viernes, 26 de mayo de 2017

PURA FORMALIDAD (1994), de Giuseppe Tornatore

Las paredes desconchadas y de un sospechoso color verde parecen la lóbrega anticipación de la muerte. Perdido en la oscuridad del bosque solo existe el recuerdo de un revólver escupiendo su lenguaje de fuego. Alguien ha matado a alguien y no se sabe muy bien quién es la víctima y quién el ejecutor. Para eso está la policía, para hacer un interrogatorio exhaustivo y descubrir la verdad que se esconde en lo más profundo del alma más atormentada porque… ¿qué alma hay más atormentada que la de un asesino? Las horas pasan con lentitud y las puertas no se abren. Tal vez la comisaría, tan aislada como un árbol sin compañía, sea el contorno del mismo mundo y más allá de sus puertas solo exista el abismo y el desconsuelo. La inspiración hace ya tiempo que huyó en la noche y Onoff, el escritor, ha llegado ya al final buscando un nuevo principio. Más o menos lo que hacen todos los escritores. La admiración es moneda de cambio y el nudo kafkiano engorda a cada minuto mientras el agua fría de la lluvia insistente ha calado en los huesos de la desesperación. No hay salida. Solo queda enfrentarse a la verdad. La única verdad.
Onoff no recuerda nada de lo reciente. Parece que, como una frase mal escrita de cualquiera de sus obras, ha pasado por encima tachando y dejando huellas de torpeza para que el recuerdo sea algo apenas intuido, apenas comprendido. Las sospechas no tardan en aparecer porque el arma estaba ahí y no hay demasiadas explicaciones que puedan aclarar ese disparo en medio de la nada, en ese territorio difuso entre ninguna parte y la última realidad. Una canción flota por la estancia, como llamando al regreso a la cordura pero es inútil. Leonardo da Vinci expande su arte y las letras imaginadas vuelan hacia las estrellas, como mensajes de socorro en una larga, larga noche del alma torturada.

Claustrofóbica y agobiante, Giuseppe Tornatore puso a Gerard Depardieu y a Roman Polanski frente a frente en un intento de esclarecimiento de hechos que debe quedar para la eternidad como juez. Y la inteligencia fluye por los diálogos, se detiene en los rincones verdes y blancos de una comisaría demasiado antigua, demasiado mojada, demasiado fría. El miedo a revelar la auténtica verdad de las palabras nunca escritas se torna esperanza en un día sin luz. Raras evidencias de un crimen que, tal vez, sea común a todos. Extrañas sinceridades que han sido esquivas durante toda nuestra vida y que, tarde o temprano, tendremos que afrontar. Al fin y al cabo, señor Onoff, esto no es más que una pura formalidad.

jueves, 25 de mayo de 2017

EL CASO SLOANE (2016), de John Madden

Los estrategas son aquellas personas que se ponen al servicio de un grupo político, o empresarial, o económico, con el fin de preparar las circunstancias necesarias para que se consigan determinados objetivos. Esas circunstancias pueden incluir el cambio en la opinión pública, la confusión en determinados asuntos que pierden interés según pasa el tiempo o la influencia en algunos políticos para que voten una ley en uno u otro sentido. Aquí, en España, también existen y se encargan de hacer que la corrupción sea algo aceptable, que los salvapatrias se presenten como auténticos adalides de una libertad que no van a respetar o que las luchas de poder dentro de un partido se inclinen en una dirección concreta.
La condición indispensable para ser estratega es la falta de escrúpulos. No importa que se esté o no de acuerdo con una idea, o con una ley, o con una acción concreta. Lo verdaderamente importante es hacer que, de una manera o de otra, se acepte. Naturalmente, todos los contendientes tienen a sus estrategas en nómina y hay que prever el movimiento del adversario, ir un paso por delante, pensar cuál va a ser el próximo movimiento y hacerlo justo después de que lo haya hecho el contrario. No es un trabajo fácil. Y más aún si lo primero que hay que sacrificar es la conciencia.
Sí, porque los estrategas se valen de todo cuanto esté a su alcance para ser merecedores de su enorme salario. Desde prácticas comúnmente aceptadas hasta la utilización de los sentimientos personales de los demás para lanzarlos como carnazas suculentas a la fiera mediática. No se puede reparar en cosas tan fútiles como el aprecio, la ética o el bien y el mal. Se hace y ya está. Y el resultado tiene que ser inmediato. Si no, el estratega no es demasiado bueno. O, tal vez, se esté dejando arrastrar por su condición humana.
En algún lugar, puede que haya alguien que esté dispuesto a hacerlo todo con tal de alcanzar los objetivos mínimos. Entre otras cosas porque su vida también es un instrumento profesional. Y eso hará que todo el entramado de ideas, de acciones y de reacciones sea aún más implacable, más determinante, más definitivo. El triunfo… ¿quién sabe? Puede que solo sea abandonar una vida que, simplemente, está olvidada en algún armario de la mente.

Interesante película que nos desvela cómo funciona este colectivo y de qué manera se puede triunfar en una batalla dominada por los medios de comunicación y la presión sobre los que tienen el poder de decidir. Espléndido el trabajo de Jessica Chastain, aquí rozando lo sublime, con una enorme sabiduría en la composición de su personaje que raya en lo perverso, en la frialdad más rechazable, en la capacidad de sorprender a cada paso con lo que termina siendo una caja de secretos sin llave. Buena la dirección de John Madden, ágil en sus planteamientos y que no decae en ningún instante, con una estructura atractiva y sugerente y que se adentra en los terrenos del desprecio por cualquier sistema democrático que se ha dejado corromper en todas las direcciones. Estupendos secundarios como Mark Strong, Sam Waterston o Michael Stuhlbarg dan cuerpo y constancia a la historia. Y buen ejercicio de inteligencia para el espectador, que tiene que ir juntando las piezas para saber dónde está el límite de estos individuos que piensan por él, le obligan a pensar de una u otra forma y, finalmente, le manipulan a total conveniencia de los poderes fácticos. Quizá en ellos es donde radica el auténtico poder. Piénsenlo.

martes, 23 de mayo de 2017

MANHATTAN SUR (1985), de Michael Cimino

El capitán Stanley White ha pagado un precio muy alto para utilizar su experiencia. Detrás de su placa, existe un hombre duro, que no se arredra ante nada, que amedrenta si es necesario con su presencia, que dice las cosas bien altas y claras para que nadie se lleve a engaños…quizá todo ello no sea más que una pantalla para tanta amargura. Estuvo en Vietnam y abandonó a su esposa que le esperó más allá de lo que puede esperar una mujer. Cuando regresó, creyó que aquellos enormes edificios de cemento eran los árboles de la jungla y que Chinatown era un barrio de Saigón y ha estado aquí y allá intentando encontrar razones para tanto sacrificio. Su mujer, sin embargo, siguió esperando. Esperando al chico con el que se casó que, probablemente, era atractivo, simpático, galante, conquistador y quizá algo enigmático. Ahora Stanley White persigue a la mafia china como capitán y jefe de policía de Manhattan Sur y quiere barrer la corrupción de sus calles, quiere que la policía sirva para algo incluso en los barrios en los que no son nada más que unos extraños uniformados, quiere que lo que ha vivido sirva para algo. Y su mujer sigue esperando.
Stanley White se maravilla de que haya miseria en las húmedas calles de Nueva York y áticos de ensueño con vistas al puente. En realidad, nada de lo que él toca tiene demasiada importancia porque es posible que lo dejara en el suelo de la selva vietnamita, al lado de algún compañero muerto. Para él lo importante es que la gente se divierta en un restaurante que no es más que una tapadera de un negocio donde la droga y la prostitución son los primeros platos. Sabe que sus rivales son de cuidado porque quieren que el polvo de ángel inunde las esquinas de Chinatown y, luego, se esparza por las calles de toda la ciudad. Y hay demasiado dinero en eso. Tanto, que su mujer ya ha dejado de esperar y se ha convertido en un número más, en unos cuantos kilos de amargura que tiene que sobrellevar a pesar de que entre ellos ya no queda nada. Tal vez ella vivió con él la parte más oscura y difícil del trabajo de policía. Ahora Stanley está desdibujado. Es posible que triunfe, es posible que acabe venciendo a esos chinos a los que ha llegado a despreciar por su cinismo, pero nunca será aceptado, nunca volverá a ser el verdadero Stanley White. Aquel chico encantador exhaló su último suspiro en algún lugar de Manhattan Sur, corroído por la culpa e inconsciente de su responsabilidad, justo en el año del dragón.

Uno de los mejores papeles de Mickey Rourke bajo la dirección de Michael Cimino en una película que no ahorra violencia ni verdad. Los personajes tratan de encontrar su camino y lo único que consiguen es perderse más tratando de alcanzar sus objetivos. Es la ciudad que devora los sueños, que los arrastra por el negro asfalto y convierte sus virtudes en excesos y sus interiores en ásperos pozos llenos de decepción. Son los años ochenta, amigo. Más vale que corras y no mires atrás.

EL VIAJE A NINGUNA PARTE (1985), de Fernando Fernán-Gómez

Enorme éxito está teniendo el programa que en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla dedicamos a "Apocalypse now", de Francis Ford Coppola. Si queréis sumaros, podéis hacerlo aquí.

Un pueblo, luego otro, luego otro más. La vida es una burda comedia de enredo con el camino en lugar de puertas que se abren y se cierran. Es caminar sin fin con la miseria pegada al cuerpo, como una camisa sin lavar. Y luego dirán que los cómicos son esos sujetos que deberían dormir al raso y largarse cuanto antes. Puede ser. Pero lo que no es menos cierto es que los cómicos, estos de la legua y muchos otros, solo quieren hacernos la vida más agradable. Cobran poco, comen menos, duermen en las peores camas y, sin embargo, ahí están. En el escenario más infecto del mundo tratando de vender unas pocas sonrisas, un rato de asueto en una España triste y gris que está deseando reír y olvidarse de todo. Y aún así, los miran con desconfianza, como si fueran personas apestadas con la fiebre del actuar. Cualquiera sabe. Esos tipejos que no hacen más que recitar sus papeles de tres al cuarto lo mismo fingen hasta cuando no actúan. Ahora, ponles un plato de alubias…Ahí verás que la actuación la dejan para luego. Se lo comen que da gusto. Cómicos…que se vayan a otra parte.
En las brumas del recuerdo y entre las llanuras de la frustración hay que inventarse un pasado de gloria y esplendor porque, si no es así, ¿quién se va a acordar de un don nadie que se hizo agujeros en los zapatos a base de andar de un sitio a otro en busca de dos funciones? Y las mentiras que tienen que estar bien urdidas porque si no mientes bien, mejor no mentir. Que todo tenga una lógica. Que todo esté apoyado en una explicación. Los carteles, el neón, los premios, la admiración de los compañeros, la alabanza de los autores, la sensación de que todo el mundo abre paso al galán de moda que no deja de tener cierta gracia diciendo su papel. Sobre todo cuando hace el truco del gangoso. Estos peliculeros…son capaces de inventarse un pasado para que la muerte sea un poco más tranquila en brazos de Marilyn Monroe…que ya se sabe, cayó a los pies del sueño en el que el hijo y nieto de los Galvanes se ha convertido. Cómicos…que se vayan a otra parte.

Por allí queda la aventura del potentado rural que quiso hacer pinitos con la revista para ver a las chicas ligeritas de ropa, o la misa obligatoria que si no, no había función; o la redicha gracia con la que Maldonado expresaba sus avatares y desventuras, cual caballero de triste figura que cabalga por los llanos de la comedia…Por allí también queda un reparto de tronío que lo hace bien por donde actúa, que saca el sabor de aquel año cincuenta en que había hambre y parecía que también el horizonte era un poco más ancho. No importa. Fernando Fernán-Gómez realizó una obra maestra para llevarnos a otra parte…a ninguna parte, allí donde las almas de los cómicos reposan con sus sueños intactos y sus fantasías desbordantes, con sus nombres en tamaño grande y el público atento y presto al aplauso. Ay, éxito, qué lejos estás siempre y cuánto te mueves. Seguro que tú también vas de pueblo en pueblo,  recogiendo las alfombras y dejando tras de ti un tapete de asfalto gris, mojado y sucio…un camino sin destino, un destino sin recuerdo.

jueves, 18 de mayo de 2017

EL JUGADOR DE AJEDREZ (2017), de Luis Oliveros

Debes tener cuidado al mover la reina. Es posible que un peón cualquiera acabe comiéndola y tu rey llorará amargamente porque lo perderá todo. Se evaporará la vida, la felicidad, los momentos intensos, el gusto por el juego, la sonrisa del caballo…Todo el tablero se tambaleará porque el reino será engullido por la batalla y el rey intentará ponerse a salvo, tarea titánica para alguien que solo se mueve escaque a escaque. Podrás ser un campeón, pero en esta ocasión te vas a enfrentar al rival más temible. La propia vida.
Europa es un lugar convulso, donde no hay muchas opciones en las que vivir. La libertad es solo una ensoñación mientras la Guerra Civil española se hace carne y Adolfo Hitler pone en marcha su enorme maquinaria asesina. Huir al sitio equivocado hace que el destino también yerre y las piezas no estén bien colocadas. La injusticia no tarda en aparecer. Y eso es muy fácil cuando se tiene una mujer tan dulce, tan impresionantemente bella, tan sonriente, que encaje con tanta perfección en tu otra mitad. Alguien, sin poder evitarlo, tratará de quitarte de en medio. Al fin y al cabo, eres español, has huido de tu país, no se te conoce una profesión seria y eres joven. Tienes todas las papeletas para ser un traidor. Y en Francia ya no se distinguen los patriotas de los traidores.
Una celda con suelo de paja y otro español que buscará la libertad con la mirada. Un alemán y otro tablero donde jugar. Da igual si es uno reglamentario o si es otro marcado con tiza en la tabla de un taburete. El caballo contrario se saltará todas las piezas y te marcará su insidia a base de golpes y torturas morales refinadas salidas de la misma mente del infierno. Defenderás con uñas y dientes tu talento porque es lo único que te quedará. Hasta el mismo instante en que la vida te ofrezca tablas y tengas que aceptarlas.
Aún así, cuando tienes la partida perdida, intentarás la audacia de un jaque en seis movimientos, tratando de devolver tu existencia al mismo lugar desde donde partió. Solo quedará un leve recuerdo y un dolor intenso, callado, bañado en lágrimas, pero con la sonrisa de haber dejado la huella de una jugada magistral, única, indeleble, que da sentido a todo y también derrota a todo. La partida terminó. El rey no cae.

Buenas intenciones en una película que debería tener algo más de recorrido. Algunas cosas no acaban de convencer y, sin embargo, la producción es impecable, con una ambientación estupenda y unos actores competentes entre los que destaca Marc Clotet como ese campeón de ajedrez que se ve arrastrado por los acontecimientos hasta las mismas mazmorras del juego. Su trabajo es más que valioso porque camina peligrosamente por los límites de la afectación y, sin embargo, consigue un equilibrio admirable y, por lo demás, creíble. El entretenimiento está ahí y el esfuerzo es valioso aunque algunas líneas del argumento se queden en algo ciertamente inexplicable. Quizá como el mismo juego del ajedrez, que debe ser entendido para poder ser disfrutado y perdemos algunas lógicas de las mentes de los contendientes. Quizá como ese hombre que prefiere mirar hacia adelante sin acordarse de lo que deja atrás.  

miércoles, 17 de mayo de 2017

ALIEN: COVENANT (2017), de Ridley Scott

Quizá estamos ante una de las trilogías más prescindibles de toda la historia del cine. Innecesaria, absurda, descaradamente comercial y delirante en su desarrollo, Ridley Scott vuelve a dar una muestra de lo malo que llega a ser cuando se lo propone seriamente. Dan ganas de arrancarle los cables y desenmascararle como el sintético que realmente es. No hay otra explicación para una carrera embargada por la persecución del éxito en taquilla sin atender a nimias pretensiones artísticas.
Por enésima vez, Ridley Scott nos vuelve a poner frente al deus ex machina, intentando ser algo profundo en esta explicación irrelevante de lo que ocurrió antes de Alien, el octavo pasajero, una de aquellas muestras del director que llevó a pensar a algunos que estábamos ante el sucesor del mismísimo Stanley Kubrick. Para asegurar el resultado final que persigue, solo Michael Fassbender se hace cargo de llevar hacia adelante el elenco de actores absolutamente mediocres y poco recordables salvo, quizá, la excepción encarnada por el habitualmente soso Billy Crudrup. Tanto es así, que cuesta traer de nuevo a la memoria algún rasgo de sus caras o alguna secuencia en la que se luzcan dramáticamente. Diablos, si hasta la criatura tampoco es lo que era y se nos cuela un cuento que sugiere una estructura circular con el resto de la saga. Ricemos el rizo espacial y nos saldrá un huevo ponedor de proporciones gigantescas.
Y es que la búsqueda de Dios en la ciencia-ficción, además de harto complicada, tiene que estar muy pensada porque si no se cae en el riesgo de lo grotesco y del ridículo. Ya, ya sé que todo esto a Ridley Scott le da más igual que poner por ahí un bicho que no tiene nada que ver con el enemigo de la Suboficial Ellen Ripley, pero eso no quitará para que se pueda alertar con un nivel de amenaza crítico ante la tomadura de pelo flagrante que nos lleva directamente a la tercera parte de estas precuelas que, además, llegan con ínfulas de inteligentes y novedosas. Nada más lejos del cuadro de mandos. Hay repeticiones, copias de sí mismo, situaciones que ya se han tocado con anterioridad y, eso sí, un par de secuencias de croma espectacular que, al menos, distraen y salvan de atender las llamadas de un sueño profundo en medio de la película.

Así que yo me vuelvo a la Nostromo porque aquella criatura sí que me aterrorizaba, parecía latir detrás de cada recoveco de la tenebrosa nave espacial y se tenía la permanente sensación de que el peligro y el agobio eran dos protagonistas más de la mítica película. Además, por si fuera poco, había un estupendo plantel de actores y actrices que hacían que todo fuera mucho más creíble, más reconocible y más tembloroso. Esto no es más que una copia burda, sin gracia, ni sentido, con una ausencia total de ritmo porque es mucho más aventura que terror y, para más desvergüenza, con explicaciones sobre padres, hijos, sobrinos y demás ancestros de la Humanidad. Ni siquiera se respetan las reglas que tan escrupulosamente se siguieron en la película original donde los tiempos eran otros y, por tanto, el suspense también. Solo resta permanecer en la oscuridad con las típicas linternas marca Scott, con mucho polvo en el ambiente, mucha sensación de que allí hay muy poco contar y mucha cara de decepción incluso en el público menos exigente. Y estoy dispuesto a perder una mano si lo que digo no es verdad. 

martes, 16 de mayo de 2017

DESCALZOS POR EL PARQUE (1967), de Gene Saks

Allí arriba, cerca del cielo, donde antes llega la nieve, hay una pareja de enamorados recién casados que apenas tienen resuello para subir tantas escaleras. Ella es impulsiva, romántica, posesiva, genial. Él es cerebral, ordenado, atractivo, seguro. Los caracteres chocan porque ella es novia de la aventura mientras él solo quiere un romance de papel y máquina de escribir. Ella es la imprevisibilidad de la alegría. Él es la rutina de un mundo perfectamente encajado que condena a sus habitantes a un temprano aburrimiento. Cinco pisos…más el tramo de entrada al portal…no tengo aire.
No hay que olvidar que cuando una madre visita por primera vez el apartamento de su hijo o hija y exclama “¡Qué mono!” es la prueba irrefutable de que lo que está viendo es el mismo horror. La madre de ella es así, también partidaria del orden. Se diría que casi es la madre de él, pero no, es la de ella. No tiene ganas de líos, de salir del plácido arrinconamiento de la madurez serena. No está para salir de cena con tipos bohemios, descubrir el Nueva York más nocturno y alocado. Solo quiere ver a su hija feliz con su marido y no tener que subir nunca más los cinco pisos…más el tramo de entrada al portal. Su corazón va a estallar…y no es precisamente de felicidad. Los escalones son los que aceleran sus latidos…. ¿no hay un ascensor cerca?
Ah, el vecino de arriba. Ese tipo extraño de nacionalidad indeterminada que accede a su piso a través de la ventana de los recién casados y se pone a trepar y a hacer equilibrios por la cornisa. Un gourmet impensable que come una comida albanesa intragable y que lleva a cabo un ridículo ritual para comer lichis. Prueba…no, no, tengo un brazo lesionado. Coma usted, de un trago, sin mordisquearlo. Canciones a las tres de la mañana con el vodka albanés como miembro de la orquesta. Ahora que lo pienso…podría ser la pareja perfecta de ella, no como el aburrido de su marido, un joven gris con un trabajo gris de abogado que se confunde en el gris de un cemento cansado. ¿Cinco pisos? No, señores. Son seis. Al último se accede, siempre que se tenga llave, a través de una escalerilla que no es precisamente lo más cómodo pero… ah, es divertido.
Y es que la vida, a veces, no tiene por qué estar perfectamente cuadriculada, ni planeada, ni en contra de la sorpresa. Puede que un poco de improvisación entre horas sea saludable y simpático y, de paso, puede que refuerce el amor porque si hay algo que no admite planificación previa es precisamente el amor. Es posible que, en algún momento, haya que caminar descalzo por el parque, saltar detrás de un banco, gritarle a la vida que jamás nos va a cazar mientras haya ilusión por las cosas. Eso lo sabía muy bien Neil Simon, que escribió la obra en la que se basa la película. Mientras nos damos cuenta de todo eso, nos abrigaremos hasta las orejas y pasaremos la noche en compañía de Robert Redford y de Jane Fonda, de Mildred Natwick y de Charles Boyer. Verán cómo lo primero que se nos duerme es la nariz y los pies.

APOCALYPSE NOW (1979), de Francis Ford Coppola

Si tenéis ganas de escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "La ronda", del gran Max Ophüls, podéis hacerlo aquí.

 Las hélices zumban en la cabeza del Capitán Willard recordándole que a su alrededor solo puede haber muerte y fuego. Debe de ir allí mismo, al corazón de las tinieblas, a buscar a un hombre al que no se atrevería nunca a matar. Sin embargo, la razón se diluye en las entrañas de una selva asesina que no entiende de razas, ni de sangre, pero sí de agobios y de locuras. Ese viaje, para Willard, será una jornada interminable hacia el mismo centro de la locura, de la sinrazón, del sinsentido, de la nada en la que hemos convertido todo, del todo en el que hemos convertido la nada. El apocalipsis no tendrá que llegar. El apocalipsis es ahora.
Los hombres se arrodillan al paso del Capitán Willard asumiendo su nuevo liderazgo y el horror ha sido el viaje necesario para ejecutar la misión. La visión se nubla ante tanta oscuridad y tanto caos donde se antoja necesario arrasar con todo para que todo vuelva a nacer. Francis Ford Coppola ya dijo que Apocalypse now no es una película de Vietnam, ni es una película sobre Vietnam…Es Vietnam”. Y así se siente el espectador. Atosigado por una cortina de bombas, acobardado por las colinas que huelen a victoria descritas por el Coronel Kilgore (un maravilloso Robert Duvall), extasiado ante el espectáculo del agua salpicada por las bombas y la violencia desatada allí donde ya no llega la Humanidad. Maldito río que llevas hacia el horror. Maldito hombre que eres capaz de edificar el destino de ese río.
Una bala de diamante es disparada entre los ojos del espectador para que éste pueda ver claro, nítido, cristalino, perfecto. El dolor, en muchas ocasiones, se manifiesta de forma brutal, vomitando violencia como antídoto frente al estupor. La vida ya no tiene ningún valor en esa jungla que acabará siendo una tumba para el sentido común. Lo absurdo se viste con su uniforme de guerra y el combate será sin cuartel. Charlie no tiene compensaciones y aún así, sigue luchando por cada palmo de terreno. Los americanos se ahogan en sus propios errores y no les queda más camino que la derrota. Willard es un chico de los recados enviado a cobrar una factura. El Coronel Walter E. Kurtz será el encargado de mostrarle cuál es la ruta del desquiciamiento, a través del horror, de la macabra obra de la guerra, de la certeza de que ya no habrá ningún mañana para los que se atrevieron a mirar a este lado del abismo.

Francis Ford Coppola dirigió esta película porque estaba convencido de una película era capaz de cambiar el mundo. Afrontó múltiples problemas en el rodaje, en principio previsto para cuatro meses, que incluyeron huracanes destrozando decorados, crisis cardíacas para el protagonista Martin Sheen, despido de actores e, incluso, un encargado de montaje que, enloquecido porque Coppola prescindió de sus servicios, le mandaba todos los días un sobre con el negativo original hecho trizas obligándole a rodar de nuevo. Tal vez, Apocalypse now sea la demostración más evidente de que hacer una obra maestra cuesta mucho más de lo que pensamos. No trata sobre el cine, no es del cine…es el cine.

viernes, 12 de mayo de 2017

UNA MUJER BAJO LA INFLUENCIA (1974), de John Cassavettes

Tal vez no lleguemos nunca a darnos cuenta de que algo se convierte en verdad a fuerza de repetirlo. Y eso es lo que le ocurre a Mabel. Ella no está bien, no tiene equilibrio en su vida. Su marido trabaja de noche y su suegra dice cosas que no debería y ella se siente ninguneada, apartada, echada a un lado. Aún así, en el centro de su inicio de locura, ella quiere aportar algo a la familia, algo positivo, que valga para que, al menos los demás, puedan tener ese equilibrio que a ella le falta. Y, sin embargo, solo se topa con acusaciones de que está loca, de que dice cosas que no debe, de que sus comportamientos son erráticos e imprevistos. Su inocencia comienza a ser torcida porque, de tanto decirle que ha perdido la cabeza, comienza a perderla de verdad y ya no tiene ningún control sobre sus actos. Su marido se presenta a comer con otros quince compañeros de trabajo y ella tiene que poner cara de que le encanta cocinar para tantos invitados…y lo hace de corazón y trata, a su manera, de hacer que todos estén cómodos pero cuando se le llama la atención, se hace de manera cruel y expeditiva, sin miramientos, sin reconocer la enorme ternura que subyace en un carácter que no quiere hacer mal a nadie. Mabel inicia la cuesta abajo porque ya no empieza a distinguir lo que está bien de lo que está mal, lo que agrada de lo que molesta, la utilidad de ella como madre y mujer del estorbo de una chiflada que solo pretende imponer su voluntad. Hasta cae en la infidelidad más absurda solo porque, en ese momento, se siente abandonada.

Gena Rowlands hace un papel tan impresionante en esta película que uno llega a preguntarse de qué madera está hecha una actriz para ser tan adorable y, a la vez, tan rechazable. Ella es el centro y el motivo de la película y deambula por la escena con tal dominio de las expresiones que cree estar viendo un pedazo de vida en un hogar ajeno. A su lado, Peter Falk, como el desorientado marido que no sabe cómo llegar al corazón de su mujer porque él es esencialmente torpe, con arranques estúpidos de genio que no llevan a ninguna parte, con la simpleza de un hombre normal que quiere amar con normalidad y que no sabe comportarse normalmente. Mientras, alrededor de ambos, todo un universo que destaca porque es incapaz de comunicarse pues, sencillamente, no se escucha. Palabras despreciables que humillan a cualquiera que quiere verse con un reconocimiento en su rutina, la catástrofe del hundimiento en la locura, el regreso, la inoportuna fiesta de bienvenida…El director John Cassavettes nos ofreció aquí un par de lecciones sobre el cariño y la apariencia, sobre el inmenso y verdadero amor que atesora una mujer que, por culpa de la influencia, no puede expresarlo y decide arrojarse al abismo sin sentido. 

jueves, 11 de mayo de 2017

EL CÍRCULO (2017), de James Ponsoldt

Todos llevamos un móvil en el bolsillo al que miramos, como mínimo, un par de cientos de veces al día. La necesidad de ser alguien nos lleva a introducirnos en las más variadas redes sociales para relatar cómo nos hemos lavado los dientes, de qué humor estamos, o el más nimio de los actos diarios. Tal vez porque así creemos que esos actos, lejos de ser nimios, son diferentes, lo cual puede que nos haga diferentes a todos. Compartir nuestras experiencias, sean cuales sean, ha dejado de ser algo íntimo y privado. También hay muchas ganas de saber qué es lo que hacen los demás para caer en el viejo, viejísimo pecado de la comparación.
Las tecnologías evolucionan y puede que eso, en un futuro no muy lejano, se convierta en una temible red de vigilancia amparada por las ya algo repetitivas voces de democracia a toda costa, del derecho de saber lo que hacen los demás, sin reparar en el derecho que todos tenemos a nuestra privacidad o, lo que es aún más importante, en el deseo de resguardarla. Caemos en la trampa como peces de un bancal y estamos ansiosos por saber el minuto a minuto de los demás, a la vez que, de forma incomprensible, vamos relatando nuestros movimientos para que todo el mundo sepa, y lo sepa cien veces, que usamos unos zapatos que serían la envidia de cualquiera y que nuestra colección de música es la caña, lo cual nos convierte en seres interesantísimos, sapientísimos y potentísimos. No como el resto de los mortales.
Imaginemos que toda esa conexión que se ha establecido acudiendo a nuestras vanidades más escondidas, se convierte en algo real, en algo que va degenerando hasta la obligatoriedad del voto (no lo olvidemos, bajo el amparo de que eso es la verdadera democracia) o la presión de colaborar en las actividades más democráticas posibles, como es, por ejemplo, el ocio; o de paliar la amargura a través de terapias de grupo; o de compartir copas y música por el mero hecho de que los demás son semejantes a ti. Así, sin darnos cuenta, cada vez que encendemos la pantalla de nuestro ordenador, estamos dando paso a la peor de las dictaduras, al asesinato de la libertad bajo la máscara de la unión democrática, a la pérdida de lo que verdaderamente nos hace a todos diferentes que es nuestro libre albedrío.

Interesantes cuestiones son las que plantea El círculo, aunque llevadas a cabo con más torpeza que interés. Uno de los fallos más garrafales consiste en hacer que toda la historia descanse sobre los hombros de Emma Watson, una mujer de cierto encanto que todavía le falta mucho para ser buena actriz y que aquí se desata con un festival de gestos que no hacen más que evidenciar su falta de seguridad y su escaso repertorio. Más allá de eso, la película no acaba de tener suficiente tirón para dejar al espectador clavado en su butaca, como pretende. El desenlace no tiene fuerza y hay personajes que pasan de una actitud a otra como por arte de magia sin dar mayores explicaciones. Y es que no es fácil tratar de una más que posible teoría de la conspiración sin saltarse algunas reglas elementales de la narración y de la lógica. Y aún más cuando los límites de la vigilancia se están diluyendo de forma alarmante y premonitoria. No dejemos que la tecnología se democratice tanto. Seguro que a nadie le interesa qué es lo que llevo ahora puesto. Y les aseguro que tampoco me interesa lo que llevan ustedes. 

miércoles, 10 de mayo de 2017

EL PISITO (1959), de Marco Ferreri e Isidoro M. Ferry

Rodolfo es un hombre pequeño, muy pequeño. Es apenas una mota gris en medio de una gran ciudad que se empeña en engullir todo lo que contiene. Hace nueve años que sale con Petrita. Deberían haberse casado ya porque el arroz se les pasa y la paella se va a arruinar. Su problema es que no encuentran un piso que puedan pagar. A Petrita le aprieta demasiado el reloj biológico y ya dice cosas desesperadas a un Rodolfo desesperado. Cuando baila con él en las Cuevas de Sésamo solo puede enseñar un rostro hundido en la amargura. Tantos años con Rodolfo, un hombre que nunca llegará a nada, para acabar así, de solterona sin remedio, de solterona con novio, de mujer mediocre que no ha encontrado nunca ni un poquito de felicidad porque ya solo tiene palabras de reproche hacia él, como si tantos años no hubieran servido para nada. El piso, el maldito piso, cuatro paredes en las que crear un hogar y unos hijos que ya difícilmente vendrán. Maldita España gris y deprimente.
En ocasiones, cuando hay grandes urgencias, se tira por caminos más cortos aunque sean reprobables. Y Rodolfo, acuciado por Petrita, se arrojará a lo fácil para que ella deje de quejarse y de volcar toda su frustración sobre él. Las mujeres, ya se sabe, cuando se ponen los galones no dejan de dar órdenes y de organizarse la vida incluso en momentos en que estarían mejor calladitas. Pero Rodolfo no sabe imponerse. Es un buen hombre, pero no es más que una marioneta. Tiene corazón, pero a nadie le importa lo que pueda sentir. Es posible que llegue a tener el piso, pero estará solo. Por mucho que llegue a casarse con Petrita. Maldito Madrid más negro que blanco.
La carestía de la vivienda fue abordada por Rafael Azcona en un libro y un guión que hacía reír mientras todos lloraban. El italiano Marco Ferreri y el español Isidoro Martínez Ferry lo pusieron en imágenes acercándose mucho al estilo de Luis García Berlanga y deslizando la cámara por pasillos estrechos, como los que pueblan la moral de esos personajes que, intentando hacerse pasar por buenas personas, se convierten en buitres deseosos de sacar algo de la desgracia ajena. Ni un funeral es como debería ser. Rodolfo lo sabe y luchará siempre con una actitud de pobre hombre, de un derrotado y fracasado que jamás apreciará lo que tiene porque lo ha ganado de mala manera, acudiendo a la piedad de ancianas, sucumbiendo a la presión de Petrita, queriendo no dañar a nadie y saliendo siempre él lastimado. Quizá ése sea el precio de tener un futuro. Y Rodolfo lo ha pagado sin ningún gusto.

martes, 9 de mayo de 2017

LA RONDA (1950), de Max Ophüls

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Marathon Man", de John Schlesinger, podéis hacerlo aquí.

La vida es un interminable juego de engranajes que se van tocando unos a otros. Los dientes de una rueda mecánica se encajan a la perfección en los vacíos de otra y ésta, a su vez, lo hace con otra y así sucesivamente. En unas ocasiones, esos dientes se encajan con fuerza y no puede haber nada que los separe. En otras, son caricias que invitan a girar y a girar de nuevo, en busca de eso tan necesario para el ser humano como es el amor. Así, podemos recorrer las calles imaginadas de una Viena irreal que solo existe en los sueños de un narrador elegante, que va llamando de puerta en puerta, apareciendo de oficio en oficio, solo para que ocurra ese milagro de tiovivo que es el amor. Amor de todas clases, por supuesto. Amor entre pobres. Amor entre ricos. Amores marciales. Amor escondido. Amor evidente. Amor egoísta. Amor fugaz. Amor eterno. Amor joven. Amor asentado. Amor de reloj. Amor descarado. Amor impertinente. Amor de una noche. Amor de una mañana. Amor, solo amor. Más allá de eso, los engranajes siguen girando de forma imparable y, si se paran, mala suerte. Habrá que arreglarlos con una pizca de maña y sin perder ni un ápice de elegancia.
Los decorados de cartón-piedra son los testigos inermes de besos en el cuello, de cortejos interminables que acaban por derribar los muros de la resistencia, de rápidas escapadas a los límites de la pasión que acaban por volver al encontrarse con el mundo real, de temblores en la noche, de comidas reservadas y esperas continuadas. Max Ophüls nos adentra en las debilidades y fortalezas del alma humana contándonos, con la suavidad de un vals que tampoco deja nunca de girar, los amores que deambulan en la Viena de principios de siglo, atrapada en la belle époque repleta de miserias. Un aire burlón y algo cínico planea sobre toda esta mirada hacia la frivolidad y el juego del amor y vamos en volandas de una historia a otra, como si fuéramos confidentes de un buen montón de cotilleos que, a buen seguro, harán las delicias de la próxima fiesta de sociedad. Los movimientos de cámara están vestidos de etiqueta y es como si todo fuera un sueño contado por Dios. Lástima que el amor, en cualquier caso, dure tan poco como lo que tarda el siguiente engranaje en iniciar su órbita de acercamiento hacia el siguiente más inmediato. Gira, gira, no deja de girar.

Habría que destacar la impresionante clase que destila Anton Walbrook como el narrador de estas historias de amor en minutos, siendo un personaje más que entra y sale con la mirada de la sabiduría impregnada en sus palabras y en sus acciones. Quizá como el propio maestro Ophüls sabía hacer como nadie. Dejemos que nos coja, nos monte en su tiovivo y acerquémonos a ver con todo detalle todo lo que nos tiene que contar sobre el amor.

viernes, 5 de mayo de 2017

STEFAN ZWEIG: ADIÓS A EUROPA (2017), de Maria Schrader

La tentación de guardar silencio cuando el extremismo es imparable no deja de ser un error del que cualquiera tarda en darse cuenta. Más aún si se trata de alguien con la sensibilidad extraordinaria de un escritor irrepetible. Intentará hacer que cada una de sus líneas sea un nuevo horizonte por descubrir, pero el sentimiento se enterrará por debajo de la gramática y la seguridad de que nadie podrá pararlo se convierte en una obsesión, en una angustia y, finalmente, en una desesperación terrible y devoradora. No hay más mundos hacia los que evadirse. No hay más hombre del que esperar.
El viaje hacia lo desconocido significará el descubrimiento de la inocencia y de la seguridad de que hay gente mucho más atrasada, mucho más infantil y mucho más inculta que estará dispuesta a darlo todo mientras Europa, la vieja Europa, se consume en odios y guerras. La visión de un futuro sin fronteras, ni pasaportes, se diluye en el pesimismo de la ausencia de esperanza, en la certeza de que no habrá ningún país dispuesto a parar la barbarie y la sinrazón. Y finalmente, el equilibrio sucumbirá para quedar reflejado en el espejo, como en una última imagen de amor y muerte, como si uno de los personajes de Stefan Zweig saliera de sus novelas para recordar cuán impaciente es el corazón.
En ese camino hacia la oscuridad, no habrá lamentaciones forzadas, ni histerismos manieristas para reflejar la desolación de un mundo que se acaba sin remedio. Tan solo un actor, capaz de dar a entender las tormentas de la personalidad con lo que ve, con lo que toca, con lo que siente y con lo que padece. A su alrededor, el aturdimiento continuo del homenaje prescindible, que no deja surgir la inspiración, que tapa con preguntas incesantes la verdadera tragedia a la que se aboca la Humanidad. Puede que la postura del silencio no sea la más acertada por miedo a que, intelectualmente, ponerse a la altura del enemigo sea un rebaje de las ideas, pero, de vez en cuando, hay que hacerlo, se debe hacer, es la obligación del que puede leer la vida entera entre líneas, es el destino de los que se encargan de abrir los ojos a tantos y tantos lectores que esperan con ansiedad la siguiente frase.
Estructurada como si fuera una obra teatral, Maria Schrader, directora de la película, nos introduce en la figura de uno de los más grandes escritores en lengua alemana a partir de un sufrimiento que siempre es intuido y que, prácticamente, resulta una despedida de una época que se va sin remedio. La crueldad humana coarta la capacidad de transmitir la genialidad y Josef Hader, en el papel del gran Stefan Zweig, sabe convertir su rostro en narración y sus ojos en semántica para que el espectador, ansioso por conocer la verdad de un adiós, adivine la agonía del ánimo y la derrota del espíritu. Ni siquiera la sutil alegría es capaz de dar un acento a la siguiente palabra. Solo marcharse. Solo la paz. Solo el reflejo.

“Me puse a temblar y me apresuré a taparme la cara con la mano para protegerme al menos en la oscuridad…Desde aquel momento sé que ninguna culpa queda olvidada mientras la conciencia tenga conocimiento de ella”.     Stefan Zweig

jueves, 4 de mayo de 2017

PLAN DE FUGA (2017), de Iñaki Dorronsoro

Cada cuerpo emite un calor distinto. Por ejemplo, ahí tenemos a un yonqui, un tipo que hace tiempo que dejó de tener calor de ninguna clase porque se está matando poco a poco, pero a conciencia. Tal vez, en algún lugar de su memoria térmica, estaba el gusto por la vida, la certeza de que la amistad era lo máximo, de que nada podía hacerle daño mientras caminara con alguien que le traspasara suficiente seguridad. Las agujas, los cigarrillos de sustancias que, al fin y al cabo, son venenosas, las pastillas…todo ha hecho que sus lágrimas sean permanentes e inútiles. Ya no tiene calor.
Ahí está ese otro fulano, un poco más acalorado. Su mirada delata un inicio de que todo le empieza a dar igual. Ha visto la felicidad de lejos y ha tratado de ir tras ella, pero se ha ido escapando según se acercaba. La amistad ha tenido que refugiarse en algún lugar muy oscuro de su interior. Su sentido de la responsabilidad resulta frío, desangelado y distante, como queriendo decir que la tiene, pero no la quiere ejercer. Es un profesional en todo lo que hace y lo ejecuta con seguridad absoluta. Ya no quedan muchos como él. Tiene calor…pero no demasiado.
El policía veterano está llegando al nivel medio. Trata de no perder el corazón por el camino y las lumbres de su interior se niegan a apagarse. Tiene suficiente calor para sí mismo e, incluso, está dispuesto a dar un poco. Tampoco quedan muchos jefes como él. Sabe que todo se deshumaniza a pasos agigantados y que cada vez hay que escarbar más hondo en la basura para llegar a una verdad mínima. Sus afectos puede que estén en el fondo de un vaso de whisky compartido, o en el cuidado de sus propios hombres. ¿Quién sabe? Esta pasma no se sabe de qué va. Se va a mojar. Así, apaga un poco el fuego que le sobra y, de paso, demuestra cuánta llama puede regalar. No es fácil ser como él.
La chica del club es caliente. Caliente porque tiene algo de alma en su entrega. Quiere saber lo que hace y con quién. Es un regalo, pero, tras un pequeño traspié, no se comporta como tal. Sabe que hombres de verdad hay muy pocos y ella cree que ha encontrado a uno. Es un solitario que la rechaza una y otra vez, tal vez porque hay demasiada amargura en su mirada y por eso ella trata de ver qué es lo que hay detrás, cómo se mueve y de dónde viene. No tiene demasiadas salidas y sabe que, si permanece donde está, no le queda mucho tiempo. Puro fuego. Mirada constante. Perdedora segura en una ciudad que la mira sin tocar.

Plan de fuga resulta otro ejemplo de lo que pasa cuando se tiene una idea prometedora en la cabeza y no ha habido suficiente trabajo como para dar una coherencia ajustada a todo. A pesar de que el argumento llama con insistencia, hay secuencias que no están demasiado bien explicadas, resulta blanda en algunos pasajes, brillante en otros, mediocre en los más. Existen motivaciones que no se comprenden muy bien aunque algo se atisba y hay una ligera obsesión por dar otra vuelta de tuerca que hace que el espectador se pierda en una dicción regular por parte de la mayoría de intérpretes, entre los que destacan Javier Gutiérrez y Luis Tosar por encima de los protagonistas. Ellos son los que dan verdadero calor a la película, como si fueran lanzas térmicas de poderío incombustible. Más allá de eso, el conjunto se resiente y la decepción va cayendo paulatinamente, como si no hubiera vía de escape posible. Quizá la fuga, después de todo, se quede en una mera nimiedad ahogada entre las pasiones personales de cada uno.

miércoles, 3 de mayo de 2017

UNA VIDA POR DELANTE (2005), de Lasse Hallstrom

La incomprensión suele ser un muro difícil de derribar sobre todo por aquel que lo levanta. Es posible que un padre considere que se la ha robado un cariño porque, un día, su nuera estrelló el coche en el que también viajaba su hijo. Ella se salvó y él no. Y desde entonces, cada día ha sido un lamento solamente suavizado por cuidar de alguien que, muy bien, podría ser su propio hermano. Aunque la piel sea distinta, cuarenta años unen mucho y tanto trabajo y tanto compartir sentimientos llega a construir lazos más fuertes que la sangre. De repente, la nuera vuelve con la nieta y el cariño renace aunque el resentimiento, de alguna manera, sigue ahí. Es lo que pasa cuando se te arrebata lo que más quieres. Es muy difícil olvidar. Es muy difícil derribar ese muro que, en el fondo, te protege de las agresiones de ese oso enorme que es la vida.
En ocasiones, una fiera ataca a un hombre y se crea un extraño vínculo entre ellos. Es como si, de alguna manera, sus almas estuvieran unidas. El hombre invadió el terreno de la bestia y ella se defendió. Las secuelas fueron para siempre, pero el hombre sabe que el oso tuvo razón. Y quiere mirarlo de nuevo a los ojos. Con miedo, con respeto, con afecto y también con comprensión. El oso está ahí y tiene derecho a estar. Quizá él esté ahí y no tenga tanto derecho. El oso merece ser libre. Y disfrutar de la libertad que el hombre no puede poseer porque está herido en la carne y arrepentido en lo moral. El dolor no se irá. Y habrá que defender el territorio igual que lo haría el oso.
La violencia suele regresar cuando no ha tenido campo para desarrollarse en toda su mezquindad. Más que nada porque la que se ejerce en casa, es la más ruin de todas ya que juega con el amor de por medio. El chantaje emocional forma parte indisoluble del siguiente golpe. Y a esos tipos hay que pararles los pies. De una vez por todas. Hay que comportarse como un oso que defiende sus crías, como un patriarca que protege todo lo que hay de importante en este mundo. La lección vendrá con toda su fuerza. El agua volverá a su cauce. Y, con esa demostración, es posible que caiga la incomprensión que abre zanjas de indiferencia entre personas que, desde el principio, deberían de haberse entendido. Hay toda una vida por delante. Y el oso siempre estará ahí.

No cabe duda de que lo mejor de esta película es cualquier escena compartida entre Robert Redford y Morgan Freeman y que la presencia de Jennifer López es una rémora difícil de arrastrar. Pero lo cierto es que fue todo un fracaso cuando es una historia que tiene grandes sentimientos y reacciones muy cercanas, muy comprensibles y muy sinceras y todo está rodeado de una narración natural, fluida, sin crispación y con mucha razón. Lasse Hallstrom es un director que se siente cómodo moviéndose en esos terrenos y lo demuestra una vez más haciendo que el oso también se ponga sobre sus dos patas traseras para medirse con nosotros. Y miraremos igual que lo hace Morgan Freeman. Sin retroceder un ápice pero sin perder ni una migaja del respeto que merece.

viernes, 28 de abril de 2017

UNA MUJER ATRAPADA (Lady in a cage) (1964), de Walter Grauman

Debido a la festividad del día del trabajo y al día de la Comunidad de Madrid, volveremos el miércoles 3 de mayo. Mientras tanto, no dejéis de ir al cine.

La señora Hilyard ha tenido una gran idea. Desgraciadamente ella apenas se puede mover. Las piernas no responden y la enfermedad que padece no tiene cura. Pero en su mansión se ha instalado un bonito ascensor que hace que pueda relacionarse, tener vida social, pasear su lentitud por el salón y, cuando llega la hora, acostarse en el piso de arriba. Es una gran idea que pueden tener, naturalmente, las señoras con dinero. Así es posible que no se condenen a la reclusión en su cuarto, con cuatro monótonas paredes alrededor, dejando pasar el tiempo hasta que llegue la hora definitiva. Sin embargo, ese día, la señora Hilyard va a estar sola.
Las casualidades, el destino o como quiera llamarse, se hacen presentes en la enorme residencia Hilyard. El ascensor se para entre dos pisos y ella no puede bajar, ni tampoco subir y, ni mucho menos, puede permanecer de pie las horas muertas en el interior de la caja esperando que venga alguien a rescatarla. La distancia hasta el suelo es enorme y subir está fuera de su habilidad. La señora Hilyard se halla atrapada en su propia comodidad. Es una ironía de la suerte. Más que nada porque alrededor de la casa hay unos cuantos desaprensivos, unos de esos fugitivos sin mañana, que pretenden entrar en la mansión Hilyard. Son unos irresponsables que más que querer dinero, o joyas, desean destruir la opulencia de los excesivamente ricos. Y si provocan terror, mejor aún. Al fin y al cabo, ellos no han tenido ninguna oportunidad mientras que las personas de alta clase social como la señora Hilyard no han tenido que mover un dedo para instalarse su precioso ascensor en su preciosa casa. Si hay algo que se pueda arramblar, estupendo. Pero si no lo hay, no importa. Basta con hacer unas cuantas barbaridades y hacer que esa estúpida burguesa lo pase mal, se deja la casa como si hubiese pasado un regimiento y listo. Ya habrá algún joyero despistado, o algún bolso que cuelgue más de lo habitual para que no falte dinero para el día. La señorona de la casa hoy nos invitará a comer.

En una época en la que había saltado la moda de incluir a viejas estrellas en situaciones terroríficas a raíz del éxito de ¿Qué fue de Baby Jane?, de Robert Aldrich, el realizador televisivo Walter Grauman se pasó al cine con esta historia protagonizada por Olivia de Havilland. Después ya vinieron otras películas del mismo corte como Canción de cuna para un cadáver, también de Aldrich, o A merced del odio, de Seth Holt pero lo cierto es que, en esta ocasión, Grauman puso en juego una historia de claustrofobia e impotencia que parece que se le escapa en algún momento pero que sujeta con firmeza a pesar de todo. Al lado de Olivia de Havilland aparece un juvenil James Caan, como el líder de esa panda de descerebrados que solo creen en no creer y que se solazan atormentando a todas las personas que se ponen a tiro. Quizá, en algún momento, también nos falte la respiración, u oigamos el quebrar de huesos frágiles en nuestro interior. El pánico, por muy controlado que suela estar, es siempre un enemigo implacable.

jueves, 27 de abril de 2017

LA ALTA SOCIEDAD (2017), de Bruno Dumont

No suelo contar escenas de las películas que veo, pero esta vez voy a hacer una excepción para que ustedes se hagan una idea. Imagínense un ágape en un jardín. La casa, de motivos egipcios, se halla enclavada en lo alto de una colina desde la que se divisa una vista preciosa según los personajes de la película aunque a mí me parece un paisaje de fango y viento. Se celebra la medio resolución de un caso de desaparición por parte de un comisario de policía que tiene más kilos que un elefante africano y que recuerda lejanamente a Oliver Hardy. Hay discursos pomposos de agradecimiento y copas en las manos de todos los asistentes. El comisario flota. Sí, flota. En el aire. Como un globo. Solo le sujeta a la tierra una exigua soga que sostiene su ayudante, una especie de Stan Laurel metrosexual. De repente, el ayudante suelta la cuerda y el comisario se ve arrastrado por el aire hacia el mar. Todos corren aterrorizados tratando de alcanzar la cuerda para agarrar de nuevo al comisario. Franceses, no cabe duda. André Gide debe de estar riéndose en su tumba.
Bueno, pues esto es una escena tras otra. El surrealismo más absurdo se da cita en esta pseudohistoria sobre desapariciones en unas marismas, con una familia de la alta sociedad en la que el incesto es de lo más normal por un lado y otra de pescadores mejilloneros que se ponen las botas de comer carne humana. No, no me he vuelto loco. A una escena absurda, le sigue otra más absurda. El espectador comienza a cansarse de tanta tomadura de pelo. Varios se salen de la sala. Se escuchan comentarios en voz alta expresando verdadera indignación. Por ahí se ve a Fabrice Luchini andando de una forma tan extraña que se antoja un candidato perfecto para un centro de turutas. Juliette Binoche, habitualmente tan comedida, es una dama grotesca, de gestos exagerados y fingidos, irritante hasta el guantazo. Valeria Bruni Tedeschi levita (sí, otra que flota) y la burla se establece como lenguaje. Posiblemente, a los franceses esto les parecerá el colmo de la originalidad y de la hilaridad (la película atesora nada menos que nueve nominaciones a los Premios César), pero a un espectador normal, de formación media, se le descoloca la mirada y el humor comienza a torcerse peligrosamente hacia la psicopatía.
Y todo para contar una parábola, torpe, despreciable y mediocre, sobre la estupidez humana con el mensaje más bien insultante de que el pobre es estúpido por falta de medios y el rico es un estúpido hecho a sí mismo. Sin orden, ni concierto, las escenas se suceden con tal falta de sentido que hay que hacer acopio de razón y pensar que, para apreciar algo bueno, de vez en cuando, también hay que ver cosas como ésta. Para desgracia de los que creen que el cine español es malo, les invito a que se acerquen hasta esta película y cambiarán radicalmente de opinión. Palabrita del niño Jesús.

Los demás, no pierdan el tiempo. Váyanse a un soleado parque y disfruten de la tarde. Aprovechen para cenar en algún sitio que realmente les guste. Cultiven el arte de la conversación con los amigos más cercanos o, si verdaderamente quieren ver algo de cine, agarren algún clásico de toda la vida y véanlo por enésima vez. Estoy seguro de que cualquier comentario que hagan, por serio que sea, será mil veces más gracioso que esta cosa sin nombre, de la que no se van a acordar porque la memoria es sabia y olvida lo malo con mucha facilidad. Afortunadamente, por supuesto. 

miércoles, 26 de abril de 2017

MEMORIAS DE ÁFRICA (1985), de Sidney Pollack

Yo tenía una granja en África. Pero más allá de paisajes asombrosos, de una fauna espectacular o de cualquier otra cosa que pueda sugerir tan exótico continente, recuerdo las sensaciones de aquel lugar. El calor de la tarde, la lluvia en su época, los bichos cercando mi piel, las caricias…sí, eso es lo que no se puede olvidar. Las caricias del único hombre del mundo que no se podía estar quieto, tenía que vivir su aventura y no aceptaba a nadie más a bordo. La plenitud de ver esa tierra desde el aire y a su lado vale por toda una vida. Los animales en su entorno, tratando de buscar comida o agua mientras el avión les asustaba con sus hélices imparables…y él estrechando mi mano como si aquel fuera el primer momento, el último momento, todos los momentos. Eso no se puede olvidar ni siquiera congelando al pensamiento en la helada Dinamarca. El sol abrasador todavía me roza, los ojos de él todavía me acogen. Yo tenía una granja en África…
Y tal vez la sensación del recuerdo me transporta a esa ocasión en la que él me lavó la cabeza mientras Mozart desgranaba sus notas en aquel viejo gramófono. El agua fresca cayendo entre las raíces de mi pelo era como la vida tratando de abrirse paso entre los días. Sus dedos llegando a las profundidades del bosque de mi cabello eran como una exploración de los sentidos, como adentrarse en una tierra que deseaba ser desvirgada. La música que rodeó todos aquellos años ha sido siempre como la expresión máxima de un romanticismo que es, más bien, un privilegio para unos pocos. La granja seguía su marcha mientras mi marido alternaba en los sitios donde la alta sociedad de labrantía extranjera seguía haciendo dinero explotando a los nativos. Quédate quieto, Dennis, quiero sentirte. No te muevas. Estás dentro de mí. Y ya no podrás salir por mucho que no quieras estar junto a mí. El amor es esto. Es África. Eres tú. Es Mozart. Es el calor. Es el agua fresca. Es darse cuenta de que en tu tumba, todos los días al atardecer, habrá dos leones mirándose a los ojos y diciéndose muchas cosas sin abrir la boca. Tal vez por eso vine a África, para darme cuenta de que aquí empezaba la eternidad.

Luego dejé la granja y volví a mi país. Me enfrenté a las hojas en blanco que me desafiaban con su arrogante blancura y me puse a escribir tratando de explicar porque estaba fuera de África. Tal vez porque no podía seguir viviendo en un lugar donde estuve rodeada de pasiones y todas ellas se esfumaron en el momento en que tú, Dennis, ya no estabas sobre la Tierra. No lo sé. Tal vez porque ya no me ataba nada allí y empecé a sentir lo mismo que tú sentías, que no pertenecías a ningún paraje, a ningún sitio, a ningún continente. Escribir sobre las memorias de una misma en África es muy difícil y otros puede que lo consigan con ese arte del cine. Ojalá consigan transmitir esa plenitud, ese lavado de pelo, esos momentos imborrables que escriben la personalidad de los que los viven. Yo tenía una granja en África y todos los días me acuerdo de ella. Aún vivo allí. Aún amo allí. 

martes, 25 de abril de 2017

LA DELGADA LÍNEA ROJA (1998), de Terrence Malick

La guerra no es una broma. Es el principio y el fin del ser humano. Es el lugar donde mueren las penas, los sueños y las ilusiones y puede que el premio sea solo la supervivencia. Allí, en medio de la batalla, cada hombre se agarrará a cualquier razón para conseguir su premio. Quizá es donde el sufrimiento se instala y siempre es preferible pasarlo mal por estar lejos de quien amas que sucumbir a las balas del miedo. Tal vez sea un lugar donde Dios está presente y en todas las cosas a pesar de que la muerte campa por sus respetos. Puede que sea un punto de encuentro de pasiones y debilidades con otros hombres de otras razas que tienen el mismo miedo y la misma decepción. Detrás, los tipos con galones darán órdenes a diestro y siniestro con el único fin de ganarse un prestigio por haber ganado una cruenta batalla o alguna que otra condecoración. Es, además, un sitio donde el error tiene un puesto de honor. Y la muerte recoge su cosecha con una sonrisa en los labios y la guadaña bien afilada. La incompetencia también merodea y no deja de ser una razón más para morir. La guerra no es una broma. Es un cúmulo de circunstancias que determinan sobre la vida y la muerte, incluida la circunstancia de la estupidez.
Solo hay una delgada línea roja que separa la cordura de la locura. En el espesor de la maleza se fabrican los héroes porque la hazaña no se fabrica desde el principio sino que se va escalando poco a poco en la medida de la supervivencia. Una cosa sale bien y luego otra y vamos a intentar otra y esta otra y aún otra más…hasta que, por fin, se ha conseguido y no se sabe cómo. Solo con la certeza de que cualquier heroicidad es antónimo del acto de guerra pero, no obstante, no pararán de repetir hasta la saciedad que se ha hecho una proeza. Y la verdadera proeza es volver, sentir de nuevo los brazos que deben acariciarte, tomar de nuevo la sensación de plenitud para volver a ser, de nuevo, un hombre. En el frente no hay hombres, solo peones sacrificables que engrosarán una estadística y provocarán un gesto de pena o, como mucho, una lágrima en los compañeros. Y siempre más, más, más. No va a acabar nunca la sangría. En el próximo recodo, puede que haya una bala que será la esquirla definitiva del destino.
En medio de esa maleza, de esa colina inexpugnable, de ese pánico cerval a morir, un sargento trata de poner algo de sensatez en todos sus actos y en todas sus órdenes. Un capitán se niega a cumplir una orden porque es la sentencia de sus hombres. Solo basta con pensar un poco para llegar al objetivo, no hace falta salir en un ataque frontal, sin cobertura, sin ayuda aérea, sin nada. Solo hay que pensar. Pensar y guerra. Nuevo antónimo que cuesta vidas. Nueva paradoja para pisar los charcos de la moral.

También habrá un ayudante del coronel que se dará cuenta de la inhumanidad que rodea al mando, un soldado que quiere vivir en comunión con el espectáculo de la naturaleza hasta que forma parte del paisaje; un veterano que falla; un novato que abre sus ojos como no queriendo creer que todos esos disparos y toda esa sinrazón existe…sí, es una delgada línea roja que algunos cruzan mientras el sol desaparece por el horizonte.

jueves, 20 de abril de 2017

LA ESCAPADA (1962), de Dino Risi

Puede que en un síndrome de Peter Pan haya más libertad que en toda la corrección vivida. Es el momento de encender la luz del corazón aunque solo sea para darse de bruces con el duro suelo de la realidad. La paradoja está servida a bordo de un coche blanco y reluciente con el que la escapada por las carreteras de Italia será una aventura de sensaciones y conocimientos. Por el camino, habrá paradas intermedias en esas dos caras que representan los dos protagonistas. Bruno es alegría e intoxicación. Roberto es tristeza y contemplación. Dos contrapuestos se van de viaje. Y nosotros somos el equipaje que va con ellos.
La poesía y lo agridulce se dan cita en las señalizaciones del camino. La inutilidad de una vida que se bandea entre los gritos, la hiperactividad, el exhibicionismo, el ego, el narcisismo, la inmadurez, la innecesaria confrontación, la mentira y la seducción solo se entiende para tomar distancia de la desgracia que rodea a un artista que nunca lo fue. En el otro asiento, el conformismo de otra existencia hundida en la timidez, el aburrimiento, la docilidad, la inexperiencia y el ensimismamiento se presenta como el elemento perfecto para el aprendizaje. Ambos, en el mismo vehículo, son un milagro que se presenta como divertido y tremendamente emocional y, también, ligeramente provocador.
Por debajo, bulle la crítica a la sociedad italiana que se presenta expectante en pleno desarrollismo económico tras la guerra y que no soluciona los vacíos entre ricos y pobres, o entre burguesía y proletariado, lo que inevitablemente conducirá al caos modernista. Tal vez por eso, al final de esta ruta, a todos nos espera el corazón helado que tan alegremente ha latido durante el viaje. Tal vez, también, haya que coger al vuelo ese mensaje de que hay que vivir el momento, el disfrute del segundo que ya se ha ido, sin pensar en lo que puede venir después. Hay que escapar, sí, pero con el pensamiento nítido de que, más tarde, hay que volver.

Enormes Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant en la que es la mejor película del cine del desarrollismo italiano, siempre encabezado por Dino Risi y Valerio Zurlini, que representan con un magistral dominio de recursos interpretativos, cómo la vida, en realidad, consiste en hallar el equilibrio imposible entre el discurrir de los acontecimientos y las emociones aceleradas con sus consecuencias asumidas (o no).  Todos tenemos dos caras en nuestra existencia, todos somos ridículos y sublimes, todos queremos hallar nuestro sitio y, tal vez, solo tal vez, el elemento que hace que lo encontremos no es otro más que el amor. Habrá que subirse al coche para comprobarlo.

NEGACIÓN (2017), de Mick Jackson


“Si es cierto que el Holocausto fue una mentira, por favor, díganme dónde puedo encontrar a mi madre”                                    Billy Wilder


En contra de lo que se cree, no todas las opiniones valen lo mismo. Y eso no quiere decir que se esté en contra de la libertad de expresión. El verdadero enemigo está en quien se atreve a decir algo que es mentira y luego elude la responsabilidad de haberlo dicho. Algo que, por otra parte, se presenta como un hecho de rabiosa actualidad en nuestros días. Estamos demasiado acostumbrados a decir cosas que tergiversan la verdad solo para adecuarlas a nuestra ideología. Y eso es un flaco favor a la democracia, a los que sufrieron, a los que perdieron y a los que conocen la Historia.
Y cuando alguien tiene la osadía de decir que otro miente, es sospechoso de estar atacando esa libertad de expresión. Ahí es donde radica la verdadera indignación. Acallar la voz de quien tiene la razón porque posee elementos más que suficientes como para formar una opinión es un verdadero y definitivo acto de fascismo. No, no todas las opiniones son iguales. Y menos aún cuando hay hechos históricos más que relevantes que se hallan bajo la luz de la autenticidad. Solo así podremos salir de la ignominia y del insulto gratuito. Solo así podremos comenzar a mirar hacia adelante y dejar todo atrás.
Los sistemas judiciales no son perfectos. Ninguno lo es. Ni siquiera el que más se acerca a la verdad. En todos ellos existen las argucias legales que inclinan la balanza hacia uno u otro lado y los abogados son genuinos expertos en encontrar los resquicios que la ley va dejando a su paso. Cualquier sistema democrático posee la base de la justicia como uno de los pilares fundamentales para su desarrollo. Sin perjuicio de que esa justicia pueda ser mejorada o, incluso, empeorada. Un sistema legal funciona cuando es capaz de discernir con claridad la mentira de la opinión, cuando separa con meridiana claridad la Historia del cuento, cuando no se deja arrastrar por las ideologías de cualquiera de los litigantes. Sin dejar de escuchar, de una manera o de otra, la voz de las víctimas que, sean de donde vengan, tienen derecho a clamar por la justicia y, como consecuencia emanada de la misma, por la libertad.

Interesante película, con algún que otro retazo demasiado esquemático, pero que resulta esclarecedora en muchos conceptos sobre la búsqueda de la verdad. Excelentes trabajos de Timothy Spall, con unos cuantos kilos menos tratando de hacer creíble al historiador David Irving y, sobre todo, de Tom Wilkinson, enorme en cada una de sus apariciones, tratando de servir con objetividad a la ley aún a costa de parecer un desalmado que no oye las voces de todos los que murieron y sufrieron en el mayor de los crímenes de Estado jamás perpetrado. Correcta Rachel Weisz, que va ganando peso interpretativo según avanza el metraje con un personaje que se pierde en las artimañas del estrado y en las conveniencias del momento. Y odiosa la tradicional flema británica que no se inmuta dentro de su maquinaria legal aunque consigue lavar la terrible y rechazable ofensa a la verdad que cualquiera, con su capacidad de igualar su opinión a la de los demás, sea cual sea el terreno, es capaz de infligir con la excusa del ejercicio de la libertad de expresión. Seamos libres pero también seamos conscientes.

miércoles, 19 de abril de 2017

LIFE (2017), de Daniel Espinosa

Un gato comienza su caza dando su cara más amable. Resulta algo conmovedor cuando uno se da cuenta de sus movimientos sinuosos, casi elegantes. Un milagro de vida en medio de la desolación más oscura y profunda. Su instinto no deja de crecer, de aclimatarse antes de empezar a buscar sus presas favoritas. Su inteligencia casi ladina es sospechosa y, a la vez, atrayente. No obstante, cuando enseña sus fauces, los ratones se mueven de un lado para otro, intentando encontrar una salida a la trampa mortal que va tejiendo en cada una de sus carreras. Los gatos son astutos. Los ratones intentan huir como pueden. La ratonera es el espacio perfecto. La naturaleza del enemigo es el instinto depredador.
Hay que tener mucho cuidado con ellos, porque nunca dejan de aprender. Crecen con su instinto, cazan con su tendencia. Tienen paciencia y buscan cuidadosamente las vías por las que se tienen que desplazar. Un gato nunca tropieza con los muebles. Siempre saben dónde agarrarse y cómo tratar a sus víctimas. Solo el engaño podrá ser la burla definitiva. Y, tal vez, el final no sea más que un comienzo. Para desgracia de los pobres ratones.
Si una enorme lata es el escenario y en el exterior solo hay vacío, silencio y un medio absolutamente hostil, el gato no dejará de disfrutar con su acechamiento. Al fin y al cabo, los ratones, como el ser humano, son débiles y sus posibilidades siempre son limitadas por muy inteligentes que puedan llegar a ser. Más que nada porque no aprenden de sus propios errores. El gato, sí. Y esa es el arma definitiva. Esa será la sangre que acabe flotando en gravedad cero si el espacio es todo el entorno. Las pasiones humanas acaban siendo inútiles e, incluso, se convierten en mochilas muy pesadas de llevar. Un ratón no puede moverse bien. Otro tiene algún ratoncito esperándole en algún agujero de la pared. Otro más se siente más cómodo en medio del vacío. Son cebos perfectos para que el gato sacie su sed de destrucción. Al final, esa es su forma de ganarse la vida. Solo necesita la muerte de los demás para seguir disfrutando de sus conquistas vitales. Otra pasión humana.

El director Daniel Espinosa ha dejado de lado sus nerviosismos habituales para contarnos con sobriedad el ambiente de una ratonera sitiada por un gato en mitad del espacio exterior. Para ello, ha sabido construir una intriga más que aceptable, con algunos sustos, buenas situaciones de tensión y algún que otro tópico. Rascando en las paredes se halla el notable aunque algo diluido trabajo de Jake Gyllenhaal y una sabia utilización de esa lata de conservas que acaba siendo el peor lugar del universo. Y es que no es fácil hacerse cargo de un elemento extraño en una situación límite, intentando derribar las fronteras del conocimiento para hallar, por fin, la certeza de que ir más allá también es un desafío a la misma Naturaleza. Esa misma que nos encumbra en nuestra complacencia por los descubrimientos que nunca deberíamos haber hecho. Esa misma que nos susurra al oído que también tenemos que dar algo de nosotros mismos si se quiere derrotar al enemigo invencible. 

martes, 18 de abril de 2017

RÍO ROJO (1948), de Howard Hawks

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Blue Jasmine", de Woody Allen, podéis hacerlo pinchando aquí.

Para construir algo grande, primero hay que perder. Tom Dunson lo pierde pero eso hace que su esfuerzo sea más perseverante, más constante, más implacable. A su lado, un viejo compañero de armas y fatigas que nunca le abandonará, porque sabe que la amistad, cuando es verdadera, está mucho más allá de cualquier obstáculo. Y un niño que, en poco tiempo, se convierte en hombre de gatillo fácil y mirada huidiza. Al fondo, el polvo seco y pegajoso de la llanura que abrirá el camino para la ruta de la carne del viejo Oeste. Y será un camino abierto a sangre y fuego.
No es fácil llevar tantas cabezas de ganado a través de tantas millas repletas de torpes estampidas, de indios salvajes nacidos de ruidos nocturnos, de bandidos que solo pretenden robar lo que se ha juntado con tantísimo esfuerzo. No, no es fácil. Tanto es así que Tom Dunson también cree que no todos sus hombres están con él. Y la única manera de vencer al miedo es con miedo. No todo puede estar bajo la sombra del gigante y eso es lo que se escapa. Por allí, en algún recodo del camino, algo más cerca, estará una mujer de empuje y ganas, que cree que un padre y un hijo deben entenderse más allá de las diferencias surgidas a partir de la autoridad y, para ello, los dos deben ceder. El Oeste puede abrir grandes horizontes pero también construir enormes muros. Y lo que nunca debió romperse, se separa y solo el destino podrá hacer que todo quede reparado.

Howard Hawks quiso elevar la categoría del género del western a un nivel adulto, llevando la inteligencia en la funda y la aventura bajo el sombrero. Para ello, no dudo en juntar a dos actores de estilos diametralmente contrapuestos como John Wayne y Montgomery Clift, arriesgando que la química saltara por los aires en lo que se presentaba como una gran producción del lejano Oeste. El resultado fue impresionante porque los propios actores establecieron unas reglas para no pisarse las actuaciones y la credibilidad está asegurada. Tom Dunson es realmente el padre de ese muchacho algo descarado y valiente llamado Matthew Garth. El paisaje de plano profundo resulta un personaje más y la tensión crece con sabiduría entre las polvorientas cabalgadas de un puñado de hombres que fueron más allá de sus propias fuerzas para hacer realidad sus sueños. Y uno de ellos es esa impresionante Joanne Dru que nubla el sentido a las mismas balas. No importa que algunos vean en esta película una versión a caballo de Rebelión a bordo, o que no sea demasiado creíble el giro de algunos personajes. Howard Hawks estaba allí mismo, detrás de la siguiente colina, y en su mirada de zorro había tanto cine que lo único que el espectador puede hacer es montar en su caballo y unirse al sendero de Chisholm para llevar un buen puñado de cabezas de ganado a donde nadie ha llegado nunca.