural de la juventud. Claro que no es fácil hacerlo cuando el autor de un libro histórico sobre la ocupación inglesa en tiempos de la revolución americana anda por ahí intentando conspirar contra la producción. Ah, pero el todopoderoso cine se empeña y entonces hay poco que hacer. Solo queda introducirse en los vericuetos del mismo rodaje y poner en práctica la misma regla. Desafiar a la autoridad. Luego el montaje hará milagros y las secuencias espectaculares quedarán relegadas a segundo plano para que, mientras tanto, el actor protagonista intente ligarse a todo lo que lleve faldas; la actriz principal, seguidora acérrima del método Stanislavsky, intente todo para meterse en la piel de su personaje; y el director dirija el asunto como quien hace una película de dibujos animados. Cambiarán la Historia pero no cambiarán la mentalidad.
Regla número dos: Destrucción de la propiedad.
Regla imprescindible si se quiere conseguir que la gente vaya al cine y pase por taquilla. Como no haya explosiones, batallas, muertes, sangre, ensañamiento, crueldad y aventura a raudales, la película pasará al olvido con la facilidad con la que se bebe una botella de bourbon. Y eso, al escritor le enfurece porque sí hubo batallas, y crueldad, y aventura pero ocurrió en un prado, marchando en líneas que se iban quebrando según se escapaba la vida de los soldados, pero esto no es una comedia. Esto pasó de verdad. Y el heroísmo fue evidente. Ya tiene que venir el director palomitero a decir que aquello fue una ridiculez, que hay que hacer a la gente correr de un lado a otro como gallinas en un corral. El guionista se ha prestado al juego pero, consciente de su inferioridad, quiere ajustar un poco sus líneas para dejar algo de verdad en todo el montaje. Y así es como estalla una rebelión popular en contra de la mentira que vende el cine. Esta vez, doscientos años después, se trata de luchar por la dulce libertad de la vida real. Y que el actor protagonista, ese maldito inglés que tiene la moral a la altura de sus botas de caña, baje del helicóptero que está destruyendo la propiedad. ¿O eso es digno de admirar?
Regla número tres: Empelotarse.
Sexo, sexo, sexo. Tiene que haber sexo aquí y sexo allí para que el espectador se vaya calentito. Al actor protagonista no le hace falta, que ya se empelota él solo con la primera que se ponga por delante. Sí, incluso con la actriz amante del método Stanislavsky. Traición se paga con traición. Mientras tanto, el escritor trata de contener la oleada de lujuria que representa el cine e intenta, un tanto infructuosamente, que su vida tenga un cierto orden. El actor protagonista…no….la actriz principal…no, tampoco…el loco del guionista…ése aún menos. Esto es una locura. Mejor empelotarse y dejar que la historia, la del rodaje, sea memorable. Y que las cámaras lo graben. La producción pagó por el libro y eso ya invalida las pretensiones del prestigio. Y de paso, una madre que está como un cencerro intentando rememorar un viejo amor de juventud que ni es amor, ni es juventud. Dulce libertad.

Olvidada película dirigida e interpretada por Alan Alda, rodeado de un magnífico elenco de intérpretes que incluía a Michael Caine, Michelle Pfeiffer, Lillian Gish y Bob Hoskins…solo para decir que las cosas en el cine nunca son como las imaginamos.

jueves, 20 de julio de 2017

SU MEJOR HISTORIA (2017), de Lone Scherfig

Cuando crees que la ficción ha llegado a su punto más álgido, también llamado emoción, te das cuenta de que la vida es la que realmente domina todo y que se puede encontrar esa emoción en cualquier rincón, en cualquier mirada, en cualquier reproche, en cualquier palabra dicha a tiempo. Es difícil llegar a esa conclusión porque, al fin y al cabo, la vida manda y es posible que lo que más deseas nunca llegue a ser tuyo. Por una razón o por otra. Aunque, quizá, lo más probable es que sea el destino.
En cualquier caso, cuando solo se ven fealdades y desgracias, la gente solo quiere un rato de evasión que sea capaz de recordarles que la vida puede ser mejor, más ideal, más épica, más útil. Uno no se puede rodear solo de bombardeos, muertes sin sentido, accidentes estúpidos o desengaños nacidos de la debilidad. Hay que soñar que se es fuerte, que hay heroísmo en cada uno de los actos que se realizan, que, a pesar de todo, hay hermosura en esa maldición, en ese acto aislado, en ese momento de intimidad en el que alguien susurra con la mirada palabras que nunca deben ser dichas. Es el cine. Es la realidad.
Y en medio de todo ello, una chica trata de luchar y de salir adelante en un oficio dominado por hombres. Y demuestra que vale más que cualquiera de ellos en cualquier situación. Al lado de un tipo que atempera su carácter a la luz de la luna, o dando indicaciones certeras a un viejo actor que ya está de vuelta y que, cada vez, encuentra menos estímulos en seguir adelante, o demostrando que la razón está por encima de todo a algunas miradas escépticas. La verdad está ahí delante, en papeles en blanco deseando ser mancillados con las palabras tornadas en discursos, con las frases de rutina extraídas hacia el heroísmo, con la certeza de que todos, alguna vez, hemos hecho algo digno de mención. Y si no, que se lo pregunten a las lágrimas.
Lone Scherfig ya dio muestras de su enorme talento de mujer en An education presentándonos a Carey Mulligan como una actriz capaz de sacar adelante cualquier papel. Aquí, vuelve a dar en la diana con esta recreación del cine británico en medio de la Segunda Guerra Mundial y acariciando con la cámara este retrato de mujer valiente, sensible y con talento, que, rodeada de toda la farándula, destaca por derecho propio sabiendo lo que desea el público. Nada fácil para una guionista que trabaja por dos libras y media a la semana. Nada fácil para una mujer.

Gemma Arterton consigue sacar adelante un papel complejo para un personaje que funciona maravillosamente bien como hilo conductor entre la tragedia y la comedia mientras que Bill Nighy resulta creíble como ese actor de gloria pasada y futuro marchito que trata de aprovechar sus últimas oportunidades para estar un minuto más en la cima. La película es inteligente, está bien engrasada en sus oscilaciones y se mueve con habilidad entre la ambientación de los años cuarenta y la espléndida banda sonora de Rachel Portman. Así que desempolven sus emociones y vuelvan al cine, al más auténtico, al más gozoso. Una chica nos lo trae con las hojas bien mecanografiadas y la cámara sobria que merece la ocasión. Es buen gusto por los cuatro costados. 

miércoles, 19 de julio de 2017

EL HOMBRE DEL CORAZÓN DE HIERRO (2017), de Cédric Jiménez

No se puede pensar cuando la bota que te oprime es tan fuerte y tan sólida que es imposible de derribar. La sangre corre por las calles con una crueldad inusitada y todo reside en la política de represión de un solo hombre. Heydrich era el cerebro de Himmler y decidió acabar con todos los puntos de resistencia en Checoslovaquia para que nadie pudiese levantar un dedo contra el Reich alemán. En su mente fría y calculadora también se formó la solución final de los seis millones de muertos judíos. Ese hombre debía morir.
Y todo comienza porque Heydrich era un maldito inadaptado que resulta expulsado con deshonor de la Marina de guerra alemana. Su pérdida de rumbo encontró su tierra prometida en la cruz gamada y en la organización de los servicios de inteligencia del Partido Nacionalsocialista. Su mirada, fría como el hielo, alcanzó todos los ámbitos. Incluso el de su misma vida privada. Mientras tanto, al otro lado de la calle, un par de patriotas checos recibieron la misión de acabar con su vida para demostrar que los nazis no eran invencibles en los países ocupados. Era como si el miedo fuera desterrado porque no tenía nada que hacer entre esos contendientes.
Todo fue estudiado al milímetro. Una encerrona calculada para que el Protector de Bohemia y Moravia no pudiese salir vivo de su coche con chófer. Era el momento de que la muerte comenzase a dar órdenes y se llevase a todos con sufrimiento. Era el precio de tan alta osadía. Y, sin embargo, había algo en aquellos hombres. Algo así como el arrojo desmesurado, la valentía total, la certeza de que iban a morir ocurriese lo que ocurriese.
Basándose en la magistral novela de Laurent Binet Hhhh, Cédric Jiménez ha conseguido frustrar muchas de las expectativas que había sobre ella. Con una dirección inútil, a base de cámara al hombro, y movimientos estúpidos que pretenden colocar al espectador en la inmediatez del momento histórico, hay espacios en blanco en la narración, se prescinde del apasionante juego metaliterario que propone Binet en su novela con un guión plano y nada arriesgado que falla notablemente en su estructura y que, además, lo coloca en el desequilibrio flagrante. Hay un buen trabajo de Jason Clarke, que consigue traspasar la pantalla con esa mirada gélida, fanática, cruel sin pensar en ninguna consecuencia y que se lleva la mejor parte de la historia. Por otro lado, la trama conspirativa, con un voluntarioso Jack O´Connell, resulta floja, con algún que otro vacío incomprensible, sin épica, pero tratando de que haya mucha lírica que no está del todo ajustada. Todo confluye en una lastimosa sensación de que la película no funciona en su conjunto, lastrada por una dirección totalmente equivocada y por la evidente falta de talento.

Quedémonos con el heroísmo de esos tipos a los que no les importó poner en riesgo su vida con tal de asestar un golpe de efecto vital al nazismo. Al fin y al cabo, si un hombre posee un corazón de hierro es mucho mejor arrancárselo porque acaba por ser un órgano inútil. Lo único que hace falta es una fuerza de voluntad a prueba de bombas, de disparos, de torturas y de sueños rotos. Algo que le falta al director de esta película.

martes, 18 de julio de 2017

LA HORA FINAL (1959), de Stanley Kramer

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Amarcord", de Federico Fellini, podéis hacerlo aquí.

Los últimos momentos de la vida de la Humanidad. No importa quién apretó el botón para iniciar una guerra. Lo que importa es que nadie avisó de que la respuesta de defensa de una amenaza nuclear no se podía compensar fabricando más bombas. La guerra ya acabó y se llevó a la mayor parte de la población y dejó en el aire demasiadas partículas de radiación como para hacer la vida viable. Solo Australia está en niveles aceptables de supervivencia. Los hombres se obstinan en creer que aún hay esperanza. La Naturaleza es sabia y las lluvias, las nieves, las corrientes marinas y eólicas se encargarán de limpiar los residuos aéreos que se introducen en los cuerpos, los minan, los acaban, los exterminan. Pero no, la hora final de la Humanidad se acerca. No hay más esperanza que disfrutar un último amor, ganar una última carrera al filo del peligro, disfrutar del último llanto de un bebé, apurar una última copa con una fiel secretaria que, quedándose en el despacho, dice, una vez más, que ella nació para estar allí, al lado de su jefe. Es la Humanidad en la playa. Es dejarse arrastrar hacia las gotas que quedan dejando por el camino todas las aristas de la esperanza. Sí, porque son aristas, son leves virutas de madera que caen y que, de ninguna manera, son avances de árbol. Es todo lo contrario, son consecuencias de destrucción. Malos chistes de una existencia inútil, que no dejará más huella que su urbanismo desenfrenado y su memoria diluida en el tiempo. Hora final que solo dejará casas habitadas de cadáveres, personas que esperaron la muerte en la paz que el mundo negó. Y solo habrá tristeza en las despedidas, por mucho que hayan llegado por la vivencia de algo que mereció la pena.
El Comandante Towers aún habla en presente sobre su familia. No puede superar el horror. Y tiene miedo al amor en los últimos instantes. Moira es una mujer que, realmente, nunca probó el auténtico amor y está deseando probarlo. Considera que irse sin probarlo hace que su vida sea un desperdicio. El Teniente Holmes tiene que ahogar la felicidad por la que ha luchado y se rebela contra el destino. Julian Osborne debe cargar con la conciencia de haber contribuido a la destrucción y el fatalismo se ha adueñado de su ánimo. Vidas en su recta final. Y la meta no tiene ningún premio.

Quizá esta película confirmó realmente a Stanley Kramer como un director dispuesto a hurgar en las entrañas de la polémica para hacer pensar al público en sus responsabilidades y complejos, en sus traumas y, también, en sus esperanzas. No siempre lo consiguió con vigor pero consiguió colocar la trascendencia en una serie de preguntas que el hombre siempre se ha negado a contestar. Y hay que dar una respuesta, por mucho que el horror se ponga por delante justo cuando tenemos la felicidad al alcance de la mano.

viernes, 14 de julio de 2017

UN DETECTIVE CURIOSO (1975), de Peter Hyams

Un hombre camina por un callejón oscuro y sucio. Las luces parecen cansadas y el día muere con lentitud. El hombre va vestido de smoking, con un sombrero de ala ancha y una gabardina. Se para al lado de una cañería. Enciende un cigarrillo y algo nos dice que le conocemos. Es posible que sea Humphrey Bogart. No está aquí para contarnos una historia. Simplemente nos anuncia los títulos de crédito de la película que vamos a ver. Quizá porque sea una de esas historias que caminan en un difícil equilibrio entre la parodia y el homenaje. La sombra se adueña de la cara de Bogart, el día cae definitivamente y se nos presenta al detective protagonista.
Se trata de un inglés que emigró a Los Ángeles justo después de la guerra creyendo que el oficio de detective era como el de médico o el de abogado. Es un tipo no demasiado corriente en el oficio. Tiene su sombrero y su traje y también una pajarita en el cuello. Está casi en bancarrota y deja la puerta abierta de su despacho para ver si hay algo de suerte y entra la prosperidad y, posiblemente, ése es su mayor error: dejó la puerta abierta.
A partir de aquí se suceden las referencias a El sueño eterno, a Adiós, muñeca y a El halcón maltés. El inglés trata de encontrar a una niña que fue adoptada treinta años antes y no falta el asesino frío que tiene un pequeño defecto nervioso que se manifiesta en su cara llena de tics. La mujer fatal, equívoca y hermosa, se insinúa y se retira para, luego, volver a insinuarse. Los personajes tienen doble filo e, incluso, hasta triple, y Tucker, que así se llama el inglés, no deja de meterse en un lío tras otro. Su habla es afilada y es arrojado cuando la ocasión lo necesita. No le importa recibir un par de golpes si la recompensa es justa aunque no sea necesariamente dinero. Tiene que deshacer el entuerto y elegir porque el chantaje también es un personaje más. Al final, tendrá que convivir con el peligro pero…¡qué diablos! ¿No es lo que hacemos todos? Y la sensación que dejará en el público es de haber visto una película breve, agradable, amable, muy bien ambientada, con cierta clase y una primorosa fotografía negra. No es poco para tratarse de un detective de mala muerte que, a veces, pierde el hilo pero lo recupera con facilidad. Discúlpenle. Es inglés y no está muy acostumbrado.

La dirección de Peter Hyams resulta sobria y muy medida en una película que está totalmente olvidada. Tal vez porque, cuando se rodó, Polanski había estrenado Chinatown y el cine negro no era cosa de tomárselo a broma. Michael Caine y Natalie Wood juegan a verse, besarse, aborrecerse y encontrarse y se tiene la sensación de que, en realidad, los bajos fondos se hallan exclusivamente en medio de la clase más alta. La curiosidad tiene estas cosas. A veces, te encuentras con una sorpresa. Si es agradable o no, allá ustedes.

jueves, 13 de julio de 2017

DÍA DE PATRIOTAS (2017), de Peter Berg

Políticos a los que ni habría que mirar a la cara adoptan posturas comprensivas y tolerantes con el terrorismo amparándose en que, al fin y al cabo, siempre tiene una cierta justificación. Países que se convierten en paraísos del refugio terrorista porque esos chicos solo son personas que han optado por una solución no demasiado acertada. Vergüenzas que, con el relativismo, van tomando forma de verdad olvidando por completo que el terrorismo, sea cual sea, venga de donde venga, nunca está justificado. Y el que no lo ve, sencillamente, es un desalmado.
Tampoco tiene mucho sentido llamar a nadie desalmado cuando esos mismos elementos no creen en la existencia del alma. Son esos que, viendo la televisión informando sobre cualquier ataque terrorista, se quedan en el hecho en sí sin pensar que detrás hay víctimas mortales, con miembros cercenados, vidas que nunca volverán a ser las mismas, niños que yacen con su cuerpo inerte sin homenaje ni más lágrimas que las de su familia. Y aún así siguen diciendo que no, que el terrorismo no es tan malo, que los países occidentales somos los auténticos malvados y que les hemos empujado a ello. Ellos tienen una disculpa. Y así, con la gente que cree en lo que dicen, los terroristas empiezan a ganar.
Tal vez porque es cierto que el amor es la única respuesta ante la barbarie. Que si nos mostráramos indivisibles y unidos ante ellos, el desánimo se haría fuerte porque verían que no consiguen nada. Que si pusiéramos en marcha nuestro instinto solidario y tratáramos de ayudar con cariño y comprensión hacia las víctimas, sean cuales sean, tendrían todas las batallas perdidas. Pero el mensaje no llega. Las bombas explotan. Pies arrancados, piernas totalmente abiertas en canal, sangre manchando las calles, dedos, ojos, caras destrozadas…pero ellos se lo han buscado. Matar está justificado ¿no es así?

El 15 de abril de 2013, un atentado mató a tres personas en plena celebración de la Maratón de Boston y dejó tras de sí a cientos de heridos. La respuesta de las autoridades fue inmediata para detener a los malnacidos que perpetraron ese asesinato. La gente lo merece. Se pagan impuestos, se trabaja, se intenta mejorar cada día para que alguien se preocupe en el caso de que ocupen estas cosas. Y esta película habla de ello. Y lo hace con fuerza, con interés, en un relato apasionante muy cercano al docudrama, con una excelente dirección de Peter Berg, un buen trabajo de Mark Whalberg y un maravilloso apoyo secundario por parte de Kevin Bacon, John Goodman, J.K. Simmons y Michelle Monaghan, a pesar de la brevedad de sus apariciones. La trama es absorbente y real. Se llora. Se siente. Se pelea. Se pierde. Y también se gana. Alejado de panfletos patrióticos, la película apela al amor entre todos los que forman parte de una comunidad. Solo así se podrá derrotar a los que solo creen que ellos son los que sufren y que los demás merecemos una bomba en nuestra normalidad. Es una película de acción, de emoción y de amor profundo. Porque solo ese tipo de amor es el que es capaz de hacer que los afectados comiencen de nuevo, con empuje, con ánimo, con la certeza de que la razón es de las víctimas y no de sus verdugos. Y merece mucho la pena darse cuenta de todos los que trabajan para que así sea. Lo demás, es la falacia, el aprovechamiento y la insidia. Lo demás, simplemente, es mentira.

miércoles, 12 de julio de 2017

POR EL VALLE DE LAS SOMBRAS (1944), de Cecil B. de Mille

Las bombas caen mientras las heridas están cerrándose en un hospital de Java. Allí, al frente de todo, está el doctor Corydon Wassell, un hombre que se pasó la vida huyendo. Primero en Arkansas, donde ejercía como médico rural, por culpa de los cerdos. Después en China, donde trataba de investigar las propiedades curativas de un caracol de cola bífida, por culpa de una chica. Ahora tiene la oportunidad de huir, de coger un barco y salir de la ratonera en la que se ha convertido la isla ante la invasión de los japoneses y no lo va a hacer. No va a abandonar a los chicos heridos que no pueden andar. Se lo debe a sí mismo y quiere despejar, de una vez por todas, las dudas que se han cernido sobre él. Quiere curar. Desea curar. Y si tiene que sacrificarse escondiéndose en la isla o transportando a todos en medio de un convoy británico, lo hará sin pestañear. No, no es valiente. Es solo un médico.
Por el valle de las sombras, el doctor Wassell administra fármacos a sus muchachos incluyendo alguna dosis de optimismo, de esperanza y, por supuesto, de profesionalidad. Hace lo imposible para que esos chicos tengan una oportunidad de abandonar la isla de Java y curarse de sus heridas en casa, pero las retiradas son crueles, y no faltarán los héroes sin nombre que se quedarán por el camino tratando de luchar por la supervivencia. La perseverancia del doctor Wassell resulta un ejemplo en la hora de la derrota porque, incluso en los amargos días, puede haber alguien que gane. Se nota entre sus pacientes porque comienzan a mirarle con cariño, con ese aura entrañable que solo emanan los hombres que son verdaderamente grandes aunque la vida se ha empeñado en hacerlos pequeños. Quizá, lo que une de forma genuina al doctor Wassell con sus convalecientes marineros es que él, de alguna manera, también está herido, pero hará lo imposible por volverse a levantar.

Esta película puede que sea la mejor y también una de las más desconocidas de Cecil B. de Mille. Lejos de la espectacularidad que rodeó sus fantasías de proporciones bíblicas, de Mille articula una película de aventuras basándose en la historia verídica del doctor Wassell, comandante médico destacado en la isla de Java en el momento de la ocupación japonesa. Para ello contó con Gary Cooper en un papel en el que, se podría decir, se halla abrumadora y sorpresivamente cómodo. Más relajado que de costumbre, el actor nos traspasa eficazmente la humanidad que emana del personaje, capaz de derramar su sangre con tal de que la de los demás no se vierta y siempre bordeando la frontera del buen humor en medio del caos bélico que amenaza a toda la isla. Un gran trabajo de ambos que se convierte en una odisea envuelta en vendas y cloroformo, trepidante en algunos momentos, sencilla e íntima en otros pero siempre en el delicado equilibrio de unas muletas que ayudan a transportar los sueños de un puñado de hombres rebosantes de valor.

martes, 11 de julio de 2017

AMARCORD (1973), de Federico Fellini

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "La guerra de las galaxias (Episodio IV)", de George Lucas podéis hacerlo aquí

Los recuerdos se confunden a menudo con la imaginación. La fantasía se vuelve tan real como la memoria y todo se junta en una anécdota de infancia y juventud, como el inexorable transcurrir del tiempo entre la primavera y el invierno siguiente. El cura con sus cosas, papá que no aguanta, mamá que se vuelve loca, el tío diciendo que quiere una mujer, la verdad empapada de mentira, el hecho que le cuenta otro, la señora explosiva que levanta la admiración de todos los solteros, de los no tan solteros y de los púberes, el amor, dulce amor, que no es amor, el trasatlántico impresionante, el cine que no deja de vomitar sueños con su haz de luz, la vida pasa y todo estaba ahí. Aún con sus miserias, su tiempo sin libertad, su irreverencia inherente, su ilusión por las cosas mínimas…Recuerdos, todos recuerdos.
El hilo argumental parece que se deshilacha con facilidad pero Fellini nos va guiando por una de sus películas más personales para decir que él es como sus imágenes, que todo aquello que ocurrió y que no ocurrió, también le formó como persona y como cineasta. La boda en el paraje desolado, la batalla con bolas de nieve, el baile desencantado bajo la niebla, la imposible carrera de coches con Nuvolari y Campari como ases del volante. Nada de eso fue real y, sin embargo, es tan real que la memoria lo recuerda, el cineasta lo memoriza y el cine nos lo regala. La estanquera que no te deja respirar entre sus pechos y que, al fin y al cabo, lo que hace es venderte el puro para el padre, la prostituta grotesca, los ridículos fascistas, los profesores que parecen muñecos de un cuento de terror con su castigo impostado, su falsa sonrisa y su enseñanza antigua. Todo eso fue real y, sin embargo, es tan irreal que se atrapó como si fuera la vida idealizada de una pequeña villa de Italia perdida en el tiempo y en el recuerdo. O, tal vez, no fueran recuerdos y solo se quedaran en ensoñaciones…pero fueron tan fuertes que Federico Fellini nos las vende y nosotros las creemos. La vida es una farsa, llena de actores malos, que se esfuerzan en sobreactuar y en hacer que todo cobre la categoría de esperpento y Fellini lo que hace es transcribirlo tal y como lo recuerdo. ¿Qué más da si fue verdad o no? Lo importante es que también eso forma parte de los recuerdos.

Pero ante todo y sobre todo, Fellini vuelve su mirada nostálgica hacia atrás para decir, con sabiduría de adulto, que, a pesar de todo, de las miserias, del provincianismo, de la pobreza, de la incultura y de la falta de libertad, aquello era la misma felicidad y, en aquel momento, no se daba cuenta porque creía que lo mejor aún estaba por llegar. Hasta eso también forma parte de los recuerdos.