jueves, 20 de abril de 2017

LA ESCAPADA (1962), de Dino Risi

Puede que en un síndrome de Peter Pan haya más libertad que en toda la corrección vivida. Es el momento de encender la luz del corazón aunque solo sea para darse de bruces con el duro suelo de la realidad. La paradoja está servida a bordo de un coche blanco y reluciente con el que la escapada por las carreteras de Italia será una aventura de sensaciones y conocimientos. Por el camino, habrá paradas intermedias en esas dos caras que representan los dos protagonistas. Bruno es alegría e intoxicación. Roberto es tristeza y contemplación. Dos contrapuestos se van de viaje. Y nosotros somos el equipaje que va con ellos.
La poesía y lo agridulce se dan cita en las señalizaciones del camino. La inutilidad de una vida que se bandea entre los gritos, la hiperactividad, el exhibicionismo, el ego, el narcisismo, la inmadurez, la innecesaria confrontación, la mentira y la seducción solo se entiende para tomar distancia de la desgracia que rodea a un artista que nunca lo fue. En el otro asiento, el conformismo de otra existencia hundida en la timidez, el aburrimiento, la docilidad, la inexperiencia y el ensimismamiento se presenta como el elemento perfecto para el aprendizaje. Ambos, en el mismo vehículo, son un milagro que se presenta como divertido y tremendamente emocional y, también, ligeramente provocador.
Por debajo, bulle la crítica a la sociedad italiana que se presenta expectante en pleno desarrollismo económico tras la guerra y que no soluciona los vacíos entre ricos y pobres, o entre burguesía y proletariado, lo que inevitablemente conducirá al caos modernista. Tal vez por eso, al final de esta ruta, a todos nos espera el corazón helado que tan alegremente ha latido durante el viaje. Tal vez, también, haya que coger al vuelo ese mensaje de que hay que vivir el momento, el disfrute del segundo que ya se ha ido, sin pensar en lo que puede venir después. Hay que escapar, sí, pero con el pensamiento nítido de que, más tarde, hay que volver.

Enormes Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant en la que es la mejor película del cine del desarrollismo italiano, siempre encabezado por Dino Risi y Valerio Zurlini, que representan con un magistral dominio de recursos interpretativos, cómo la vida, en realidad, consiste en hallar el equilibrio imposible entre el discurrir de los acontecimientos y las emociones aceleradas con sus consecuencias asumidas (o no).  Todos tenemos dos caras en nuestra existencia, todos somos ridículos y sublimes, todos queremos hallar nuestro sitio y, tal vez, solo tal vez, el elemento que hace que lo encontremos no es otro más que el amor. Habrá que subirse al coche para comprobarlo.

NEGACIÓN (2017), de Mick Jackson


“Si es cierto que el Holocausto fue una mentira, por favor, díganme dónde puedo encontrar a mi madre”                                    Billy Wilder


En contra de lo que se cree, no todas las opiniones valen lo mismo. Y eso no quiere decir que se esté en contra de la libertad de expresión. El verdadero enemigo está en quien se atreve a decir algo que es mentira y luego elude la responsabilidad de haberlo dicho. Algo que, por otra parte, se presenta como un hecho de rabiosa actualidad en nuestros días. Estamos demasiado acostumbrados a decir cosas que tergiversan la verdad solo para adecuarlas a nuestra ideología. Y eso es un flaco favor a la democracia, a los que sufrieron, a los que perdieron y a los que conocen la Historia.
Y cuando alguien tiene la osadía de decir que otro miente, es sospechoso de estar atacando esa libertad de expresión. Ahí es donde radica la verdadera indignación. Acallar la voz de quien tiene la razón porque posee elementos más que suficientes como para formar una opinión es un verdadero y definitivo acto de fascismo. No, no todas las opiniones son iguales. Y menos aún cuando hay hechos históricos más que relevantes que se hallan bajo la luz de la autenticidad. Solo así podremos salir de la ignominia y del insulto gratuito. Solo así podremos comenzar a mirar hacia adelante y dejar todo atrás.
Los sistemas judiciales no son perfectos. Ninguno lo es. Ni siquiera el que más se acerca a la verdad. En todos ellos existen las argucias legales que inclinan la balanza hacia uno u otro lado y los abogados son genuinos expertos en encontrar los resquicios que la ley va dejando a su paso. Cualquier sistema democrático posee la base de la justicia como uno de los pilares fundamentales para su desarrollo. Sin perjuicio de que esa justicia pueda ser mejorada o, incluso, empeorada. Un sistema legal funciona cuando es capaz de discernir con claridad la mentira de la opinión, cuando separa con meridiana claridad la Historia del cuento, cuando no se deja arrastrar por las ideologías de cualquiera de los litigantes. Sin dejar de escuchar, de una manera o de otra, la voz de las víctimas que, sean de donde vengan, tienen derecho a clamar por la justicia y, como consecuencia emanada de la misma, por la libertad.

Interesante película, con algún que otro retazo demasiado esquemático, pero que resulta esclarecedora en muchos conceptos sobre la búsqueda de la verdad. Excelentes trabajos de Timothy Spall, con unos cuantos kilos menos tratando de hacer creíble al historiador David Irving y, sobre todo, de Tom Wilkinson, enorme en cada una de sus apariciones, tratando de servir con objetividad a la ley aún a costa de parecer un desalmado que no oye las voces de todos los que murieron y sufrieron en el mayor de los crímenes de Estado jamás perpetrado. Correcta Rachel Weisz, que va ganando peso interpretativo según avanza el metraje con un personaje que se pierde en las artimañas del estrado y en las conveniencias del momento. Y odiosa la tradicional flema británica que no se inmuta dentro de su maquinaria legal aunque consigue lavar la terrible y rechazable ofensa a la verdad que cualquiera, con su capacidad de igualar su opinión a la de los demás, sea cual sea el terreno, es capaz de infligir con la excusa del ejercicio de la libertad de expresión. Seamos libres pero también seamos conscientes.

miércoles, 19 de abril de 2017

LIFE (2017), de Daniel Espinosa

Un gato comienza su caza dando su cara más amable. Resulta algo conmovedor cuando uno se da cuenta de sus movimientos sinuosos, casi elegantes. Un milagro de vida en medio de la desolación más oscura y profunda. Su instinto no deja de crecer, de aclimatarse antes de empezar a buscar sus presas favoritas. Su inteligencia casi ladina es sospechosa y, a la vez, atrayente. No obstante, cuando enseña sus fauces, los ratones se mueven de un lado para otro, intentando encontrar una salida a la trampa mortal que va tejiendo en cada una de sus carreras. Los gatos son astutos. Los ratones intentan huir como pueden. La ratonera es el espacio perfecto. La naturaleza del enemigo es el instinto depredador.
Hay que tener mucho cuidado con ellos, porque nunca dejan de aprender. Crecen con su instinto, cazan con su tendencia. Tienen paciencia y buscan cuidadosamente las vías por las que se tienen que desplazar. Un gato nunca tropieza con los muebles. Siempre saben dónde agarrarse y cómo tratar a sus víctimas. Solo el engaño podrá ser la burla definitiva. Y, tal vez, el final no sea más que un comienzo. Para desgracia de los pobres ratones.
Si una enorme lata es el escenario y en el exterior solo hay vacío, silencio y un medio absolutamente hostil, el gato no dejará de disfrutar con su acechamiento. Al fin y al cabo, los ratones, como el ser humano, son débiles y sus posibilidades siempre son limitadas por muy inteligentes que puedan llegar a ser. Más que nada porque no aprenden de sus propios errores. El gato, sí. Y esa es el arma definitiva. Esa será la sangre que acabe flotando en gravedad cero si el espacio es todo el entorno. Las pasiones humanas acaban siendo inútiles e, incluso, se convierten en mochilas muy pesadas de llevar. Un ratón no puede moverse bien. Otro tiene algún ratoncito esperándole en algún agujero de la pared. Otro más se siente más cómodo en medio del vacío. Son cebos perfectos para que el gato sacie su sed de destrucción. Al final, esa es su forma de ganarse la vida. Solo necesita la muerte de los demás para seguir disfrutando de sus conquistas vitales. Otra pasión humana.

El director Daniel Espinosa ha dejado de lado sus nerviosismos habituales para contarnos con sobriedad el ambiente de una ratonera sitiada por un gato en mitad del espacio exterior. Para ello, ha sabido construir una intriga más que aceptable, con algunos sustos, buenas situaciones de tensión y algún que otro tópico. Rascando en las paredes se halla el notable aunque algo diluido trabajo de Jake Gyllenhaal y una sabia utilización de esa lata de conservas que acaba siendo el peor lugar del universo. Y es que no es fácil hacerse cargo de un elemento extraño en una situación límite, intentando derribar las fronteras del conocimiento para hallar, por fin, la certeza de que ir más allá también es un desafío a la misma Naturaleza. Esa misma que nos encumbra en nuestra complacencia por los descubrimientos que nunca deberíamos haber hecho. Esa misma que nos susurra al oído que también tenemos que dar algo de nosotros mismos si se quiere derrotar al enemigo invencible. 

martes, 18 de abril de 2017

RÍO ROJO (1948), de Howard Hawks

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Blue Jasmine", de Woody Allen, podéis hacerlo pinchando aquí.

Para construir algo grande, primero hay que perder. Tom Dunson lo pierde pero eso hace que su esfuerzo sea más perseverante, más constante, más implacable. A su lado, un viejo compañero de armas y fatigas que nunca le abandonará, porque sabe que la amistad, cuando es verdadera, está mucho más allá de cualquier obstáculo. Y un niño que, en poco tiempo, se convierte en hombre de gatillo fácil y mirada huidiza. Al fondo, el polvo seco y pegajoso de la llanura que abrirá el camino para la ruta de la carne del viejo Oeste. Y será un camino abierto a sangre y fuego.
No es fácil llevar tantas cabezas de ganado a través de tantas millas repletas de torpes estampidas, de indios salvajes nacidos de ruidos nocturnos, de bandidos que solo pretenden robar lo que se ha juntado con tantísimo esfuerzo. No, no es fácil. Tanto es así que Tom Dunson también cree que no todos sus hombres están con él. Y la única manera de vencer al miedo es con miedo. No todo puede estar bajo la sombra del gigante y eso es lo que se escapa. Por allí, en algún recodo del camino, algo más cerca, estará una mujer de empuje y ganas, que cree que un padre y un hijo deben entenderse más allá de las diferencias surgidas a partir de la autoridad y, para ello, los dos deben ceder. El Oeste puede abrir grandes horizontes pero también construir enormes muros. Y lo que nunca debió romperse, se separa y solo el destino podrá hacer que todo quede reparado.

Howard Hawks quiso elevar la categoría del género del western a un nivel adulto, llevando la inteligencia en la funda y la aventura bajo el sombrero. Para ello, no dudo en juntar a dos actores de estilos diametralmente contrapuestos como John Wayne y Montgomery Clift, arriesgando que la química saltara por los aires en lo que se presentaba como una gran producción del lejano Oeste. El resultado fue impresionante porque los propios actores establecieron unas reglas para no pisarse las actuaciones y la credibilidad está asegurada. Tom Dunson es realmente el padre de ese muchacho algo descarado y valiente llamado Matthew Garth. El paisaje de plano profundo resulta un personaje más y la tensión crece con sabiduría entre las polvorientas cabalgadas de un puñado de hombres que fueron más allá de sus propias fuerzas para hacer realidad sus sueños. Y uno de ellos es esa impresionante Joanne Dru que nubla el sentido a las mismas balas. No importa que algunos vean en esta película una versión a caballo de Rebelión a bordo, o que no sea demasiado creíble el giro de algunos personajes. Howard Hawks estaba allí mismo, detrás de la siguiente colina, y en su mirada de zorro había tanto cine que lo único que el espectador puede hacer es montar en su caballo y unirse al sendero de Chisholm para llevar un buen puñado de cabezas de ganado a donde nadie ha llegado nunca. 

viernes, 7 de abril de 2017

UN AMERICANO EN PARÍS (1951), de Vincente Minnelli

Como ya las visitas bajan y todo el mundo piensa en el descanso, vamos a cerrar el blog hasta el martes, 18 de abril. Mientras tanto, estéis donde estéis, intentad que vuestra vida sea cine.

Impresionismo: Movimiento esencialmente pictórico que nació en Francia en la segunda mitad del S. XIX, al margen del arte oficial imperante.
Y a partir de aquí, uno se pregunta… ¿puede un bailarín introducirse en esos cuadros que siempre parecen moverse en sí mismos? ¿Puede compartir la enorme pasión de su baile con una rosa en la mano con la entrada del Parque Saint Claude inmortalizada por Dufy? ¿Puede obrar el milagro de convertir La conversación, de Auguste Renoir en una danza delicada entre las flores con el imposible doblar de una espalda adorable? ¿Es posible que la Calle de París, de Utrillo sea el escenario donde unos camaradas de armas celebren su encuentro y se introduzcan en una tienda de ropa para parecer unos nativos más? ¿Se obrará el milagro de que Le Chocolat bailando en un bar americano, de Toulouse-Lautrec, se torne un imposible dueto con jazz de fondo? ¿O que la fuente de agua falsa y vaporosa donde el protagonista se rinde con su amor haya sido previamente imaginada por Dufy en su cerámica pintada? Y todas las respuestas son sí porque el amor flota sobre París con una nube de música de Gershwin y una coreografía de Kelly, con un ojo de Minnelli y un Concierto en Fa para piano y orquesta donde todos los miembros de la orquesta son la misma persona. Y en la ensoñación, en el fondo de unos corazones donde se hallan el júbilo del momento y el gozo para la vista también se encuentra al recuerdo llamando insistentemente a la puerta del presente, creyendo que esa melodía era irrepetible, que tenía más sentimiento que cualquier palabra que se puede decir, oír y pensar. Quizá es porque Un americano en París es algo eterno y no debe morir nunca en todos aquellos que nos acercamos a bailar en alas del deseo, de la felicidad y de la plenitud de una obra de arte que, de repente, cobraba movimiento.

Somos lo que pasa en imágenes por nuestras mentes y ahí es donde cabe el mundo sin fronteras. Traspasar la línea de lo estático se vuelve pintura filmada con una rosa como pasión y un falso París de calles pintadas, asfaltos inmaculados y sueños de artista. El parque se vuelve pista de baile y la cadencia del blues se hace notar en el corazón porque los latidos comienzan a marcar el compás. La trompeta quejumbrosa expande su hechizo y el amor nace y, cada vez que volvemos a esta película, vuelve a nacer de nuevo. Y lo mejor de todo es que ese París no existe, solo está en nuestra memoria sensitiva que recuerda los momentos que se quedan suspendidos en nuestro tiempo y en nuestra vida. Después de esta película… ¿quién puede hacer caso a la definición de una enciclopedia? Todo ese concepto está rodeado de matices que otorgan color y calor a un día de primavera, a una noche de verano, a un amor que llegó para quedarse, a algo maravilloso, a una melodía de Strauss, a la certeza de poseer un ritmo. Todo se ha juntado para hacer que, por una vez, la pintura se mueva, baile, nos muestre y se ría. Quizá el tiempo pase… pero nunca podrá superar aquellas imágenes y aquella música, nunca podrá vencer la fuerza del recuerdo de un impresionismo que se esforzó por estar al margen del arte oficial. Así es como nacen las grandes películas. 

jueves, 6 de abril de 2017

GHOST IN THE SHELL (2017), de Rupert Sanders

Cuando la tecnología comienza a formar parte del espíritu humano, la frontera entre el progreso y la conveniencia se difumina peligrosamente. Hombres y mujeres que suplantan sus organismos defectuosos por réplicas cibernéticas, que son utilizados como cobayas para experimentos de dudosa moral, que tratan de evolucionar fusionándose con un mecanismo artificial que sustituye su carne y su aspecto hasta la perfección…todo no es más que una degeneración moral de alcance desconocido que crea una civilización basada en el aparato y en el código, dando lugar a frías máquinas que, poco a poco, van perdiendo el alma y los recuerdos.
Y el alma y los recuerdos son los dos elementos que conforman lo que realmente somos. Sin ellos, nuestro paso por la vida resulta inútil, intrascendente, inocuo, vacío. Y probablemente será lo último que intenten arrebatarnos aunque no dudarán en hacerlo. Es mucho más fácil controlar a unas cuantas máquinas antes que a unos cuantos seres humanos. Basta con dar una orden para que esos engendros mecánicos se pongan en marcha y ejecuten todas las instrucciones. Sin embargo, el ser humano tiene una pequeña capacidad para la rebelión. Y eso jamás se podrá permitir en la perfecta sociedad del futuro, tan llena de propaganda tridimensional, tan repleta de avances en el transporte, las comunicaciones y la convivencia. Si acaso no llega a ser así, nos lo harán creer.
Con parches extraídos de Desafío total, Blade Runner, El ataque de los clones y Matrix se pone en pie esta hiperpixelada producción de recorrido dramático limitado. Ahí estarán para la posteridad, imágenes a cámara lenta hasta en el postre, un combate final bastante decepcionante, un argumento cogido con pinzas y una Scarlett Johansson que se pasea arriba y abajo con garbo impersonal y eterna búsqueda de su propio yo, abriéndose las carnes con desparpajo y sometiéndose a múltiples reparaciones. Y no hay mucho más que contar porque la película lo fía todo a lo visual y la historia se diluye, así como los personajes, entre tanto ordenador y tanto gráfico que enseguida uno comienza a removerse inquieto en la butaca. No faltará quien le parezca una adaptación maravillosa del ínclito cómic japonés en clave más suave pero se narra poco, se disfruta menos y se queda en la memoria el tiempo justo como para recordar que no hay que acordarse mucho de ella. Una película inútil.
Y es que, en el fondo, aunque la tecnología sea mucho más manejable que el elemento humano siempre hay una moraleja para incautos y es que el hombre (o la mujer) resulta mucho más implacable que cualquier organismo artificial. Si el objetivo es matar, no hay que dudarlo. La máquina se atendrá a un programa y el ser humano estará sujeto a variables imprevisibles que pueden condicionar el resultado. Una de esas variables será la venganza. Un concepto importante dentro de la programación humana porque es motor, impulso, ejecución y consecuencia. Y las máquinas no saben lo que es eso. Llegado el futuro, es posible que la cibernética vaya ocupando un lugar preponderante respecto a sus relaciones con la Humanidad y todos quedemos relegados, con nuestra alma, nuestros recuerdos y nuestros sentimientos, a un segundo plano. Eso solo pasará si lo permitimos y si nos olvidamos de nuestra propia condición. Algo que, por otra parte, es lo más maravilloso que guardamos en nuestra naturaleza de animales racionales.

miércoles, 5 de abril de 2017

COPYCAT (1995), de Jon Amiel

El miedo está ahí fuera, acechando a la ansiedad, como un psicópata asesino que solo quiere copiar la maldad ya ejecutada. Los pasillos se vuelven agobiantes, angustiosos, demasiado estrechos, demasiado anchos, demasiado largos. No estar protegido por las cuatro paredes que delimitan una casa es insoportable. Quizá porque el pánico ya se ha instalado como un inquilino más y sale al encuentro del más desprevenido. Es hora de que la inteligencia salga de su escondite, es hora de enfrentarse a las fobias.
No es fácil ser inspectora de policía en un mundo de hombres. Y, sin embargo, todo ello tiene un punto de atractivo. Tal vez porque se sabe lo que se hace. Tal vez porque hay una cierta simpatía en el fondo de la investigación. Lo único que falta es la experiencia suficiente como para relacionar los extraños crímenes con antiguos titulares. Los asesinos múltiples quieren ser atrapados y siempre tiene que haber alguien que tome el papel de perro de presa. Todo será un poquito más fácil con la que más y mejor ha estudiado a los asesinos en serie. Más que nada porque ella sufrió en su propia carne el aliento del cruel sufrimiento. Un vestido rojo, una vida que depende de las puntillas, un zapato caído y un gesto de rebanarte el pescuezo. Encantador, inspectora Monahan.
En el aparente orden de una investigación hasta cierto punto tranquila irrumpe la brutalidad. No hay aviso previo porque todo está pensado para hacer daño a la tipeja que testificó en contra de un asesino de sangre muy fría. Habrá una placa caída y una necesidad de supervivencia que acabe por ahogar la temida agorafobia, el miedo a los espacios abiertos. El encuentro de cerebros de mujer será tan efectivo que el asesino no tiene nada que hacer. Solo que no es el auténtico asesino. Quizá porque, en esta ocasión, el asesino también es una copia de otro. Sí, porque los criminales también se pueden fabricar artificialmente. Basta con incrustar unas cuantas ideas en algún que otro pensamiento débil y así la rueda no para y la amenaza estará a salvo siempre, entre rejas, entre rencores. Y no hay nada que alimente más la saña que el asesinato premeditado, que el deseo de venganza, que la mirada de odio que jamás se rinde. La copia está servida. La idea flota en el aire.

Más que notables fueron las interpretaciones de Holly Hunter y Sigourney Weaver en una película que, en principio, estaba destinada a ser una producción rutinaria con psicópata dentro. Ellas dos son el alma de la película que crece por momentos con sus miradas sabias, con sus dotes de estupendas mujeres que se alían con sus limitaciones para atrapar al hombre que merece la extirpación de sus maquinaciones. Todo es una copia de asesinatos ya cometidos, de asesinos múltiples que desafiaron a la policía. Esta vez será más difícil pillar al que copia.

martes, 4 de abril de 2017

CALABUCH (1956), de Luis García-Berlanga

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca del "Hamlet", de Kenneth Branagh, podéis hacerlo aquí. El podcast está teniendo récord de descargas, así que algo bueno tendrá.

Jorge quiere huir. Quiere estar lejos de sus fórmulas, de sus estudios interminables sobre la teoría de la relatividad y sobre las bombas atómicas. Desea mezclarse con la gente sencilla, gente de a pie porque ya hace demasiado tiempo que dejó de verla. Gente que se levanta cada mañana para ir a trabajar, para lavar la ropa, que se alegra porque se acerca una fiesta, que llora porque el enamorado o la enamorada se va, que juega al ajedrez por teléfono, que se ilusiona por la llegada de una carta, que vive en el paraíso y no se da cuenta. No es fácil de encontrar un lugar así en la Tierra. Más que nada porque Jorge no está demasiado seguro de haber contribuido a que sea un lugar mejor para vivir, a que la Humanidad haya encontrado un nuevo camino. No, no está muy seguro y eso es bastante insoportable. Porque lo mismo puede ser así que todo lo contrario. Puede haber hecho del mundo un lugar más invivible, más inhóspito, más inseguro. Jorge añora aquellos años de escuela, de pupitre viejo y tinta seca, de olor a cansado y de tiza deshecha. Quiere volver a dibujar en su rostro la sonrisa de niño travieso. Quiere ser sencillamente feliz. Y, lo que es más importante, quiere que los demás lo sean.
Por supuesto, Jorge encuentra ese lugar en Calabuch, un pueblecito de la costa mediterránea que aún exhibe sus barcas de pesca varadas en la playa y donde hay tiempo más que de sobra para pintar como es debido el nombre de una de ellas. Entre medias, los moros y cristianos están por ahí, ensayando para las fiestas y hasta va a venir un torerillo de esos que siempre faena con el mismo animal, mitad en la arena, mitad en el agua. Gracia y salero…todo patético y, en el fondo, muy gracioso. Jorge mira y disfruta porque, en el fondo, ese espectáculo sin nada dentro es una maravillosa apoteosis de la vida. El torero habla con su toro y es hora de los fuegos artificiales. Y ya es hora de ganar a los de Guardamar, que siempre vienen con los mejores cohetes. Es el momento de Jorge. Es hora de hacer que el cielo se ilumine y la tierra brille con las sonrisas de esos convecinos tan buenos, tan sinceros, tan personas…personas…sí, quizá sea ése el paisaje con el que sueña Jorge.

Luis García Berlanga dirigió con un enorme cariño un reparto encabezado por estrellas del calibre de Edmund Gwenn, Valentina Cortese y Franco Fabrizzi mientras, por otro lado, no se olvidó de otros maravillosos actores, tan entrañables como la misma película, como José Isbert, José Luis Ozores, Francisco Bernal, Manuel Aleixandre y, por encima de todos, Félix Fernández y el genial Juan Calvo. Todo un muestrario de buenas personas inspirando buenos sentimientos con Peñíscola al fondo. Para mí, en cualquier caso, siempre se llamará Calabuch. 

viernes, 31 de marzo de 2017

JUEGOS DE GUERRA (1983), de John Badham

Hace muchos, muchos años, cuando el niño era niño, las máquinas infernales y tecnológicas nos empezaban a invadir y a ser argumento para el cine. Cuanto más grandes, más temibles y, en esta ocasión, era la más grande de todas. Un super cerebro electrónico que controlaba el sistema de defensa de los Estados Unidos además de muchas otras cosas. Jugaba al ajedrez, al laberinto de Falken, al tres en raya…y dejaba al factor humano obsoleto, pasado de moda. Por aquel entonces, ya había cerebros precoces que navegaban por la red telefónica y que modificaban las notas desde su propia casa para impresionar a la chica en cuestión. Claro que también podían entrar en una máquina que escapaba a la imaginación y proponerle un juego muy peligroso aunque muy atrayente: la guerra mundial termonuclear.
El juego era sencillo, solo había que elegir los objetivos preferentes, la cantidad de armamento que se iba a mover y realizar una previsión de víctimas para conseguir la victoria con la mayor destrucción posible. El resto es un puñado de probabilidades que el ordenador maneja con maestría para provocar la máxima destrucción. Solo hay un problema. Un problema apenas probable. No es un juego.
Y entonces es cuando se desata la aventura porque solo el pequeño pirata informático sabe que el ordenador, el frío e impersonal reflejo de la tecnología que tenemos hoy en día, anticuado y demasiado grande, está preparándose para desencadenar la tercera guerra mundial, el conflicto definitivo de orden nuclear. Una guerra en la que apenas se dejará rastro de la Humanidad. Hay que correr para detener a un ordenador que ejecuta al milímetro las órdenes recibidas. El ordenador quiere jugar pero no entiende las consecuencias. Todo está en alerta. Todo está listo para recibir el ataque y dar una respuesta inmediata en cuanto los códigos de lanzamientos sean descifrados. Es el momento de asistir a la guerra desde una sala de mapas con muchos gráficos, con muchos botones, con muchos estados de emergencia. Solo hay que hacerle comprender que en un juego así, no puede haber ganador y que la única manera de ganar es no jugar. Y no hay nada como la osadía, la juventud y la experiencia para conseguirlo.

Han pasado muchos años, quizá demasiados, desde que se estrenó esta película. Los gráficos están lamentablemente pasados de tecnología y la cibernética se nos antoja prehistórica pero aún así, y de forma sorprendente, la película de John Badham funciona como historia de suspense y aventura, como fábula apocalíptica de un mundo que parece que está deseando entrar en guerra, como inquietud juvenil de un héroe de teclado que aún tiene la suficiente chispa como para desear haber sido como él. Y aún es maravilloso comprobar lo bien que se pasa viéndola. Con Matthew Broderick haciendo gala de ingenio, con Ally Sheedy encarnando los sueños húmedos de la pubertad más olvidada, con Dabney Coleman engañándonos como el sabio que no sabe y, sobre todo, con John Wood, un actor sólido e injustamente tratado por el cine, como Stephen Falken, un hombre que casi prefiere que la Tierra sea arrasada para que la raza humana desaparezca como especie. Y todavía hay alguno que otro que sigue pensando lo mismo.

jueves, 30 de marzo de 2017

EL BAR (2017), de Álex de la Iglesia

Camarero, por favor, ¿me trae una cañita y un pinchito de tortilla para entonar la mañana? Es que tengo un día de perros y necesito refrescar el gaznate y darle gusto a la andorga porque si no, no llego al final. Mire, mire usted, ahí tiene a la pija más pija de todas las pijas, al latino que parece que te perdona la vida con la mirada, al ex – policía que saca la pipa en menos en que se persigna un cura loco, al mendigo más peligroso de estos andurriales, al guapito que se esconde tras la barba, a la frustrada ama de casa que no hace más que darle a la maquinita, a la dueña del bar que está más de vuelta que de ida, al currante que se pasa todo el día dale que te pego con la plancha…oiga, esto, en realidad, es España entera en un solo local. Raro ¿no?
Y es que aquí, en el bar, es donde se dirimen las más bajas pasiones, donde la democracia se celebra alrededor de una urna llena de cerveza, donde el equívoco se plantea y lo imposible ocurre. ¿A quién no le han pasado cosas extrañas en una tasca? Ya se lo digo yo, a nadie. Y, a veces, hasta bajamos hasta las alcantarillas de nuestra propia personalidad para comprobar que, en cuestiones de supervivencia, sálvese quien pueda y aquí no ha pasado nada. Al otro lado del cristal ya se ocuparán de amargarnos la vida y esconder las manos ¿verdad? Es de lo que se trata. Ahí mismo, en la barra donde coge usted los pedidos, ponemos en juego todas nuestras tristezas, todas nuestras depresiones, todas nuestras ilusiones y también un buen plato de frustraciones. Si es que ya lo digo yo. A los españoles es para que nos echen de comer aparte. No tenemos ni idea de lo que es ayudarnos unos a otros. Ande, vaya, vaya, no sea que me quede sin mi tortillita de patata.
Eso sí, no dudaremos en nadar en detritos si con ello nos salvamos a nosotros mismos. Ni el fuego nos purifica. Si acaso, nos hace más desalmados. Quizá, en algún instante de nuestras miserables vidas, podemos tener un gesto noble para que alguien, en alguna parte, se salve de morir ahogado entre tanta basura pero eso no sale ni a la primera, ni a la segunda. ¿Me trae un cuchillito, por favor? Gracias. Encienda, encienda la televisión. No dicen más que mentiras. Prefieren que nos quedemos embobados con la receta para la sopa boba de cualquier estrella de tres al cuarto antes que decirnos la verdad. Como si fuéramos niños pequeños. Y algo de niños, sí tenemos. Especialmente cuando estallan nuestras claustrofobias y se hacen presenten nuestros miedos. Porque otra cosa, no, pero el españolito de a pie es chulo hasta decir basta y eso, lo que realmente esconde, es el pánico que tenemos a salir de aquí y enfrentarnos con el frío mundo. ¿No está usted de acuerdo?

Además, le voy a decir una cosa. Álex de la Iglesia dirige como nadie aunque, como casi siempre, se le va la mano con esas pasadas de rosca que mete. Y mira que queda bien fijándose en maestros como Antonio Mercero o Luis Buñuel, pero no. Él tiene que acabarlo todo con una orgia de odios exacerbados y destrucciones insensatas. Total, para que luego quedemos como seres abandonados entre la multitud que siempre se distingue por su hiriente indiferencia. A nadie le importamos nada. Como mucho, sacaremos algún gesto aislado por aquello de tranquilizar conciencias, pero donde esté una cañita bien tirada y una tortilla bien hecha con su patata y su huevina, que se quite todo lo demás. Adiós, buenos días. Y gracias. Y eso es todo. Y para qué más. A la próxima me voy al bar de aquí al lado, que aquí hay más bares que bancos, gracias a Dios. 

miércoles, 29 de marzo de 2017

MUCHAS CUERDAS PARA UN VIOLÍN (1967), de Pietro Germi

El violín para un violinista es la menor de sus preocupaciones. Son sus cuerdas las verdaderamente importantes. Él tiene que ocuparse de que estén tensas, afinadas, a punto para el siguiente concierto. Perdónenme porque, aunque el protagonista de esta película sea un violinista, esto no va de violines. Va de que este señor, músico entregado a sus ensayos y a su carrera, tiene tres cuerdas que tocar.
La primera cuerda se llama Giulia, interpretada por Renée Longarini. Es su esposa, tiene tres hijos con ella y deben irse de vacaciones inmediatamente. Por eso, este violinista afina las notas para que cojan el tren a tiempo. Él tiene muchas cosas que hacer y, la verdad, que Giulia se vaya con los niños va a ser un respiro. Va a poder dedicarse a otras cosas.
La segunda cuerda se llama Marisa, interpretada por Stefania Sandrelli. Es su esposa (sí, han leído bien, incluso el tiempo verbal está correcto) y va a tener su primer hijo con ella. Va a ser el primero de este feliz y maravilloso matrimonio. Este violinista debe tener las notas muy bien ensayadas para estar con ella en ese inolvidable momento. Todo tiene cuadrar. Y los nervios, quiérase o no, traicionan. Además, ahora va a tener un respiro porque Giulia se ha ido.
La tercera cuerda se llama Adele, interpretada por Maria Grazia Carmassi. Es su esposa (sí, no he bebido) y tiene dos hijos con ella. Claro, él es violinista y tiene muchos compromisos fuera de Italia y tiene que llamarla para decirle que está bien y demás. Pero el violinista debe tener a la tercera cuerda también muy mimada porque, claro, si hay algo que es evidente en cualquier violín es que ninguna de las cuerdas sabe que hay más cuerdas y eso hace que la madera sea incansable. En algún momento habrá que dormir.
El violinista se llama Sergio Masini (absolutamente genial Ugo Tognazzi) que corre de aquí para allá intentando mantener un sueño vivo y una certeza que todos presentimos y es que cualquiera puede estar enamorado de más de una mujer. En su caso, son tres. Sí, y las tres son tan maravillosas que se ha casado con ellas, ha vuelto a revivir la emoción de la primeriza paternidad con cada una, ha participado en el juego del amor con todas y es incapaz de dejar a ninguna. El problema es que, cuando las cuerdas están afinadas, el corazón palpita tan rápido que se acostumbra a ese ritmo. Y en el momento en que hay un descanso…puede que deje de funcionar. Pero eso no es problema, entre otras cosas porque este polígamo nos ha dejado un buen montón de sonrisas entre tanta prisa y tanto engaño. Lo importante es que las cuerdas estén tensas, afinadas, dispuestas y preciosas. Lo demás es solo un molesto avatar de la vida. Una tontería que no tiene ni sitio.


martes, 28 de marzo de 2017

UN PUENTE LEJANO (1977), de Richard Attenborough

La mayor operación bélica de todos los tiempos resultó ser un fracaso. Demasiada ambición y mal cálculo sobre las posibilidades de un ejército. La arrogancia es siempre una mala consejera como también lo es la falta de conciencia. En la operación se ponen en riesgo demasiadas cosas y demasiados héroes anónimos arriesgan su vida para obtener un resultado, cuando menos, discutible. La población civil, como siempre, pierde. Los militares, se rinden. El objetivo se queda a unos pocos metros. La invasión fracasa y los responsables solo se encogen de hombres creyendo que, efectivamente, siempre se trató de tomar un puente que era demasiado lejano. Después de haber utilizado y abusado del material y de las personas…ése es el consuelo que se recibe. Un puente demasiado lejano. Las guerras y sus malditos cálculos posibilistas. Los mandos y su maldita sangre fría.
Entre los verdes prados de Holanda tendremos al americano que cruza con unas balsas terribles un río salpicado de balas mientras reza una y otra vez, obsesiva y compulsivamente, el Ave María. Habrá un sargento que amenazará a un médico oficial superior a que reconozca a su capitán porque le prometió que no le dejaría morir en la invasión. Por allí, justo en la esquina, un teniente coronel británico resistirá lo indecible esperando la maldita ayuda que no llegará para, luego, aceptar con un elegantísimo gesto el cigarrillo del alemán mientras se le ha hecho prisionero. Un médico tratará de atender una masa de heridos sanguinolentos en una casa particular. Un teniente con iniciativa despejará a fuerza de voluntad un cruce en el que era imposible pasar para desatascar las vitales carreteras. Un polaco se enfadará porque siente que es tratado como un militar de segunda clase cuando es más arrojado que cualquiera de esos estirados con boina inclinada. Y así las historias se suceden. Intentando dejar bien claro que la guerra es horrible, pero que, en medio del caos, también hay seres humanos tratando de dar lo mejor de sí mismos. Es la paradoja de la destrucción.

Richard Attenborough dirigió un reparto plagado de estrellas en un rodaje lleno de anécdotas como la escena del puente que tiene que atravesar Robert Redford, contratado por unos días y que incluyó en su contrato una indemnización millonaria por cada día de retraso. No dejaba de llover y Attenborough se arriesgó a rodar la secuencia. Una sola toma. Lo justo para que volviera a llover justo cuando el director mandó parar. O la visita al plató del Teniente Coronel John Frost, interpretado por Anthony Hopkins, que acabó en un mar de lágrimas porque, cuando se conocieron, el militar creyó verse a sí mismo treinta años antes. O el precario estado de salud de Laurence Olivier que, pese a todo, quiso continuar con todas sus escenas. En todo caso, el gran rompecabezas que trató de encajar Attenborough dio resultado y Un puente lejano quizá es la mejor de todas las películas que han versado de batallas bélicas con un elenco de nombres ilustres como El día más largo o ¿Arde París? Y eso no deja de ser un mérito enorme en una gran superproducción en la que es muy fácil perder el punto de mira y fabricar una enorme y pesada nadería. El puente lejano, por esta vez, se acercó lo suficiente.

viernes, 24 de marzo de 2017

NIÑERA MODERNA (1948), de Walter Lang

Lo sé, lo sé. Sé que hay muchos críticos que se creen el ombligo del mundo y creen que pueden mimar y cuidar al cine con sus mimitos, sus caricias y sus comentarios desaprensivos. Evidentemente, no tienen ni idea. Si ustedes quieren leer a un crítico de cine como es debido, léanme a mí. Mi experiencia y mi sabiduría me avalan antes que a otro cualquiera. Es posible que, en algún momento, les irrite tanta erudición pero tengan en cuenta que para eso pagan. No se les ocurra pegarme, fui casi atleta de élite en mis años mozos. Incluso tengo una condecoración militar de pomposo nombre para recompensar una heroicidad que ningún otro colega del país posee. Mi mente es preclara y estoy en posesión de la razón. No les digo más. Si quieren contratar mis servicios, soy barato, escribo razonablemente bien, sé deletrear palabras como travelling (con dos eles y no con una como hacen tantos y tantos otros) y además tengo un diploma que me acredita como experto en no sé qué ciencia social. He probado otros usos y costumbres, que para eso viví durante una temporada larga en un país al otro lado del Atlántico, he publicado cuatro libros y ahora estoy escribiendo un quinto, he dejado rastro de mis letras en la parte sur de este bendito lugar alejado de la mano del razonamiento. Ah, se me olvidaba, cocino un salmón al horno que es para chuparse los dedos de los pies. Y todo esto sea dicho sin un ápice de intención humillante ni nada que se le parezca. Solo estoy evidenciando cuáles son las virtudes del nuevo crítico.
De hecho, estoy trazando un paralelismo algo arrogante con el señor Lynn Belvedere. Sí, tiene nombre de mujer pero es todo un hombre. Tiene varias carreras, tiene métodos infalibles para criar niños ajenos, es absolutamente perfecto en todo lo que hace, fue campeón de boxeo y es difícil acertarle un puñetazo en plena cara. Es un hombre que lo sabe hacer todo y evidencia cuáles son las virtudes de las nuevas niñeras. Razonamiento, presunción, eficiencia, adustez, seriedad. Ni un signo de cesión cuando se trata de imponer disciplina. Tiene el rostro, mucho más agraciado y expresivo que el mío, de Clifton Webb y hay que reconocer que es capaz de exasperar a cualquiera, incluso al más amante padre y esposo. Como yo.

Y así se hizo añicos el mito de que los hombres no éramos capaces de destilar ternura hacia los niños. Bueno, no. Bueno, sí. Quiero decir…que no es una cuestión de ternura, es una cuestión de convicción, de saberse el mejor y ya está. Yo estoy seguro de que estaré nominado al Premio Nacional de la Crítica en breve y que seré encumbrado en los periódicos más sensacionalistas y despreciables pero eso no es estrictamente necesario. Solo quiero que se sepa que, si procede, me cogeré del brazo de Lynn Belvedere e iremos juntos hacia la perfección. Lo demás carece de importancia. La mejor línea, la mejor frase, el mejor cambio de pañales, el mejor razonamiento, la más auténtica de las voces críticas y puericultoras… Es solo talento. Nada más.

jueves, 23 de marzo de 2017

INCIERTA GLORIA (2017), de Agustí Villaronga

Las oscuridades del alma albergan tantas contradicciones que ya nadie tiene la razón en la vergüenza de la guerra. Por un lado, el idealismo olvidado que se convierte en venganza gratuita, que trata de mantener un orden del que rehúye, que intenta vencer por el mero patrocinio de lo correcto. Por otro, el desprecio continuo por la voluntad del pueblo que cristaliza en las mismas ejecuciones de siempre y que pertenecen a los dos lados, que se aprovecha de los ofrecimientos oportunistas para llegar al despotismo nada ilustrado, que trata de usurpar con la fuerza la paz que nunca se debió violentar. Es la guerra y nada más.
Y una de las dos Españas habrá de helarte el corazón. Y la otra deberá morir para que el futuro tenga una oportunidad. Amigos contra amigos, los problemas personales contrapuestos frente a un mundo que se derrumba. La desesperación que llega inevitablemente por culpa de las estrategias bélicas. Mientras tanto, todo un universo de relaciones rotas, deshechas, arrasadas, trata de encontrar algún motivo para salir adelante y sacar algún provecho de tanta muerte. Puede ser una lata de comida. Puede ser una mujer que se halla tan distante que no es posible tocarla. Puede ser una medicina necesaria. Puede ser el consabido trapicheo que siempre exige un pago a cambio. No importa, porque de lo que se trata es de romper el corazón y mantener vivo todo aquello que siempre nos ha separado. Y, sobre todo y ante todo, sobrevivir en aquel frente famoso del “No pasarán, no pasarán y si pasan, morirán” que acabó diseminado por los platos llenos, los deseos satisfechos y la comodidad pasajera a la que siempre aboca la desorganización.
Todo es penumbra y frío en la escasez y la ambigüedad. Republicanos que se encomiendan a Dios mientras se reniega del matrimonio porque es un sacramento. Seres que han probado la pobreza y pactan ante el enemigo porque saben que por allí vendrá la nauseabunda estabilidad de la paz. Cenas de Navidad celebradas al amparo del ateísmo y del calor de un buen hogar al que se renuncia a defender. Ni siquiera la riada se lleva las intenciones de seguir matándose entre hermanos. La guerra exige sacrificios a los que creen en la causa y a los que no, también. Mientras España se desangra, todo se reduce a un tira y afloja por una mujer, igual que la patria ultrajada que no mira a bandos buenos sino a rencores incontables.

Agustí Villaronga vuelve a incomodar con una historia en la que no ahorra críticas y dice bien a las claras que la guerra, nada más y nada menos, condiciona comportamientos a base de necesidades. Y más aún si es un conflicto que nunca debió de ocurrir. Rostros de fuerza inusitada se dibujan en las actrices de la película, especialmente Nuria Prims y Luisa Gavasa, que imprimen sabiduría y razón de ser a esa tela de araña que se va tejiendo sobre una historia que deja un poso de amargura, de alguna que otra escena innecesaria, de puño cerrado y garganta abierta. Solo así podremos tener la certeza de que esto es algo que no deberá repetirse nunca más y nosotros somos los responsables de que así sea. Es tan fácil como volverse atrás y mantener la mirada objetiva. Sin maniqueísmos ni propagandas. Solo viendo cómo fue aquella guerra. Y nada más. 

miércoles, 22 de marzo de 2017

CALLE MAYOR (1956), de Juan Antonio Bardem

La aburrida vida de provincias. El casino, el bar, el cine de los domingos, la irritante radio retrasmitiendo el partido de la jornada, el frío, las habladurías, el billar, las cervezas…Todo se va convirtiendo en un círculo vicioso con especial énfasis en lo vicioso. Un grupo de amiguetes tratan de sacarle algo de jugo a la vida gastando bromas de paleto. Son bromas sin gracia en las que ellos se ríen mucho pero nadie más. Rozan la crueldad moral con peligrosa alevosía y la risotada suele ser la última conclusión. Su degeneración llega al límite cuando proponen que uno de ellos se haga novia de la solterona más recalcitrante de la ciudad. Ella puede no ser muy agraciada por fuera pero tiene una belleza interior que no encaja en ese pequeño hervidero de pías rutinas y recatos murmurados. La sensibilidad de las personas es algo con lo que no se debe jugar. Y Juan lo hará a pesar de que sabe que está condenándola a algo peor que la muerte. Juan es apuesto, es educado, es simpático…pero es débil. Se deja manipular por la vanidad y el orgullo, deja que los amigos hagan de él un monigote sin hombría, deja que la miseria llegue a su corazón porque es un verdadero cobarde. Ella, Isabel, es más que él en todos los sentidos. Tanto que, al final, hará gala de la valentía que le falta a él y estará dispuesta a cargar con la burla, con el desprecio, con el vano, infantil e hiriente cotilleo durante el resto de su vida.
Calle Mayor arriba, Calle Mayor abajo. Todos los vecinos se saludan y la hipocresía se torna algo normal. No hay ética en un mundo sin alicientes. Solo sirve la próxima carcajada, la próxima mofa del incauto que tiene la desgracia de ponerse en el punto de mira de los que más se aburren. Ellos se recogen en el prostíbulo, bailan alocadamente, beben sin freno, llaman la atención con sus gritos de borracho y madrugada, no tienen nada en su interior, están vacíos, son tan fútiles como prescindibles, son la escoria del tiempo detenido. Nada ocurre en una pequeña ciudad de provincias. Solo es el escenario de la debilidad mental de unos cuantos desaprensivos.

Con muchas dificultades, Juan Antonio Bardem dirigió con precisión esta historia que hunde sus raíces en la más acerada crítica social, denunciando la hipocresía reinante en época del Régimen, haciendo evidente la escasa talla moral de muchos que hacen morir todo lo que puede ser bueno. Betsy Blair está eminente como Isabel de Castro, la solterona que tiene mucho que ofrecer, que sueña y pronuncia el nombre de aquel a quien cree amar. José Suárez brilla con ese Juan que no tiene nada que ofrecer y que huye acobardado y sitiado por los demonios de su conciencia. Y todos nosotros, con un poco de nuestro corazón, nos quedamos con ella, tras ese cristal salpicado de gotas de lluvia, comprendiendo su destierro de la vida y compartiendo ese futuro negro y pesimista que estará dominado por la reclusión.

martes, 21 de marzo de 2017

LA FORTALEZA ESCONDIDA (1958), de Akira Kurosawa

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "La noche americana", de François Truffaut, podéis hacerlo aquí

La tierra arrasada por los señores feudales es el lienzo de blanco y negro donde un cargamento de oro camuflado puede atravesar todas las dificultades. No hay nada como un viaje discreto con una princesa y un guerrero entregado. El general Rokurota Makabe se yergue como una presencia dominante en ese paisaje de caos y confusión, donde los rivales son antiguos amigos, donde la picaresca encuentra siempre un día más para sobrevivir. Es tiempo de heroicidades para poder traer algo de prosperidad a una tierra que agoniza entre tanta sangre y tanta lucha. Por eso, todo forma parte de una fortaleza escondida que lanza como una espada desenvainada a los protagonistas de esta historia de empuje, de fuerza, de honor y de decisión. Aquí, en el Japón feudal, no hay lugar para las debilidades y las vacilaciones. Hay que actuar rápido. Hay que ser definitivo.
El oro es tan difícil de llevar que se disfraza de leña. El peso es un inconveniente que pasa inadvertido ante la vigilante mirada del enemigo. Cualquier error es fatal porque eso significará el fracaso de la misión y la pérdida de la vida. Y en esa época, en ese lugar, la vida es un tesoro que hay que conservar a toda costa. Un galopar infinito, lleno de furia y de rabia evitará males mayores. Un viejo camarada tendrá que buscar en su corazón para tener la certeza de cuál es el lado correcto. Una doncella y criada entregará la vida para salvar a la esperanza. Todo es una aventura en la que el músculo se confunde con la justicia, el filo de la espada con el dedo de la verdad, el fuego de la noche con la última llamarada de la libertad.

Akira Kurosawa hizo una de las mejores películas de aventuras que se hayan podido ver nunca en el cine conservando la tradición, mirando la autenticidad y dejando sin respiración a todos a los que se acerquen a ver la importancia de tanta fortaleza escondida. Toshiro Mifune encarna al general Rokurota Makabe, el valiente guerrero que cuida de la princesa y de todos los que se atreven a acompañarles en el largo viaje hacia la seguridad y la resistencia. En medio, el fuego, el humo, la batalla, el engaño, la complicidad, el heroísmo, la bravura, la furia desbocada, la crueldad desatada, la constatación de la dictadura, el ansia por la libertad. La obra maestra se halla ahí mismo, a apenas unos pasos de distancia, como si fuera la travesía a través de las fronteras del honor y de la verdad. El buen humor también aparece, como un plato de arroz en medio del desierto. Y es que Kurosawa sabía muy bien lo que se hacía. Puso la aventura en su medio, puso al personaje en su duelo, puso a la avaricia en su cadalso y nos dijo que la lucha es prisionera del azar, del recuerdo, de la suerte y del arrojo. Y el general Rokurota Makabe maneja todas esas variables con singular maestría, maestría de filo, maestría de genio, maestría de soldado.

viernes, 17 de marzo de 2017

VIVIR UN GRAN AMOR (1955), de Edward Dmytrik

Todo ocurre casi sin querer. Un encuentro casual, una complicidad sobrevenida, una atracción mutua, una introducción alevosa en el corazón…y el amor está ahí, latente, deseando expresarse por encima de la rutina y del aburrimiento. Londres parece que empieza a tomar color bajo el gris del humo de las bombas. Cuando los sentimientos se desbocan, nada puede contener su expresión, su deseo de salir a la luz con un beso, con una caricia, con una mirada apasionada. Es como intentar que la respiración no traiga oxígeno. Es como tratar de quedarse quieto para siempre en un sitio. Es imposible. Es fuerte. Es la vida resurgiendo en corazones que parecían condenados al ostracismo. Y eso hay que disfrutarlo, aunque signifique engaño, aunque sea traición. De lo contrario será un pecado aún mayor.
Y en medio de la noche silenciosa, cuando parece que las pieles se llaman y las bocas se abren buscando el alma del otro, cae una bomba y todo vuela por los aires. Por un momento, se piensa en la terrible casualidad pero, a continuación, llega la desesperación, el ansia por mirar en el agujero que ha dejado la onda expansiva y creer que todo ha sido un error y que algún tipo de justicia se ha presentado sin avisar. Una oración se musita, con todo el dolor, con todo el deseo, con toda la verdad por delante. Si la voluntad de amar es un acto prohibido, todo volverá a su sitio con tal de que la vida no se haya llevado la mitad de ese gran amor. Y a partir de ahí, ese gran amor que hasta ese instante se ha vivido, se convertirá en un incomprensible abandono, en un volver la espalda al ofrecimiento que sigue ahí, vigente y con toda su belleza. Mejor no lastimar a las personas que no tienen ninguna culpa y que esperan pacientemente en casa, al calor de un hogar que siempre crepita. El periódico, el té, la maravillosa sensación de ver su rostro después de un día de trabajo agotador en el ministerio…El gran amor se ha vivido, ahora es tiempo de experimentar el destino que ya estaba escrito de antemano y de cumplir esa promesa invisible, esa plegaria infinita que es el mayor acto de amor que una mujer ha elevado a la eternidad. El silencio se impone. La derrota es sublime. Adiós, adiós.

Basada en una novela de Graham Greene, el propio autor estuvo permanentemente en contra de la elección de Van Johnson como el galán pero expresó su apoyo a la elección de Deborah Kerr en el principal papel femenino. Años después, hubo otra versión de la misma historia titulada El fin del romance, con Ralph Fiennes y Julianne Moore en la cabecera de cartel, mucho más enfática y más conjuntada con nuestros tiempos. Vivir un gran amor está impregnada de una normalidad que resulta mucho más confusa precisamente porque el acto de renuncia está encuadrado dentro de esa inercia de supervivencia que Greene quiso dar a una historia llena de referencias religiosas y de milagros y sacrificios. En el fondo, él escribió una historia sobre una mujer que renuncia y no sobre un hombre que es abandonado pero que, en un intervalo de tiempo que les durará para siempre, se amaron por encima de sus egoísmos, de sus debilidades y de sus propias comodidades.

jueves, 16 de marzo de 2017

ZONA HOSTIL (2017), de Adolfo Martínez

Entre las brumas del infierno, surge el heroísmo de un puñado de hombres y mujeres que trabajan para salvar vidas. Las palas del rescate se rompen y el terreno cede ante una tierra que se agrieta de sangre y muerte. Solo la audacia es el aliado perfecto porque el enemigo se esconde en las sombras, son figuras que escupen fuego en busca de la fotografía de propaganda mientras los soldados luchan hasta agotar su propio sudor. Es el instante en el que hay que darlo todo por los demás. Y éstos son los mejor entrenados para eso.
El polvo del desierto pica y abrasa, ahoga y entierra como si fuera un enemigo más que surge de todas partes. La rapidez física y de pensamiento tiene que ser otra arma ante la avalancha de balas que pasan silbando como si fueran llamando a la muerte. La pericia y la profesionalidad serán decisivas y es tiempo de cubrir las espaldas del tipo que está al lado, de cuidar al máximo todos los detalles, de resistir hasta que no haya más remedio que morir. Nadie va de paseo a Afganistán. El cielo raso espera. La próxima bala acecha.
Por el punto de mira solo se ven hombres sin rostro, a los que no les importa morir porque no tienen nada aunque sus razones sean equivocadas. No valen pestañeos e indecisiones. El momento siguiente puede restar una vida y no hay demasiada munición. La inteligencia y permanecer con la cara de perro son las únicas salidas y las luces están prohibidas en la negra noche del Oriente Medio. Hay que apretar los dientes, compañero, o si no nadie saldrá vivo de aquí. Y para eso habrá que ahogar las pasiones, las decepciones, las preocupaciones y los cansancios que a todos definen como seres humanos. Es la hora de apuntar y disparar sin cerrar los ojos, sabiendo lo que se hace, midiendo lo que se dice, transmitiendo seguridad a todos los demás. Soldados. Están hechos de otra pasta.
Ya era hora de que el cine español se ocupara con eficiencia del Ejército y de la tremenda labor que realiza en sus misiones en países en conflicto. Sin maniqueísmos, sin mensajes morales de rancio abolengo que se exponen en los altares del maldito politiqueo correcto. Diciendo la verdad, exponiendo que salvan vidas de civiles y también que deben luchar por su propia supervivencia. Adolfo Martínez dirige con mano firme, con solidez, con planos de enorme mérito, dando a cada actor excelentes momentos de lucimiento. Ariadna Gil se encuentra muy segura en su papel de capitán médico. Roberto Álamo aporta sabiduría y naturalidad en cada cargador. Antonio Garrido le pone intensidad y garra a su comandante. Algo menos convincente es Raúl Mérida en la piel de un teniente que debería tener más voz de mando en sus vaivenes vacilantes. Toda la película está bien hecha, con algún que otro tópico que no empaña en absoluto el resultado final, con una banda sonora muy notable de Roque Baños y grandes instantes de cine de acción bien contado, bien narrado y bien encajado. Sin faltar alguna que otra visita a los clásicos. Una vez más, la demostración de que, cuando el cine español se encarga de hacer cine de género, lo hace muy bien.

Y es que hay que sentir al enemigo a las diez, a las doce y por la noche, con el polvo acumulándose en la garganta, con el gatillo engrasado y la tensión apenas dominada para ponerse en la piel de unos hombres y mujeres que saben muy bien lo que hacen en medio de un territorio lleno de nada y odio. Y no exigen nada a cambio. Les debemos un poco de respeto.                      

miércoles, 15 de marzo de 2017

QUE EL CIELO LA JUZGUE (1945), de John M. Stahl

Primero fue la atracción. Es ese fogonazo que hace que no puedas apartar la mirada de una mujer de la que parece que Dios se enamoró. Ese momento que queda suspendido en la memoria porque empiezan las primeras palabras, los primeros puntos en común, las primeras miradas furtivas. Más tarde, comienza la complicidad. No solo hay puntos en común sino que hay pensamientos en común. La misma forma de ver las cosas. La certeza de que ahí, en ese maravilloso rostro, en ese cuerpo modelado por las nubes, está la misma belleza y el paisaje que se quiere ver todas las mañanas. Todo parece fluir con tanta ligereza y tanta felicidad cogida con pinzas que puede ser el presentimiento de una eternidad. El futuro está ahí. Es una mujer. Una mujer que nunca pierde.
De repente, el primer aviso. Sin haberlo hablado, sin haber hecho insinuación ninguna, ella fuerza las cosas para anunciar un compromiso que nunca había salido de los labios. No es que sea un disgusto pero, quizá, sí un poco precipitado. Es como si ella lo deseara en ese momento y no hubiera más que hablar. Tal vez solo sea un acto impulsivo de una mujer enamorada, que no puede remediar actuar como siente, vivir a través del corazón, amar totalmente. No pasa nada. Ella es encantadora. Entiende todo lo que rodea al hombre que quiere. Se muestra dócil, comprensiva, cariñosa, amiga, compañera. Sin embargo, en un despacho, frente a un extraño, comienza a enseñar su lado más oscuro. Es ese lado posesivo, implacable, inconformista, dañino, peligroso. Quiere estar a solas con su hombre y las circunstancias no son las más adecuadas. Todos quieren disfrutarle. Y ella no lo soporta. Él debe ser para ella. Entero. Sin jirones. Sin amarras. Hay que morir de amor a su lado y él debe entenderlo.

La familia viene, crecen los celos. Ella se hunde en la desesperación porque quiere estar permanentemente al lado de él. Ni siquiera soporta que él se dedique a escribir porque ella vale más que un montón de hojas de papel. Todo es agobiante. Todo es insatisfactorio. Los celos crecen. El asesinato aparece. Él se hunde. Ella quiere agradarle en todo pero no sabe cómo. Un niño en camino… Al principio todo parece ir bien, un niño traerá alegría y cariño y… ¿un extraño más en la casa? No, no puede ser. Las escaleras vienen bien. Y ella se arroja sin darse cuenta de que esas escaleras son el principio de un camino del que no podrá regresar. Los celos aumentan aún más. Todo debe ser destruido. Aunque sea a costa de la propia vida. La justicia ya se encargará de lo demás. La felicidad nunca será para él porque debió disfrutar la felicidad que ella proporcionaba. Él será derrotado. La esperanza aparecerá. Las aguas mirarán el principio de una nueva vida que estaba demasiado lejos mientras ella estaba a su lado. Y lo peor de todo es que ella lo hizo por amor. Su pecado fue amar más allá de lo comprensible y de lo aceptable. En esta ocasión, el amor fue el asesino impávido que urdió las tramas más retorcidas para permanecer. Los hombres no sabemos lo suficiente como para poder juzgarla. Solo el cielo. Que el cielo la juzgue.

martes, 14 de marzo de 2017

EN LEGÍTIMA DEFENSA (Quai des Orfévres) (1947), de Henri-Georges Clouzot

Hace demasiado frío como para no cometer un asesinato. Y demasiadas personas visitan el lugar del crimen. Es Nochebuena y esto no se hace en un día así. El amante celoso, la cabaretera díscola, la vecina que confiesa abiertamente su lesbianismo y su preferencia por la cabaretera, el empresario rijoso y el policía competente, antiguo militar de las colonias que quiere marcharse cuanto antes y meterse en la cama con su hijo mestizo. Todos entran y salen del 36 del Quai des Orfevres, la dirección donde se halla la Prefectura de Policía, intentando encontrar una verdad resbaladiza, que se escapa entre la confusión de las bambalinas de un teatro, de una coartada prefabricada precisamente porque se tenía la intención de cometer el asesinato. Y mientras tanto, unos quieren a otros, unos no quieren delatar a los otros, unos desean conservar a los otros y todos lo consiguen porque, al fin y al cabo, la mentira es una acción que se realiza en legítima defensa.
Y, sin embargo, el culpable sigue en las sombras porque no es ninguno de los que estuvieron en el lugar de los hechos. Demasiadas pistas y muy evidentes conducen al crimen pasional. El erotismo, sorprendente, aparece en algunos pasajes de forma muy sensual lo que hizo que en España nunca se llegase a estrenar. Y es que la piel es el mejor móvil para que la vida se escape, para que los besos dejen de llegar, para que el amor nunca sea correspondido. La piel llama demasiado, es como un imán para el deseo y esa es la más antigua razón para asesinar a alguien. Por mucho que pueda ser en legítima defensa…de tu propio deseo.

Rodada después de la ocupación y superados los problemas que Clouzot tuvo con las autoridades francesas por su presunto colaboracionismo con los nazis, En legítima defensa es un gran precedente del cine negro francés que contiene una gran interpretación por parte de Louis Jouvet como el Inspector Antoine, el hombre cansado que patea las calles en busca de la más mínima prueba que le ayuda a esclarecer un caso que es endiabladamente retorcido porque todos los sospechosos visitaron la inhabitual escena del crimen. Más allá de eso, Clouzot pone en juego un atrevimiento tremendo, combinando a la perfección el melodrama de los primeros compases con el caso policiaco que Antoine resuelve con la presión agobiante que ejerce sobre los detenidos. Así es cómo se sacan las miserias de todos los personajes y todas sus inclinaciones sexuales que están muy cerca de la obsesión y que concluyen con esa cabaretera de rostro simpático y carnes sobradas interpretada por Suzy Delair. Los escenarios no dejan de ser oscuros rincones del París más gélido e interiores de casas ateridas por el frío que aluden al asesino y su impasibilidad como símbolos permanentes de una ciudad que esconde las verdades y enseña sus mentiras. Todo saldrá a relucir en el 36 del Quai des Orfevres, un lugar donde se entra con una idea para engañar y se sale con unos grilletes para olvidar.

viernes, 10 de marzo de 2017

LO QUE DE VERDAD IMPORTA (2017), de Paco Arango

Todos los seres humanos tenemos algún don que se nos ha dado por aquellas casualidades de la Naturaleza. Algunos lo descubren y lo aprovechan. Otros nunca consiguen adivinar cuál es. Los peores de todos son aquellos que saben que lo tienen y deciden no utilizarlo. Tal vez por miedo. Tal vez porque la responsabilidad es excesiva y todos sabemos que esos dones hay que usarlos con la cabeza y no con el corazón. Pero un don sin corazón tampoco es nada. Quizá haya que hacer un viaje iniciático para darse cuenta de la inmensa riqueza que guardamos en nuestro interior.
Y así, pues, la desorientación se hace dueña de todos los pasos de la existencia. No es fácil encontrar el rumbo de cada uno y a todos se nos pasa por la cabeza la idea de que vivir es ir trampeando con el día a día, pasándolo lo mejor posible, sin demasiadas responsabilidades, con la ligereza como rutina y dando gusto al cuerpo que para eso está. Sin embargo, aunque no nos demos cuenta, hay un puñado de ángeles que están pululando por la Tierra. Son aquellos que deciden darnos una oportunidad. O aquel otro que abre una puerta oportunamente cuando se tiene una prisa de vida o muerte. O aún aquel que va más allá de sus obligaciones profesionales y nos tramita un papel que no debería cursar. Y ejemplos como éstos hay muchos. Incluso puede que haya ángeles que, con su sola presencia, hacen que el malestar desaparezca y los miedos huyan. Lo único que deben hacer es espantar sus propios miedos.
Puede que las respuestas a todas las preguntas se hallen en un lugar muy apartado de la civilización. Una aburrida villa rodeada de prados, de agua y de tranquilidad.  Y que se presente, sorpresivamente, la oportunidad de hacer el bien. Sí, hacer el bien. ¿Aceptaríamos con los ojos cerrados? ¿No dudaríamos ni un solo instante en  aliviar las penas que afligen a los demás? ¿O por el contrario seríamos presas del susto que conlleva portar tan maravilloso don? Piensen la respuesta. No todos estaríamos preparados.

Sí, porque los dones, para que sean efectivos, hay que ejercitarlos. Y eso es lo que ha hecho Paco Arango con esta iniciativa a favor de los niños con cáncer. Más allá de cualquier consideración benefactora, hay que reconocer los méritos de una película que se ve bien, de forma amable, muy agradable, con momentos de alta comedia, sin caer en la lágrima fácil de su objetivo y homenajeando a la figura humanitaria de alguien tan fundamental para todos los que amamos el cine como Paul Newman. No, no. La película no es la obra maestra absoluta sobre la fe, los milagros y los hechiceros de la salud. Tampoco pretende serlo. Es solo una comedia de sonrisa amplia y sensación limpia. Si en lugar de ir firmada por Paco Arango, lo fuera por Nancy Meyers, habría colas en las salas por ir a verla. Y apenas hay alguna diferencia entre uno y otro. Y Arango sabe qué es lo que de verdad importa. Basta con echar una mirada alrededor y darnos cuenta de que hay mucha gente que trabaja para que los más débiles olviden lo que les pasa y experimenten con una canción, con un momento de locura, con un baile improvisado, con un juego inocente, que la vida también es un don que debemos usar cada día de nuestras cómodas, insulsas y conformistas existencias.

jueves, 9 de marzo de 2017

EL GUARDIÁN INVISIBLE (2017), de Fernando González Molina

Resulta sorprendente comprobar cómo una actriz competente, seria y valiosa como Marta Etura no termina de desprenderse de cierto matiz de falsedad interpretando un papel como el de la Inspectora Salazar, nacida de la pluma de Dolores Redondo. Detrás de ella, hay un competente equipo de actores secundarios que sí resultan creíbles, especialmente Elvira Minguez, que se hace cargo de uno de los papeles más antipáticos del cine español más reciente y que no deja de golpear diciendo que, tal vez, de haberse rodado unos años antes, ella sí que hubiera sido la heroína ideal.
En cualquier caso, es una película muy equilibrada, que camina entre los géneros de fantasía y negrura para dar ese aire mágico y siniestro a los bosques del maravilloso y bellísimo Valle de Baztán, poblados por abominables hombres que pertenecen al folclore navarro y que resultan apenas una broma si los comparamos con otros de carne y hueso. Fernando González Molina, el director, tiene momentos de inspiración ejemplar, con planos sorprendentes y certeros y también hay algún que otro salto incomprensible en la trama que trata de seguir con fidelidad el original literario al menos en cuanto a espíritu. Y la impresión también es la misma. Habrá a quienes les parezca una adaptación competente y otros que opinen que no es para tanto.
Y es que no es fácil tratar de hallar el punto intermedio para que la imposible trama de brujería y superstición que está presente en todos los recovecos del misterio no deje de ser un cuento de hadas posible y, al mismo tiempo, la investigación meramente policiaca mantenga el interés realista que la convierte en una película de cine negro. La lluvia continua, las crueldades provincianas, los pasados tormentosos que vuelven a cubrir de harina y desprecio a la inocente infancia, son elementos indispensables para entender el pasado y el presente de la protagonista. Y, de hecho, la película experimenta una curiosa cuesta arriba en el último tercio de la historia, haciendo que Marta Etura comience a hacerse con el papel que se le resiste, ausente de naturalidad durante todo el resto de la cinta.
La ambición de los hombres y sus estúpidos anhelos de conservar las tradiciones son puntos peligrosos en tiempos de inhumanidad y saña. El terror parece que se asoma en algunos pasajes, con timidez, como queriendo pedir permiso, y se queda en mera inquietud ante la cercanía de un peligro seguro. La humedad se cala en los huesos mientras los asesinatos se suceden en los bosques de niebla y odio y siempre, de alguna manera, parece que hay guardianes míticos acechando a la vuelta del próximo árbol. Tampoco es fácil mantenerse en la cumbre siendo mujer y no faltarán las ladinas jugadas de los hombres para que, de alguna manera, también se conserve la estúpida y equivocada tradición del liderazgo masculino. No hay más que mirar a los ojos a una mujer para darse cuenta de que ellas valen infinitamente más, ven con más claridad, transmiten más seguridad y no cejarán hasta hallar todas las respuestas. Eso lo saben muy bien los abominables hombres de los bosques que, con sus silbidos y sus cuidados, tratan de alejar los males del paraíso en el que habitan. Y, tal vez, nunca aparecerían si hubiese suficiente cariño en la vida de las personas.

miércoles, 8 de marzo de 2017

LA HOGUERA DE LAS VANIDADES (1990), de Brian de Palma

¿De qué le sirve a un hombre ganar el mundo si por el camino pierde su alma? Es una pregunta que gira y gira en torno a los destinos de los triunfadores, que ven cómo su alma se pudre mientras el dinero y el éxito llaman a sus puertas con la fuerza de una mentira bien dicha. Quizá lo primero que habría que decir es que para sobrevivir en medio de una ciudad hecha de corazones de cemento, hay que empedrar el interior de uno mismo, prescindir de los sentimientos, morder antes de que te muerdan. Las historias que hierven en la gran ciudad son parte de su mobiliario y todo se puede exagerar, todo se puede tergiversar, todo, incluso, se puede pervertir. Y, casi sin saberlo, uno puede verse arrastrado por la corriente sin ningún asidero a mano. Y además se puede dar la terrible y cómica paradoja de que solo una mentira puede salvarte del atolladero. Con una mentira se acallarán las bocas que solo escupen ira oportunista, con una mentira se dará el merecido a la estúpida que ha intentado esconderse tras una cortina de millones, con una mentira los titulares injuriosos cesarán de verter mentiras como cántaros de soberbia y desprecio. No es tan difícil mentir. Basta con prescindir de algo tan fácil y olvidable como es la conciencia.
Y precisamente es la conciencia lo que hace que un periodista comience a trastocar la trayectoria básica de cualquier historia contada al gran público porque ve que la crucifixión es demasiado rentable para algunos y obstinadamente dañina para otros. Por esa burda manipulación de hechos contados a medias y sin pruebas fehacientes, un hombre puede perderlo todo. Ahora bien…¿es lícito que ese hombre lo pierda todo cuando lo que ha ganado ha sido sin demasiado esfuerzo? La vida fácil se presenta en los hogares sin ninguna razón aparente y solo la rabia de los más desfavorecidos es capaz de poner en solfa un apartamento de lujo, un coche europeo, unas ropas carísimas, unos viajes de ensueño. Eso y el titular oportuno, en el momento oportuno y en el medio oportuno para que la opinión pública sea convenientemente manipulada. Y todo el mundo sabe, o al menos todo el que tenga dos dedos de frente lo sabe, que la masa es voluble y, por lo general, bastante estúpida. Se lo cree todo. Se le olvida todo. Y lo que es aún peor. Arremete contra todo.

Vilipendiada en la época de su estreno porque no resistía las comparaciones con el original literario de Tom Wolfe, La hoguera de las vanidades contiene una historia que llega a ser apasionante y que está dirigida con imaginación por Brian de Palma, que consigue imprimir vigor a una trama que podría haberse quedado en la plomiza y maniquea descripción de malos, aún más malos y desalmados. En la hoguera, todos juegan al sálvese quien pueda, al arañazo del siguiente cero y a la auténtica demostración de vanidad que supone obviar la verdad para servir la carnaza que el pueblo llano y plano necesita. De Palma, como igualando el delante y el detrás de las cámaras, tuvo innumerables problemas para realizar la película (entre otras cosas uno de sus mayores problemas fue Melanie Griffith que, en medio del rodaje, decidió irse a Miami a tomar el sol y hacerse una operación de aumento de pecho con lo que la continuidad de la película quedaba bastante comprometida) y supo, de primera mano, que el éxito es una mujerzuela que sucumbe ante los gritos de los ignorantes. El dinero es agradable. El lujo, también. Pero no hay nada que se pueda comparar con la bajeza de alcanzar esas cosas a costa de destrozar la vida de otro…por mucho que se le tenga rabia.