jueves, 20 de abril de 2017

LA ESCAPADA (1962), de Dino Risi

Puede que en un síndrome de Peter Pan haya más libertad que en toda la corrección vivida. Es el momento de encender la luz del corazón aunque solo sea para darse de bruces con el duro suelo de la realidad. La paradoja está servida a bordo de un coche blanco y reluciente con el que la escapada por las carreteras de Italia será una aventura de sensaciones y conocimientos. Por el camino, habrá paradas intermedias en esas dos caras que representan los dos protagonistas. Bruno es alegría e intoxicación. Roberto es tristeza y contemplación. Dos contrapuestos se van de viaje. Y nosotros somos el equipaje que va con ellos.
La poesía y lo agridulce se dan cita en las señalizaciones del camino. La inutilidad de una vida que se bandea entre los gritos, la hiperactividad, el exhibicionismo, el ego, el narcisismo, la inmadurez, la innecesaria confrontación, la mentira y la seducción solo se entiende para tomar distancia de la desgracia que rodea a un artista que nunca lo fue. En el otro asiento, el conformismo de otra existencia hundida en la timidez, el aburrimiento, la docilidad, la inexperiencia y el ensimismamiento se presenta como el elemento perfecto para el aprendizaje. Ambos, en el mismo vehículo, son un milagro que se presenta como divertido y tremendamente emocional y, también, ligeramente provocador.
Por debajo, bulle la crítica a la sociedad italiana que se presenta expectante en pleno desarrollismo económico tras la guerra y que no soluciona los vacíos entre ricos y pobres, o entre burguesía y proletariado, lo que inevitablemente conducirá al caos modernista. Tal vez por eso, al final de esta ruta, a todos nos espera el corazón helado que tan alegremente ha latido durante el viaje. Tal vez, también, haya que coger al vuelo ese mensaje de que hay que vivir el momento, el disfrute del segundo que ya se ha ido, sin pensar en lo que puede venir después. Hay que escapar, sí, pero con el pensamiento nítido de que, más tarde, hay que volver.

Enormes Vittorio Gassman y Jean-Louis Trintignant en la que es la mejor película del cine del desarrollismo italiano, siempre encabezado por Dino Risi y Valerio Zurlini, que representan con un magistral dominio de recursos interpretativos, cómo la vida, en realidad, consiste en hallar el equilibrio imposible entre el discurrir de los acontecimientos y las emociones aceleradas con sus consecuencias asumidas (o no).  Todos tenemos dos caras en nuestra existencia, todos somos ridículos y sublimes, todos queremos hallar nuestro sitio y, tal vez, solo tal vez, el elemento que hace que lo encontremos no es otro más que el amor. Habrá que subirse al coche para comprobarlo.

NEGACIÓN (2017), de Mick Jackson


“Si es cierto que el Holocausto fue una mentira, por favor, díganme dónde puedo encontrar a mi madre”                                    Billy Wilder


En contra de lo que se cree, no todas las opiniones valen lo mismo. Y eso no quiere decir que se esté en contra de la libertad de expresión. El verdadero enemigo está en quien se atreve a decir algo que es mentira y luego elude la responsabilidad de haberlo dicho. Algo que, por otra parte, se presenta como un hecho de rabiosa actualidad en nuestros días. Estamos demasiado acostumbrados a decir cosas que tergiversan la verdad solo para adecuarlas a nuestra ideología. Y eso es un flaco favor a la democracia, a los que sufrieron, a los que perdieron y a los que conocen la Historia.
Y cuando alguien tiene la osadía de decir que otro miente, es sospechoso de estar atacando esa libertad de expresión. Ahí es donde radica la verdadera indignación. Acallar la voz de quien tiene la razón porque posee elementos más que suficientes como para formar una opinión es un verdadero y definitivo acto de fascismo. No, no todas las opiniones son iguales. Y menos aún cuando hay hechos históricos más que relevantes que se hallan bajo la luz de la autenticidad. Solo así podremos salir de la ignominia y del insulto gratuito. Solo así podremos comenzar a mirar hacia adelante y dejar todo atrás.
Los sistemas judiciales no son perfectos. Ninguno lo es. Ni siquiera el que más se acerca a la verdad. En todos ellos existen las argucias legales que inclinan la balanza hacia uno u otro lado y los abogados son genuinos expertos en encontrar los resquicios que la ley va dejando a su paso. Cualquier sistema democrático posee la base de la justicia como uno de los pilares fundamentales para su desarrollo. Sin perjuicio de que esa justicia pueda ser mejorada o, incluso, empeorada. Un sistema legal funciona cuando es capaz de discernir con claridad la mentira de la opinión, cuando separa con meridiana claridad la Historia del cuento, cuando no se deja arrastrar por las ideologías de cualquiera de los litigantes. Sin dejar de escuchar, de una manera o de otra, la voz de las víctimas que, sean de donde vengan, tienen derecho a clamar por la justicia y, como consecuencia emanada de la misma, por la libertad.

Interesante película, con algún que otro retazo demasiado esquemático, pero que resulta esclarecedora en muchos conceptos sobre la búsqueda de la verdad. Excelentes trabajos de Timothy Spall, con unos cuantos kilos menos tratando de hacer creíble al historiador David Irving y, sobre todo, de Tom Wilkinson, enorme en cada una de sus apariciones, tratando de servir con objetividad a la ley aún a costa de parecer un desalmado que no oye las voces de todos los que murieron y sufrieron en el mayor de los crímenes de Estado jamás perpetrado. Correcta Rachel Weisz, que va ganando peso interpretativo según avanza el metraje con un personaje que se pierde en las artimañas del estrado y en las conveniencias del momento. Y odiosa la tradicional flema británica que no se inmuta dentro de su maquinaria legal aunque consigue lavar la terrible y rechazable ofensa a la verdad que cualquiera, con su capacidad de igualar su opinión a la de los demás, sea cual sea el terreno, es capaz de infligir con la excusa del ejercicio de la libertad de expresión. Seamos libres pero también seamos conscientes.

miércoles, 19 de abril de 2017

LIFE (2017), de Daniel Espinosa

Un gato comienza su caza dando su cara más amable. Resulta algo conmovedor cuando uno se da cuenta de sus movimientos sinuosos, casi elegantes. Un milagro de vida en medio de la desolación más oscura y profunda. Su instinto no deja de crecer, de aclimatarse antes de empezar a buscar sus presas favoritas. Su inteligencia casi ladina es sospechosa y, a la vez, atrayente. No obstante, cuando enseña sus fauces, los ratones se mueven de un lado para otro, intentando encontrar una salida a la trampa mortal que va tejiendo en cada una de sus carreras. Los gatos son astutos. Los ratones intentan huir como pueden. La ratonera es el espacio perfecto. La naturaleza del enemigo es el instinto depredador.
Hay que tener mucho cuidado con ellos, porque nunca dejan de aprender. Crecen con su instinto, cazan con su tendencia. Tienen paciencia y buscan cuidadosamente las vías por las que se tienen que desplazar. Un gato nunca tropieza con los muebles. Siempre saben dónde agarrarse y cómo tratar a sus víctimas. Solo el engaño podrá ser la burla definitiva. Y, tal vez, el final no sea más que un comienzo. Para desgracia de los pobres ratones.
Si una enorme lata es el escenario y en el exterior solo hay vacío, silencio y un medio absolutamente hostil, el gato no dejará de disfrutar con su acechamiento. Al fin y al cabo, los ratones, como el ser humano, son débiles y sus posibilidades siempre son limitadas por muy inteligentes que puedan llegar a ser. Más que nada porque no aprenden de sus propios errores. El gato, sí. Y esa es el arma definitiva. Esa será la sangre que acabe flotando en gravedad cero si el espacio es todo el entorno. Las pasiones humanas acaban siendo inútiles e, incluso, se convierten en mochilas muy pesadas de llevar. Un ratón no puede moverse bien. Otro tiene algún ratoncito esperándole en algún agujero de la pared. Otro más se siente más cómodo en medio del vacío. Son cebos perfectos para que el gato sacie su sed de destrucción. Al final, esa es su forma de ganarse la vida. Solo necesita la muerte de los demás para seguir disfrutando de sus conquistas vitales. Otra pasión humana.

El director Daniel Espinosa ha dejado de lado sus nerviosismos habituales para contarnos con sobriedad el ambiente de una ratonera sitiada por un gato en mitad del espacio exterior. Para ello, ha sabido construir una intriga más que aceptable, con algunos sustos, buenas situaciones de tensión y algún que otro tópico. Rascando en las paredes se halla el notable aunque algo diluido trabajo de Jake Gyllenhaal y una sabia utilización de esa lata de conservas que acaba siendo el peor lugar del universo. Y es que no es fácil hacerse cargo de un elemento extraño en una situación límite, intentando derribar las fronteras del conocimiento para hallar, por fin, la certeza de que ir más allá también es un desafío a la misma Naturaleza. Esa misma que nos encumbra en nuestra complacencia por los descubrimientos que nunca deberíamos haber hecho. Esa misma que nos susurra al oído que también tenemos que dar algo de nosotros mismos si se quiere derrotar al enemigo invencible. 

martes, 18 de abril de 2017

RÍO ROJO (1948), de Howard Hawks

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca de "Blue Jasmine", de Woody Allen, podéis hacerlo pinchando aquí.

Para construir algo grande, primero hay que perder. Tom Dunson lo pierde pero eso hace que su esfuerzo sea más perseverante, más constante, más implacable. A su lado, un viejo compañero de armas y fatigas que nunca le abandonará, porque sabe que la amistad, cuando es verdadera, está mucho más allá de cualquier obstáculo. Y un niño que, en poco tiempo, se convierte en hombre de gatillo fácil y mirada huidiza. Al fondo, el polvo seco y pegajoso de la llanura que abrirá el camino para la ruta de la carne del viejo Oeste. Y será un camino abierto a sangre y fuego.
No es fácil llevar tantas cabezas de ganado a través de tantas millas repletas de torpes estampidas, de indios salvajes nacidos de ruidos nocturnos, de bandidos que solo pretenden robar lo que se ha juntado con tantísimo esfuerzo. No, no es fácil. Tanto es así que Tom Dunson también cree que no todos sus hombres están con él. Y la única manera de vencer al miedo es con miedo. No todo puede estar bajo la sombra del gigante y eso es lo que se escapa. Por allí, en algún recodo del camino, algo más cerca, estará una mujer de empuje y ganas, que cree que un padre y un hijo deben entenderse más allá de las diferencias surgidas a partir de la autoridad y, para ello, los dos deben ceder. El Oeste puede abrir grandes horizontes pero también construir enormes muros. Y lo que nunca debió romperse, se separa y solo el destino podrá hacer que todo quede reparado.

Howard Hawks quiso elevar la categoría del género del western a un nivel adulto, llevando la inteligencia en la funda y la aventura bajo el sombrero. Para ello, no dudo en juntar a dos actores de estilos diametralmente contrapuestos como John Wayne y Montgomery Clift, arriesgando que la química saltara por los aires en lo que se presentaba como una gran producción del lejano Oeste. El resultado fue impresionante porque los propios actores establecieron unas reglas para no pisarse las actuaciones y la credibilidad está asegurada. Tom Dunson es realmente el padre de ese muchacho algo descarado y valiente llamado Matthew Garth. El paisaje de plano profundo resulta un personaje más y la tensión crece con sabiduría entre las polvorientas cabalgadas de un puñado de hombres que fueron más allá de sus propias fuerzas para hacer realidad sus sueños. Y uno de ellos es esa impresionante Joanne Dru que nubla el sentido a las mismas balas. No importa que algunos vean en esta película una versión a caballo de Rebelión a bordo, o que no sea demasiado creíble el giro de algunos personajes. Howard Hawks estaba allí mismo, detrás de la siguiente colina, y en su mirada de zorro había tanto cine que lo único que el espectador puede hacer es montar en su caballo y unirse al sendero de Chisholm para llevar un buen puñado de cabezas de ganado a donde nadie ha llegado nunca. 

viernes, 7 de abril de 2017

UN AMERICANO EN PARÍS (1951), de Vincente Minnelli

Como ya las visitas bajan y todo el mundo piensa en el descanso, vamos a cerrar el blog hasta el martes, 18 de abril. Mientras tanto, estéis donde estéis, intentad que vuestra vida sea cine.

Impresionismo: Movimiento esencialmente pictórico que nació en Francia en la segunda mitad del S. XIX, al margen del arte oficial imperante.
Y a partir de aquí, uno se pregunta… ¿puede un bailarín introducirse en esos cuadros que siempre parecen moverse en sí mismos? ¿Puede compartir la enorme pasión de su baile con una rosa en la mano con la entrada del Parque Saint Claude inmortalizada por Dufy? ¿Puede obrar el milagro de convertir La conversación, de Auguste Renoir en una danza delicada entre las flores con el imposible doblar de una espalda adorable? ¿Es posible que la Calle de París, de Utrillo sea el escenario donde unos camaradas de armas celebren su encuentro y se introduzcan en una tienda de ropa para parecer unos nativos más? ¿Se obrará el milagro de que Le Chocolat bailando en un bar americano, de Toulouse-Lautrec, se torne un imposible dueto con jazz de fondo? ¿O que la fuente de agua falsa y vaporosa donde el protagonista se rinde con su amor haya sido previamente imaginada por Dufy en su cerámica pintada? Y todas las respuestas son sí porque el amor flota sobre París con una nube de música de Gershwin y una coreografía de Kelly, con un ojo de Minnelli y un Concierto en Fa para piano y orquesta donde todos los miembros de la orquesta son la misma persona. Y en la ensoñación, en el fondo de unos corazones donde se hallan el júbilo del momento y el gozo para la vista también se encuentra al recuerdo llamando insistentemente a la puerta del presente, creyendo que esa melodía era irrepetible, que tenía más sentimiento que cualquier palabra que se puede decir, oír y pensar. Quizá es porque Un americano en París es algo eterno y no debe morir nunca en todos aquellos que nos acercamos a bailar en alas del deseo, de la felicidad y de la plenitud de una obra de arte que, de repente, cobraba movimiento.

Somos lo que pasa en imágenes por nuestras mentes y ahí es donde cabe el mundo sin fronteras. Traspasar la línea de lo estático se vuelve pintura filmada con una rosa como pasión y un falso París de calles pintadas, asfaltos inmaculados y sueños de artista. El parque se vuelve pista de baile y la cadencia del blues se hace notar en el corazón porque los latidos comienzan a marcar el compás. La trompeta quejumbrosa expande su hechizo y el amor nace y, cada vez que volvemos a esta película, vuelve a nacer de nuevo. Y lo mejor de todo es que ese París no existe, solo está en nuestra memoria sensitiva que recuerda los momentos que se quedan suspendidos en nuestro tiempo y en nuestra vida. Después de esta película… ¿quién puede hacer caso a la definición de una enciclopedia? Todo ese concepto está rodeado de matices que otorgan color y calor a un día de primavera, a una noche de verano, a un amor que llegó para quedarse, a algo maravilloso, a una melodía de Strauss, a la certeza de poseer un ritmo. Todo se ha juntado para hacer que, por una vez, la pintura se mueva, baile, nos muestre y se ría. Quizá el tiempo pase… pero nunca podrá superar aquellas imágenes y aquella música, nunca podrá vencer la fuerza del recuerdo de un impresionismo que se esforzó por estar al margen del arte oficial. Así es como nacen las grandes películas. 

jueves, 6 de abril de 2017

GHOST IN THE SHELL (2017), de Rupert Sanders

Cuando la tecnología comienza a formar parte del espíritu humano, la frontera entre el progreso y la conveniencia se difumina peligrosamente. Hombres y mujeres que suplantan sus organismos defectuosos por réplicas cibernéticas, que son utilizados como cobayas para experimentos de dudosa moral, que tratan de evolucionar fusionándose con un mecanismo artificial que sustituye su carne y su aspecto hasta la perfección…todo no es más que una degeneración moral de alcance desconocido que crea una civilización basada en el aparato y en el código, dando lugar a frías máquinas que, poco a poco, van perdiendo el alma y los recuerdos.
Y el alma y los recuerdos son los dos elementos que conforman lo que realmente somos. Sin ellos, nuestro paso por la vida resulta inútil, intrascendente, inocuo, vacío. Y probablemente será lo último que intenten arrebatarnos aunque no dudarán en hacerlo. Es mucho más fácil controlar a unas cuantas máquinas antes que a unos cuantos seres humanos. Basta con dar una orden para que esos engendros mecánicos se pongan en marcha y ejecuten todas las instrucciones. Sin embargo, el ser humano tiene una pequeña capacidad para la rebelión. Y eso jamás se podrá permitir en la perfecta sociedad del futuro, tan llena de propaganda tridimensional, tan repleta de avances en el transporte, las comunicaciones y la convivencia. Si acaso no llega a ser así, nos lo harán creer.
Con parches extraídos de Desafío total, Blade Runner, El ataque de los clones y Matrix se pone en pie esta hiperpixelada producción de recorrido dramático limitado. Ahí estarán para la posteridad, imágenes a cámara lenta hasta en el postre, un combate final bastante decepcionante, un argumento cogido con pinzas y una Scarlett Johansson que se pasea arriba y abajo con garbo impersonal y eterna búsqueda de su propio yo, abriéndose las carnes con desparpajo y sometiéndose a múltiples reparaciones. Y no hay mucho más que contar porque la película lo fía todo a lo visual y la historia se diluye, así como los personajes, entre tanto ordenador y tanto gráfico que enseguida uno comienza a removerse inquieto en la butaca. No faltará quien le parezca una adaptación maravillosa del ínclito cómic japonés en clave más suave pero se narra poco, se disfruta menos y se queda en la memoria el tiempo justo como para recordar que no hay que acordarse mucho de ella. Una película inútil.
Y es que, en el fondo, aunque la tecnología sea mucho más manejable que el elemento humano siempre hay una moraleja para incautos y es que el hombre (o la mujer) resulta mucho más implacable que cualquier organismo artificial. Si el objetivo es matar, no hay que dudarlo. La máquina se atendrá a un programa y el ser humano estará sujeto a variables imprevisibles que pueden condicionar el resultado. Una de esas variables será la venganza. Un concepto importante dentro de la programación humana porque es motor, impulso, ejecución y consecuencia. Y las máquinas no saben lo que es eso. Llegado el futuro, es posible que la cibernética vaya ocupando un lugar preponderante respecto a sus relaciones con la Humanidad y todos quedemos relegados, con nuestra alma, nuestros recuerdos y nuestros sentimientos, a un segundo plano. Eso solo pasará si lo permitimos y si nos olvidamos de nuestra propia condición. Algo que, por otra parte, es lo más maravilloso que guardamos en nuestra naturaleza de animales racionales.

miércoles, 5 de abril de 2017

COPYCAT (1995), de Jon Amiel

El miedo está ahí fuera, acechando a la ansiedad, como un psicópata asesino que solo quiere copiar la maldad ya ejecutada. Los pasillos se vuelven agobiantes, angustiosos, demasiado estrechos, demasiado anchos, demasiado largos. No estar protegido por las cuatro paredes que delimitan una casa es insoportable. Quizá porque el pánico ya se ha instalado como un inquilino más y sale al encuentro del más desprevenido. Es hora de que la inteligencia salga de su escondite, es hora de enfrentarse a las fobias.
No es fácil ser inspectora de policía en un mundo de hombres. Y, sin embargo, todo ello tiene un punto de atractivo. Tal vez porque se sabe lo que se hace. Tal vez porque hay una cierta simpatía en el fondo de la investigación. Lo único que falta es la experiencia suficiente como para relacionar los extraños crímenes con antiguos titulares. Los asesinos múltiples quieren ser atrapados y siempre tiene que haber alguien que tome el papel de perro de presa. Todo será un poquito más fácil con la que más y mejor ha estudiado a los asesinos en serie. Más que nada porque ella sufrió en su propia carne el aliento del cruel sufrimiento. Un vestido rojo, una vida que depende de las puntillas, un zapato caído y un gesto de rebanarte el pescuezo. Encantador, inspectora Monahan.
En el aparente orden de una investigación hasta cierto punto tranquila irrumpe la brutalidad. No hay aviso previo porque todo está pensado para hacer daño a la tipeja que testificó en contra de un asesino de sangre muy fría. Habrá una placa caída y una necesidad de supervivencia que acabe por ahogar la temida agorafobia, el miedo a los espacios abiertos. El encuentro de cerebros de mujer será tan efectivo que el asesino no tiene nada que hacer. Solo que no es el auténtico asesino. Quizá porque, en esta ocasión, el asesino también es una copia de otro. Sí, porque los criminales también se pueden fabricar artificialmente. Basta con incrustar unas cuantas ideas en algún que otro pensamiento débil y así la rueda no para y la amenaza estará a salvo siempre, entre rejas, entre rencores. Y no hay nada que alimente más la saña que el asesinato premeditado, que el deseo de venganza, que la mirada de odio que jamás se rinde. La copia está servida. La idea flota en el aire.

Más que notables fueron las interpretaciones de Holly Hunter y Sigourney Weaver en una película que, en principio, estaba destinada a ser una producción rutinaria con psicópata dentro. Ellas dos son el alma de la película que crece por momentos con sus miradas sabias, con sus dotes de estupendas mujeres que se alían con sus limitaciones para atrapar al hombre que merece la extirpación de sus maquinaciones. Todo es una copia de asesinatos ya cometidos, de asesinos múltiples que desafiaron a la policía. Esta vez será más difícil pillar al que copia.

martes, 4 de abril de 2017

CALABUCH (1956), de Luis García-Berlanga

Si queréis escuchar lo que hablamos en "La gran evasión" de Radiópolis Sevilla acerca del "Hamlet", de Kenneth Branagh, podéis hacerlo aquí. El podcast está teniendo récord de descargas, así que algo bueno tendrá.

Jorge quiere huir. Quiere estar lejos de sus fórmulas, de sus estudios interminables sobre la teoría de la relatividad y sobre las bombas atómicas. Desea mezclarse con la gente sencilla, gente de a pie porque ya hace demasiado tiempo que dejó de verla. Gente que se levanta cada mañana para ir a trabajar, para lavar la ropa, que se alegra porque se acerca una fiesta, que llora porque el enamorado o la enamorada se va, que juega al ajedrez por teléfono, que se ilusiona por la llegada de una carta, que vive en el paraíso y no se da cuenta. No es fácil de encontrar un lugar así en la Tierra. Más que nada porque Jorge no está demasiado seguro de haber contribuido a que sea un lugar mejor para vivir, a que la Humanidad haya encontrado un nuevo camino. No, no está muy seguro y eso es bastante insoportable. Porque lo mismo puede ser así que todo lo contrario. Puede haber hecho del mundo un lugar más invivible, más inhóspito, más inseguro. Jorge añora aquellos años de escuela, de pupitre viejo y tinta seca, de olor a cansado y de tiza deshecha. Quiere volver a dibujar en su rostro la sonrisa de niño travieso. Quiere ser sencillamente feliz. Y, lo que es más importante, quiere que los demás lo sean.
Por supuesto, Jorge encuentra ese lugar en Calabuch, un pueblecito de la costa mediterránea que aún exhibe sus barcas de pesca varadas en la playa y donde hay tiempo más que de sobra para pintar como es debido el nombre de una de ellas. Entre medias, los moros y cristianos están por ahí, ensayando para las fiestas y hasta va a venir un torerillo de esos que siempre faena con el mismo animal, mitad en la arena, mitad en el agua. Gracia y salero…todo patético y, en el fondo, muy gracioso. Jorge mira y disfruta porque, en el fondo, ese espectáculo sin nada dentro es una maravillosa apoteosis de la vida. El torero habla con su toro y es hora de los fuegos artificiales. Y ya es hora de ganar a los de Guardamar, que siempre vienen con los mejores cohetes. Es el momento de Jorge. Es hora de hacer que el cielo se ilumine y la tierra brille con las sonrisas de esos convecinos tan buenos, tan sinceros, tan personas…personas…sí, quizá sea ése el paisaje con el que sueña Jorge.

Luis García Berlanga dirigió con un enorme cariño un reparto encabezado por estrellas del calibre de Edmund Gwenn, Valentina Cortese y Franco Fabrizzi mientras, por otro lado, no se olvidó de otros maravillosos actores, tan entrañables como la misma película, como José Isbert, José Luis Ozores, Francisco Bernal, Manuel Aleixandre y, por encima de todos, Félix Fernández y el genial Juan Calvo. Todo un muestrario de buenas personas inspirando buenos sentimientos con Peñíscola al fondo. Para mí, en cualquier caso, siempre se llamará Calabuch.