martes, 21 de noviembre de 2017

EL PLANETA DE LOS SIMIOS (1968), de Franklin J. Schaffner

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla alrededor de "El viento y el león", de John Milius, podéis hacerlo aquí.

El hombre ya no es un hombre. Es un mero esclavo sin cerebro, obediente, sumiso. Tal vez haya un día en que el hombre se levante y, por primera vez, diga “no”. Es la lógica evolutiva. Incluso es posible que venga de otro planeta. Lo que sí está claro es que es inconcebible que un hombre llegue a hablar. Son bestias sin alma, sin razón. Son destructores vocacionales de todo lo que puede ser creado. Y su ejemplo debe servirnos como ejemplo a los simios. Para no cometer los mismos errores que ellos se han empeñado en repetir con insistencia. No supieron utilizar el conocimiento. Su natural ambición ha terminado por ser su natural perdición. No merecen mucho más que el látigo, la opresión y la bajeza de su propia especie. Es la hora de los simios. Sencillamente porque, un día, un simio se levantó y dijo “no”.
Y ya está aquí. Ya tenemos al hombre que habla y que se empeña, como siempre, en tener razón. Todo lo que no está en la órbita de su pensamiento resulta ajeno para él. Como el hecho de que un mono sepa escribir. No cabe en su cabeza. Es tan limitado que no puede llegar al significado último de la evolución por mucho que crea que se halla en un planeta ajeno. Quiere ir a la zona prohibida y ahí queda confirmado que realmente no sabe lo que hace. Se mueve por instinto y por rabia. Se mueve por venganza y superioridad. Los hombres superiores al mono. ¡Qué estupidez! Todo el mundo sabe que es al contrario. Los simios somos superiores al hombre. Sabemos enjuiciarlos. Sabemos lo que pretenden. Sabemos lo que deben tener. Ellos, por no saber, no saben ni hablar. El hecho de que un solo hombre hable no quiere decir nada. Puede ser una aberración de la Naturaleza o, incluso, un error premeditado. La Naturaleza es sabia y puede que quiera ponernos a prueba. Tal vez anhele una evidencia definitiva de nuestra superioridad sobre todas las demás criaturas. Debemos ser cautelosos. Debemos acudir a los más viejos para que nos instruyan. Y sobre todo, no debemos dejarnos engañar por la sucia boca de ese humano que habla, que grita, que se rebela y que dice una y otra vez que somos bestias. Él es la bestia. Él es el peligro.

Tendrá que descubrir por sí solo cuál es la orilla de la desolación. Su desnudez delata su incapacidad. Es vulnerable y susceptible de ser humillado. Quizá, mientras escribo esto, me doy cuenta de que no es tan diferente a nosotros, los simios. Nosotros también tenemos áreas del conocimiento que nos están vedadas y por eso vigilamos a nuestros científicos. También somos vulnerables y, desde luego, podemos ser humillados. Solo nos separan unos cuantos genes, tenemos más pelo y quizá tengamos un sentido más desarrollado de la solidaridad. Estoy seguro de que, de aquí a poco tiempo, tendremos una Sociedad Protectora de Seres Humanos que prohibirá la amputación de parte del cerebro y a alguna que otra asociación que considere que tratarlos como seres vivos sin valor es una muestra de nuestra incivilización. Todo puede ocurrir en un planeta que siempre profiere alaridos de muerte…

viernes, 17 de noviembre de 2017

ESCONDIDOS EN BRUJAS (2008), de Martin McDonagh

Cuando una ciudad enseña sus luces nocturnas, es como si abriera las puertas de sus recovecos más secretos para que entren nuevas conspiraciones a media voz, nuevos sueños de media mesa, nuevas esperanzas para un día que no debería llegar. La noche debería permanecer así siempre. Insólita y hermosa, llena de luces cálidas y piedras melladas por el tiempo. Y es casi un pecado admitir que la belleza tiene un lado oscuro por el que se mueven armas, venganzas, frustraciones y ensoñaciones. Todo eso son cosas efímeras, sin importancia. Con tan poca importancia como la vida de un par de sicarios que han metido la gamba hasta el fondo con su último trabajo. Tienen que esconderse en Brujas porque el jefe se lo ha ordenado. Y, a pesar de que son hombres sin corazón, algo se les mueve por el interior que ellos mismos pretenden que, de vez en cuando, salga a la luz.
Y es que una cosa es ser un asesino y otra ser mala persona. ¿Por qué no se le va a brindar a un tipo que está condenado el placer de la visión de una ciudad preciosa? Es lo mínimo. Al menos, que lo último que vea el fulano sea algo extraordinario. Es esencial que la gente se marche contenta de este mundo. No vale solo un disparo entre ceja y ceja y ya está, todo se tiñe de rojo y la vida se escapa. Hay que darle un último sabor a la bala que lleva tu nombre. Y no digamos si hay que subir al campanario. Sí, ése que resulta que si está cerrado, está cerrado y no se hable más. Desde luego, Brujas es una ciudad llena de hechizos. Tanto es así que uno puede evitar el suicidio de alguien justo en el momento en que estás pensando en meterle una bala en la nuca.
Así, en medio de esas calles empedradas, plenas de humedad e historias, nos topamos con rodajes de películas, chicas, enanos vestidos de colegial, respetos inesperados que parten de asesinos profesionales, vistas impresionantes desde lo alto y lo bajo, la noche herida por la luz de una ciudad insustituible y la certeza de que, a lo mejor, en algún lugar del alma, nace el deseo de ayudar a alguien que no merece morir. Es una simple cuestión de ética entre malvados de oficio. Es el otro lado de los facinerosos que se dedican a lo innombrable. No vale solo el negocio, también hay que demostrar un par de dosis de honestidad.

Sorprendente y con un delicado equilibrio entre la perplejidad y la crueldad, Escondidos en Brujas enseña las brillantes interpretaciones de Brendan Gleeson y Ralph Fiennes para tapar sus colmillos bien afilados. Más atrás se halla Colin Farrell, perdido entre gestos de extravío y encrucijada, luchando con su verdadera naturaleza de actor de recursos limitados. Todos ellos dirigidos por Martin McDonagh, un tipo que consigue, de forma casi mágica, hacer que nos sintamos bien mientras seguimos la pista a dos asesinos que, en manos de cualquier otro, serían los malos o los torpes de la película.

jueves, 16 de noviembre de 2017

ORO (2017), de Agustín Díaz Yanes

A fe mía que poco tenían de conquistadores de nuevas tierras aquellos iletrados que partieron en busca de una quimera de oro y opulencia. Entre ellos se odiaban y desconfiaban y eran incapaces de superar todo aquello que les separaba en la España del siglo XVI. La codicia no entiende de honores ni de compañerismos y, aunque españoles, no dudaban en rebanar gaznates si de ello dependía su promesa de buena fortuna y oropeles soñados. Esa siempre ha sido España. Y aún lo es.
No dejaban nada en su tierra de origen salvo, quizá, algún bastardo de una noche de vino y olvido o una madre plañendo por su partida. Tampoco tenían nada que perder porque España ofrecía la nada para ellos y para perder la vida allí, mejor perderla en las tierras vírgenes allende los mares. La esperanza era lo último que se perdía y, tal vez, bien valía la apuesta unas gotas de sangre, aunque fuera de baja ralea y condición mínima. Cierto es que, como españoles que eran, no dudaban en luchar codo con codo cuando todo amenazaba con irse a tomar viento dorado y que, una vez pasado el peligro, no dudaban en desenvainar filos por un quítame allá unos granos de arena. Ni siquiera la selva los pudo entender, porque arriesgaban todo por un buen puñado de nada.
Sin embargo, allí, donde los ríos se estrechan y los ruidos del tupido verde se confundían con las voces de los nativos, podía haber unas migajas de eso que llaman amor, flor de un día en medio de tanto odio sin razón. En ellos anidaba la rabia que la vida había sembrado en sus corazones y no entendía de patrias, ni de personas, ni de anhelos, ni de duelos y lo mismo podían pasar a cuchillo a un oscense que a un indígena. Eran valientes, pero taimados. Trataban a la dama oscura de tú a tú y sabían que podía presentarse en cualquier momento. Sin piedad. Sin compasión. Sin más recompensa que un día que se apaga y con la certeza de que ya no vendría otro igual.
Personajes de epopeya nacidos de la pluma del licenciado Pérez-Reverte y dirigidos con mano de hierro por el maese Díaz Yanes que descubren los lados más oscuros de algunos soldados sin gloria, campesinos sin mañana y damas de bravura comprobada. Interesantes labores de los señores de Arévalo, Coronado, Jaenada y mi señora Lennie. Grande la fotografía de Femenia, absorbente la partitura de Limón y brillante el sonido de Marín y Muñoz, que resuelven con magisterio los problemas del exterior rugiente. Algo de precipitación hacia el final, como queriendo dejar bien claro que los desenlaces se presentan sin previo aviso y aclarando entre aguas turbias tintadas de rojo que el destino de los españoles pasa por el cuchillo empuñado por manos hermanas. Más allá de eso, sólo restará el pequeño triunfo, sólo válido para aquellos que un día creyeron que España era grande aunque habitada por hombres muy pequeños.
Dejo estas líneas para que conste que he acompañado a tan insignes nombres en la búsqueda de la calidad, en la seguridad de que vi una historia en la que la aventura estaba en los personajes que la habitaban y no en sus hechos, en el temor de que, en algún momento, parece que la trama se estanca igual que un río que no fluye, pero que, al fin y al cabo, vemos una parte de nosotros mismos en tales entelequias, más propias de ingenuos que de hombres derechos.
Lo cual firmo a fe mía, en el año de nuestro señor de dos mil diecisiete, para que conste en los archivos del reino y para consulta y seguimiento de quien tenga a bien leerlo.


miércoles, 15 de noviembre de 2017

EL COLECCIONISTA DE HUESOS (1999), de Philip Noyce

La profesionalidad puede traer muchos líos. Encontrar un cadáver y parar un tren y ya estás metida en la investigación de unos crímenes horribles, dirigida por un parapléjico desde su cama, como si él supiera lo que es la observación forense de pistas. Lo peor es que lo sabe. Puede que sus brazos, sus piernas y su columna no funcionen, pero tiene una inteligencia fuera de lo normal. Sois un equipo grande porque una chica que es capaz de parar un tren, también es capaz de enfrentarse a los típicos cortos mentales que tratan de apuntarse tantos con la delicadeza de un elefante. La chica es la mejor. Tiene unos ojos preciosos que se fijan en todo. Su boca invita al beso, pero también a hablar sin tapujos. Un asesino anda suelto. Y el reto está lanzado. Un criminal contra un inválido con manos y cuerpo de mujer en perfecto estado de forma. Es como si Edgar Allan Poe hubiera vuelto a Nueva York y estuviera escribiendo de nuevo alguno de sus relatos de crímenes horribles, repletos de crueldad, salidos de una mente enferma.
Fijarse en todo es uno de los secretos de una buena investigación. La forma en la que están unas manos. La simetría de unos cortes terribles que llaman a las alimañas. La pieza dejada, como al azar, para que se encuentre el camino que el asesino quiere señalar. Es como un rostro de mujer difuminado por el tiempo, trazado en otra época de oscuridad y muerte. El asesino no se detendrá y lo que está diciendo, en todo momento, es que es más inteligente que cualquier otro que intente atraparle. Incluso desde un piso diáfano que sirve para cuidar un cuerpo muerto y una mente viva. Incluso desde el valor incomparable de una mujer que sabe moverse entre escombros y conoce la fórmula para invitar a la vida. No es fácil ser mujer. Es más difícil que estar en una cama esperando el tránsito definitivo porque no hay dignidad en una existencia que no merece ser vivida.

Turbia e inquietante desde el primer momento, El coleccionista de huesos es una rara película de misterio que trata de dar valor a las dos almas de una misma investigación, como si se pudiera separar el cómo del qué. Denzel Washington vuelve a otorgar sabiduría con sus limitados movimientos y Angelina Jolie exhibe belleza a raudales y demuestra lo gran actriz que es cuando quiere. Más allá de eso, es hora de sumergirnos en la parte más tenebrosa de una ciudad infectada por el crimen más vil, llena de castillos que guardan los secretos de su historia con celo y hostilidad, repleta de inútiles que creen ver en la muerte una oportunidad. Habrá que poner en marcha el cerebro y observar muy detenidamente.

martes, 14 de noviembre de 2017

EN UN LUGAR SOLITARIO (1950), de Nicholas Ray

Dixon Steele nació cuando te conoció. Se hallaba perdido, sin rumbo, a muchas millas de cualquier lugar, tratando de encontrar su sitio en una vida que siempre ha despreciado. Tal vez porque su profesión de guionista le condenaba a adaptar obras mediocres de otros o, tal vez, porque estaba demasiado solo. Y esa soledad le ha forjado un carácter difícil, errático, algo bipolar. Llegaste tú y todo cambió. El sol le volvió a dar en la cara y, de repente, la sonrisa hizo visitas inesperadas. La inspiración regresó de un largo viaje y comenzó a escribir febrilmente, haciendo de un libro olvidable, un guión para una película que se recordará. Volvió a nacer, sí. Porque supo que había una razón para seguir adelante, para vivir y para permanecer en la vida saboreando cada instante. Tenía todos los espectadores que deseaba. Solo tú.
Dixon Steele vivió unas semanas mientras te amó. Aunque no consiguió quitar de sí mismo la parte más oscura de su personalidad. Esa misma que salta como una fiera rabiosa cuando se le arrebata algo que cree de su propiedad. Pero ahí estuvo, con su máquina de escribir echando humo, deseando volver sus ojos hacia ti para que las palabras brotaran solas y los sentimientos brincaran por la habitación. Dixon tiene prisa para ser feliz porque ya se ha olvidado de lo que eso significa. Y comete errores. Cree que lo tiene todo ganado y alguien debería susurrarle al oído que una mujer tiene que ser conquistada todos los días. No basta con las sensaciones que llaman insistentemente con intención de quedarse. Hay que mantenerlas. El amor es insaciable y esas semanas fueron generosas. Vivió unas semanas. Supo lo que era vivir porque estabas a su lado. Y quiso perderse entre tus miradas, tus besos, tus presencias…

Dixon Steele murió cuando le abandonaste. Tal vez porque supo que lo había hecho rematadamente mal, que había dejado salir a esa bestia que siempre le ha roído las entrañas y que impide poner límites a la furia, a esa rabia que sale cuando las cosas no son lo que deberían ser, como su amor, como su vida. Sí, murió porque pasó del cielo a la soledad, volvió a ese lugar solitario del que, tal vez, nunca debió salir, ese lugar en el que nadie, nunca más, volverá a acordarse de él. Ese lugar del que nadie volverá a rescatarle. A partir de aquí, la única compañera será la tristeza, el desánimo y el tremendo dolor que también acabará por dormir definitivamente a la bestia.

jueves, 9 de noviembre de 2017

LA BATALLA DE LOS SEXOS (2017), de Valerie Faris y Jonathan Dayton

Servicio. Nadie a estas alturas puede dudar de que la mujer es superior al hombre en muchos aspectos. Son más fuertes mentalmente, más constantes en los sentimientos y en el esfuerzo, tienen una capacidad admirable para soportar el dolor y son infinitamente más luchadoras. Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo en que se creyó que el hombre era superior con el único argumento de la posesión de la fuerza. Y también hubo una mujer que trató de demostrar que las mujeres no eran superiores, pero que merecían tanto respeto como el hombre.
Quince a nada. Era una época en la que ni siquiera se podía proclamar a los cuatro vientos la condición sexual de unos y de otras. Se quería revestir todo de negocio basado en la supuesta rapidez física masculina, su pretendida agudeza mental. Y ellas son más serias, más profesionales. Desde luego, tienen sus defectos, pero cuentan con un aliado natural y es que nadie puede discutir que son más bellas que el hombre y, por eso, se les perdona con mayor facilidad. Tampoco ayuda demasiado el hecho de que el hombre se exhibe, fanfarronea, intenta exaltar a base de falsos encantos personales y de habilidades que, en el fondo, no son más que elementos de igualdad. Es casi imposible llegar a esa bola y se perderá más allá de la línea. Por mucho ojo de halcón que el hombre solicite.
Treinta a nada. El espectáculo se monta. Lo que para unos es una fiesta que debe de acabar de una vez por todas con la guerra de sexos, para otras es un duelo en la cumbre que exige preparación, entrenamiento, electricidad en las piernas, reflejos impecables. No es de recibo que, aún hoy, haya trabajos en los que las mujeres sean despreciables en base a su potencial maternidad, cuando debería ser algo natural y profundamente admirable. Ellas suben a la red con decisión. Nosotros, casi, debemos pedir permiso.
Cuarenta a nada. Valerie Faris y Jonathan Dayton dirigen con convicción las secuencias de tenis, pero se muestran manifiestamente torpes en todo lo que exige intimidad. Hay como una especie de estúpida obsesión por acercar la cámara exageradamente, quizá para captar lo que esconde el corazón de una mujer cuando ellas son capaces de expresarlo todo con tanta naturalidad que la distancia resulta ser algo rematadamente superficial. Emma Stone resulta eminente como esa tenista llamada Billie Jean King que cambió la forma de ver las cosas cuando el mundo del tenis aún no era ese festival mercantil que es hoy en día aunque empezaba a serlo. Mención especial merece el espléndido trabajo que realiza Elizabeth Shue en un papel que no da excesivas cuerdas de lucimiento, pero que sabe exprimir con veteranía e intensidad. Aceptable resulta Steve Carell en su histrión porque, al fin y al cabo, así era Bobby Riggs, un incorregible jugador y apostador profesional que sólo deseaba convertir su vida en un show. El resultado es una película a la que le falta algo de mordiente en sus diálogos, pero que se deja ver sin demasiado esfuerzo, con una buena ambientación de los primerizos setenta, una época en la que las raquetas aún eran de madera y los prejuicios se tomaban como algo normal.

Juego, set y partido. Ustedes deciden quién gana.

miércoles, 8 de noviembre de 2017

BASIC (2003), de John McTiernan

Mañana no habrá artículo debido a la festividad de la Almudena en Madrid, pero os espero el viernes para echar un partidito de tenis en el estreno de la semana. No faltéis.

Una tormenta tropical se desata en Panamá. En medio de ella, una patrulla militar que realiza maniobras con fuego real acaba aniquilada. Solo dos supervivientes. Se llama a un tipo que fue oficial y que ahora es un agente de la DEA sospechoso de haber aceptado un soborno. Nada es lo que parece. Y hay que ir a lo básico, a lo más evidente. ¿Qué es lo que pasó en la jungla de Panamá, casi en la frontera con Colombia? Era un grupo de élite, entrenado por el sargento más exigente de todo el ejército. ¿Qué pudo salir mal? ¿Por qué se llama a alguien de fuera para investigar el incidente? Y la lluvia sigue golpeando las cabezas, llamando a la razón, intentando encontrar algún hueco que haga que las cosas se cuenten bien.
Es carnaval y la confusión es lo normal. La droga parece un móvil en todo ello y nadie es lo que dice ser. El agua parece esconder las verdaderas motivaciones de la mentira, de la investigación, de la sospecha y de la precipitación. Poli bueno, poli malo, la chica no es competente, el tipo sí lo es. La pista es infinita y también un ocho tumbado marca el camino de circunferencias concéntricas que hay que trazar para llegar al núcleo de una verdad que se escapa y se esconde tras las cortinas de agua y furia. Esto parece un acertijo encerrado dentro de un enigma. Y nadie dice la verdad.

John Travolta viste la camiseta del escepticismo mezclado con la ironía en un papel que le va como anillo al dedo para desbrozar el misterio que se cierne sobre una unidad que tiene mucho que ocultar. Connie Nielsen se siente desplazada y humillada, tal vez porque cree que, siendo mujer, el desprecio es parte integrante de los mandos del ejército. Samuel L. Jackson no tiene piedad y trata de poner al límite la capacidad humana para que no se pierda la habilidad del pensamiento. John McTiernan dirige la última película de calidad antes de caer en el ostracismo en el que le sumió el escándalo. Todos ellos tienen que juntar las complicadas piezas de un rompecabezas que parece que ha perdido algunas por el camino. Y es algo básico tener que reunirlas de nuevo. Tan básico como la certeza de que las sorpresas no se circunscriben solo a un puesto militar que trata de hacer negocio con la ocupación sino que hay algo más. Y ahí sí que hay que olvidarse de lo básico. Tal vez porque el secreto puede llegar a salvar algunas vidas y hallar a los verdaderos culpables.

martes, 7 de noviembre de 2017

COLORADO JIM (1953), de Anthony Mann

El rencor es algo que se desliza entre las piedras desnudas de la venganza. Howard Kemp lo perdió todo en la guerra. Su granja, su familia y su moral. Se ha convertido en un hombre tan despiadado como aquellos a los que persigue. Y más aún si la presa es Ben Vandergroat, un tipo que no merecería ni pisar la tierra que saquea. Cuando consigue atraparlo, Ben, sutil y ladinamente, se dedica a sembrar semillas de desconfianza, de envidia, de soberbia, de lujuria, de desprecio. Quiere que esos tipos que han conseguido atarle sobre la silla de un burro se maten unos a otros. Y el primero de todos ese Howard Kemp que, primero, se hace pasar por un hombre de ley cuando no es más que un miserable cazador de recompensas, un buscavidas lleno de odio que trata de lavar no sé qué ofensa del pasado. Es fácil cuando el móvil es el dinero. Ben Vandergroat lo sabe muy bien. Su oficio consistía en quitarle el dinero a los demás y no repartir con nadie. Y el que se oponía se llevaba su parte de plomo.
El paisaje nevado y abrupto parece acusar a todos los hombres y a la mujer que vagan por ese territorio agreste y violento. Sus enormes montañas solo descansan en el ruido de los cascos de los caballos sobre la piedra que brota de los ríos. Es una orografía de caracteres que abruma y agobia a cada nuevo paso de la caravana. El cobarde, el viejo cansado de buscar oro, el delincuente, la chica que, en el fondo, solo desea un hombre honesto a su lado y el miserable cazador de recompensas. Cinco fugitivos de la moral que solo entiende de espuelas desnudas, de punzadas de filo cortante, de tributos de crueldad que se pagan con gusto porque los ceros llaman al alma. Todos ellos son heridas del terreno que parece no quererles en los rincones de lo correcto. Aunque, quizá, en algún lugar perdido, en medio de ninguna parte, la razón se recupere de sus heridas y el enfrentamiento tenga lugar dejando a los hombres buenos de un lado y a los malos de otro.

Espléndidas interpretaciones de todo el reparto, compuesto por James Stewart (más brutal que nunca), Robert Ryan, Millard Mitchell, Ralph Meeker y una juvenil Janet Leigh bajo la dirección de Anthony Mann. Western de paisajes escarpados y éticas quebrantadas que trata de mostrar que todos los hombres buenos tienen un lado intensamente malo y que las situaciones extremas definen el lado en el que se sitúan. Moral y épica en el mismo cabalgar demostrando que un verdadero maestro de las películas del Oeste podía hacer que nos quedáramos pensando en qué lugar nos situaríamos nosotros.

viernes, 3 de noviembre de 2017

DOS SEMANAS EN OTRA CIUDAD (1962), de Vincente Minnelli

La bola corre por el césped con tranquilidad. Atrás han quedado las luces, las drogas, la locura, el éxito. Ahora el día se aparece cristalino con su blanca mañana y el mundo espera, con los brazos abiertos y los ojos cerrados. Aquellos tiempos de alfombra roja, focos en los estrenos, portadas en las revistas y películas como salchichas ya han pasado. Ahora hay que construirse una nueva vida. Y tal vez el cine no sea tan malo en sí mismo. Malas son las personas que lo componen. Como un director acostumbrado a manipular a todos que te pide ayuda para terminar una película en una lejana ciudad de la vieja Europa. Como un actorcillo que trata de escalar más rápido para caer más fuerte. O como esa mujer…esa maldita y hermosa mujer que te comió las entrañas, que te empujó hacia las oscuridades de la locura y que se divierte viendo cómo los hombres se arrastran por una mirada. El cine estará ahí, con su ojo avizor, tratando de convertirse en arte…y la verdadera obra de arte es la propia vida.
Entre la confusión del rodaje, la hoguera de las vanidades expuestas, las prisas, los montajes, positivar negativos, pacientes consejos de interpretación, no ha habido demasiado tiempo para fijar un objetivo. De momento, hay que tener la débil mente ocupada con los muchos quehaceres de una película y luego, como tantas otras veces, los pensamientos se colocan de forma tan mágica que uno llega a creer que el cine es una terapia y no un entretenimiento. Roma permanecerá incólume, con las grietas en sus piedras, protestando por el paso inclemente del tiempo y, sin embargo, el cine permanece, tal vez como testimonio de una época, de un ambiente o de un lugar, pero ahí está. Y en un rincón, discreto y centrado, puede estar un nombre. Eso, ya de por sí, debería ser suficiente recompensa.

Vincente Minnelli volvió a revolver los trasteros del cine para narrar la historia de Jack Andrews (Kirk Douglas), un hombre que probó el éxito, fue devorado por él y acabó comprendiéndolo. A su lado, Edward G. Robinson se puso en la piel de un director especialista en chantajes emocionales de profundo calado que acaba decepcionado por la armadura que exhiben otros. Y también Cyd Charisse, un grito de pánico en la noche, arrastrado por un coche que da vueltas sin control porque ella no es una mujer, es un águila que quiere engullir a todo el que osa poner la mirada sobre ella. No hay nada más fácil que jugar con un hombre que se deja arrastrar por la belleza y la sensualidad. Son juguetes rotos. Son carne de corte en la sala de montaje. Y luego se pisotean. Por eso, dos semanas en otra ciudad será tiempo suficiente para ver con claridad qué es lo que realmente importa en la vida.

jueves, 2 de noviembre de 2017

EL SECRETO DE MARROWBONE (2017), de Sergio G. Sánchez

Nada. Es lo que ocurre cuando se deja atrás el pasado y se cruza una línea que significa un nuevo principio. Siempre se tiene la certeza de que las cosas que han acontecido van a volver y lo harán para quedarse. Hay que tener confianza en que no sea así porque si no va a ser imposible vivir. Ha habido demasiado sufrimiento, demasiada pena, demasiada culpabilidad, demasiada tortura. Y es hora de mirar hacia adelante, traspasando esa línea, descargando todas las mochilas, olvidando todas las experiencias.
Sin embargo, la vida es siempre una traidora inconfesa y puede que los planes se desvíen. Incluso para aquellos que merecen un pedazo de felicidad. Así que es hora de cerrar un pacto. De responsabilidad, de compromiso, de aceptación y de fuerza. Algo que puede perdurar más allá de la muerte si todos ponen de su parte. Es el momento en que la nada puede convertirse en algo. Y así se dejan atrás todas las imágenes que recuerdan de dónde se viene. Tal vez, esa nada sea el viaje de vuelta del infierno.
Nadie. No, nadie puede romper ese pacto. Ni siquiera un fantasma que aparece para llevarse lo que es suyo y dejar un rastro de odio y sin razón detrás de una pared tapiada. Nadie podrá descubrir el engaño en el que hay que moverse para que la unión parezca eterna. Ni siquiera el descubrimiento del amor más entregado puede abrir las puertas para que entren todos los intrusos que se creen con derecho al expolio del mismo pasado. Lo imposible ocurre. Lo sobrenatural existe. La lógica se destroza y, sin embargo, todo mantiene un orden en la obsesión, en la misma promesa, en el limbo del mismo fracaso.
Nunca. No habrá tiempo suficiente como para romper lo que nadie podía quebrar. En el refugio de la locura es donde se halla el mejor de los consuelos. Las conversaciones se suceden y los nervios se tensan. Algo se halla vivo entre tanta muerte y los rincones de la casa parecen crujir, intentando que la madera hable y preste testimonio bajo juramento. Solo que será un relato increíble, que no podrá ser retenido en la cabeza de ningún atrevido oyente. A veces, la muerte tarda demasiado en llegar, como si mantener a las víctimas en el abismo fuera su última carcajada de dama corrompida.

Notable dirección de Sergio G. Sánchez, mesurando los tiempos con eficacia y creando una atmósfera de tensión que resulta ser el verdadero pánico de todo el metraje. Maravillosa la banda sonora de Fernando Velázquez, adecuada en su cuerda, climática en su concepción moderada. Buenas interpretaciones juveniles aunque, en algunos casos, un tanto desencajadas. Edgar Allan Poe hace una visita por ese plató interior para tomarse un buen trago a la salud de Norman Bates y, atónitos, el juguete de terror funciona con sus dosis de sorpresa. No queda más que removerse inquietos en el asiento, esperando el susto que no se produce, pero que acecha en los más infectos agujeros del pensamiento. Quizá, en algún momento, la voz se ahogue y haya que recurrir a señales luminosas que expresen la angustia del momento. No se preocupen. Tal vez, en la desgracia, hallen algún motivo por el cual se sientan bien. 

martes, 31 de octubre de 2017

LA HIJA DE RYAN (1970), de David Lean

Mañana, festividad de Todos los Santos, no habrá artículo. Volveremos el jueves para el consabido estreno semanal. No faltéis, os contaré un secreto.

En un lugar donde la tierra termina y se abre el mar inmenso, parece que los sentimientos se precipitan por el abismo de los acantilados de la pasión. El patriotismo, el romance, la estabilidad, la seguridad, el amor verdadero, la caridad, la envidia, el dolor, profundo dolor…todo eso parece juntarse allí, en el borde, mirando al agua que a veces besa la orilla con suavidad y otras parece azotar con furia en la costa, como queriendo avisar a la gente de que tienen que despertar y dejar que el rencor huya como un náufrago. Las apariencias en Irlanda son siempre importantes. No solo tienes que ser honrado, también tienes que parecerlo. La ira del pueblo se desboca y el escarnio se produce. La humillación se presenta y el resultado, tal vez, sea que el mismo viento susurre al oído que es hora de ser uno mismo, de amar como realmente se quiere amar, de vivir más allá de las convenciones morales, de aceptar la vida con la normalidad que niega la misma Naturaleza. Todo porque un pueblo entero entra en la vorágine del odio y necesita chivos expiatorios para desahogar su frustración.
El aire es un látigo que incomoda en la playa del corazón. El hermano menor del odio es el desprecio y, si aparece uno, el otro no tarda en llegar. Solo las lágrimas de un pobre sacerdote que trata de ayudar en todo lo que puede serán las testigos de la vejación que no debería dejar huella. Tal vez porque hay personas que, con sus experiencias, están por encima de todo eso, de la masa manipulable, de la estupidez generalizada, de las maquinaciones absurdas que igualan el adulterio con la traición, la moral con el patriotismo, la violencia con la justicia. Las olas imbatibles seguirán ahí, demostrando cada día que la pasión debería de estar por encima de todo. El que no ama, sencillamente, no vive. Y en ese pueblo, salvo un par de excepciones, están todos muertos.

Levemente sobredimensionada cuando es una historia que pide muchísimas más dosis de intimidad, La hija de Ryan fue un sonoro fracaso en la carrera de David Lean que le condenó a no dirigir durante más de quince años. A pesar de contar con un reparto competente en el que destacan Trevor Howard en el papel del párroco, la sabiduría de Robert Mitchum como el maestro del pueblo y ese retrasado mental que interpreta magistralmente John Mills, la película se resiente de la elección de Christopher Jones para el papel del jefe de la base militar más cercana que inicia un tórrido romance con Sarah Miles (de hecho, para ese mismo papel David Lean quiso desde un principio a Marlon Brando) y de la desafortunada banda sonora de Maurice Jarre. En cualquier caso, revisada hoy en día, La hija de Ryan es una maravillosa radiografía del provincianismo irlandés, sometido a la politización diaria en su vida que, ladinamente, trata de asesinar con los escándalos más íntimos de los demás. Y también con las personas que realmente merecen la pena.

viernes, 27 de octubre de 2017

LA MANO IZQUIERDA DE DIOS (1955), de Edward Dmytrik

La única escapatoria es vestirse de cura y comportarse como tal. Quizá solo así un hombre llega a descubrir que la bondad está en su corazón. Aunque ni siquiera sea católico. Aunque no tenga ninguna intención de abandonar su gusto por las mujeres. A veces hay que rebuscar en los interiores de uno mismo para encontrar aquello que hace que la nobleza habite en sus rincones. Puede que esté dormida. Puede que, incluso, se halle herida porque también hay que echar mano de los peores sentimientos para jugarse el futuro de las personas a los dados. Y como todo el mundo sabe, Dios no juega a los dados. Por eso, cuando ese piloto ya ha tenido que confesar la verdad, se va entre vítores porque, lo que realmente se está despidiendo, es un hombre bueno.
Y no, no es fácil ser un hombre bueno en medio de la turbulenta China asediada por los japoneses y las guerras civiles. Y menos aún cuando se ha estado de prisionero de un señor de la guerra y se le ha servido con cierta lealtad. Esa es una de las cosas que hacen que se llegue a dudar de la auténtica naturaleza de uno mismo. Puede que, en el fondo, la maldad también tenga algo atrayente y aconsejar a quien le gusta derramar sangre ajena no sea la mejor manera de ganarse un sitio en el cielo. Sin embargo, esas ropas, esa mujer que mira con amor todo lo que hace, esa gente que necesita consuelo y que solo se fija en la altura de un alzacuellos, consiguen que todo parezca fácil, que aunque no se esté demasiado familiarizado con los ritos católicos, haya algo de verdad en todo ello, aunque esa verdad parta del mismo hombre. Son los misterios de la fe y de la inteligencia. Son los caminos de la redención, si es que eso realmente existe.
Humphrey Bogart camina con paso seguro por las llanuras de la China roja esperando encontrar una razón que le haga pensar que es alguien que merece seguir viviendo. Eso es algo bastante inusual dentro de un personaje que ha hecho de todo para que la muerte no sea la compañera en la próxima partida. Aunque solo sea por omisión. Ha acompañado a la destrucción allí por donde ha pasado y es hora de encontrar al destino, aún pasando por el hábito entre medias, aún pasando por la imposibilidad de amar y de mostrarse tal cual es. Gene Tierney, al fin y al cabo, bien merece un poco más de riesgo.

jueves, 26 de octubre de 2017

GEOSTORM (2017), de Dean Devlin

Supongamos por un momento que nada del cambio climático es verdad. No hay calentamiento global, solo el efecto “isla de calor”. En realidad, no vamos hacia una era de aumento de temperaturas, sino todo lo contrario, volvemos poco a poco hacia una nueva glaciación. Algo que responde al comportamiento cíclico del tiempo atmosférico. ¿Es que eso nos libra de toda responsabilidad? ¿Deberíamos vivir despreocupadamente y no cuidar del planeta? Más industrias, más crecimiento, más combustible quemado, más humo y más desidia.
En cualquier caso, solo tenemos un planeta, un hogar que nos acoge y con el que el ser humano todavía no ha aprendido a convivir. Debería de ser algo sagrado para todos nosotros y nuestra obligación sería hallar el perfecto equilibrio entre el progreso, siempre ávido de contaminación, y la conservación de todo lo que permite la vida. Nada nos puede quitar esa tremenda responsabilidad. Y todavía no hemos aprendido, no dejamos de mirar hacia otro lado, preferimos creer lo que nos conviene y no lo que nos hace vivir. Tendrá que ocurrir alguna desgracia de grandes proporciones para que se tomen medidas serias que vayan algo más allá de un protocolo entre naciones que, al fin y al cabo, siempre acaba tornándose en papel mojado por culpa de demasiados intereses en contra de nuestra supervivencia.
Cuando llegue ese momento, tal vez haya que tirar mucho del ingenio porque no habrá ninguna marcha atrás. Habrá que desarrollar algún sistema que permita controlar el tiempo, al menos parcialmente. Tal vez toda una red de satélites alrededor del globo terráqueo que se convierta en una verdadera armadura en contra de los desastres naturales y de la rebelión de la propia Naturaleza. Un ingenio que tendrá que ponerse en marcha en una situación de tristeza e, incluso, de desesperación.

Y a partir de aquí, la fábula. El misterio, la tergiversación de los objetivos, la peligrosidad de la era tecnológica y la misma debilidad humana de siempre. Dean Devlin, el director que recoge el relevo de Roland Emmerich en cuanto a la descripción de destrozos a gran escala y que ya fue su productor en Independence day o El día de mañana, monta un espectáculo que se mueve en tres niveles. El primero es el thriller de misterio. Aunque algo previsible, funciona con cierta soltura y las partes más interesantes de la película corresponden a esta faceta. Con ritmo y algún que otro resbalón como el de la misma resolución de la intriga. El segundo es el de la catástrofe. Grande, espectacular, increíble y nada que no se haya visto ya. Más de lo mismo con menos intención. El tercero es el de la película de aventuras llana y plana. Aceptable en su parte final y totalmente desbarrada en su vertiente científica. Sorprendente la calidad de la banda sonora de Lorne Balfe y con interpretaciones muy justitas en las que ni siquiera se salvan Ed Harris y Andy García, con pocas oportunidades para demostrar lo que saben. Por lo demás, lo de siempre. Una película con momentos de humor que salvan algunos diálogos y espectacularidad asegurada. Quizá un poco diferente por aquello de intentar mezclar géneros algo dispares y no salir demasiado dañada, pero de fácil olvido y breve poso. Es como si en el pronóstico nos dijeran que el tiempo va a ser nuboso con posibilidad de precipitaciones. No hay nada claro y, tal vez, su mensaje ecológico sea demasiado evidente, pero no por ello está exento de razón. Cojan sus chubasqueros, les va a hacer falta.

miércoles, 25 de octubre de 2017

ENSAYO GENERAL PARA LA MUERTE (1962), de Julio Coll

La imaginación es una bestia que necesita de alimento real. Quizá, por eso, hay que buscar elementos reales para crear una obra de teatro que refleje fielmente las reacciones humanas. Y para eso no hay nada mejor que urdir un inicio de trama para saber exactamente cómo se va a comportar la policía, qué expresiones va a utilizar el médico amigo de la familia, cómo se va a mover la equívoca doncella, cuál es el próximo paso del astuto policía…solo que, a veces, la realidad supera a la ficción.
Así que el creador decide ir un paso más allá porque él será un auténtico filibustero al poner en marcha todo un fingimiento pero…el caso es que va a aprovechar la ocasión para que todo sea real. Una nueva vuelta de tuerca al asesinato que va a conseguir que el ensayo general para la muerte sea la primera representación de una obra inmortal. El tipo tiene el rostro de Carlos Estrada, ese actor argentino que tenía que ser doblado una y otra vez en sus incursiones en el cine español por su fuerte acento. Su mujer, es Susana Campos, atractiva y con un velo secreto para esconder secretos sin velo. El médico es José Bódalo, perdidamente enamorado de la señora de la casa. El productor de las obras del ladino autor es Ángel Picazo, ambiguo como el que más, con la lengua viperina a punto y la insidia presta. El inspector de policía es Roberto Camardiel, que trata de desenmarañar todo el misterio a base de perseverancia. Su ayudante, es el joven policía impulsivo y conquistador que actúa bajo el rostro de Carlos Ballesteros. Y así, un chalet a las afueras de París se convierte en el escenario improvisado de una obra que pasará de la intriga policíaca a la tragedia porque un tipo se cree más listo que el resto de los mortales.

Y es que no es fácil hacer que los demás crean que se ha cometido un asesinato mientras se declara una y otra vez que se es inocente. Todo tiene que estar apoyado en pruebas convincentes que se evaporarán cuando llegue el momento. La policía no puede ser tan lista como un complicado entramado de pasiones amorosas y de despechos arrogantes. Por encima de todo ello, está el próximo éxito de taquilla que encandilará al público con su realismo en los diálogos, con el movimiento de actores por el escenario, con la impecable dirección que reproducirá, paso por paso, la encuesta e investigación policial. El ensayo general para la muerte está listo…y solo hace falta que suba el telón para que el mecanismo empiece a funcionar.

lunes, 23 de octubre de 2017

EL INOCENTE (The Lincoln lawyer) (2011), de Brad Furman

Si queréis escuchar lo que se habló en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Chinatown", de Roman Polanski, podéis hacerlo aquí.

 No hay nada como ser un picapleitos en una ciudad como Los Ángeles. Se suceden los casos como si fueran coches por una autopista. Por allí tienes a la cliente habitual que es prostituta y cada cierto tiempo acaba en el trullo. Por el otro lado, al proveedor habitual de droga de una panda de moteros que pagan su peso en oro. Eres amigo del juez tal y del juez cual. Te aprovechas de cualquier resquicio que deja la ley a su caso. Tienes éxito y estuviste casado con una fiscal que te dejó, probablemente, porque comprobó que tu ética no era la mejor del mundo. Hasta que llega ese punto límite que no estás dispuesto a traspasar. Esa gota que hace que te des cuenta de que hay un inocente pagando un asesinato que no cometió y de que estás defendiendo a un tipo con una sangre fría tan espesa que no duda en tomarte el pelo, tomárselo a la ley, al juez y a quien haga falta. Y las reglas son estrictas. El secreto abogado-cliente te obliga. No puedes decir a nadie que ese malnacido es una bestia que le gusta desahogar su ira mimada cada cierto tiempo asesinando a prostitutas. Es fácil. Solo tienes que acudir a tus habituales triquiñuelas y el acusado saldrá libre. Solo que esta vez no quieres. Y lo que es aún peor: tiene que parecer que haces todo lo posible para que la justicia no caiga sobre él.
Y es que su cliente, en esta ocasión, no se conforma con reírse de la ley. También te quiere atrapar en su pegajosa red de araña que incluye el asesinato de los más cercanos solamente para retrasar la verdad. Y, además, es tan listo que hace que todo te apunte a ti. Así que la encerrona está servida para el picapleitos y puede que la ley, en esta ocasión, sea tan ciega que deje escapar al verdadero criminal y apunte hacia ese abogado de éxito comprobado que tantas y tantas veces se ha aprovechado de los resquicios legales para liberar a sus clientes. Mala suerte, muchacho. Es el momento para que te estrujes el cerebro de forma definitiva y pongas en orden tu vida. Incluso es posible que tengas que echar mano de alguno de tus clientes habituales para que te ayuden en el trance. Tienes derecho. Les das todo cuando estás en el tribunal. Ahora hay que exigir favores de vuelta.

Espléndido trabajo de Matthew McConaughey antes de que decidiera dar un giro a su carrera con una película que pone en solfa el sistema legal de los Estados Unidos, basado en el soborno, la manipulación y las apariencias para dejar salir una y otra vez a los mismos delincuentes, incluso al más peligroso de todos, sin que la ley se inmute. Lo malo es que de éstos hay muchos y en todas partes. Se les reconoce enseguida. Son abogados y van en un coche que no se olvida con facilidad.

viernes, 20 de octubre de 2017

VIVE COMO QUIERAS (1937), de Frank Capra

¿Por qué en la vida tenemos que fingir que nos gusta lo que detestamos? ¿Por qué tenemos que guardar unas absurdas apariencias cuando somos de una manera y nos comportamos de otra totalmente diferente? ¿Es ése el camino para lograr la felicidad? ¿Será que sacrificamos la felicidad por la seguridad? ¿O es que somos unos seres demasiado cobardes como para afrontar la verdad de nuestra genuina forma de actuar? Si a usted le gusta bailar, baile. Si le gusta fabricar conejitos que salen con una musiquilla de una chistera y luego se esconden, hágalo. Abandone su aburrido trabajo en un banco y viva con más estrecheces, pero haciendo lo que realmente le gusta. Si le gusta tocar la armónica para que la alegría y el buen ambiente salten por toda la casa… ¿qué mal hay en ello? Ah, claro, de esa forma no podrá librarse de los irritantes adoradores de lo material que trataran de arrebatar esa parcelita de felicidad que ha ido usted labrando poco a poco, con tanto cariño como descuido y, eso sí, sin molestar a nadie. Hasta que usted molesta al especulador, claro. Entonces ahí ya entramos en territorio hostil y ya no se puede hacer lo que se quiera.
El amor te lleva en volandas hasta la casa de tus enemigos. Sí, porque el amor es muy listo y, a veces, también trabaja para los malos. Pero una vez que se ha probado un entorno feliz, es muy difícil salir de él. Y no digamos si se trata de una traición. Al final, el infiltrado se vuelve contra su patrón. Y así, poco a poco, sin que apenas se dé cuenta, se va sembrando un camino hacia la bondad. Tal vez ¿quién sabe? Todo se reduzca al encuentro de una complicidad que se creía olvidada, a una canción que recuerda lo jóvenes y alegres que hemos sido en otra época, a una sonrisa soltada en el momento justo. Viva usted como quiera, señor. Y si no quiere vender su propiedad, no lo haga. Aguante las presiones porque usted, realmente, las aguantará mucho mejor que su acosador inmobiliario. Él vive permanentemente bajo el umbral de lo vitalmente aceptable. Usted lo sobrepasa con creces.

La mejor película de Frank Capra constituye un acto de libertad y de confianza en el ser humano, por mucho que nuestra parte más racional nos diga que ése es un cuento de hadas. Sabemos que el ser humano recibe lo que da. Si regala bondad, será apreciado. Si regala felicidad, será querido. Si regala renuncias para que los demás puedan vivir en paz, será amado. Es tan sencillo como eso. Tan simple como tocar en la armónica una melodía que traiga viejos recuerdos llenos de carcajadas y buenos ratos. Como esa casa llena de locos dispuestos a bailar cuando no se sabe, levantar la casa a base de fuegos artificiales o sembrar alegría incluso en los momentos en los que la tristeza viene de visita. Ahí es nada.

jueves, 19 de octubre de 2017

EL MUÑECO DE NIEVE (2017), de Tomas Alfredson

Harry Hole es un detective del departamento de policía de Oslo que hace tiempo que camina por un abismo resbaladizo como el hielo. Quizá sean demasiados asesinatos resueltos. O, tal vez, puede que sea que nunca supo amar y tuvo que vivir alguna que otra vida que no le correspondía. Su garganta quema de alcohol puro, su mirada se entristece como la nevada nocturna y no tiene muchas ganas de hacerse cargo de nada. Ni siquiera de su propia existencia. Más vale tomarse un buen trago y olvidar que existe. Lo demás, carece de importancia.
Harry Hole olvida que hay otras vidas que han sufrido lo suyo y que quieren soltar toda la rabia que se les ha ido acumulando con los años. Puede que el asesinato, para ellos, solo sea un modo de hacer justicia, un mero ajuste de cuentas con el cruel destino y Harry tiene que atraparlos. Él es una leyenda. Él es el mejor. Sólo para los demás, porque si Harry se mira a sí mismo, sólo consigue ver el fracaso y un punto de desesperación. Y sabe que, a poco que se le apriete, ya no es rival para nadie. Cuando un policía sabe eso, más vale que entregue la placa y la pistola. Harry conoce sus obligaciones, y no tiene voluntad para hacer frente a ninguna.
Sin embargo, por aquellas casualidades del departamento, se hace cargo de un caso rutinario de personas desaparecidas y, copo a copo, va encontrando el camino de vuelta, ése mismo que lleva a su auténtica personalidad. Más que nada porque Harry es perro viejo y sabe que la venganza es un plato que se sirve frío y que los asesinatos enrabietados tienen alguna raíz ignota de un pasado en el que nadie se fijó. E incluso el interés de alguien más también puede ser un síntoma de rencor. Los muñecos de nieve miran hacia las casas con sonrisa siniestra y parece que el hielo se resquebraja bajo ellos. Hay que volver a mirar, Harry. No pierdas detalle.
La solvencia de Tomas Alfredson después de dirigir Déjame entrar y esa auténtica maravilla que fue El topo, puede ser uno de los principales alicientes para entrar a favor de esta película. No obstante, Alfredson intenta por todos los medios que el guión cuadre en su desarrollo, complicado y algo distante, y no lo consigue en todos sus extremos. Bien Michael Fassbender, que sabe otorgar intensidad a ese detective que va despertando de su letargo ensimismado. También un casi irreconocible Val Kilmer que regala profundidad a esa venganza que parece que se va fraguando dentro del enigma. Excelente la banda sonora de Marco Beltrami y, desde luego, no cabe duda de que Alfredson necesita de la complicidad del espectador inteligente para juntar con coherencia las piezas del enrevesado rompecabezas. El resultado es una película correcta por la mínima, que, en ocasiones, parece tan falta de fuerza como el carácter nórdico y en otras deslumbra con algunas imágenes potentes, destinadas a captar la mirada de todo aquel que se acerque. Lo que podría haber sido un thriller de altura se queda en un mero ejercicio de rutina, desflecado en los bordes, que no será demasiado recordado.

Todo lo contrario de aquellos que han sufrido verdaderos traumas que sí permiten considerar que la vida es un sufrimiento inaguantable. El dedo que apunta podrá ser de metal y más de uno perderá la cabeza por no tener su vida en orden. Los motivos de un asesino, ya lo saben, son tan difíciles de encontrar como la arriesgada caza de algunos servidores del orden. Y eso siempre es un combate que puede que merezca un poco la pena.

miércoles, 18 de octubre de 2017

LA PARADA DE LOS MONSTRUOS (Freaks) (1931), de Tod Browning


No hay que burlarse de los que son diferentes. Ellos tienen sus propios códigos de conducta y sienten, aman y padecen igual que cualquier otro ser humano. No importa que un hombre solo tenga medio cuerpo y tenga que andar sobre sus manos, o que otro no tenga extremidades y actúe en un circo como el gusano humano, o que la mujer barbuda acabe de tener una niña que, por lo que apunta en su nacimiento, tendrá la barba de su madre. Ellos han decidido utilizar su diferencia para maravillar al público de un circo y humillar a uno de ellos, es humillarlos a todos. Y quien no sea capaz de tener un cierto respeto hacia ellos, experimentará la venganza de los diferentes. Una venganza terrible, realizada a base de frialdad, de navajas relucientes a la luz de la lluvia, de implacable odio por quien les ha herido, de deseo de cercenar la belleza de los que realmente son diferentes. Y habrá muchos que tengan que volver su rostro porque no aguanten el resultado.
El circo no es más que un lugar de sueños. Para los que van y para los que trabajan en él. Es hacer que lo diferente sea normal. Es conseguir que los animales yazcan en prados de hormigón y alberos de juego. Quizá porque no hay nada más importante que la mirada curiosa y maravillada de un niño acompañada de su sonrisa. Por allí van los trapecistas, por aquí van los caballos enanos comandados por una amazona de corta estatura, por aquel lado va el payaso que intenta que todo se desenvuelva con normalidad pues… ¿qué sería un circo sin payasos? Nada. Se trata de hacer que lo que tiene algo de sobrenatural sea aceptado por los estúpidos seres normales, mutilados morales sin escapatoria ética, deformes de mente y ambición, peores que el rastro que va dejando un animal.
Tod Browning dirigió esta maravillosa película de terror cotidiano con actores suprahumanos, que consiguen trasladar una sensación de inquietud y simpatía al mismo tiempo mientras se va construyendo una tragedia anunciada. Porque reírse de cualquier otro ser humano es una tragedia que se debería evitar apelando a nuestra condición, la misma que la de ellos. Más que nada porque es posible que seamos enanos mentales comparados con otros y nos puede tocar el turno de llenarnos de plumas y ser gallinas en un corral de odio y de desprecio. El mundo puede ser un lugar muy frío. Y personas que se dedican a hacer soñar y reír a los demás, no merecen la falta de cariño, de calor, de aplausos y de sinceridad. No son monstruos. Nunca lo serán.

martes, 17 de octubre de 2017

CHINATOWN (1974), de Roman Polanski

Si queréis daros una vuelta y escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla alrededor de "Los viajes de Sullivan", de Preston Sturges, podéis hacerlo aquí.

El tiempo siempre acaba diciéndonos dónde vamos a terminar. Puede que incluso terminemos allí donde todo empezó. En aquel entonces fue una placa, un disparo, una buena intención y la tristeza. Ahora será una licencia, un disparo, una buena intención y la desolación. Jake Gittes lo sabe muy bien. Todo porque decidió investigar la posible infidelidad de un individuo que, en realidad, no hacía mal a nadie. El tiempo merece ser pisado por las ruedas de un coche que arranca mientras a uno le pinchan la nariz por husmear en negocios de altas esferas. Da igual. Todo termina de nuevo en Chinatown, allí donde los sueños se truncan porque no hay ningún otro sitio al que ir.
Jake Gittes dejó la policía por un error. Ahora es detective privado y sabe que Los Ángeles se está convirtiendo en un nido de corrupción porque siempre se construye sobre aquello que es escaso. Y, en esta ocasión, el agua es escasa. Y mucha gente tendrá sed. Y la ciudad se ensancha. Y seguir hacia adelante es más difícil. Y… déjalo, Jake. Tendrás que morir por segunda vez para que la ciudad pueda saciar su sed. Por el camino, deberás sumergirte en la más baja de las morales, despreciar las cínicas representaciones que muchos van a hacer para ti, encajar las piezas de un rompecabezas que acabarás por no creer y que no hará más que espolear tu honestidad…esa misma que dejaste enterrada debajo del asfalto en el barrio chino. Tal vez no merezca la pena, Jake.
Todo parte de un error y, si lo piensas bien, parece que es el propio destino el que te empuja a volver donde todo empezó y donde todo terminó. El mundo entero tiene algún lugar como ése. Allí donde dejamos el corazón y no queremos pasar a recogerlo porque está demasiado cansado, demasiado herido, demasiado quemado. Y, aún así, volvemos. Volvemos porque hay que volver, porque no queda otra salida, porque las cosas, como las venas del cuerpo, hacen que la sangre se mueva hacia el corazón. En el barrio chino, Jake, allí donde nunca querrías volver.

Roman Polanski dirigió el fantástico guión de Robert Towne realizando un homenaje al cine negro más clásico y con un maravilloso Jack Nicholson de protagonista. En ese estilo de actuar agresivo, único, se hallan todos los miedos y todas las respuestas de un hombre que va a tener que soportar el dolor de nuevo. Por los mismos motivos, por los mismos delitos y por esa maldita honestidad que juró dejar archivada en el cajón de su escritorio. Jake Gittes muere sencillamente porque antes ya había muerto. Y eso no hay quien lo niegue. Ni siquiera el destino. 

viernes, 13 de octubre de 2017

BLADE RUNNER 2049 (2017), de Denis Villeneuve

El ser humano evolucionó desde el mero instinto animal hasta una infinita capacidad para amar. Y eso es lo único que le salvará cuando el mundo sea un lugar demasiado inhóspito, cruel, impersonal y gris. Buscará sin descanso un depósito para sus emociones, aún a sabiendas de que está condenado a vivir en la más completa de las soledades. Deberá escarbar en sus recuerdos para saber reaccionar ante el cúmulo de intereses contrapuestos al amor que debe soportar. Y esa evolución siempre llegará a la conclusión de que la vida, a pesar de todo, se abrirá paso sin detenerse a pensar en las consecuencias.
El polvo cegará los ojos en una tierra contaminada y hostil. Y aún así querrá sentir, sentir por encima de todo, sentir cómo el corazón se acelera, sentir la ausencia de quien más se quiere, sentir el sacrificio realizado por el bien de los demás, sentir, sólo sentir. En eso el ser humano siempre será admirable. Y toda criatura viviente, más tarde o más temprano, comenzará su evolución hacia el sentimiento. El dolor siempre forma parte de la felicidad y, a veces, habrá que cerrar los ojos para que otros sigan viviendo, o para que otros encuentren lo que tanto costó abandonar. Parece que no aire en el aire y que, en ese desierto de humo y confusión, no puede haber milagros. Sólo la tierra árida ofrece respuestas. Y el hombre se cambiará a sí mismo para que la debilidad humana sea sólo un recuerdo de juego y diversión. Tal vez, el hombre esté diseñado para amar.
Los creadores se esconden detrás del mercantilismo más frío para estudiar el vacío dejado por algo que no podía pasar. La lluvia abre caminos en los cristales para mostrar hasta qué punto el sol se puede tapar con un solo dedo. El deber está más allá de cualquier otra consideración y las preguntas deben hacerse cuando las leyendas están dispuestas a luchar. La virtualidad condena al ser humano al aislamiento, a ser un pálido consuelo de una realidad que no se puede producir, a soñar el beso y el tacto en la ausencia del sentir. Así sólo de prolonga la sensación de derrota. Quizá se nazca con ella y los indicios apunten a una rabia contenida por un engaño estirado durante demasiados años. La soledad, al fin y al cabo, es el preludio de la locura.

Culpable de nacer, el retiro no es una opción. Tal vez haya algún metro de más en la película que pasa por delante de nuestros ojos, buscando respuestas que llevan, inevitablemente, hacia la tranquilidad interior. Algo imposible cuando todo el entorno trata de empujar hacia un número de serie, hacia una clasificación, hacia la nada de no saber de dónde venimos. Esta vez, el tiempo sólo ha actuado como un libro que ha pasado muchas páginas escondiendo el significado de sus palabras. No valen copias de lo que solamente se ha sentido una vez. Son innecesarias las explicaciones que da la burocracia porque, como elemento recopilado por el ser humano, también pueden pronunciar mentiras. La verdad es sólo un enigma que los perseverantes llegan a descubrir. Y mientras tanto, la búsqueda continúa. Para una caricia, para una mirada tierna, para una última declaración de amor que se desvanece igual que se apaga un televisor. Y, cuando se abandona ese universo, la mirada siempre se dirige al suelo, en silencio, con la mente trabajando y el ánimo encerrado. No vaya a ser que también se nos escape el mañana intentando averiguar la naturaleza de la muerte. 

miércoles, 11 de octubre de 2017

SUEÑOS DE SEDUCTOR (1972), de Herbert Ross

Mañana, día 12, debido a la festividad del día del Pilar, no habrá artículo de estrenos, pero sí que lo tendremos el viernes, atentos, que no se pierda como lágrimas en la lluvia.

-. Puede que hoy no te arrepientas, ni mañana, pero sí muy pronto…y para toda la vida.
¿Quién no hubiera dado un brazo para poder decir esa frase a la mujer que se ama en un sacrificio supremo al estilo de Humphrey Bogart? Hombres así ya no se hacen. Confundimos calidad con cantidad y, claro, nos movemos entre espejismos fútiles que impiden ese gran momento en el que das una medida excepcional como hombre. Sí, como hombre, porque, no nos engañemos, lo que esconde esa frase de valentía y arrojo sentimental es al mayor pringado que uno se haya podido echar en cara. Al fin y al cabo, el gesto será muy bonito, será hasta hermoso, será la reoca en verso asonante…pero la chica de tus sueños se va con otro. Y eso tiene un nombre, mal que nos pese. Pero empecemos por el principio.

La soledad siempre es algo contra lo que hay que luchar. Se puede convivir con ella durante un tiempo pero, al final, siempre atosiga, te habla al oído y te dice muy quedamente que se va a quedar para los restos. Y a ti te entra el pánico, muchacho. Porque la vida te ha hecho tirar de aquí y de allá y te vas olvidando de esa compañera silenciosa, indudablemente cómoda, pero arrebatadoramente temible que hace que, pasado un tiempo, te encuentres más solo que Rick Blaine en Casablanca. Y entonces te arrojas en los brazos de una, en los brazos de otra, en los brazos de la de más allá, intentando buscar consuelo y cariño…y no, te das cuenta de que eso no funciona. Más que nada porque la chica que verdaderamente te gusta, la chica que te tiene sorbido el seso y que te parece más atractiva que ninguna…es la mujer de tu mejor amigo que, de vez en cuando, vienen a reírse un poco contigo y a ofrecerte alguna que otra cita a ciegas. Y, mira por donde, hay una noche, una noche eterna, mágica, una de esas noches que no se olvidan porque es donde eres más tú que nunca y ella es más ella que nunca donde se plantea el dilema. ¿Traiciono a mi mejor amigo y me quedo con ella? ¿O la dejo ir, digo la frase que siempre he querido decir, y quedo como un señor…un señor pringado…pero un señor al fin y al cabo? Pues eso, para salir de dudas, hay que dejar de soñar como un seductor, dejar de oír esa voz de Pepito Grillo ronca de tanto alcohol y tantos cigarrillos, dejar de hablar con Bogart y encontrarse uno a sí mismo. Tal vez… ¿quién sabe? Ese sacrificio no lo sea tanto…porque sabes que lo que has hecho realmente es lo correcto. Como hizo Rick Blaine en Casablanca. 

martes, 10 de octubre de 2017

LOS VIAJES DE SULLIVAN (1941), de Preston Sturges

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca del "Grupo salvaje", de Sam Peckinpah, podéis hacerlo aquí.

No hace falta probar el sufrimiento para hablar con autoridad sobre los que sufren. La experiencia ayuda, pero no es la madre de todas las sensaciones. Ésa es la mirada. Solo es necesario revestirla de humanidad, de comprensión, de solidaridad, de sinceridad y todas las inquietudes del hombre estarán ahí. Si no fuera así, borraríamos de un plumazo toda la creación artística del hombre. No se podría hablar del dolor en una crucifixión, o del terror ante un pelotón de fusilamiento. No habría grandes epopeyas salidas de la imaginación o heroicidades imposibles. El cine es solo eso. Fantasía, emoción, capacidad, competencia, mucha verdad dentro de la mentira, una aguja insertada en el pensamiento para darnos cuenta de todo lo que pasa por la mente ajena. Y, sobre todo, es entretenimiento. Es esa fábrica de sueños que hace que todos olviden sus preocupaciones, sus desgracias, sus tropiezos, sus preocupaciones. Es ese mundo de fantasía desbordante que consigue hacernos creer que somos héroes, o villanos, o banqueros de cariño, o prestamistas de miseria. Es el cuento en la hoguera. Es el sueño visto. Es la realidad que no ocurre.
Así que allá va John L. Sullivan, afamado director de cine, ataviado como un vagabundo, para encontrar las raíces de la tristeza y de la auténtica desgracia. Y eso, tal vez, se antoja demasiado fácil cuando se sigue siendo John L. Sullivan y existe la posibilidad de darse media vuelta y volver a ser un acomodado cineasta, de piscina y desayuno en plata. Sin embargo, una de esos giros imposibles que tiene la vida conseguirá que John L. Sullivan pierda su nombre, su memoria, su inocencia y su posibilidad de vuelta. Pero él es director de cine. Su profesión es darle cancha a la imaginación, y a base de ella, conseguirá recuperar su vida con la certeza de que hay billetes que no tienen viaje de vuelta. Y lo hará con todas las respuestas en el bolsillo agujereado. El cine puede hacer que el mundo sea triste, o alegre, o cómodo, o inquietante, o terrorífico, o feo, o sucio, o ideal…y ahí, donde haya una cámara de cine y una idea, estará alguien que quiera contar una historia y siempre habrá otro que quiera verla y escucharla. Al fin y al cabo, quizá ése sea el mejor y más breve de los viajes. Ése que te transporta hacia un mundo inventado y en el que es posible que un perro se meta en un cajón y acabe enrollado en una persiana. Y no por eso hay que saber lo que siente un perro dentro de un cajón.

Preston Sturges dirigió con sabiduría y algo de inocencia este gran clásico del cine social, sin perder por un momento ni un solo resquicio para la comedia. Así el espectador se da cuenta del viaje que emprende John L. Sullivan y lo hace al lado de Joel McCrea y de una encantadora Veronica Lake. Y lo mejor de todo es que el público no quiere dejar de estar ahí, con ellos, descubriendo qué es lo que hace feo este mundo y cómo, también, se puede hacer con una sonrisa.

viernes, 6 de octubre de 2017

EL DESAFÍO (1997), de Lee Tamahori

Calibrar mal a las personas suele ser un fallo habitual de las mentes poco observadoras. Es frecuente creer que un millonario, acostumbrado a la buena vida, a los lujos y al tacto del dinero, sea un inútil cuando trata de resolvérselas por sí solo. Se cree que basta con una mirada suya para que sus deseos sean satisfechos y que todo se basa en la comodidad y en lo caro, en lo que nadie más puede alcanzar. También podríamos creer que un fotógrafo experimentado es un tipo predispuesto a la aventura, deseoso de hallarse en situaciones límite para engrosar un imaginario muestrario de fotos que servirán para desarrollar su apasionante profesión. Pero, quizá, el millonario es una de esas personas que no se ha descuidado, que no ha dejado de tener interés por todo, que, además, no ha nacido con dinero sino que es un luchador empedernido que ha tenido que escalar desde abajo y ganarse a pulso todo lo que tiene. Y, a lo mejor, el fotógrafo es un arribista de talento mediocre que quiere lo que el millonario posee y que desprecia a esa pretendida clase alta porque lo tienen todo hecho, todo resuelto, todo fácil.
La única manera de saber la medida de un hombre o de una mujer es dejándolos perdidos en un paraje hostil, bajo la sombra de un gigantesco oso, y probar su capacidad de supervivencia. Ese millonario que nunca se ha dejado llevar se descubre como un tipo de recursos, capaz de sacar vida del hielo, de cazar con paciencia una inocente ardilla para saciar el acoso del hambre, de observar su entorno y sacar el máximo provecho de él. Algo que, por otra parte, el fotógrafo también tendría que hacer ya que su profesión consiste en observar, en sacar el momento mágico de cualquier reportaje, aunque sea uno de esos que aparecen en revistas que solo sirven para criar polvo en cualquier rincón del aburrimiento. Pero el fotógrafo se revela como un hombre pequeño, temeroso, que se rinde con facilidad, que está dominado por un estúpido orgullo que le lleva a despreciar continuamente al hombre que le está salvando, con insistencia, su vida. El oso acecha con sus garras enormes y su mirada de fiera silvestre. El frío les sitia con su insistente latigazo en la piel que arranca su aliento de humo y derrota. Tal vez el verdadero rival, en el fondo, no sea el oso, sino el hombre. Ese mismo que trata de minimizar los éxitos ajenos, que se consume en la envidia a pesar de que ha conseguido algo muy preciado para el millonario. Se necesitarán para sobrevivir. Tanto que el millonario no tendrá más remedio que reconocer que el fotógrafo, con su indolencia y su soberbia, también le ha salvado la vida.

El desafío aparece como una buena película de aventuras con un estupendo guión del gran David Mamet que solamente se oscurece por algunos fallos de lógica en una historia que la pide a gritos. Los dos náufragos en la nieve cortan piezas de carne, trampas imposibles de lanzas puntiagudas y abrigos de piel con la mera ayuda de un par de navajas de tamaño pequeño. Un fallo en el que, parece ser, nadie cayó y que, por otra parte, era fácilmente reparable. Sus hogueras son tremendas en un ambiente congelado y verde y parece que la supervivencia adquiere algo más de valor en su enfrentamiento inevitable. Lee Tamahori, su director, tuvo la inmensa fortuna de contar con Anthony Hopkins en el papel principal y ahí es cuando el público, sumiso y manso, acepta cuál es la naturaleza de la fiera.

jueves, 5 de octubre de 2017

MOTHER! (2017), de Darren Aronofsky

El amor es lo más valioso de nuestro interior. Tanto es así que es como si fuera una joya irrepetible. No hay dos amores que sean iguales. Nacen de lo más profundo de nuestra alma y sirve de inspiración y de piedra angular. Sobre él, se edifica toda nuestra vida, todos nuestros sueños, todos nuestros proyectos, todas nuestras ilusiones. Pero, como cualquier joya, es algo delicado, frágil, que se debe cuidar renovándolo cada día con un simple gesto, con una pequeña atención. En el momento en que no se le hace caso, muere, se quema, se apaga, se extingue y desaparece.
Y todos deberíamos darnos cuenta de que el primer amor de cualquier mujer nunca es un hombre. Es un hijo o una hija. Ahí está la prolongación de sus deseos y de su físico. Nada hay en el mundo que sea más valioso. A menudo, las familias están expuestas a agresiones del exterior que acaban por ser enfermizas, destructoras y alienantes. Y lo peor de todo es que se tarda en reconocer esas agresiones porque siempre vienen disfrazadas de piedad, de solidaridad, de necesidad o de encanto por lo prohibido. Si no asumimos todo eso, estaremos condenados a volver a empezar una y otra vez y el fracaso será evidente. Ella lo dará todo mientras que los hombres sólo darán lo conveniente.
La náusea aparece según va avanzando esta historia que empieza con la inquietud para acabar en el derrape más delirante. Darren Aronofsky, el director, pone la trampa para, después, pegar un portazo y llevarnos por vericuetos religiosos, por rebeliones de masas deseosas de encontrar un motivo para destruir con la excusa en los labios, por el cuento de terror que no es más que la pesadilla de la realidad. Con un repertorio de planos bastante limitado (la cámara se limita a seguir a Jennifer Lawrence de espaldas, pasa a plano frontal para inspeccionar sus reacciones y termina con panorámica sobre lo que ve), nos propone una historia que capta y siembra y, de repente, lo hunde todo, se pasa a ver otra película, se deja arrastrar por la fácil provocación y lo obsesivo se convierte en un sinsentido bastante inútil, pretencioso, lejos de la fascinación de todo lo que nos había contado hasta ese momento. Y el espectador un poco más avezado, comienza a reírse de lo que parece ser una orgía de la ilógica, un premeditado asalto a las reglas con las que había comenzado para sumergirse en la anarquía y la evidencia. Aquí no hay una película, sólo hay media.

Mientras tanto, la brutalidad se cierne sobre la trama y pasa de ser obsesiva a tonta. Jennifer Lawrence se mantiene en lo alto en todo momento y Michelle Pfeiffer resulta absolutamente expresiva desde el primer momento. Javier Bardem resulta más eficiente que en otras ocasiones a pesar de que tiene que lidiar con un papel árido y poco cercano. Ed Harris, sencillamente, se limita a pasar y toser. Por lo demás, hay homenajes a La noche de los muertos vivientes, de George A. Romero y a El cuarto mandamiento, de Orson Welles, pero no es bastante. Después de todo, queda una cierta sensación a tomadura de pelo, que ya empieza a ser una constante en la filmografía de Aronofsky, y de lástima por no haber querido llevar al extremo esa relación agobiante y aplazada con esos extraños que, siendo pocos, consiguen irritar más que toda una turba descontrolada de fanáticos que se parapetan en mensajes de amor interpretados al libre albedrío de una masa que, por definición, no sabe pensar por sí misma. Ni tampoco actuar. Y sólo queda la náusea persistente a la que agarrarse para juzgar con claridad este despropósito.